Habitación de hospital vacía vista desde el suelo: la cama deshecha, la lámpara quirúrgica encendida sobre ella, el carro del monitor y una estantería metálica al fondo

3.5 Lo que la ECM no demuestra: la paz de no tener todas las respuestas

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En algunas salas de hospital hubo durante años una repisa colgada cerca del techo, en sitios donde nadie pondría una repisa. Encima había una imagen boca arriba. Desde el suelo no se veía. Solo podía verla alguien que mirara desde arriba.

La idea es sencilla y tiene algo de trampa honrada. Si en una parada cardiaca la conciencia sale del cuerpo y ve la escena desde el techo, como cuentan algunos relatos, podrá ver también lo que hay encima de la repisa. Si no sale, nadie verá nada. Es la única pregunta de este capítulo que admite un experimento de comprobación.

Antes hay que saber cuánta gente hay a quien preguntar. Las experiencias cercanas a la muerte no son la norma tras una parada. En la serie de van Lommel, un 18 % de 344 supervivientes contó algún recuerdo de ese tipo, y un 12 % una experiencia completa. Van Lommel leyó esos datos como un argumento a favor de una conciencia que no depende del todo del cerebro, pero su estudio no incluía imágenes ocultas ni registro de la actividad cerebral. Sam Parnia y sus colaboradores encontraron un 6,3 % en un estudio piloto de 63 supervivientes en Southampton (Resuscitation, 2001), y en Eslovenia, con la escala de Greyson, salía un 21 % de 52. El propio Greyson, en 1.595 ingresos consecutivos en una unidad coronaria de Virginia, encontró experiencias cercanas a la muerte en un 10 % de quienes habían sufrido una parada y en un 1 % del resto (General Hospital Psychiatry, 2003). Según la serie, la proporción va de uno de cada veinte a uno de cada cinco. Y solo una parte de esos relatos incluye la salida del cuerpo.

El caso que más se cita no salió de ningún estudio de este tipo. En 1991, en el Instituto Neurológico Barrow de Phoenix, el neurocirujano Robert Spetzler operó a Pam Reynolds de un aneurisma gigante de la arteria basilar con una técnica de parada hipotérmica: le enfriaron el cuerpo muy por debajo de los 20 grados, le detuvieron el corazón y vaciaron de sangre su cabeza durante el tiempo justo para clipar el aneurisma. Al despertar contó que había visto la sierra con la que le abrían el cráneo, que le recordó a un cepillo de dientes eléctrico, y que había oído una voz, que creyó de mujer, comentar que las arterias de su ingle eran demasiado finas. Lo publicó el cardiólogo Michael Sabom en su libro Light and Death (1998) como prueba de una conciencia sin cerebro.

Los detalles tienen fecha y hora, y ahí está el problema. La sierra y la conversación sobre las arterias femorales ocurrieron al principio de la intervención, mucho antes de la parada hipotérmica, cuando el cerebro de Reynolds funcionaba con normalidad bajo anestesia general. Llevaba en los oídos auriculares moldeados que emitían chasquidos de unos 100 decibelios para monitorizar el tronco cerebral, y quienes defienden el caso sostienen que con eso no podía oír nada. El anestesiólogo Gerald Woerlee responde en el Journal of Near-Death Studies (2011) que el sonido de la sierra llega también a través del hueso, que la anestesia no garantiza que nadie oiga nada y que el caso se explica mejor como un despertar intraoperatorio parcial, con lo oído completado por lo esperable. La percepción ocurrió con el cerebro encendido, y lo que no se puede reconstruir es cuánto de lo contado se oyó y cuánto se rellenó después.

Reynolds no es el único caso de este tipo. Janice Holden, psicóloga de la Universidad del Norte de Texas, revisó en 2009 todos los relatos publicados en los que alguien decía haber percibido algo durante su experiencia cercana a la muerte que luego se pudo comprobar, y reunió 107. Según su recuento, en torno a nueve de cada diez eran exactos, y es la versión más sólida del argumento a favor de una percepción fuera del cuerpo. Su debilidad es la misma que la del caso Reynolds. Casi todos se recogieron años después y descansan en el testimonio de quien lo vivió o de quienes lo rodeaban, y no hay forma de saber qué pudo oírse, deducirse o contarse después. Un relato retrospectivo, por bien documentado que esté, no resuelve la pregunta. Para eso hacían falta las repisas.

Parnia, que hoy dirige la investigación en reanimación de la Universidad de Nueva York, puso las primeras en aquel estudio piloto de 2001. Ninguno de los cuatro supervivientes con una experiencia cercana a la muerte había salido del cuerpo, así que las imágenes quedaron sin probar. El estudio AWARE, con quince hospitales del Reino Unido, Estados Unidos y Austria, amplió la escala (Resuscitation, 2014). Hubo 2.060 paradas, 330 supervivientes y 140 entrevistados, de los que 101 completaron la entrevista a fondo. De estos, un 9 % tuvo una experiencia cercana a la muerte, y dos dijeron haber percibido lo que pasaba alrededor.

