Mujer vaciando un saco de vilano sobre un muro de piedra, con manchas rojas en el saco, y un hombre en la puerta de la casa al fondo
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Por la costura sin rematar se le escapó al cabezal un puñado de vilano —la pelusa blanca que lleva la simiente del cardo y la hace volar—, y aquello cruzó el rastrojo a ras de suelo, deprisa, hasta meterse debajo de un majano. Sela se quedó parada. Esperó a ver si salía por el otro lado. Luego siguió cuesta arriba con el cabezal en los brazos, que no pesaba nada.

La costumbre era que la novia subiera el lienzo cosido en su casa y que la casa del novio pusiera dentro lo suyo. El relleno se lo habían metido la noche antes, sin que ella lo viera. Le dejaron un palmo sin coser para que se aireara por el camino.

Vicén la esperaba en el umbral. Alto, de manos grandes, callado. En la comida de la boda estuvo de pie casi todo el rato, al lado de la puerta, mirando comer a los demás, y se sentó cuando ya no quedaba vino que servir. En el llano lo tenían por hombre serio.

La primera noche, apagado el candil, Sela estuvo mucho rato escuchándolo respirar. Se durmió cuando ya entraba luz por la rendija.

Se habían casado al acabarse la carda. Los tres primeros meses fueron buenos a su modo: él salía con el primer claro y volvía cuando el camino ya no se distinguía del monte, con las manos llenas de esos cortes finos que deja el cardo seco; ella le ponía la cena y comían sin hablar, porque él no hablaba y a ella le pareció desde el principio que empezar era cosa de dos. Alguna vez, subiendo de noche, se quedaba media vuelta atrás para verlo andar delante. Él la quería. No se lo dijo en todo el tiempo que estuvieron juntos.

La casa era de las de antes, de cuando en el alto había gente para llenarlas. Arriba, cuatro cámaras vacías con las puertas atrancadas por fuera con un palo. Abajo dormían dos. La cal de las paredes estaba entera, sin un roce, porque nadie había arrimado nunca un mueble, y los pasos se oían de la cocina al portal y del portal al alto de la escalera, sin nada colgado ni almacenado que los parase. Sela aprendió a andar pegada a la pared.

En la jamba del cuarto había cinco cortes de cuchillo a distinta altura. Preguntó por ellos y Vicén dijo que ya estaban cuando él nació. Detrás de la puerta de la cocina colgaba una vara de sacudir con la empuñadura atada con alambre.

Una tarde subió a ver qué guardaban las cámaras. Quitó el palo de la primera, la abrió y no encontró más que el suelo. Cuando bajó, Vicén estaba poniendo el palo otra vez. No dijo nada entonces ni después.

Del cardo vivía todo el mundo: los brotes tiernos en primavera, la flor seca para cuajar la leche, la simiente para el aceite de los candiles, el vilano para las camas desde que no quedaron ovejas que dieran lana. En el llano no araba nadie. El cardo había entrado por las lindes en cuanto el arado dejó de pasar y no volvió a salir.

Aquel año adelgazó todo el mundo, de modo que al principio no se fijaron. Sela tuvo una calentura de las que corren al acabar el verano y se pasan solas en dos jornadas. La calentura se le fue y ella no volvió. Se levantaba tarde y se sentaba en el poyo a mirar el camino. Por noviembre se les murió el perro, que era viejo, y lo enterraron detrás del corral.

Una tarde salió al corral apoyada en el brazo de su marido. Miraba a un lado y a otro sin interés. Vicén le pasó la mano por la cabeza, despacio, y ella se echó a llorar de golpe y le puso los brazos al cuello. Lloró mucho rato todo el susto que se había callado, y lloraba más cada vez que él intentaba acariciarla. Después los sollozos se fueron espaciando. Se quedó escondida en su cuello sin decir nada.

Fue el último día que estuvo levantada.

Portolés subió a la mañana siguiente. Le buscó el pulso en la muñeca y en el cuello. Le bajó el párpado con el pulgar y miró la carne de dentro, que estaba del color de la cera; le levantó el labio y miró también. Luego estuvo un rato con la mano abierta sobre el vientre, apretando poco.

—No lo entiendo —dijo en el portal—. Está desangrada y no hay por dónde. No la echa, ni la vomita, ni le mancha la ropa. Si mañana amanece igual, avisadme.

Amaneció peor. Subió también el de abajo, el que sabía de huesos, y los dos la estuvieron tocando por turnos, pasándose la muñeca de uno a otro. En la cocina se encogieron de hombros. Era una flojedad de las que no se explican, dijeron, y poco había que hacer.

—Lo que me faltaba —dijo Vicén, y dio dos golpes en la mesa con la palma abierta.

