Retrato de Franz Kafka, en blanco y negro
Tiempo de lectura: 6 minutos

(1883 – 1924) — Bohemia (Austria-Hungría; Checoslovaquia desde 1918) · alemán

Obra de referencia: El proceso (Der Process, 1925)

A un hombre lo detienen una mañana y lo dejan libre. Durante un año preguntará de qué se le acusa, y nadie en el libro sabrá decírselo.

En agosto de 1914, con la guerra recién empezada, Franz Kafka escribió en las mismas semanas la detención de Josef K. y su ejecución. La novela tuvo final antes de tener centro. El centro no lo terminó nunca: en enero de 1915 la dejó, y solo volvió a ella en un intento breve de 1916.

Un mes antes, el 12 de julio, Kafka había pasado por otro juicio. Fue en el hotel Askanischer Hof de Berlín, donde se alojaba, ante su prometida, Felice Bauer, la hermana de ella, Erna, y Grete Bloch, amiga de los dos, que le había enseñado a Felice las cartas que Kafka le escribía a ella. El compromiso, cerrado el 1 de junio, se deshizo allí. Once días después Kafka lo anotó en el diario y lo llamó tribunal. Según esas notas, Felice se tocó el pelo, se sonó, bostezó y de pronto soltó cosas hostiles que llevaba tiempo guardando. El único relato es el suyo.

Elias Canetti leyó la novela entera a esa luz en El otro proceso de Kafka (1969): el compromiso sería la detención; el hotel, la ejecución. Esa lectura aclara con qué ánimo se sentó Kafka a escribir; del libro aclara menos. En el hotel Kafka tenía delante sus propias cartas; a Josef K. nadie le enseña un papel.

Doctor en Derecho, Kafka trabajó de 1908 a 1922 en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, en Praga, y para la memoria de 1909 redactó unas normas contra las amputaciones en las cepilladoras de madera. Escribía cuando terminaba la jornada. La condena (Das Urteil) la escribió de un tirón en la noche del 22 al 23 de septiembre de 1912, de las diez de la noche a las seis de la mañana. Lo anotó en el diario, y añadió que solo así se podía escribir.

Cada atardecer, desde 1910, hacía la gimnasia del danés J. P. Müller, y por carta intentó que Felice la practicara también; no la convenció. El 2 de agosto de 1914 escribió que Alemania había declarado la guerra a Rusia y, a continuación, que por la tarde había ido a la escuela de natación. Ese verano trabajaba por primera vez fuera de casa de sus padres, en las habitaciones que le dejaban sus hermanas mayores.

Josef K., apoderado de un banco, es detenido la mañana en que cumple treinta años. Sigue libre, va a la oficina y persigue durante un año a un tribunal que celebra sus sesiones en los desvanes de las casas de vecinos de un arrabal. La víspera de su trigésimo primer cumpleaños, dos hombres de levita lo llevan a una cantera y lo matan.

La primera frase dice en el original Jemand mußte Josef K. verleumdet haben. El verbo modal convierte la calumnia en deducción: es la conjetura de K., contada por una voz que se le pega. El subjuntivo que sigue, ohne daß er etwas Böses getan hätte, pone la inocencia en el mismo modo hipotético. La voz habla en tercera persona y no sabe nada que K. no sepa. Desde la primera línea sabemos lo mismo que él.

El resto está contado con la exactitud de un atestado. Los vigilantes que vienen a detenerlo se comen su desayuno. El pintor Titorelli le explica tres clases de absolución, y de la única verdadera admite que no ha visto ningún caso. Max Brod contó en su biografía de 1937 que, cuando Kafka les leyó el primer capítulo, los amigos se rieron sin freno y él tuvo que interrumpirse varias veces de la risa. El Kafka sombrío de las solapas tiene menos testigos.

La forma del libro es en parte ajena. Kafka dejó dos notas pidiendo a Brod que lo quemara todo sin leerlo; Brod alegó que ya en 1921 le había avisado de que no lo haría. De El proceso quedaron 161 hojas sueltas, agrupadas en capítulos con título de Kafka y sin numerar, y el orden lo fijó Brod en 1925. La edición crítica de Malcolm Pasley (1990) recuperó la grafía Der Process. En 2024, la traducción de Luis Fernando Moreno Claros para Arpa reordenó capítulos a partir del trabajo de Reiner Stach.

En el capítulo de la catedral, un sacerdote le cuenta a K. «Ante la ley», una parábola que Kafka publicó suelta en 1915. Un hombre del campo pide entrar en la ley; el guardián le dice que ahora no, y el hombre espera ante la puerta abierta durante años, hasta morir. Cuando la parábola termina creemos tener la clave del libro. Luego K. y el sacerdote la discuten durante páginas. El sacerdote le reprocha que no respete el texto y desmonta cada lectura que K. propone, sin dejar en pie ninguna propia. Al despedirse le dice que el tribunal no quiere nada de él.

