Cinco generaciones con la misma oreja doblada. Un fundador que volvió de las Naves con una mujer que nadie vio la cara, y una máquina que llevaba tres generaciones callada.
I
La bota estuvo dos días asomando de la cal, puntera arriba, y nadie bajó a sacarla.
Era una bota izquierda de piel de mula, con la puntera remendada con un trozo de correa de las que se sacan de las Naves, que se doblan y no se rompen. En Altabrea solo un hombre llevaba las botas remendadas con eso, y la gente supo de quién eran antes de que el fosero abriera la boca. Al tercer día echaron una carretada de cal nueva y la fosa quedó lisa, igual que quedaba cuando lo que se tapaba era una mula reventada o un animal de nave que ya no servía para la noria.
Ilari Ardaiz había bajado a la fosa por su pie. Muchos, con su cara, habrían bajado antes, y nadie en el pueblo se lo habría tenido en cuenta, pero él llevaba treinta y cuatro años con ella y nunca dio muestras de que le pesara. Lo que lo llevó hasta la cal fue una tira de papel de dos palmos que salió de la máquina de la Escuela poco antes del alba. El Consejo la leyó al día siguiente, a puerta cerrada, y mandó tirarla a la misma fosa.
De los Ardaiz se decía que tenían la cabeza floja, y se agradecía que fueran pocos. La casa no echó ramas nunca. Cada generación daba un varón que llegaba a hombre y, alrededor, a veces, hermanos de los que no se hablaba. En la escalera colgaban los retratos por orden. Los anteriores a Etor son de gente corriente, morena, de cara larga y orejas pegadas a la cabeza. Con Etor cambia algo en el cartílago. El borde de arriba de la oreja se dobla hacia delante y cae sobre el agujero, y los pintores del pueblo copiaron ese pliegue durante cinco generaciones con mucho cuidado, porque la oreja de los Ardaiz se tuvo siempre por señal de casa antigua. En el retrato de Ilari, el último, el pliegue tapa el oído entero.
Etor fue el primero que entró en las Naves de Áncora y volvió. Están en el llano, a jornada y media de Altabrea bajando por el camino de las salinas. Son treinta y tantos tejados larguísimos, todos iguales, de una chapa que no se pudre, con unas letras del tamaño de un hombre en las paredes que la lluvia no termina de borrar. Nadie sabe qué se hacía dentro. Se sabe que de allí salen, de tarde en tarde, los animales que el pueblo caza en las batidas de otoño y amansa para las norias. Son rosados y lampiños, de ojo pequeño, se ponen colorados cuando se acaloran, y las crías, si se las aparta de la madre, hacen un ruido que la gente prefiere no comparar con nada.
Lo que vio lo escribió en un cuaderno. Se hicieron tres copias a mano y el Consejo de entonces se rió de él en sesión abierta. Según el cuaderno, los animales de las Naves mantenían limpios los pasos entre una nave y otra, llevaban a sus muertos a la nave más honda y los dejaban allí tendidos en fila. Entre ellos había unos que andaban casi derechos, y los demás les dejaban pasar primero. Por ese cuaderno lo llamaron loco la primera vez. La segunda fue por la mujer.
A la mujer la trajo de su segunda bajada, la larga, que duró una vendimia entera y la mitad de la siguiente, y con ella un niño de pecho. Era, explicó, hija de un salinero de la costa con quien había tratado a la vuelta, y la gente de la costa no se deja ver por extraños. En los meses que pasó en la casa nadie le vio la cara. Etor la instaló en el sobrado del granero, puso una tranca por fuera y le subió él mismo la comida y el agua. Fermina, la criada de entonces, contó ya de vieja que por las noches se oía arriba un ruido de paja removida y que el amo subía con un candil y bajaba a oscuras. Al niño tampoco lo dejó tocar. Para criarlo trajo de las salinas a una nodriza que no hablaba la lengua del pueblo y que se marchó en cuanto el crío dejó la teta.
En la tercera bajada se llevó a la mujer. Volvió solo a finales del verano y dijo que se le había muerto en el camino. Nadie le pidió más explicaciones.
