Cuando el digestor soltaba gas, los cuatro soltaban el mismo ruido por la garganta: primero el mayor, luego el segundo, al final los gemelos, juntos. La casa respiraba por ellos.
Cuando el digestor soltaba gas por la válvula, los cuatro soltaban el mismo ruido por la garganta. Lo hacían un poco después y en el orden en que habían nacido. Primero el mayor, luego el segundo, al final los gemelos, juntos.
El digestor era una cúpula de ladrillo enterrada hasta la mitad en el fondo del patio. Tenía a un lado la boca de carga, un brocal a la altura del pecho de un hombre cerrado con una tapa de tablas, y arriba el caño de hierro que llevaba el gas a la cocina y al farol de la cancela. Alrededor corría un poyo de obra que guardaba el calor de la fermentación hasta en enero. Allí los sentaba Trini cada mañana después del pan mojado, y allí seguían cuando volvía a recogerlos, con las piernas colgando y la pechera tiesa de babas secas.
Lo único que de verdad los levantaba era el farol. Al caer la tarde Andreu abría la llave, acercaba la mecha y la llama prendía con un soplido, azul y baja. Los cuatro se ponían de pie. Se reían con la cara entera, la boca abierta, las manos sueltas a los lados, mirando el azul sin parpadear hasta que les lloraban los ojos. Cuando la llama se asentaba perdían el interés, y alguno se echaba a llorar de verdad.
También los sacudían los ruidos fuertes. En las tardes de mucho calor, cuando la válvula silbaba largo, corrían alrededor de la cúpula dándose con los hombros en el ladrillo, en los postes del tendedero, en lo que hubiera, y Trini tenía que ir a sujetarlos uno por uno. Pero lo normal era el poyo. El poyo y el ruido de la garganta, horas enteras.
El mayor tenía trece años; los gemelos, nueve. Trini les cortaba el pelo a tijera, sin mirar mucho, y llevaban las uñas negras de arañar el mortero. Andaban con las rodillas juntas y los pies hacia dentro. Hacía tiempo que nadie les limpiaba las orejas.
*
Andreu y Sabela se casaron una primavera de buenas lluvias y se quisieron de esa manera que necesita testigos. Se tocaban en la feria delante de todo el mundo, y al año ya les preguntaban en el molino para cuándo.
Andreu montaba digestores. Sabía la proporción de estiércol y paja picada que pedía cada cúpula según le diera el sol, sabía por el ruido del ladrillo al golpearlo con el mango del martillo si iba a agrietarse antes del invierno, y en toda la vega no había casa que cocinara con gas sin que él hubiera pasado por su patio. Sabela era hija de pastores de la sierra. Había bajado al llano con diecinueve años y una cabra parda que le dio su padre, y se casó con el primero que le enseñó a encender un fuego sin leña.
El primero nació al año y medio de la boda. Fue un niño gordo que se reía con los ruidos y apretaba el dedo que le pusieran en la mano. A los dieciocho meses le entró una calentura de tres días. Al cuarto le bajó la fiebre y con la fiebre se fue lo demás. Dejó de sostener la cabeza, dejó de volverla cuando su madre le hablaba, olvidó las cuatro palabras que sabía. Las piernas se le pusieron tiesas y se le cruzaban por las rodillas cuando lo cogían en brazos.
La sanitaria de la vega bajó del pueblo en la mula del molinero. Era una mujer seca que había aprendido el oficio en libros a los que faltaban la mitad de las hojas. Le golpeó al niño las rodillas con el canto de la mano, le pasó la uña por la planta del pie y se quedó mirando cómo el dedo gordo se levantaba en lugar de encogerse. Preguntó si se había dado algún golpe en la cabeza antes de la calentura. Luego preguntó por los abuelos, por los cuatro, uno detrás de otro, y fue apuntando con carboncillo en una tablilla lo que le decían.
—Esto no lo trae uno solo —dijo al final, limpiándose el carbón de los dedos en la falda—. Lo traéis los dos. Mitad cada uno.
—¿Y se le pasa?
—Se queda así. Si le vuelve a subir la fiebre, puede ir a peor. Que no le suba.
Andreu la acompañó hasta la mula y le pagó con un saco de cebada. No le preguntó nada más. De vuelta a la casa iba pensando en su suegra, que en la sierra se caía en las eras con los ojos en blanco y a la que había que meterle un palo entre los dientes para que no se los partiera. Sabela, sentada en la cocina con el niño atravesado en las rodillas, pensaba en el padre de Andreu, que había muerto atado a la cama contando sacos que no estaban en el cuarto.
