I
Las rodillas las vio antes que las caras.
Sole esperaba en el portal con el delantal puesto, porque el arroz no espera a nadie y en domingo menos. El coche de Alfredo paró en doble fila delante de la mercería, que tenía la persiana echada, y por las puertas de atrás salieron primero las piernas de los niños. Cuatro rodillas del mismo moreno. Lisas. Sin una costra, sin una de esas marcas blancas que se quedan para siempre. Sole las miró tanto rato que Nuria se las miró también, por si tenía algo.
Las de Alfredo, a esa edad, se podían leer. La de la acequia, en la izquierda, con forma de uña. La de la bicicleta del primo, en la derecha, que tardó un mes en cerrar.
—Yaya.
Besos de lado, para no mancharle a Beatriz el colorete. Crisóstomo había bajado detrás con la chaqueta de los botones de hueso y le tendió la mano a su hijo, y Alfredo se la dio, y se quedaron un momento con las manos cogidas sin saber a quién le tocaba soltar.
Rubén llevaba unas zapatillas blancas de las caras, de las que Beatriz repasaba con blanco de zapatos los viernes, y una camiseta con un número grande que no era de ningún equipo de por aquí. Nuria, calcetines de puntilla en septiembre y zapatos de charol. Y un conejo de trapo con una oreja cosida con hilo de otro color. Ese hilo era de Sole, de la Semana Santa.
—¿Qué tal la carretera?
—Fatal, mamá. Camiones hasta Puzol.
—Camiones ha habido siempre —dijo Crisóstomo.
Tres pisos sin ascensor. Rubén subió de dos en dos para llegar el primero, y en el segundo se cruzaron con la del tercero, que bajaba la bombona vacía peldaño a peldaño, con las dos manos y la espalda de lado.
—¿Sabéis si el butanero pasa mañana o el martes?
Nadie lo sabía. Siguió bajando.
En el comedor, el aparador con la vajilla de la boda, que no se había usado nunca entera. El Sagrado Corazón con su bombilla roja encima del televisor. En la mesa camilla, el cenicero de cristal tallado, limpio, porque Crisóstomo fumaba en el balcón desde el año del Mundial. Los niños se sentaron en el sofá sin quitarse nada y Rubén sacó del bolsillo una cosa del tamaño de una polvera.
Beatriz entró en la cocina detrás de Sole.
—¿Te ayudo?
—No hace falta, mujer.
—Es que luego Alfredo dice que no hago nada.
Sole le dio un limón y el cuchillo pequeño. Beatriz cortaba los limones en ocho y Sole en cuatro, y ninguna de las dos lo había comentado nunca.
—Vamos a apuntar a Rubén a tenis —dijo Beatriz—. Hay un club al lado de la urbanización.
—¿A tenis?
—El fútbol es muy de patadas. Y el tenis le va bien para la coordinación, lo dijo la tutora. La raqueta cuesta lo que un abrigo, pero es de aluminio. Le dura.
—¿Y no se cae uno, jugando a eso?
—Es tierra batida, Sole. Como mucho resbalas.
Sole removió el arroz. Alfredo jugaba al fútbol con una pelota de trapos atada con cinta aislante, en el descampado de detrás del economato, y volvía con las espinillas moradas y las rodilleras de tela colgando de un hilo. Le cosía las rodilleras el domingo y el miércoles ya colgaban. Al final le cosía también el hilo.
—Pásame la sal.
Comieron. El arroz salió un poco pasado, porque Sole lo había dejado al fuego para bajar al portal. Rubén apartó la judía ancha, Nuria se comió la suya y la de su hermano, y Beatriz habló de una vecina de la urbanización que tenía un perro que abría la nevera.
—En la sucursal nos han puesto pantallas —dijo Alfredo—. Verdes. Ahora el cliente no te ve escribir.
—¿Y eso es mejor? —preguntó Crisóstomo.
—Es más rápido.
Crisóstomo dijo que bueno, con la boca llena, y siguió comiendo.
