Mujer sentada y con los ojos tapados tocando con el dedo un brazo robótico, mientras otro brazo le apoya una sonda en la espalda; su sombra y otra más alta en la pared

3.4 Presencias, encuentros y guiones internos: el teatro social del cerebro

Tiempo de lectura: 7 minutos

La sensación de que hay alguien detrás es de las más viejas que se conocen, y es también una de las pocas que hoy se pueden encender y apagar con un robot.

En mayo de 1916, Ernest Shackleton, Frank Worsley y Tom Crean cruzaron a pie las montañas de Georgia del Sur para pedir ayuda para el resto de la expedición, varada en la isla Elefante. Fueron unas treinta y seis horas sin dormir, sobre glaciares que nadie había atravesado. En South, el libro que publicó en 1919, Shackleton contó que durante aquella marcha le pareció muchas veces que eran cuatro y no tres, y que solo lo habló con Worsley después de llegar, cuando este le confesó que había sentido lo mismo. Crean también. El periodista John Geiger reunió en 2009 decenas de relatos parecidos de alpinistas, náufragos y exploradores polares en The Third Man Factor, título que viene de La tierra baldía (1922): Eliot preguntaba en un verso quién era el tercero que caminaba siempre al lado, y en las notas del poema explicó que se había inspirado en una expedición antártica que creía recordar que era de Shackleton.

La explicación habitual de esa compañía fue psicológica: agotamiento, frío y soledad. Peter Brugger y sus colaboradores, en Zúrich, entrevistaron a ocho alpinistas que habían subido por encima de los 8.500 metros sin oxígeno embotellado, y siete contaron alucinaciones, sobre todo alteraciones de la percepción de su propio cuerpo (Neuropsychiatry, Neuropsychology, and Behavioral Neurology, 1999). La hipoxia entraba en la ecuación. En 2006 apareció un mecanismo. Shahar Arzy, Olaf Blanke y sus colaboradores estudiaban en Ginebra a una mujer de 22 años con una epilepsia que no respondía a los fármacos, sin antecedentes psiquiátricos, a la que iban a operar (Nature, 2006). Al estimular la unión temporoparietal izquierda, durante unos segundos sintió que había un hombre detrás de ella, una sombra que copiaba su postura. Cuando le pidieron que se inclinara y se abrazara las rodillas, notó que esa figura la rodeaba con los brazos. Sabía que no había nadie, y aun así la experiencia le resultó inquietante.

La sombra hacía lo mismo que ella, en el mismo instante. Los autores lo interpretaron como el propio cuerpo de la paciente representado dos veces, una en su sitio y otra fuera, atribuida a un extraño. Es la misma región que en la subsección anterior desplazaba el punto de vista, aunque en el hemisferio contrario. Allí el yo se salía del cuerpo. Aquí el cuerpo se queda donde está y aparece un segundo yo que el cerebro no reconoce como propio.

Ocho años después, el grupo de Blanke y Giulio Rognini dio dos pasos más (Current Biology, 2014). Primero revisaron a doce pacientes neurológicos, la mayoría con epilepsia, que habían sentido una presencia. Sus lesiones caían en tres regiones implicadas en integrar las señales del movimiento y del tacto con el mapa del cuerpo, la corteza insular, la frontoparietal y la temporoparietal, y solo la frontoparietal distinguía a quienes habían sentido una presencia de otros pacientes con lesiones parecidas. Después construyeron un robot. El voluntario, con los ojos tapados, movía con el dedo un brazo robótico que tenía delante, y otro brazo situado a su espalda reproducía el movimiento y le tocaba la espalda. Si el toque llegaba a la vez que el movimiento, el voluntario sentía que se tocaba a sí mismo, una ilusión rara pero coherente. Con un pequeño retraso entre el gesto y el toque, mantenido unos tres minutos, varios participantes empezaron a sentir que había alguien detrás. Algunos llegaron a contar hasta cuatro personas en una habitación vacía, y alguno pidió que pararan. En el experimento de Ehrsson, la coincidencia entre lo visto y lo sentido trasladaba el yo. Aquí, el desajuste entre lo hecho y lo sentido fabrica a otro.