Lo quisieron más, eso sí. Sabela lo bañaba dos veces al día y le doblaba las piernas una y otra vez para que no se le quedaran cruzadas. Andreu le hizo una silla de respaldo alto con correas de cuero, para que pudiera estar en la cocina con ellos a la hora de comer. Y en cuanto el niño estuvo quieto en su silla empezaron a buscar el segundo.
El segundo se rió antes de los tres meses, cosa que el primero no había hecho, y eso les pareció una señal. A los diecisiete meses le subió la fiebre una noche de agosto. Sabela lo metió en el barreño de agua fría, lo envolvió en sábanas mojadas, le dio a cucharadas la corteza de sauce cocida que había dejado la sanitaria y no durmió en cuatro noches. Al quinto día el niño tenía las rodillas juntas como su hermano y miraba el techo.
Esta vez nadie llamó a nadie.
Él tenía veintinueve años y ella veinticuatro. No habían bebido de las balsas ni comido carne de animal enfermo, y en los meses del mosquito Sabela cerraba los postigos antes de que oscureciera aunque la casa ardiera. Hacían las cosas como se debían hacer. Y lo que salía de ellos se apagaba al año y medio, en la misma estación, sin fallar. En la vega empezaron a llamarlos los apagados, sin mala intención, porque era lo que parecían. Andreu y Sabela ya no pedían un hijo listo. Pedían uno que a los dos años supiera dónde estaba la puerta.
Vinieron gemelos. Se apagaron la misma semana, con una calentura que cogieron juntos en la misma cuna, y durante años Sabela sostuvo que el pequeño había cogido la fiebre del grande, que de haberlos separado a tiempo uno se habría salvado. Nunca dijo cuál.
Hubo que enseñarles todo, y casi nada se quedó. A tragar sin ahogarse. A sostenerse sentados sin irse de lado. Aprendieron a andar tarde y mal, chocando contra lo que tenían delante. Al bañarlos chillaban hasta ponerse morados. Solo se animaban con la comida y con los ruidos, y también con el fuego, aunque al fuego no se les dejaba acercar; entonces se reían a la vez, con la lengua fuera, mojándose el pecho. Sabían copiar. Si Trini barría, el mayor movía los brazos de lado a lado un buen rato sin escoba. Si Andreu tosía, tosían los cuatro. Más allá de eso no hubo manera de llevarlos.
Con los gemelos pareció cerrada la cuenta. Durante tres años no hablaron de otro hijo. Después volvieron a quererlo, y con más prisa que antes. Pero no llegaba. Pasaba una luna, pasaba otra, Sabela sangraba a su tiempo, y cada vez que sangraba la casa se pasaba un día entero sin conversación.
Hasta entonces cada uno había cargado con su parte sin decir cuál era. La espera en vacío les dio tiempo para echar cuentas.
Empezó por la ropa. Un sábado Andreu encontró su camisa de faena en el montón de las blusas de los cuatro, junto al barreño de la lejía, y la ropa de Sabela tendida aparte con las sábanas, en la parte buena del patio, donde pega el sol de la tarde. Le pareció un descuido. El sábado siguiente estaba igual.
—Mi camisa la pones con la de ellos.
Sabela desgranaba habas en el regazo. No levantó la cabeza.
—Es lo que más mancha. Va todo junto a la lejía.
—Antes iba con la tuya.
—Antes no olía igual.
—¿Igual que qué?
Ella abrió otra vaina con la uña del pulgar.
—Igual que ellos. Y eso no es cosa mía.
—Yo no he dicho que sea cosa de nadie.
—Tú no dices nunca nada. Tú lo vas pensando por el camino, detrás de la mula.
Andreu se quedó en la puerta. Tenía la llave del farol en la mano, porque anochecía y los cuatro ya estaban de pie junto al poyo, esperando.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada. Enciéndeles, que se ponen a llorar.
—Sabela.
—Que les enciendas.
Fue la primera. Detrás vinieron otras, cada vez con menos rodeo, y detrás de las otras las reconciliaciones, a oscuras y con más hambre que antes, porque en esas noches los dos se convencían de que el hijo bueno estaba a punto de llegar.
Llegó en invierno. Fue una niña, la llamaron Aina, y durante dos años Sabela durmió con una mano encima de ella y le tocaba la frente cada mañana antes de tocar ninguna otra cosa. A los dieciocho meses no pasó nada. A los diecinueve tampoco. El día que cumplió dos años Andreu mató un cabrito y llevó la mitad al molino y la otra mitad a la sanitaria, sin decir a qué venía.
La niña creció mandando. Comía pan con miel, que no comía nadie más en la casa, dormía en la cama grande, y cuando lloraba por algo se le daba ese algo, porque a una niña que llora por lo que quiere no le pasa nada en la cabeza.