Después del arroz, los hombres se fueron al comedor con el periódico. Crisóstomo, en la butaca, con Las Provincias abierto por la página de los muertos, que leía primero por si conocía a alguno. Alfredo, en una silla, con una revista de coches que había traído del suyo. Los niños, en el sofá, doblados sobre la polvera.
Era una maquinita de las de cristal líquido, de dos pantallas, que se abría por la bisagra. Pitaba. Pitaba sin parar, un pito corto y otro corto, y Nuria la miraba por encima del hombro de su hermano con la boca abierta.
—¿Eso qué es? —preguntó Crisóstomo.
Rubén no contestó.
—Rubén, que te habla el abuelo —dijo Alfredo.
—Una maquinita, yayo. Me la trajo papá de Andorra.
—¿Y qué se hace?
—Que el mono no le tire los barriles al hombre.
—¿Y cuándo se acaba?
—No se acaba. Te matan y vuelves a empezar. Tienes tres vidas.
Crisóstomo se levantó a mirar. En la pantalla de abajo, un hombrecito negro subía por unas escaleras y los barriles le bajaban encima, uno detrás de otro, sin que nadie en toda la pantalla hiciera nada por pararlos. Crisóstomo había pasado treinta y un años en la carga del horno, al lado de una cinta transportadora. Estuvo mirando hasta que al hombrecito se le acabaron las vidas y luego volvió a la butaca.
—¿No salís al balcón? Se ve el mar. Y hay polos de limón en el congelador.
—Ahora no, yayo, que pierdo.
—Déjalos, papá —dijo Alfredo, sin dejar la revista—. Así no molestan.
Sole entró con la bandeja del café, la cafetera italiana con el mango quemado de un lado y cuatro pastas de almendra que se habían quedado duras desde el jueves. Dejó la bandeja. Se quedó de pie un momento, mirando a los niños, con las manos en el delantal.
—Déjamela un momento, Rubén, que la vea.
Rubén se la dio sin soltarla del todo. Sole se sacó una horquilla del moño, le dio la vuelta a la maquinita, abrió la tapa de atrás con la punta de la horquilla y sacó dos pilas redondas, chatas como lentejas. Se las metió en el bolsillo del delantal. Cerró la tapa. Se la devolvió.
—Muy bonita.
Crisóstomo pasó la página del periódico.
Al rato, Rubén apretó los botones, uno, otro, los dos a la vez. La sacudió.
—Se ha parado.
—Las pilas, que se gastan —dijo Sole—. A merendar. Y luego, a la calle.
—Mamá —dijo Alfredo.
—A la calle.
La merienda fue corta. Los niños comieron las pastas mirando la maquinita, que se había quedado encima del aparador, al lado de la foto de la boda, y Sole les quitó las migas de la boca con la servilleta.
—¿Solos? —preguntó Beatriz.
—Mamá, el barrio ya no es lo que era —dijo Alfredo—. Ya sabes lo que hay ahora por los solares.
Nadie dijo lo que había por los solares.
—Bajo yo —dijo Crisóstomo—. Me siento en el banco. No les quito el ojo.
Beatriz miró a Alfredo. Alfredo miró el reloj.
—Media hora —dijo Beatriz—. Y que no se manchen, que mañana hay colegio y las zapatillas son nuevas.
En la calle, a las seis, la sombra de los bloques ya llegaba a la acera de enfrente. Crisóstomo se sentó en el banco de piedra, abrió el periódico y no leyó. Los niños se quedaron en la acera, quietos, con los brazos caídos.
—¿Y ahora qué? —dijo Nuria.
—No sé —dijo Rubén—. Esto es un rollo.
Pasó un gato. Atigrado, flaco, con media oreja menos. Se paró junto a un alcorque con cuatro hierbajos, los miró a los dos sin interés y se metió debajo de un coche viejo que llevaba desde la primavera sin ruedas delanteras, apoyado en ladrillos.
—¡Un gatito!
Nuria se agachó. No le bastó. Puso las rodillas en la acera, las dos, y luego las manos, y metió la cara entre los ladrillos.
—Mis, mis.
—¡Nuria, que te manchas! Mamá te mata.