El mecanismo propuesto es un error de atribución, y tiene un precedente que cualquiera puede comprobar: nadie consigue hacerse cosquillas a sí mismo. Sarah-Jayne Blakemore, Daniel Wolpert y Chris Frith mostraron en Londres que el cerebro predice las consecuencias sensoriales de cada movimiento propio, con el cerebelo como pieza central, y que esa predicción atenúa lo que uno mismo se provoca (Nature Neuroscience, 1998). Al año siguiente, en el Journal of Cognitive Neuroscience, metieron un robot entre la mano y la piel y añadieron un retraso de unas décimas de segundo: el toque autoprovocado empezaba a hacer cosquillas, como si viniera de otro. Si lo que llega no coincide con lo previsto, una de las conclusiones disponibles para el cerebro es que lo ha hecho alguien. Frith lleva décadas defendiendo que algo parecido ocurre en los síntomas de pasividad de la esquizofrenia, en los que el paciente vive sus actos como dirigidos desde fuera.

En 2021, Fosco Bernasconi y el mismo grupo de Ginebra llevaron el robot a la enfermedad de Parkinson, en la que las alucinaciones de presencia son frecuentes (Science Translational Medicine, 2021): 56 pacientes en dos grupos independientes, y 21 controles de su edad en el experimento con el robot. Quienes ya las tenían eran más sensibles a la ilusión, y el análisis de redes lesionales en otros pacientes señaló un circuito frontotemporal.

Esto se ha medido: la sensación de presencia tiene circuito, se puede provocar en sanos y es más fácil de provocar en cerebros enfermos. Lo que sospechamos, sin que nadie lo haya comprobado, es que un explorador agotado y helado predice mal su propio cuerpo, que un paciente en parada también, y que la parada junta las dos condiciones que favorecen la ilusión: un cuerpo que deja de responder como el cerebro espera y una corteza con el oxígeno justo.

Pero los encuentros de las experiencias cercanas a la muerte no son sombras sin cara. En la serie de van Lommel, el 32 % de quienes tuvieron una experiencia cercana a la muerte dijo haberse encontrado con personas fallecidas, y lo habitual es que fueran conocidas: un padre, una abuela. La sombra de Arzy explica que alguien esté ahí. No explica quién es.

Para eso hace falta otra pieza del mismo vecindario, porque la unión temporoparietal también trabaja en otra cosa. Rebecca Saxe y Nancy Kanwisher mostraron con resonancia funcional que la región temporoparietal derecha se activa de forma selectiva cuando pensamos en lo que piensa otra persona (NeuroImage, 2003). La zona que distingue entre mi cuerpo y el de otro es vecina, o la misma, de la que se ocupa de las mentes ajenas. El teatro social del cerebro tiene ahí uno de sus escenarios.

Y hace falta la memoria. El cerebro produce presencias con nombre propio sin necesidad de parada. En 1971, Dewi Rees, médico de cabecera en el centro de Gales, entrevistó a 293 personas viudas de su zona, 227 mujeres y 66 hombres, el 80 % de las que había (British Medical Journal, 1971). Cerca de la mitad había tenido alucinaciones o ilusiones del cónyuge muerto: verlo, oírlo, sentir que estaba en la habitación. Duraban a menudo años y eran más frecuentes en la primera década del duelo. La mayoría las vivía como algo que ayudaba. Y casi nadie se lo había contado a nadie, ni siquiera a sus familiares más cercanos.

En los que mueren despacio ocurre algo parecido. Christopher Kerr y su equipo, en un hospicio de Buffalo, preguntaron cada día a 59 pacientes por sus sueños y visiones (Journal of Palliative Medicine, 2014). Cincuenta y dos de los 59 tuvieron al menos uno, a menudo dormidos y también despiertos. Los difuntos, familiares, amigos y hasta animales, estaban entre los protagonistas más frecuentes y eran los que más consolaban, y esas visiones se hacían más frecuentes a medida que se acercaba la muerte. Prácticamente todos dijeron que les habían parecido reales. Morían despacio, con el cerebro funcionando hasta muy tarde, y el reparto de sus visiones se parece al de los relatos de quienes vuelven de una parada.

