(1930 – 2013) — Nigeria · inglés
Obra de referencia: Todo se desmorona (Things Fall Apart, 1958)
Un comisario británico calcula cuánto espacio merece en su libro la muerte de un hombre: un párrafo, quizá. La novela que termina en ese cálculo está contada desde la aldea que él ha venido a pacificar.
En 1957 existía una sola copia de la novela, escrita a mano. Chinua Achebe la mandó desde Lagos, por correo ordinario, a una agencia londinense que se anunciaba en The Spectator ofreciendo pasar a máquina manuscritos de autores. Pagó veintidós libras en giros postales por dos copias. Luego, meses sin noticias.
Lo que siguió lo contó él mismo, y así lo recoge su biógrafo Ezenwa-Ohaeto. Angela Beattie, su jefa en el servicio de radio nigeriano, aprovechó sus vacaciones en Londres para presentarse en la agencia. Al poco llegó a Lagos una copia mecanografiada. Una sola, y sin carta. Heinemann publicó Todo se desmorona el 17 de junio de 1958, con dos mil ejemplares.
Achebe explicó en 1994 a The Paris Review por qué había escrito aquel libro, y lo hizo con un proverbio: mientras los leones no tengan sus propios historiadores, la historia de la caza ensalzará siempre al cazador. Él había empezado del lado del cazador. De niño, contó en esa entrevista, leía novelas de aventuras y se ponía sin pensarlo con los blancos frente a los salvajes. Lo habían bautizado Albert, como al marido de la reina Victoria, y su padre, catequista, recorrió con su madre durante treinta y cinco años la tierra igbo predicando el Evangelio. En el University College de Ibadán, donde entró en 1948 con una beca de medicina, se pasó a letras, dejó de usar el Albert y leyó Mister Johnson (1939), la novela nigeriana del irlandés Joyce Cary que sus profesores ingleses admiraban; a él y a sus compañeros, recordó en la CBC, no les gustó nada.
Después se ganó la vida escribiendo guiones para el servicio de radiodifusión nigeriano. Ese oficio lo llevó en 1956 a Londres, a un curso de la BBC, y allí enseñó el manuscrito a uno de los profesores, el novelista Gilbert Phelps. Achebe lo pensaba como un solo libro muy largo; Phelps le aconsejó partirlo en varias novelas. Achebe quitó la segunda y la tercera parte y se quedó con Okonkwo.
Okonkwo es luchador célebre y cultivador de ñame en Umuofia, un clan igbo de nueve aldeas, a finales del siglo XIX. Una muerte accidental le cuesta siete años de destierro en la aldea de su madre; cuando vuelve, han llegado los misioneros y un tribunal británico.
Achebe doblega el inglés desde el primer capítulo, donde el narrador explica que entre los igbo conversar es un arte y que los proverbios son el aceite de palma con que se comen las palabras. Las palabras igbo (chi, obi, egwugwu) quedan sin traducir, y las ediciones inglesas las explican en un glosario final: es el lector de Londres quien tiene que ir a buscarlas. El narrador apenas juzga. Cuenta una cosecha, una deuda o un juicio presidido por antepasados enmascarados con la misma llaneza, y nada de eso está ahí para dar color local.
Esa llaneza deja ver las grietas de dentro. Ikemefuna, un muchacho entregado a Umuofia por otra aldea como compensación, vive tres años en casa de Okonkwo y lo llama padre; cuando el oráculo decreta su muerte, es Okonkwo quien da el golpe, por miedo a que lo tengan por débil. Los gemelos recién nacidos se abandonan en el bosque. Cuando lleguen los misioneros, Nwoye, el hijo mayor, se acercará a ellos porque un himno parece responder a esas dos heridas, no por la doctrina. Antes de que aparezca el primer blanco ya hemos visto abrirse la brecha por la que entrará el cristianismo.
Todo lo que Okonkwo desprecia como femenino, empezando por el recuerdo de su padre Unoka, deudor y tocador de flauta, forma parte de la cultura que cree defender. La lectura es mía, y el texto la apoya en una escena del destierro: el tío Uchendu le pregunta por qué uno de los nombres más comunes que dan a sus hijos es Nneka, «la madre es suprema», si quien manda en la familia es el hombre. Okonkwo no sabe responder.
El último capítulo cambia de mirada. Okonkwo ha matado a un mensajero del tribunal y se ha quitado la vida, y los suyos no pueden tocar el cuerpo, porque para el clan esa muerte es una abominación; tienen que pedírselo a los forasteros. Las últimas líneas pasan al comisario de distrito, que piensa en el libro que está escribiendo. Aquel hombre daría para un capítulo, o mejor para un párrafo razonable. Ya tiene título: La pacificación de las tribus primitivas del Bajo Níger. Después de veinticuatro capítulos contados desde la aldea, la novela le cede la última palabra al historiador del cazador.
Ese libro reaparece en La flecha del dios (Arrow of God, 1964), donde un joven funcionario británico lo está leyendo; su autor se llama George Allen. Antes, Me alegraría de otra muerte (No Longer at Ease, 1960) había llevado a un nieto de Okonkwo a la Lagos de los sobornos, y Un hombre del pueblo (A Man of the People, 1966), sátira de un ministro corrupto, se cerraba con un golpe militar.
Lo que pasó con ese final lo contó Achebe en 2010 a Nicholas Wroe, de The Guardian. Una noche de enero de 1966 estaba en una reunión de la recién fundada Sociedad de Autores Nigerianos. La novela iba a salir en Londres pocos días después. Un miembro llegó tarde, irrumpió con el libro en la mano y le llamó profeta: todo lo que contaba estaba pasando, dijo, salvo el golpe. Achebe había puesto el golpe porque la novela lo pedía, aunque le parecía absurdo en un país tan grande. Esa misma noche hubo un golpe militar, y en él mataron al primer ministro.