—Calla. Tiene los ojos amarillos.
Rubén se quedó de pie, solo, con las zapatillas blancas. Vio una piedra en el bordillo y le dio con la punta. Rodó un metro. Le dio otra vez, más fuerte, y sonó contra el asfalto con un ruido de raspar que le gustó. La piedra no iba recta. Botaba mal, se iba a la izquierda cuando él quería a la derecha.
Un chaval en bicicleta, camiseta desteñida y el pelo rapado al uno, frenó a su lado.
—Eh. Esa piedra es mía.
—Estaba en el suelo.
—Pues pásamela.
Rubén se la pasó. El chaval la paró con la suela, casi se cae de la bici y se rió.
—Chutas bien, para ser un pijo.
—No soy un pijo.
—Luego bajamos al solar de la vía. Si quieres, nos falta uno.
Rubén miró al banco. Crisóstomo pasó la hoja del periódico. El chaval se fue sin esperar la respuesta.
Nuria se levantó. En cada rodilla, un redondel gris, del tamaño de una moneda de cinco duros. Se sacudió el vestido. El gris no se fue. Se lo tocó con el dedo y lo miró y siguió mirando el coche, por si el gato salía.
Subieron a la media hora.
—¡Nuria! ¿Qué has hecho?
—Había un gato debajo de un coche.
—¡Debajo de un coche! ¡Al baño!
Beatriz se la llevó por el brazo. Alfredo esperó a que se cerrara la puerta del baño.
—Papá, te dije que no se mancharan.
—Era atigrado —dijo Crisóstomo—. Con la oreja mordida.
A las ocho, el coche de Alfredo se llevó a todos hacia Valencia con las ventanillas subidas. Desde el balcón, Sole vio cómo encendía los intermitentes antes de la curva del colegio, aunque no venía nadie por ningún lado y aunque aquella curva la había tomado él mil veces en bicicleta, sin manos, con la cartera colgada del cuello. Siempre los encendía. Desde los dieciocho años.
Crisóstomo salió con el tabaco y dos vasitos de anís. Fumaba en el balcón de pie, con un pie en el umbral, para que el humo no entrara. Sole se sacó las pilas del bolsillo y se las enseñó en la palma.
—Ya lo he visto —dijo él.
—El sábado me los llevo.
—¿Adónde?
—A la playa de abajo. La de las piedras.
—Beatriz no querrá.
—Ya se enterará.
—Te vas a buscar un lío.
—Ya.
Bebieron. Abajo, alguien llamaba a un perro que no venía. Al rato, Crisóstomo entró, abrió el cajón de los cubiertos y sacó de debajo de la bandeja de las cucharillas el sobre que había llegado el viernes. Durante el café, en la cocina, Sole le había preguntado en voz baja si se lo había dicho al chico. No. Y entonces Alfredo había entrado a por hielo y los dos se habían callado, y Crisóstomo le había dicho que en la puerta de arriba, que había cubitos.
Lo leyó otra vez en la mesa de la cocina, con las gafas de cerca.
Por la presente se le comunica que, efectuada la revisión de su expediente, la cuantía mensual resultante es la que figura al dorso. Contra la presente resolución podrá interponer reclamación previa en el plazo de treinta días.
Al dorso figuraba una cantidad. Era menor que la otra.
Le dio la vuelta otra vez, para ver la cantidad. Guardó el sobre debajo de la bandeja de las cucharillas y cerró el cajón.
II
El miércoles por la tarde Sole descolgó el teléfono del pasillo. Lo tenía en una repisa, al lado de la libreta de los números, donde Alfredo venía en la primera página y el practicante en la segunda. Marcó despacio. El disco volvía a su sitio con un ruido de carraca, número a número, y en cada vuelta a Sole le daba tiempo a cambiar de opinión y no cambió, aunque en el cero, que es el que más tarda en volver, estuvo cerca.
—¿Sí?
—Soy yo.
—Hola, Sole. ¿Pasa algo? ¿Crisóstomo está bien?
—Haciendo el crucigrama. Llamaba por el sábado.