Con los cuatro del poyo ocurrió lo contrario. Sabela dejó de bañarlos. No lo decidió: un día no lo hizo y al siguiente le costó menos. Si los veía desde la cocina, se iba a la otra ventana. A Andreu le pasó parecido, más tarde y con menos fuerza. Siguió encendiéndoles el farol cada tarde, pero desde la cancela, de espaldas al poyo, y se marchaba antes de que la llama se asentara.
Los dejaron en manos de Trini. Trini era una mujer del pueblo que trabajaba a jornal en tres casas y en esta cobraba en cebada. Les daba de comer con la misma cuchara a los cuatro, deprisa, de mayor a menor, y los llevaba al poyo por el brazo, apretando. Los lavaba cuando ya olían desde la cocina.
La paz no vino por eso. Ahora tenían algo que perder, y cualquier estornudo de Aina les sacaba el veneno de años. Cada uno se apuntaba a la niña en secreto y le apuntaba al otro los cuatro del poyo, y con un acierto entre las manos los fracasos del otro se hacían más difíciles de perdonar.
Aina cumplió cuatro años a finales del verano. Esa semana se comió a escondidas media cesta de higos verdes que Trini había apartado para las cabras, y por la noche tenía calentura.
Llevaban desde la cena sin hablarse, turnándose para tocarle la frente. Andreu descorría cada poco la cortina de la alcoba para mirarla, la luz del candil entraba y la niña se revolvía.
—Deja la cortina.
—Solo miro.
—La despiertas. Cada vez que miras, la despiertas.
—Pues mira tú, que lo haces tan bien.
—Lo hago mejor que tú. Lo he hecho siempre mejor que tú, con los cinco.
Andreu soltó la cortina.
—Con los cinco. Bonita cuenta.
—¿Qué cuenta?
—Que si tanto sabes, podías haber empezado por esta.
Sabela se puso de pie. Se le había quedado blanca la boca.
—Dilo entero.
—No he dicho nada.
—Llevas diez años diciéndolo sin abrir la boca. Pues oye. Mi padre se murió de viejo en la sierra, con la cabeza en su sitio. El tuyo se murió atado a una cama contando sacos. Ahí los tienes, en el poyo. Ve y pregúntales cuántos sacos.
—Y tu madre echaba espuma en las eras. Lo sabía toda la sierra. Le metían un palo entre los dientes.
—Mi madre no…
—Se caía igual que se cayeron ellos. Con los ojos en blanco, igual. Pregúntale a la sanitaria.
—¡La sanitaria dijo los dos!
—¡La sanitaria no vio a tu madre!
Siguieron. Él dijo cosas de la sierra y de la gente que baja de la sierra, ella dijo cosas de los digestores y de lo que se cría dentro, y subían la voz sin darse cuenta, hasta que desde la alcoba la niña pidió agua con voz de dormida. Se callaron los dos.
De madrugada la fiebre había cedido. Se reconciliaron como se reconciliaban ya siempre, deprisa y a oscuras, igual que se echa tierra encima de algo antes de que lo vea el vecino, y durmieron poco.
Por la mañana, mientras calentaba la leche, a Sabela se le cayó el cazo. Se quedó un rato con la mano abierta y los ojos en la pared, sin oír a Andreu, que la llamaba desde la mesa. Luego volvió en sí con la leche en los pies y no sabía de dónde había salido. Andreu se levantó, la sentó en el banco y le sujetó la cabeza contra el pecho. Ella lloró mucho. Ninguno de los dos dijo de quién era aquello.
Esa misma noche había parido la cabra blanca. Uno de los dos chivos había salido con las manos vueltas hacia dentro y el cuello torcido, y no se tenía en pie. Querían salir pronto para la feria del pueblo, así que Sabela le dijo a Trini que se lo llevara antes de que la madre lo oliera. Era lo que había visto hacer en la sierra toda su vida: lo que nace torcido no llega a mamar, porque una cabra que ha dado de mamar llama luego a la cría durante días.
Trini cogió al chivo por las patas de atrás y fue con él hasta el brocal. Levantó la tapa, lo metió de cabeza en el caldo y cogió la pértiga de remover, una vara de fresno con un travesaño clavado en la punta. Lo sujetó abajo. El chivo dio golpes contra la pértiga un rato. Trini esperaba con el cuerpo echado sobre la vara y los ojos en el tendedero, y cuando dejó de notar nada todavía aguantó un poco más. Luego sacó la vara, la dejó apoyada contra el ladrillo y puso la tapa.
No se había dado cuenta de que los tenía detrás. Los balidos y el sol de la mañana los habían levantado del poyo y estaban a tres pasos de ella, en fila, mirando la pértiga. El mayor tenía la boca abierta. Movía hacia abajo las manos cerradas, una encima de otra, despacio.
—¡Sabela! Que están aquí los cuatro.
