El sanguíneo — Cuentos de dos kopecks, ilustración de la colección Clásicos
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Todas las impresiones repercuten en él de modo ligero. En la juventud es un bebé y un bribón. Les dice groserías a los maestros, no se corta el cabello, no se afeita, usa lentes y mancha las paredes. Estudia mal, pero termina los cursos. No obedece a los padres. Cuando es rico, es un petimetre; siendo ya pobre, vive como un cerdo. Duerme hasta las doce, se acuesta a una hora indefinida. Escribe con faltas. La naturaleza lo trajo al mundo solo para el amor. Nunca está en contra de beber hasta perder el sentido; tras embriagarse por la noche hasta los diablitos verdes, se levanta animado, con una pesadez en la cabeza apenas notable, sin necesitar de la similia similibus curantur [“lo similar cura lo similar”]. Se casa sin intención. Lucha con la suegra eternamente. Se pelea con la parentela. Miente a lo loco. Ama terriblemente los escándalos y los espectáculos aficionados. En la orquesta, es el primer violín. Siendo ligero, es liberal. O nada lee en absoluto, o lee con pasión. Le gustan los periódicos, y él mismo no está en contra de ser un poco periodista. El buzón de correo de las revistas humorísticas ha sido inventado, exclusivamente, para los sanguíneos. Es constante en su inconstancia. En el servicio, es un funcionario de encargos especiales, o algo semejante. En el gimnasio, enseña literatura. Rara vez sirve hasta consejero civil activo; si sirve hasta eso, se hace flemático y a veces colérico. Los granujas, los bribones y los tunantes son sanguíneos. Dormir en una habitación con un sanguíneo no se recomienda: cuenta chistes toda la noche y, si no hay chistes, censura a los allegados o miente. Muere de enfermedad de los órganos de digestión y de extenuación prematura.

Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.

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