Se oyó un papel al otro lado. Beatriz tenía una agenda de tapas de plástico que llevaba a todas partes, también a la playa.
—El sábado, Rubén tiene clase de ordenadores de diez a doce. Y Nuria, un cumpleaños a mediodía en casa de una compañera. Con payaso.
—¿Con payaso?
—Lo han contratado los padres. Hasta las cuatro nada más.
—Pues a las cinco me los traéis.
—¿Y adónde los vais a llevar?
—Por ahí. A que les dé el aire.
—Es que Rubén tiene examen de naturales. Del ecosistema.
—Pues mira.
Hubo un silencio en la línea, con un zumbido detrás, como cuando llamaban a Teruel. Sole se imaginó a Beatriz haciendo la cuenta de lo que podía pasar en tres horas con dos abuelos de sesenta y seis años. Luego se la imaginó haciendo la otra cuenta, la de tres horas de sábado sin niños en casa.
—Vale. Pero que lleven chaqueta, que dicen que cambia el tiempo.
—Que lleven lo que quieras.
Colgó. Desde el comedor, Crisóstomo preguntó qué le había dicho.
—Que lleven chaqueta.
—Río de Italia, cuatro letras.
—Po.
—Eso son dos.
—Pues no lo sé.
El jueves le subió la del tercero unos pantalones de su marido para que les cambiara la cremallera, y se los pagó con media docena de huevos de su hermana de Gilet. Sole abrió la lata de galletas donde guardaba los botones para buscar uno de nácar que no hacía falta, y allí estaban las pilas, entre los corchetes y un dedal que no era suyo. Las dejó donde estaban. Los huevos tenían dos yemas cada uno, todos menos uno, y eso la tuvo entretenida un rato.
La de la acequia fue en marzo del cincuenta y nueve. Alfredo tenía nueve años y llegó a casa con el pantalón roto, la rodilla abierta y una rana viva en el bolsillo de la camisa. Sole lo subió al banco de la cocina y le lavó la rodilla en el fregadero, con agua del grifo y jabón de pastilla. Alfredo no lloró. Contaba en voz alta los azulejos de la pared, de diez en diez, y cuando se le acabaron los azulejos se le había olvidado que le escocía. Crisóstomo estaba de noche. Llegó a las seis y diez, con el olor del horno en la ropa, y lo primero que hizo fue levantar la sábana para mirarle la rodilla al crío dormido. La tapó otra vez y se fue a lavar.
Esa semana Sole le cosió al pantalón las primeras rodilleras, de un retal de pana marrón que le había sobrado de un abrigo de la del segundo. Las pasó a máquina con doble pespunte y las remató por dentro a mano, tres puntadas encima de otras tres, igual que se las remataba a ella su madre. Le duraron hasta mayo. Lo de la rana no lo explicó nunca, y Sole no volvió a preguntar.
III
El sábado, a las cinco, Beatriz los dejó en el portal sin apagar el motor.
Rubén traía una mochila con el libro de naturales dentro, por si acaso. Nuria, unas mallas rosas y una camiseta con purpurina en la que ponía una palabra en inglés. Sole pensó que la purpurina era muy valiente pero que no iba a durar.
—¿Adónde vamos, yaya?
—A la playa.
—Pero si ya no es verano —dijo Rubén—. No nos podemos bañar.
—Pues se mira —dijo Crisóstomo.
No fueron por el paseo de las palmeras. Al final de la calle de la escuela, Crisóstomo torció a la izquierda, hacia la parte de la fábrica, y el asfalto se acabó de golpe, en una raya, sin bordillo. Detrás venía un camino de tierra negra, con piedrecitas que crujían, y a un lado las naves, con los cristales rotos y un eucalipto que le salía a una de ellas por el tejado.
—Por aquí no es —dijo Rubén.
—Por aquí se llega antes.
—Esto está sucio.
Crisóstomo siguió andando.
Pasaron junto a una valla de alambre con un cartel de prohibido el paso. A la valla le faltaba la mitad. Sole miró hacia dentro. Las cintas transportadoras paradas, subiendo hacia ninguna parte. Una grúa con el gancho colgando a medio camino. Ni un ruido. La primera noche sin aquel ruido, Sole se había despertado tres veces.
