Un palmo detrás — Herencia, cenizas y silencio: la rejilla del retorno con pelusa y la chapa enganchada
Tiempo de lectura: 8 minutos

La chapa se engancha en la rejilla del retorno, envuelta en pelusa, y el aire la empuja sin fuerza para tragársela. Hay cosas que se quedan siempre un palmo detrás de donde uno mira.

La chapa estaba enganchada por una de sus muescas a la rejilla del retorno, envuelta en un vellón de pelusa gris, y la rejilla tiraba de ella hacia dentro con un silbido flojo, sin fuerza para tragársela.

Yo meto los dedos en esas rejillas desde crío. Ahí va a parar lo que el aire arrastra por el anillo: pelo, cáscaras de grillo, hilachas, alguna vez un diente de leche que nadie viene a reclamar. La desenganché, soplé la pelusa y la froté contra la pernera. Era de un metal blanco que no se empaña, del tamaño de una uña de pulgar, con un agujero para el cordel y siete muescas en el canto, desiguales, unas hondas y otras apenas arañadas. La guardé en el bolsillo de pecho del blusón de faena, que solo me pongo los días que toca limpiar filtros, y no volví a acordarme de ella.

No sé cuánto tiempo pasó. Sé que el blusón acabó en la desmontadora, porque ya no daba más de sí y le tocaba volver a ser hilo, y que a los pocos días la mujer que deshace las costuras vino a buscarme al puesto de las bandejas con un canuto de caña taponado con cera.

—Esto estaba metido en el forro. Si no es suyo, tírelo usted, que yo no puedo tirar nada.

Dentro estaba la chapa. Me conmovió más de lo razonable que alguien hubiera deshecho un blusón entero, costura por costura, y se hubiera molestado en devolverme una cosa que yo mismo había olvidado. Esa noche le pasé un cordel por el agujero y me la colgué del cuello, por fuera de la camisa.

Lo primero ocurrió en el mercado de abajo, en el puesto de semillas de la Tecla. Había bajado a por simiente de lenteja, porque la mía llevaba dos cosechas saliendo menuda, y estaba discutiendo el precio con el hijo cuando la Tecla, que me miraba desde el fondo, entre los sacos, se acercó arrastrando la pierna mala y me dijo muy bajo, con un guiño que le arrugó media cara:

—Me quedan dos puñados de la de Ferrús.

Yo no había preguntado por ninguna simiente de Ferrús. No conocía a ningún Ferrús. Ella se inclinó un poco más sobre el mostrador.

—Ferrús estuvo en el anillo de proa. Dos años.

No dije nada, y eso debió de parecerle bastante, porque terminó:

—Lo mató un cubo de grava que se soltó en el pozo del radio cuatro. Desde el eje. No cayó derecho. Se fue torciendo y le dio a él, que estaba a un paso del pozo.

Luego volvió a su rincón y no despegó los labios mientras su hijo me cobraba la lenteja. Pagué lo que él había pedido al principio, no lo que habíamos acordado. Me di cuenta en el ascensor.

Estuve unos días dándole vueltas a lo de Ferrús. Luego se me olvidó.

Lo segundo fue un crío. Me alcanzó en el pasillo doce, me tocó la chapa con la punta del dedo para comprobar que era de verdad y recitó de corrido, sin mirarme:

—Segunda de siete. Día de filtros. Hilandería vieja, la puerta de la cuerda azul.

Salió corriendo pasillo arriba, que en el anillo es también pasillo abajo si se sigue lo bastante, y lo perdí en la curva.

El día de filtros fui a la hilandería vieja. Ya en el pasillo de acceso había hombres y mujeres esperando sin hacer nada, y todos llevaban al cuello una chapa como la mía. Me apretaron la mano, me dieron palmadas en la espalda, una mujer me quitó una hilacha del hombro sin pedir permiso. Entramos por la puerta de la cuerda azul a una nave larga con husos rotos amontonados contra las paredes y nos sentamos en el suelo, porque no había bancos.

Un hombre de cara amarilla y cuello largo subió a una escalera de mano apoyada en la pared del fondo y, desde el penúltimo peldaño, empezó a hablar. Habló muchísimo. Contó cómo su madre le había enseñado a matar grillos apretándoles la cabeza entre dos uñas, y de ahí pasó, sin cambiar la voz, a las razones por las que el aire tiene que girar en un sentido y no en el otro, y a la manera correcta de repartir los turnos de sueño de un anillo entero, que resultó ser la misma que la de sembrar lenteja en bandeja: de dos en dos, dejando un hueco. Hubo un rato largo sobre el olor de las manos de los muertos. Hubo otro sobre un primo suyo que no sabía estornudar.