Esas visiones tienen un guion, y el guion depende de la cultura. Los relatos indios que recogieron Satwant Pasricha e Ian Stevenson en 1986, en el Journal of Nervous and Mental Disease, traían mensajeros de Yama, el dios de la muerte, y en algunos el moribundo era devuelto a la vida porque los mensajeros se habían equivocado de persona, un error administrativo en el más allá. En la serie holandesa de van Lommel, en cambio, dominaban los familiares muertos y la luz.

Con la sensación de presencia y la memoria afectiva se entienden casi todos los encuentros. Queda un tipo de relato que merece contarse en su forma más fuerte. Bruce Greyson reunió en 2010, en Anthropology and Humanism, casos en que la persona decía haberse encontrado con alguien cuya muerte desconocía, y que resultaba haber muerto. La tradición los llama experiencias del pico de Darién, por el título de un libro de 1882 de Frances Power Cobbe que reunía casos de moribundos que veían a parientes cuya muerte nadie les había comunicado. Si hubiera muchos casos así, bien documentados antes de que se conociera la muerte, serían un problema serio para cualquier explicación que solo cuente con la memoria. Lo que hay son relatos retrospectivos, reunidos años después, en los que no se puede reconstruir qué sabía la persona, qué pudo oír en el hospital ni cómo se fue ajustando el recuerdo al contarlo. Lo que ignoramos es si alguno resistiría una comprobación hecha a tiempo. Ninguno se ha hecho así.

Tampoco sabemos por qué en la parada aparecen sobre todo los muertos y no los vivos, ni qué región se activa cuando sucede. Nadie ha registrado el cerebro de un paciente en el momento en que, según contará después, ve a su madre muerta esperándolo. Ni siquiera sabemos si esa presencia se parece al principio más a la sombra sin rostro de Arzy o a las visiones con nombre del hospicio de Kerr, porque los relatos se recogen días o semanas más tarde, cuando ya han pasado por la memoria y por la conversación con otros.

Mi lectura es esta. Un cerebro que pierde el control de su propio cuerpo genera la sensación de que alguien está cerca. Un cerebro que ha guardado durante décadas a las personas que más importaron le pone a esa presencia la cara más cargada que tiene. Y una cultura le da el texto, con caras y decorados propios en torno a una estructura que parece repetirse: alguien que recibe y una frontera que no se cruza. Llamarlo engaño sería injusto con el aparato: es el mismo que hacía a Shackleton contar cuatro en lugar de tres, puesto a trabajar en el peor momento.

Las viudas de Rees no se lo habían contado a nadie. Los pacientes de una parada, en cambio, sí lo cuentan, y algunos aseguran que vieron cosas que solo se podían ver desde fuera de su cuerpo. Esa afirmación, a diferencia de la presencia, se puede comprobar.

Índice del libro

Si lo que has leído te ha servido, puedes invitarme a un café. Aquí en Puerto Sagunto cuesta 1,70 €.

Invítame a un café · 1,70 €Se paga con PayPal o con tarjeta, sin cuenta. Puedes cambiar la cantidad.

‹ 3.3 La paz bajo hipoxia: analgesia endógena y distorsión del tiempo  ·  3.5 Lo que la ECM no demuestra: la paz de no tener todas las respuestas ›

Este sitio es un proyecto de RedBeta

Cabeza humana de perfil en gris translúcido con el cerebro y la médula espinal, y abajo un trazado que pasa de ondas regulares a línea plana Entrada anterior 3.3 La paz bajo hipoxia: analgesia endógena y distorsión del tiempo
Habitación de hospital vacía vista desde el suelo: la cama deshecha, la lámpara quirúrgica encendida sobre ella, el carro del monitor y una estantería metálica al fondo Entrada siguiente 3.5 Lo que la ECM no demuestra: la paz de no tener todas las respuestas

Este sitio es un proyecto de RedBeta