A partir de entonces empezó a hablar. En el porche de la almazara, en cuanto el vino de pasa le encendía la cara, contaba cosas de la nave honda. Que allí no entraba el sol. Que dentro hacía un frío de enero en pleno agosto, un frío que no salía de ningún sitio, y que los muertos de la fila no se pudrían nunca. Que los casi derechos tenían una reina y que él había vivido con ellos una estación entera. Una noche dijo, delante de once hombres, que la reina le conocía la voz. Lo dijo bajando la suya, y a los once se les quitaron las ganas de beber. Al mes siguiente el Consejo lo mandó a la Casa de los Quietos.
No se resistió. Su hijo tenía entonces siete u ocho años, y los que trataron a Etor en esa época recordaban que, cuanto más crecía el chico, menos ganas tenía el padre de volver a casa, hasta que acabó durmiendo en la almazara encima de los sacos de orujo. Cuando fueron a buscarlo dio las gracias. Murió el invierno siguiente de una pulmonía, por dormir con el ventanuco de la celda abierto.
Del padre, Remí sacó las facciones gruesas y poco más. Era bajo y de cuello corto, y levantaba un pellejo de aceite lleno con una sola mano. Le daban unos arrebatos que duraban lo que tarda en hervir un cazo y que lo dejaban después sudando, con las manos abiertas encima de la mesa. Se casó con la hija del fosero, cosa que en Altabrea se comentó años, y antes de que le naciera el hijo se enroló de tirador en las caravanas de la sal. Los carreteros decían que valía por dos mulas. Una noche de primavera, con la caravana acampada en el llano a la vista de los tejados, se levantó de la manta y echó a andar hacia las letras grandes. Los de guardia lo vieron irse y no lo siguieron. No volvió.
Bastián salió alto y largo de brazos, con la oreja de su abuelo y una calma que en el pueblo se le agradeció después de lo del padre. Fue el primero de la familia que abrió los sacos de Etor para estudiarlos.
Estaban amontonados en la sala de abajo, tal como Etor los había subido de las Naves en tres viajes. Había chapas de un metal muy ligero con números grabados, tubos de vidrio vacíos, correas, unas piezas de loza blanca llenas de agujeros que nadie supo nunca para qué servían, y un cajón entero de fichas de colores del tamaño de una uña, con un agujero en un extremo y una cifra en la cara. Bastián pasó once inviernos con las fichas. Las ordenó por colores y después por el desgaste del agujero, que según él decía cuánto tiempo había llevado puesta cada una. Concluyó, en un cuadernillo que todavía se lee en la Escuela, que eran marcas de propiedad para ganado, y que en las Naves se había criado ganado en un número que en Altabrea nadie alcanzaba a imaginar. El cuadernillo le dio nombre y el Consejo lo hizo lector de la Escuela.
Se casó con la mayor de los Querol, la casa que más votos tenía en el Consejo, y de los tres hijos que tuvo dos no salieron nunca de la casa. Se dijo que habían nacido mal, de cuerpo y de cabeza, y los Querol dejaron de visitar. El tercero, Joanot, salió sano de cuerpo y difícil de trato, de los que contestan a un saludo con una pregunta. A los veinte años se fue a la costa detrás de una cantadora de bodas y volvió al año siguiente solo, con un niño de pecho al que había llamado Dalmau. De la mujer dijo que se la habían llevado unas fiebres. Bastián no le preguntó nada; andaba ocupado en otra cosa.
Llevaba tiempo apuntando lo que contaban los recogedores, la gente que vive en el borde del llano de lo que saca de las Naves sin entrar demasiado. Quería separar en el cuaderno de su abuelo lo inventado de lo oído, las historias del borde que Etor habría recogido en el camino y luego habría creído suyas. En el otoño del 151 de la Cuenta se presentó en la casa un recogedor que sabía escribir, Quirze Soteras, con un cuaderno propio lleno de lo que en el borde se contaba de la nave honda. Una reina de los casi derechos. Un hombre de arriba.