Bajó al llano y volvió con Nica, una chica de casa de los Bezas que sabía cuidar y cobraba en aceite. Mandó encender los candiles de la casa entera y no dejó apagarlos ni de día. En dos jornadas se fue el aceite del invierno. Por el repuesto, el de Bezas le pidió el doble de lo de siempre, alegando que la simiente de aquel año había salido floja, y hubo discusión en el portal: Vicén dijo que floja o no, él la había visto cardar; el otro contestó que una cosa es cardar y otra prensar. Pagó lo que le pedían y subió los cántaros él mismo.

Las noches se las pasaba andando de un extremo a otro de la sala. El suelo era de yeso apisonado y devolvía cada paso. Ella lo oía llegar hasta la puerta, pararse y darse la vuelta. A ratos entraba, se quedaba a los pies de la cama y salía.

Las mujeres del camino subieron dos veces. Se quedaban de pie junto a la cama, decían lo que se dice y bajaban. Abajo se contó que la casa era mala, que las casas grandes vacías acaban con quien las habita. Vicén no bajó a desmentirlo.

Sela empezó a ver cosas. Al principio andaban por el aire y eran confusas; luego bajaron y se quedaron a ras del suelo. Se pasaba las horas con los ojos muy abiertos mirando la tierra a un lado y otro de la cama. Una noche se quedó de pronto con los ojos fijos. Al rato abrió la boca para gritar y se le llenaron de sudor la nariz y los labios.

—¡Vicén! ¡Vicén!

Llegó corriendo, y al verlo en la puerta ella soltó un alarido.

—Soy yo. Sela, soy yo.

Lo miró sin reconocerlo, miró el suelo, volvió a mirarlo. Al cabo de un rato largo se calmó. Sonrió. Le cogió la mano entre las suyas y se la estuvo acariciando mucho tiempo, temblando.

De todo lo que veía, lo que más volvía era una cosa arrimada al rincón donde se junta el vilano que se escapa de las camas, quieta sobre las patas dobladas, con los ojos puestos en ella.

Los hombres volvieron dos veces más. Tenían delante una vida que se acababa sin que nadie supiera por dónde se le iba.

Se apagaba de madrugada y remitía con el día. Al despertar tenía siempre la sensación de estar aplastada contra el jergón, y desde el tercer día aquel hundimiento no la dejó más. Apenas movía la cabeza.

No quiso que le hicieran la cama. No quiso que le mudaran el jergón ni que le sacudieran el cabezal. Lo pidió una vez, muy bajo, y Vicén lo repitió en la cocina de manera que no hiciera falta repetirlo otra.

Por esos días abrieron los primeros cardos en las laderas de abajo. En dos casas del camino sacaron los colchones a la pared y se pasaron la mañana cardando al sol. Nica lo contó mientras fregaba. Vicén no dijo nada.

Los dos últimos días deliró a media voz, sin parar. En la casa no se oía otra cosa que aquel hilo de voz saliendo del cuarto y el retumbo de los pasos.

Sela se murió tres días antes de que abriera la flor en el alto. La enterraron por la tarde. Avisaron a su casa, que quedaba a dos jornadas, y los suyos llegaron con todo hecho.

Nica entró después a deshacer la cama, que era lo que tocaba, y se quedó un rato mirando el cabezal.

—Señor —llamó, en voz baja—. Aquí hay unas manchas que parecen de sangre.

Vicén se dobló sobre él. En el lienzo, a los dos lados del hueco que había dejado la cabeza, había unas manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —dijo la chica, después de mirarlas mucho rato sin moverse.

—Levántalo a la luz.

Nica lo levantó y lo soltó enseguida. Se quedó mirándolo desde donde había caído, blanca y temblando.

—¿Qué pasa?

—Esto no es vilano.

Lo sacaron al corral y lo pusieron sobre la piedra de lavar. Vicén lo abrió de un tajo con la navaja de descabezar. El vilano de encima salió disparado y cruzó el corral a ras de suelo, deprisa, hasta meterse debajo del carro. Nica gritó con toda la boca abierta. Entre lo que quedaba del relleno había una cosa del tamaño de un puño cerrado, hinchada y lustrosa, que movía despacio las patas dobladas. Estaba tan llena que apenas se le distinguía por dónde chupaba.

Noche tras noche, desde que la mujer no pudo levantarse, había ido bajando por la costura sin rematar hasta las sienes. La picadura apenas se ve. Mientras el cabezal se abrió y se sacudió cada año, la cosa no pasó de lo que era; desde que nadie lo tocó, creció sin estorbo. Del otoño a la flor la vació sin prisa.

Estos bichos viven en la cabeza del cardo y se comen la simiente antes de que vuele. En el vilano recién cardado son casi invisibles y no dan guerra ninguna. Con calor debajo y sangre a mano crecen sin medida, y la de persona parece convenirles más que ninguna otra. Cebadas llegan a pesar lo que la cabeza que las ha criado. Por eso en aquella comarca las camas se abren, se cardan y se sacuden a la primera flor.

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