Sabela salió a la puerta de la cocina con las alpargatas todavía pegajosas de leche. No quería que se acercaran al digestor. No quería, sobre todo, verlos esa mañana al lado del brocal, con el chivo recién metido dentro, en fila, mirando.
—Llévatelos. Al poyo no, a la cuadra. Donde no los vea.
Trini los llevó a empujones, tirando de dos en dos, y como la cuadra estaba cerrada y la llave la tenía Andreu en el bolsillo, los sentó en el poyo, al otro lado de la cúpula, que desde la cocina no se veía.
Salieron después de comer. Trini fue con ellos hasta el cruce y allí tiró hacia su casa, porque era su tarde libre. Andreu y Sabela pasaron la tarde en la feria con la niña a hombros. Compraron hilo de cáñamo y un cuchillo de injertar que Andreu no necesitaba. A Aina le compraron un pito de barro que perdió antes de llegar a los puestos de las mulas. Andreu estuvo un buen rato discutiendo con el molinero por la harina del último arreglo, que le había salido con gorgojo, y no sacó nada en claro.
A la vuelta, con el sol ya bajo, Sabela quiso entrar un momento en casa del herrador, enfrente, a ver el telar que se había hecho traer la mujer. La niña estaba harta de que la llevaran. Se soltó de la mano y cruzó sola los cincuenta pasos hasta su cancela.
Los cuatro llevaban toda la tarde en el poyo. La cabra blanca había estado llamando desde el mediodía, a ratos, con un balido largo que subía al final, y cada vez que llamaba el mayor volvía la cabeza hacia el brocal.
Aina no entró en la casa. Fue derecha al fondo del patio y se plantó delante del brocal, que le pasaba por encima de la cabeza. Trajo de la cocina el taburete de ordeñar, se subió y todavía le faltaba. Se bajó, buscó, y acabó poniendo encima del taburete el cubo de la leche boca abajo. Con eso llegó. Levantó la tapa con las dos manos, la dejó caer de lado contra el ladrillo y se asomó, con la tripa en el borde y las alpargatas colgando.
Los cuatro la estuvieron mirando sin interés. La miraron subir, bajar, volver a subir. Cuando la tapa dio contra el ladrillo, el mayor se puso de pie.
A los otros se les encendió la cara al mismo tiempo. Era la luz que les venía con el farol, la misma, solo que el farol estaba apagado y ellos miraban el brocal. Se acercaron despacio, en el orden en que habían nacido.
Aina notó que le cogían los tobillos. Volvió la cabeza y vio abajo las cuatro caras levantadas, mirándola, y le dieron miedo.
—Soltad. ¡Soltad, que me caigo!
Sacudió una pierna. No la soltaron.
—¡Mamá! —Lo gritó hacia la cancela, hacia la calle—. ¡Mamá!
El mayor había cogido la pértiga de donde Trini la dejó. La cogió por donde la había cogido Trini, a dos palmos del extremo. Los otros tres empujaron hacia arriba y hacia dentro.
Lo habían visto hacer una vez.
El mayor esperó con el cuerpo echado sobre la vara lo que había esperado Trini, o algo parecido, porque no sabía contar. Después la apoyó contra el ladrillo y puso la tapa, que era lo último que Trini había hecho. Volvieron al poyo. El mayor hizo el ruido del digestor con la garganta, y detrás, en su orden, los otros tres.
En casa del herrador, Andreu se había quedado en el zaguán mientras las mujeres hablaban del telar y de lo que había subido el cáñamo. Le pareció oír algo por encima de la cabra.
—¿Eso es la niña?
La mujer del herrador escuchó con la lanzadera en la mano.
—Es la cabra. Lleva así todo el día.
Se quedaron un poco más. Cuando cruzaron, el sol ya no daba en el patio.
Sabela entró en la casa a dejar el cesto. Andreu fue hacia el fondo llamando a la niña, primero en el tono de todos los días, después más alto.
No contestó nadie. La cabra se había callado.
Vio el taburete al pie del brocal con el cubo encima, y en el suelo una alpargata pequeña con la cinta suelta. Vio la pértiga apoyada en el ladrillo, mojada hasta más de la mitad. La tapa estaba puesta.
Los cuatro se levantaron del poyo al verlo, contentos, porque era la hora del farol y él traía la llave en la mano, como todas las tardes. Andreu no fue a la cancela.
Sabela salió de la casa. Venía con la pregunta ya en la boca y no la hizo. Se paró a su lado. Ninguno de los dos buscó al otro.
El mayor, al ver que su padre no encendía, dio unos pasos hacia él. Puso delante del pecho las manos cerradas, una encima de otra, alrededor de una vara que no tenía, y empujó hacia abajo, despacio.
Luego lo repitió, más despacio todavía, para que su padre lo aprendiera.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.