Se encerraron en la biblioteca la tarde entera. Lo que Soteras dijo de viva voz no lo sabrá nadie, y su cuaderno no apareció. Cuando Bastián abrió la puerta, Soteras estaba en el suelo con la cabeza contra la pata de la mesa y el cuello vuelto de una manera que no tiene arreglo. Bastián subió a la planta de arriba sin correr. Antes de que los criados se atrevieran a seguirlo había matado con la almohada a los dos hijos que nadie había visto. Joanot le salió al paso en el pasillo con el crío en brazos. De lo que pasó allí solo queda la versión de la cocinera, que lo vio desde la escalera. Según ella, Joanot dejó al niño en el suelo, detrás de sus piernas, y no se movió de delante. Murió en el pasillo. El niño, que tenía dos años, no recibió un solo golpe.
En la Casa de los Quietos Bastián vivió cuatro inviernos más y no volvió a hablar. Comía si le ponían la cuchara en la mano. Lo encontraron muerto una mañana de marzo, sentado en el catre, mientras en el patio partían leña.
Dalmau fue cabeza de la casa antes de saber atarse las alpargatas, y lo crió la cocinera. De joven arreó mulas y pasó dos campañas de mozo en la almazara, nada de lo que se esperaba de un Ardaiz. Cuando su hijo tenía cinco años se fue con los tratantes de nave, que van de feria en feria vendiendo los animales cogidos en las batidas a quien necesite sacar agua o mover una muela. Se le daban bien. Los otros tratantes contaban que los más ariscos se dejaban poner el ronzal si se lo ponía él, y que más de una mañana lo habían encontrado dormido dentro del cercado, entre los animales, sin que ninguno lo pisara.
En la feria de Riupedrós, el último año que se celebró, un molinero estuvo media mañana mirando el lote de Dalmau. Abría bocas y palpaba corvejones, y a cada animal le levantaba la oreja para ver el agujero de la ficha, que a los de nave se les hace en la primera batida. Al final, de buen humor, se volvió hacia el tratante, le agarró la oreja doblada con dos dedos, igual que había hecho con los animales, y preguntó en voz alta, para que lo oyera todo el corral, a cuánto le dejaba ese. Dalmau tenía en la mano la aguijada de arrear. Los que estaban cerca dijeron después que no hizo ningún ruido. El molinero no se levantó del suelo. A Dalmau lo cogieron los hijos del molinero y los mozos de otros dos lotes, y lo que devolvieron a Altabrea una semana más tarde venía envuelto en una manta de las caravanas. La viuda no quiso abrirla.
II
Ilari era hijo de Dalmau y de una mujer de las caravanas de la sal de la que nunca se supo el pueblo. Cuando Dalmau se marchó con los tratantes, ella subió con el crío a Altabrea y se instaló en la casa de los Ardaiz, donde ya no quedaba nadie que se lo impidiera. Tenía ideas muy firmes sobre lo que se le debe a un apellido. Vendió los bancales de almendro de la umbría, después los de la solana, y con eso pagó la Escuela. La casa se caía a pedazos y en el sobrado llovía dentro. Ilari la quería entera, la sala de abajo incluida, y de niño se pasaba las tardes revolviendo los sacos de su tatarabuelo.
Fue el primer Ardaiz que escribió versos. Los que habían oído hablar de la mujer del sobrado decían que eso le venía de la sangre del sur, y la mayoría prefería atribuírselo a la madre, a la que nunca invitaron a una boda. Los versos llamaban la atención sobre todo por la cara que los firmaba. En Ilari se habían juntado todos los rasgos de la casa. Tenía la nariz corta y ancha, vuelta hacia arriba, los ojos pequeños y muy separados, con unas pestañas casi blancas, una piel que se encendía de rosa al menor esfuerzo y la oreja doblada sobre sí misma hasta tapar el oído. La gente que lo veía por primera vez apartaba la vista y después volvía a mirar.
En la Escuela no se fijaban en la cara. Salió el primero de su promoción con una memoria sobre las fichas de colores que corregía a su bisabuelo en dos detalles y le daba la razón en lo demás, y se quedó de ayudante de lectura. Allí volvió a poner en marcha la máquina del sótano, que nadie había tocado en tres generaciones.