Uno de ellos, un hombre de 57 años, describió con detalle lo ocurrido durante unos tres minutos de su reanimación, y los registros confirmaron dos cosas: un hombre con un gorro de quirófano azul en la sala y la voz automática del desfibrilador. Es el caso más sólido que ha producido la investigación prospectiva. Tiene dos límites. La parada ocurrió en una sala sin repisa, como la mayoría: hasta un 78 % de las paradas del estudio se produjo en sitios donde no se habían podido colocar. Parnia destacó que el recuerdo abarcaba unos tres minutos, cuando la corteza sin flujo se apaga en segundos. La objeción es que una reanimación devuelve algo de flujo, y nadie midió cuánto le llegaba a ese cerebro. Y lo verificado es, sobre todo, algo que se oye. El desfibrilador habla en voz alta y la sala está llena de voces. No sabemos en qué momento lo oyó ni con cuánta corteza.

AWARE II intentó corregir eso. Entre mayo de 2017 y marzo de 2020, en 25 hospitales de Estados Unidos y el Reino Unido, el equipo llevó a cada parada intrahospitalaria una tableta que, colocada sobre el paciente y orientada hacia el techo, mostraba una imagen elegida al azar entre diez, y unos auriculares que repetían tres palabras: plátano, pera y manzana (Resuscitation, 2023). Hubo 567 paradas. Sobrevivieron hasta el alta 53, un 9,3 %, y se pudo entrevistar a 28. Once tenían recuerdos que sugerían algún grado de conciencia durante la reanimación, y seis contaron una experiencia de muerte. Ninguno identificó la imagen. Uno recordó las tres frutas, y el propio Parnia admitió que podía ser casualidad. Como la muestra era pequeña, el equipo añadió 126 testimonios de personas que habían sobrevivido a una parada en otros sitios y se ofrecieron a contar sus recuerdos. Sirven para describir cómo son esos relatos: separación del cuerpo, observar la escena sin dolor ni angustia y una evaluación de la propia vida. No sirven para estimar con qué frecuencia ocurren, porque quien se ofrece a contarlo es quien tiene algo que contar.

El estudio trajo además un registro cerebral. En una parte de los pacientes se midieron el electroencefalograma y la oxigenación cerebral durante la reanimación. La oxigenación media fue del 43 %, la de un cerebro en isquemia franca. En unos registros el trazado fue plano, y en otros apareció a ratos actividad en rangos normales, a veces entre 35 y 60 minutos después del inicio de las compresiones. La nota de prensa del hospital habla de cerca de un 40 %, una cifra que no aparece en el artículo. Es un dato llamativo y frágil a la vez. Las compresiones generan artefactos que contaminan el registro, y un electroencefalograma dice que hay actividad, no qué se vive con ella. Y el registro no se cruzó con los recuerdos: de los 28 entrevistados, solo dos tenían electroencefalograma, y ninguno de los dos recordaba nada.

Parnia interpreta estos resultados con una idea fuerte, que desarrolla en un libro de 2024 con un título que es ya una tesis, Lucid Dying. Sostiene que, al apagarse, el cerebro libera los frenos que en la vida corriente filtran la experiencia, y que lo que se vive entonces no es una alucinación cualquiera. La versión más honesta de su argumento dice algo así: los relatos son coherentes, se parecen entre culturas y aparecen en las mismas reanimaciones en que se registra actividad cerebral organizada, y eso pide algo más que ruido de un cerebro roto. Es una hipótesis seria, defendida por alguien que ha montado los estudios más grandes del campo. Lo que no tiene todavía es el dato que la separaría del resto: una sola imagen escondida identificada por alguien que no podía verla, o un solo paciente en quien se hayan visto a la vez la actividad y el recuerdo.

Lo que sabemos, entonces, es que una parte de los supervivientes de una parada recuerda algo, y que unos pocos recuerdan detalles de la reanimación que se han podido comprobar, casi siempre sonidos. Lo que sospechamos es que el cerebro puede tener actividad organizada durante una reanimación prolongada. Lo que especulamos es que esa actividad pueda sostener una experiencia consciente, o que la conciencia vaya por libre. Y lo que ignoramos es casi todo lo demás.

Una advertencia antes de dar por cerrado el asunto. Que nadie haya visto la imagen no demuestra que la conciencia no salga del cuerpo. Con 28 entrevistas y ningún relato de salida del cuerpo en el sitio adecuado, el experimento no tenía con qué fallar. Para que diga algo hacen falta cientos de supervivientes que cuenten haber visto la sala desde arriba en una sala preparada, y a ese ritmo eso llevará décadas. La ausencia de aciertos es un resultado, aunque todavía lejos de una refutación.

Los escépticos antiguos tenían una palabra para esta postura, épojé, que Sexto Empírico describió a caballo entre los siglos II y III como la suspensión del juicio cuando los argumentos de un lado y del otro pesan lo mismo. Aquí los argumentos no pesan lo mismo. Los mecanismos de las subsecciones anteriores pueden explicar el túnel, la salida del cuerpo, la calma y las presencias sin necesidad de nada más, y ninguna prueba ha obligado todavía a añadir nada. Pero la explicación no está medida en el cerebro que muere, y el experimento que podría desmentirla no ha terminado. La postura que eso deja es incómoda y limpia a la vez: tomarse en serio los relatos sin darles más crédito del que han ganado, y no cerrar la pregunta antes de tiempo. Sexto prometía que de esa suspensión salía la tranquilidad. Aquí basta con que salga claridad.

De los 567 pacientes de AWARE II, 514 no salieron del hospital. De los 53 que lo hicieron, solo 28 llegaron a la entrevista. Quien vuelve de una parada trae un relato, y con él un cerebro que ha pasado minutos sin sangre, y lo que ese cerebro tenga que contar empieza, muchas veces, con un despertar en la UCI sin saber qué ha pasado.

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