—¿Tú trabajabas ahí, yayo? —preguntó Nuria.
—Ahí.
—¿Y ahora quién trabaja?
—Unos de fuera. La están desmontando por partes, para venderla.
—¿Y quién la compra?
Crisóstomo no lo sabía. Dijo que unos chinos, por no quedarse callado, y Nuria se quedó mirando la grúa del gancho como si esperara ver salir a uno.
La playa de abajo tenía la arena gris oscura, pesada, con guijarros y conchas partidas, y entre las conchas, piedras negras llenas de agujeros, de todos los tamaños.
—Esto es feo —dijo Nuria.
Por la orilla venía un hombre con gorra, dos cañas al hombro y una nevera de corcho colgada de una cuerda. Se paró delante de ellos.
—Crisóstomo.
—Hombre.
Era uno de laminación. Habían coincidido en el mismo turno once años y ni Crisóstomo ni Sole se acordaban de cómo se llamaba.
—¿Pican?
—Ni las pulgas. —Dejó la nevera en la arena—. Oye, ¿a ti te ha llegado la carta?
—El viernes.
—A mí el jueves. Mi cuñado dice que hay que reclamar, que en Valencia hay uno que lleva muchos y que si vamos varios juntos…
Rubén se había acercado a mirar dentro de la nevera. El hombre lo miró a él y luego a Nuria, que se había escondido detrás de su abuela.
—¿Son tuyos?
—Los nietos.
—Qué grandes.
Cogió la nevera y siguió andando hacia el paseo. Crisóstomo no lo miró irse.
—Quitaos los zapatos —dijo Sole.
—¿Qué?
—Los zapatos. Y los calcetines.
—Pero pincha.
—Pues mirad dónde pisáis.
Sole se sentó en una piedra plana, se quitó los zapatos de cordones y se bajó las medias, despacio, primero una y luego la otra, enrollándolas sobre sí mismas hasta el tobillo. Puso los pies en la arena fría. Los tenía torcidos hacia dentro por los juanetes, con la uña del dedo gordo gruesa y amarilla, y no los escondió. Crisóstomo tardó más, porque tuvo que apoyarse en el hombro de ella para agacharse. Sus pies eran blancos como masa sin cocer.
Los niños miraron los pies de los abuelos. Luego se miraron los suyos.
Se descalzaron. Nuria puso un pie en la arena y lo levantó enseguida.
—¡Está fría!
—Claro. Venga, corred.
Corrieron mal. Levantaban mucho las rodillas y gritaban ay con cada concha. A los cinco minutos ya no se miraban los pies. Rubén encontró un palo blanco, pulido, sin corteza, y empezó a darle golpes al agua. El agua le contestaba mojándole los tobillos. Nuria se puso a recoger cosas: un tapón de corcho, un trozo de red verde, la suela de una alpargata, una cuchara de plástico sin mango.
Sole y Crisóstomo se quedaron en la piedra. Crisóstomo sacó el tabaco, lo miró y lo volvió a guardar.
—Ya tardan —dijo Sole.
—¿En qué?
—En caerse.
Nuria vino corriendo con una de las piedras negras en la mano. Era del tamaño de un puño y la sostenía con las dos manos, con cuidado.
—Yayo, ¿esto es un meteorito? Pesa muy poco.
Crisóstomo la cogió. Le dio la vuelta. Le pasó el pulgar por los agujeros.
—Escoria.
—¿Qué es escoria?
—Lo que sobra del horno. Lo que sale por arriba cuando el hierro se queda abajo.
—¿Y tú la hacías?
—Yo hacía hierro. Esto salía solo.
Rubén se había acercado con el palo.
—¿Y para qué sirve?
Crisóstomo miró la piedra un rato más.
—Para nada. La tirábamos aquí.
Nuria le quitó la piedra de la mano y se la metió en el bolsillo de la chaqueta. Luego volvió a la orilla a buscar más. Rubén se fue detrás, dándole golpes al agua, y al cabo de un rato los dos andaban agachados, comparando cuál pesaba menos, cuál tenía más agujeros, cuál tenía un brillo azul por un lado que no se sabía de dónde venía.