Era una caja del tamaño de un arcón, con una ranura para tubos de vidrio y otra por donde salía una tira de papel estrecho. Los viejos la llamaban la lectora de sangres. Había servido para zanjar pleitos de herencia, cuando a alguien le convenía saber de quién era hijo otro, y se había callado el día que se acabaron unos cartuchos que en Altabrea nadie sabía hacer. Ilari encontró seis en un cajón mal rotulado del almacén, envueltos en un papel encerado que los había conservado, y gastó dos en aprender a usarla. En el archivo se guardaban las catorce tiras de los pleitos antiguos. Las leyó todas para entender lo que decía la máquina. Eran columnas de letras sin sentido y una cifra de parentesco, subrayada a lápiz por algún juez, y al final de cada una venía una línea que la gente de los pleitos no había tenido nunca en cuenta porque no decidía nada. Ponía MARCA: NINGUNA. La tenían casi todas. En dos, el papel estaba roto justo por ese sitio. Ilari la tomó por una fórmula de cierre y no le dio más vueltas.
Su madre murió en el invierno del 213. En primavera Ilari vendió lo último que quedaba, la prensa de la almazara vieja y los seis cubiertos de plata con la A grabada, contrató a cuatro recogedores y dos mulas y bajó al llano. Pasó un año en el borde, entre la venta de Teodora Ximén y los primeros tejados. Una de las mulas se le quedó coja la segunda semana y la cambió en la venta por otra peor y un saco de algarrobas. Teodora le cobró la diferencia dos veces, y él no lo descubrió hasta marzo.
Teodora llevaba la venta desde antes de que Ilari naciera. Compraba a los recogedores lo que sacaban de las Naves y se lo vendía a las caravanas, y en tantos años había oído todo lo que se cuenta en el llano. Le confirmó la historia de Soteras sin haber oído nunca el nombre de Soteras, y añadió lo suyo.
Según Teodora, la reina de la nave honda había tomado por marido a un hombre de arriba que bajó solo. Vivieron entre los casi derechos una estación, o varias, en eso no había acuerdo. Cuando les nació una cría, el hombre subió con las dos. Al tiempo volvieron. Ella murió, y él la tendió en la nave honda, donde los muertos no se pudren, y se marchó. Desde ahí la historia tenía tres finales y Teodora los contaba los tres sin elegir. En uno no pasaba nada más, salvo que la nave honda se convirtió en el sitio que había que tener para mandar sobre los otros, y por eso los de nave se mataban entre ellos por entrar. En otro, el hombre volvía una última vez, ya viejo, y se moría a sus pies. En el tercero bajaba de tarde en tarde alguien de arriba, nunca el mismo, que se quedaba a vivir con los de nave y no sabía decir por qué.
—Ese me lo contaba mi madre —dijo Teodora—. Los otros los cuenta cualquiera. Si vuelve usted, tráigame agujas de las gordas, que aquí no llegan.
Después de aquello Ilari dio por bueno el cuaderno de Etor casi entero. Encontró las Naves a las pocas semanas. Contó treinta y una; Etor hablaba de cien. En la pared más entera se leía todavía, en letras del tamaño de un hombre, ANCORA, que es de donde les viene el nombre. La rampa que bajaba a la nave honda se había hundido y el fondo estaba lleno de agua de lluvia, verde y espesa, y con cuatro recogedores y dos mulas no había manera de pasar. Preguntó a todo el que vivía en el borde. Fue una recogedora de veintitantos años, Ivet Lusa, quien le ofreció algo más que historias. Las batidas del Consejo, dijo, habían dejado a los de nave en pocos y a los casi derechos en menos. Ella entraba por los tejados, con cuerdas. Podía bajar a la nave honda, encontrar a la reina y traerle un trozo. Pidió un precio que Ilari pagó por mitad y por adelantado. Él le pidió un corte limpio en la cara de dentro del brazo y un tarro con aguardiente, tapado con cera.
Volvió a Altabrea en la primavera del 215. Mientras esperaba releyó el cuaderno de Etor, despacio, y se descubrió subrayando las mismas frases que alguien, Bastián seguramente, había subrayado antes a lápiz. Buscó en la casa algún rastro de la mujer del sobrado y no encontró más que la tranca, carcomida, y en una viga, a la altura de una persona sentada, unas muescas hechas con algo romo que podían ser de cualquier época. Supuso que la locura del marido lo explicaba casi todo. Se imaginó a una hija de salinero, con el sentido práctico de la gente de la costa, riéndose de las historias de las Naves, y a Etor bajándola al llano para demostrarle que eran ciertas. Se le había muerto allí, y él había vuelto solo. Lo apuntó en el margen del cuaderno, con la fecha.