En vida publicó poco. La metamorfosis (Die Verwandlung, 1915) cuenta la conversión de Gregor Samsa en insecto sin una sola explicación. Las otras dos novelas, inacabadas, las publicó Brod tras su muerte: El castillo (Das Schloss, 1926) y El desaparecido (Der Verschollene, 1927), que tituló América. En El castillo es el agrimensor K. quien intenta entrar en una institución que no lo admite.

Escupió sangre una madrugada de agosto de 1917. Era tuberculosis. En cartas de septiembre a Brod y a Felice lo contó como un alivio: se le habían ido el insomnio y los dolores de cabeza. Se jubiló por enfermedad en 1922. En 1924 la tuberculosis le había llegado a la laringe; en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena, apenas podía tragar y, obligado a guardar silencio, se comunicaba con notas escritas. Murió el 3 de junio de 1924, a los cuarenta años. Sus tres hermanas fueron asesinadas en la Shoah: Elli y Valli en Chełmno, en 1942; Ottla, en Auschwitz en octubre de 1943, adonde había acompañado como voluntaria un transporte de niños.

Sus parientes de sangre, le escribió a Felice en 1913, eran Grillparzer, Dostoievski, Kleist y Flaubert. Camus (nº 11) le dedicó un apéndice de El mito de Sísifo que Gallimard retiró de la primera edición, en el París ocupado de 1942, por tratarse de un autor judío. Borges (nº 46) concluyó en «Kafka y sus precursores» (1951) que «cada escritor crea a sus precursores». García Márquez (nº 41) contó en Vivir para contarla (2002) que La metamorfosis le enseñó a contar como contaba su abuela, en la edición de Losada que él llamó «la falsa traducción de Borges». Lo era: había salido anónima en la Revista de Occidente en 1925, y la investigadora Elisa Martínez Salazar reúne indicios que apuntan a Margarita Nelken.

Georg Lukács, en «¿Franz Kafka o Thomas Mann?» (1958), opuso el realismo de Mann (nº 71) a un Kafka de personajes arrojados fuera de la historia. La versión más honesta del argumento se apoya en un dato: la guerra que en el diario cabía en una línea, junto a la natación, en la novela no aparece en ninguna. Kundera (nº 18) leyó el libro desde la experiencia de Praga en El arte de la novela (1986). Contaba el caso de un ingeniero checo al que el periódico del Partido dio por desertor y que, perseguido por la noticia, acabó comportándose como un culpable. Según Kundera, en el mundo de Kafka el castigo precede a la falta y sale a buscarla. Vale también para el manuscrito, donde la ejecución estuvo escrita antes que el proceso. Y explica por qué la novela sirvió para leer un régimen posterior. La renuncia a su propio tiempo sigue sin respuesta.

La palabra kafkiano ha pasado al diccionario de la Academia para cualquier situación absurda y angustiosa, y la novela se ha quedado en alegoría de ventanilla. Para quien no ha abierto nunca a Kafka, La metamorfosis es la entrada más corta y está terminada, con la transformación ya hecha en la primera frase. El proceso se deja leer por capítulos, porque casi cada uno es una visita de K. a alguien que podría ayudarle: su tío, el abogado, el pintor, el sacerdote.

Cuando Kurt Tucholsky le preguntó por la novela, Brod le contestó, y Tucholsky lo publicó en Die Weltbühne en 1926, que con Kafka nunca se podía hablar de interpretaciones: él interpretaba de modo que cada interpretación pedía otra. El centro del libro quedó sin escribir. A uno de los capítulos de aquellas semanas de agosto, Kafka lo tituló Ende, fin.

«Esta entrada estaba destinada solo a ti. Ahora me voy y la cierro.»

Franz Kafka, «Ante la ley», en El proceso (1925). Traducción propia.


Para seguir leyendo

  • El proceso, Franz Kafka (1925); trad. de Luis Fernando Moreno Claros (Arpa, 2024) — sigue los manuscritos y el orden de capítulos propuesto por Reiner Stach, con un epílogo sobre la génesis del libro.
  • La metamorfosis, Franz Kafka (1915); trad. de Isabel Hernández (Nórdica Libros, 2015) — la entrada más corta a Kafka, terminada y publicada en vida, a diferencia de sus tres novelas; la voz pegada al protagonista es la misma de El proceso.
  • El castillo, Franz Kafka (1926); trad. de Miguel Sáenz (Alianza Editorial) — la última de sus novelas, inacabada también, escrita en 1922, cuando llevaba cinco años enfermo.

Grupo 2 — El absurdo y la intemperie metafísica. Conexiones: Camus (nº 11, Grupo 2), Kundera (nº 18, Grupo 2), García Márquez (nº 41, Grupo 5), Borges (nº 46, Grupo 6), Thomas Mann (nº 71, Grupo 9).

Sin versión española libre de derechos. La obra de Franz Kafka, en alemán, su lengua original, puede leerse y descargarse libremente en Proyecto Gutenberg.

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