Y pasó. Rubén iba de espaldas, persiguiendo a su hermana con el palo para quitarle una que ella decía que era de oro, y el talón se le enganchó en un cabo de amarre medio enterrado en la arena. Sole lo vio irse hacia atrás, girarse en el aire para no caer de culo y caer de lado, sobre la rodilla izquierda. No en la arena. En la gravilla.
Rubén se quedó quieto, sentado, con la pierna estirada. Se miró la rodilla. La piel estaba levantada en un trozo redondo, con tierra negra dentro, y la sangre salía en puntitos que se iban juntando. Abrió la boca para el llanto largo, el que se oye desde el portal.
—Quieto —dijo Sole—. A ver.
Se levantó de la piedra y fue hasta él descalza, y se arrodilló en la arena, y le crujieron las dos rodillas. Le cogió la pierna por el tobillo. Miró. Raspón. Tierra. Ningún corte hondo, ninguna piedra clavada. Sangre de la que sale y para.
Rubén esperaba el pobrecito y el pañuelo. Tenía la boca todavía abierta.
—Te has hecho una rodilla —dijo Sole.
—Me sale sangre.
—Claro. ¿Qué querías que te saliera?
Nuria llegó con las manos llenas de escoria.
—¡Hala! Se le ven las tripas de la pierna.
—Eso es piel, exagerada —dijo Crisóstomo, que venía detrás, despacio, mirando dónde ponía los pies.
—¿Te duele? —preguntó Sole.
—Sí.
—Al agua. Métela en el agua.
—¡Escocerá!
—Un rato.
Rubén se levantó y fue hasta la orilla cojeando más de lo que hacía falta. Metió la pierna en el agua hasta la rodilla y apretó los dientes, y no lloró. La sangre se hizo una nube rosa pequeña y la ola siguiente se la llevó. Rubén se giró hacia su hermana y le sacó la lengua.
Crisóstomo sacó el pañuelo de cuadros, el bueno, el que llevaba planchado en el bolsillo de atrás. Lo mojó en el mar, lo escurrió, le limpió la tierra de los bordes. Lo hizo como se limpia una pieza, de fuera adentro, sin tocar el centro. Rubén no apartó la pierna.
—Mañana te tirará —dijo Crisóstomo—. Cuando estires.
—¿Me quedará marca?
—Si te la arrancas, sí.
Rubén se miró la rodilla con otra cara.
Sole quiso levantarse de la arena y no pudo a la primera. Le dio la mano Crisóstomo, y como no bastó, le dio la otra Rubén, con la rodilla mojada, y entre los dos la pusieron de pie.
A la media hora, Rubén preguntó si faltaba mucho para irse. Tenía frío en los pies y la rodilla le tiraba. Se sentó en la piedra plana, al lado de su abuela, con las zapatillas en el regazo, y estuvo un rato sin hacer nada, mirando a su hermana, que seguía agachada en la orilla. Luego se levantó y fue a ayudarla, porque ella había encontrado una con dos agujeros que se atravesaban de lado a lado y se veía el mar por dentro.
Estuvieron hasta que el sol se metió detrás de las naves y se levantó un aire frío del agua. Los bolsillos de las chaquetas iban llenos, y las chaquetas, que eran de marca, se torcieron hacia un lado. Volvieron por el camino negro con los zapatos en la mano, y Sole se puso las medias al llegar al asfalto, apoyada en una farola, una pierna y luego la otra, mientras los niños la esperaban sin prisa.
IV
Alfredo había aparcado con dos ruedas en la acera.
—Ya están —dijo Crisóstomo.
Subieron. En el comedor, Alfredo y Beatriz veían la televisión con el volumen bajo, un reportaje sobre algo en algún sitio, y se levantaron los dos a la vez. Beatriz empezó por las zapatillas, que el viernes eran blancas, siguió por las mallas de Nuria, con arena negra hasta las corvas, y por el pelo de los dos, tieso de sal, y acabó en la rodilla de Rubén, roja, con la costra empezando.