A principios del verano llegó con una caravana de la sal la carta de Ivet Lusa. Escribía mal y con prisa. Había bajado. La reina estaba donde decían, aparte de la fila, tendida sobre una lámina del mismo metal ligero de las chapas, y no se había podrido, se había secado. Lusa había visto muertos de nave y muertos de los nuestros, muchos de los dos, y aquello no era ni una cosa ni la otra, o era las dos; eso lo diría él, que para eso había estudiado. Había cortado donde le dijeron. A su lado no encontró más que un candil de barro, viejo, sin aceite, y lo dejó donde estaba porque no valía nada. El tarro iría en la caravana siguiente.
Llegó la víspera de la feria de agosto, en una caja de esparto rellena de paja, con el tapón lacrado en rojo. Ilari la llevó directamente a la Escuela, la bajó al sótano con ayuda de Pau Esteve, el chico que barría y lavaba los tubos, y a la caída de la tarde lo mandó a su casa. Pau contó después que, al salir, vio a Ilari romper la cera con la punta del cuchillo, y que el olor del aguardiente le llegó hasta lo alto de la escalera. Junto a la máquina había un segundo tubo, preparado desde por la mañana, con las iniciales de Ilari escritas a mano en la etiqueta. Pau había preguntado para qué era.
—Para comparar —le había dicho Ilari—. Me he pinchado esta mañana, mira.
Y le había enseñado el dedo.
La máquina tardaba media noche en cada lectura. En la Escuela no había nadie para oír nada. Quien vio a Ilari fue Moisés Ribot, el fosero, que esa noche hacía la ronda porque los perros bajaban a escarbar cuando había animal recién echado. Poco antes del alba vio una luz que venía por el camino de abajo y conoció a Ilari por el andar antes que por la cara. Ilari se paró en el borde de la fosa con el farol de la Escuela en la mano.
—¿Se ha echado hoy?
—Esta tarde. Una mula y dos de nave.
Ilari dejó el farol encendido en el borde. Bajó por la rampa de los carros hasta el centro, donde la cal estaba todavía blanda y echaba calor, y se tumbó boca arriba. Ribot lo llamó dos veces desde arriba y luego echó a correr cuesta arriba a despertar al pueblo. Cuando volvieron con más luces, la cal se había cerrado sobre todo menos una bota. Nadie bajó. La cal recién echada quema.
A la mañana siguiente el Consejo bajó al sótano de la Escuela. En el tarro de Ivet Lusa había un trozo de algo pardo y fibroso, del tamaño de un dedo, que olía a aguardiente y no se parecía a nada que tuviera nombre. Junto a la máquina estaba la tira, con dos lecturas, una debajo de otra. La primera era la del tarro. Columnas de letras, una cifra de parentesco que nadie supo leer y, donde las catorce tiras de los pleitos decían MARCA: NINGUNA, esto:
MARCA: ANCORA. LÍNEA DE REPUESTO 4.
La segunda lectura era la del tubo de las iniciales. La tinta salía más clara porque el cartucho se acababa, pero se leía entera. La máquina había subrayado ella misma la cifra de parentesco con la primera. Debajo venía la misma línea, con las mismas palabras. La máquina escribió el nombre sin la tilde que en Altabrea le pone todo el mundo.
El Consejo mandó desmontar la máquina esa misma mañana, a golpe de maza, y repartir las piezas como chatarra entre tres herreros que no sabían de dónde salían. El tarro y la tira bajaron a la fosa, debajo de la cal del tercer día.
Quedaban dos cartuchos en el cajón, envueltos en su papel encerado. Alguien propuso en voz baja gastarlos en dos consejeros, los que quisieran, para que el pueblo pudiera dormir. No se ofreció nadie. El más joven de los Querol los sacó del papel y los partió contra el canto de la mesa, primero uno y luego el otro, y se abrió la palma. Sangró un buen rato sobre la madera, y nadie le acercó un trapo.
Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 20
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