Después vino Biafra. Achebe recorrió el mundo como enviado oficioso de la república secesionista. En 1967 bombardearon su piso de Enugu, y ese agosto murió en combate Christopher Okigbo, el poeta con quien acababa de fundar la editorial Citadel Press. Pasaron veintiún años sin novela. En febrero de 1990 sus colegas de Nsukka abrieron un congreso en su honor el mismo día en que Nelson Mandela salió de la cárcel; apenas un mes después, camino del aeropuerto de Lagos, un accidente de coche lo dejó paralizado de cintura para abajo. Tras meses de hospital en Londres, vivió en una casa construida para él en el campus del Bard College, en el estado de Nueva York, y llegó a decir que la silla de ruedas y la distancia de su tierra le asfixiaban la imaginación.
Su influencia tiene nombres. En la conferencia de escritores de Makerere, en 1962, un estudiante keniano, Ngũgĩ wa Thiong’o, le enseñó el manuscrito de su primera novela; Achebe le dijo que amontonaba adjetivos, que a quien ya ha caído de un golpe no hace falta rematarlo a palos, y habló de él con Heinemann, según recordó Ngũgĩ en 2018 en Scroll.in. Chimamanda Ngozi Adichie (nº 26) creció en Nsukka en una casa del campus donde antes había vivido Achebe, y abrió La flor púrpura (Purple Hibiscus, 2003) con una frase en la que las cosas empiezan a desmoronarse en su casa.
La otra mitad de su influencia salió de una conferencia. El 18 de febrero de 1975, en la Universidad de Massachusetts en Amherst, Achebe sostuvo que El corazón de las tinieblas niega a los africanos la humanidad y la palabra, y llamó a Conrad bloody racist; al recogerla en Hopes and Impediments (1988) cambió el insulto por un adjetivo más frío y mantuvo la acusación. Cedric Watts le replicó en 1983 que su postura insinuaba que un blanco no podía juzgar ese libro. En 2016, Stephen Clingman escribía en The Massachusetts Review que apenas queda comentario sobre Conrad que no pase por aquel desafío.
Para quien no ha leído a Achebe, Todo se desmorona es también la puerta más corta: algo más de doscientas páginas en la edición de bolsillo, en tres partes. La primera, de trece capítulos, transcurre entera en Umuofia antes de que llegue ningún europeo, y empieza con un combate de lucha, el que hizo famoso a Okonkwo al derribar a Amalinze el Gato, invicto durante siete años. Los misioneros llegan en la segunda parte; la tercera, de seis capítulos, lleva hasta el comisario. La flecha del dios es otra cosa: Marta Sofía López, que prologa la edición española, la considera la novela de la trilogía que pide una lectura más atenta.
La objeción más seria a Todo se desmorona llegó desde el feminismo. Florence Stratton tituló en 1994 un capítulo con una pregunta, cómo iban a desmoronarse las cosas para quienes nunca formaron parte de ellas, y sostuvo que la novela, ocupada en desmentir el racismo europeo, deja a las mujeres al margen: esposas golpeadas, una hija que Okonkwo lamenta que no haya nacido varón. Uchendu y su Nneka no bastan para responderle: la escena da a las mujeres un nombre y la palabra se la queda un hombre. La propia Stratton reconocía que Termiteros de la sabana (Anthills of the Savannah, 1987) ponía el género en primer plano.
Queda la lengua de los leones. Achebe había escrito en los años sesenta que le habían dado el inglés y que pensaba usarlo. Ngũgĩ, que en Decolonising the Mind (1986) se despidió del inglés como lengua de su obra, citó esa frase como lo que había que dejar atrás; en 2018 aclaraba que la discrepancia fue ideológica y nunca personal. El párrafo del comisario acabó escribiéndolo Achebe, en la lengua del comisario. Casi setenta años después sigue abierta la pregunta de Ngũgĩ: si contar la caza en el idioma del cazador la desmiente o la continúa.
«Un inglés nuevo, todavía en plena comunión con su hogar ancestral».
Chinua Achebe, «The African Writer and the English Language», recogido en Morning Yet on Creation Day (1975). Traducción propia.
Para seguir leyendo
- Todo se desmorona, Chinua Achebe (1958); trad. de José Manuel Álvarez Flórez, prólogo de Marta Sofía López Rodríguez (Debolsillo) — la más corta de sus grandes novelas y la que fija el mundo de Umuofia que las demás retoman.
- La flecha del dios, Chinua Achebe (1964); trad. de Maya García de Vinuesa (Debolsillo) — la más densa de la trilogía: un sacerdote que se cree la flecha de su dios frente a una administración colonial que ya lee el libro del comisario.
- Termiteros de la sabana, Chinua Achebe (1987); trad. de Marta Sofía López Rodríguez (Debolsillo) — la novela del regreso tras veintiún años sin novela: una dictadura vista por tres amigos, con Beatrice, la mujer que la propia Stratton leyó como un giro en su obra.
Grupo 4 — Imperio, raza y descolonización. Conexiones: Chimamanda Ngozi Adichie (nº 26, Grupo 3), que creció en una casa donde había vivido Achebe y abre su primera novela con un eco de esta. Ngũgĩ wa Thiong'o, en el banco de suplentes de esta lista, tiene entrada en 101 Voces (nº 46, Grupo 7). Achebe no figura en 101 Voces.
← Volver al índice del libro · 101 escritores universales
Invítame a un café · 1,70 €Se paga con PayPal o con tarjeta, sin cuenta. Puedes cambiar la cantidad.

Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
Este sitio es un proyecto de RedBeta