—¡Rubén! ¿Qué te ha pasado?
—Me he caído.
—¡Estás sangrando!
—Ya no.
Beatriz fue al baño y volvió con el bote de agua oxigenada y una gasa. Rubén se dejó. El agua oxigenada hizo espuma blanca sobre el raspón, mucha, y Nuria se acercó a mirarla.
—Hace espuma como la cerveza del yayo.
—Mamá —dijo Alfredo—. Te dije que tuvierais cuidado.
—Lo hemos tenido.
—¿Dónde los habéis llevado?
—A la playa de abajo.
—¿A la de la fábrica?
—A la playa.
Nuria vació los bolsillos en el mármol de la cocina, al lado del fregadero. Las piedras negras cayeron sin hacer ruido, porque pesaban poco, y rodaron un poco y se pararon. Había nueve. Una tenía el brillo azul.
—¿Y esto qué es? —preguntó Alfredo.
—Meteoritos —dijo Nuria—. Los hacía el yayo.
Alfredo miró a su padre, que estaba en la puerta de la cocina, todavía con la chaqueta.
Crisóstomo no la corrigió.
Alfredo cogió una. La sopesó con el pulgar en los agujeros. La dejó en el mármol.
—En el coche no entran —dijo Beatriz—. Lo pone perdido.
—Una —dijo Nuria.
—Una.
Nuria eligió la del brillo azul. Lo pensó mucho. Luego la cambió por la que menos pesaba.
Alfredo se agachó delante de Rubén. Miró la rodilla de cerca, con la espuma ya bajando.
—¿Te duele?
—Un poco. Escuece menos.
—No te arranques la costra.
—Ya me lo ha dicho el yayo. Quiero que me quede marca.
—¿Para qué quieres tú una marca?
Rubén no supo qué contestar. Alfredo se tocó la rodilla izquierda por encima del pantalón, un momento, como quien busca la cartera en un bolsillo que no es, y se levantó.
Se fueron a las ocho y diez. Desde el balcón, Sole vio los intermitentes encenderse antes de la curva del colegio.
Sole barrió el pasillo. La arena negra de las zapatillas salió en el recogedor, mezclada con una horquilla que llevaba perdida desde agosto, y la echó al cubo sin separarla.
Las ocho piedras se quedaron en el mármol. Crisóstomo las echó en una bolsa de plástico del mercado y la dejó en el armario de la galería, detrás de la caja de herramientas, al lado de un rollo de alambre.
V
El domingo de la semana siguiente Alfredo subió el primero, con una bolsa de una tienda de deportes de la calle Colón. La dejó en la mesa camilla.
—Para la playa de la abuela —dijo—. Si van a ir, que vayan con esto.
Eran dos pares de rodilleras de plástico, de las de patinar, con el plástico duro por fuera, un acolchado gris por dentro y unas tiras con velcro que hacían un ruido de tela rota al abrirse. Unas azules y unas rosas.
Sole cogió las azules y las miró por dentro.
Nuria había traído su piedra en una caja de pendientes de su madre, encima del algodón. La enseñó en la puerta, antes de dar los besos, y luego la volvió a cerrar.
Las rosas se las puso Nuria en el pasillo, encima de los calcetines de puntilla, y anduvo hasta la cocina y volvió con las piernas rectas, sin doblarlas, muy seria. Beatriz le ajustó el velcro.
Rubén tenía la costra de la rodilla izquierda levantada por los bordes, oscura en el centro y rosa por debajo, donde ya había piel nueva. Le quedaba poco. Se sentó en el suelo del pasillo. Cogió una rodillera azul, se la puso en la derecha, la rodilla limpia, y apretó el velcro hasta que no daba más.
—¿Y la otra? —preguntó Alfredo.
Rubén la dejó en el regazo de su abuela y bajó la escalera sin esperar a nadie.
Sole le dio la vuelta a la rodillera y miró las costuras. Estaban mal rematadas.
Índice de la serie · Relatos de hierro y mar
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