Al terminar sacó del bolsillo una tuerca grande, de las de los ventiladores viejos. En el suelo, justo debajo de su mano, alguien había pintado una cruz con yeso. Abrió los dedos. La tuerca se fue ladeando mientras bajaba y dio en el suelo un palmo largo detrás de la cruz, a contragiro, con un golpe sordo que levantó un poco de polvo.

Todos aplaudieron.

Cuando empezaron a salir, comentando lo bien que había estado, me sumé a los elogios para no desentonar. Ya estaba en la puerta cuando el de la escalera chascó la lengua y me hizo una seña con dos dedos.

—Usted es nuevo.

No era una pregunta. Me cogió la chapa entre el pulgar y el índice, sin quitármela del cuello, y fue pasando la uña por las muescas, una por una, moviendo los labios.

—¿Quién le ha dado la mano?

Pensé en el mercado. Le dije que llevaba años comprando la lenteja en el puesto de abajo y no tuve que decir más, porque él dijo «la Tecla» antes que yo, y yo dije que sí. Me preguntó de qué habíamos hablado.

—De Ferrús. De lo del radio cuatro.

Me soltó la chapa. Se quedó mirando la cruz, que alguien estaba borrando ya con la suela.

—A un paso —dijo—. Estábamos todos convencidos de que en ese pozo las cosas caían derechas.

Le dije que había sido una desgracia, y le pareció bien.

Hablamos todavía un rato, de cualquier cosa, con la confianza sin fondo que se tiene con el que ocupa la litera de enfrente en un traslado de dos turnos. Yo le conté cómo me rompí los dientes de delante al caerme de chaval por la escalera de un radio; él me describió con las manos, varias veces, la ventanilla de proa, donde según él las estrellas no dan vueltas. Antes de irme me hizo un encargo.

—Tráigame para el próximo día de filtros los nombres de todos los que en el anillo dos duermen con la cabeza hacia proa.

Lo tuve en cuatro turnos. Se lo entregué y lo dobló sin leerlo.

—Rápido —dijo.

Después vinieron otros encargos, a cual más raro. Tuve que conseguir doce grillos blancos, de los que sale uno por camada si sale, y no volví a verlos. Me mandaron al anillo tres a mirar la sala de ventiladores y, a la vuelta, a dibujarla de memoria en el suelo con yeso; la borraron antes de que acabara. Eché cáscara de lenteja delante de ciertas puertas, contadas y señaladas, tres puñados en cada una. Escribí una descripción de lo que se ve por la ventanilla de proa, donde yo no había estado nunca, y nadie me dijo si la había leído. Enseñé a un chiquillo de ocho años a tener las manos quietas mientras habla otro, que es lo que hacen los del consejo del anillo. Llevé canutos sellados de un extremo a otro de la nave, a pie y en los ascensores de los radios, sin abrir ninguno. Seguí a mujeres de los tramos altos, que andan de otra manera, más de puntillas, y que casi siempre acababan colándose por una escotilla que yo no sabía abrir.

Al cabo de un año me subieron de tramo. Lo dijeron así, subir. Hubo una ceremonia en la hilandería con el doble de gente que la primera vez, y el Primero del círculo, un hombre gordo que olía a aceite de grillo, me abrazó y me dijo al oído que ya no iba a dormir donde dormía. Me hicieron hablar. Dije unas cuantas cosas sobre el trabajo de todos y la paciencia de todos que no significaban nada y que ya ni recuerdo, y me aplaudieron más que al de la escalera.

Al día siguiente me dieron un cuarto dos tramos más arriba, subiendo por el radio. Allí la cuchara pesa menos en la mano y el caldo del cazo tarda en volver a su sitio cuando lo mueves. La primera noche, al darme la vuelta en la litera, subí un poco más de lo que quería.

En casa, mientras tanto, las cosas se agriaron. Mi hermana y su marido, con los que compartía turno de comidas, no entendían mis ausencias en día de filtros, ni por qué había dejado de dormir en el anillo, ni de dónde salían los grillos blancos que les pedí que me guardaran una noche. Les contesté con evasivas porque no tenía otra cosa que contestar. Su marido dijo en la mesa que conocía a uno que había empezado así y había acabado en el pasillo de los que no duermen. Mi hermana me pidió que fuera a ver al médico de los nervios del anillo uno, que por lo visto tiene buena mano. Lo que más los asustó fue la tarde en que me encontraron sentado en el suelo de la cocina cosiendo antifaces de tela negra, todos del mismo patrón, cuarenta y dos, porque así me lo habían mandado.

Nada de aquello me frenó. Seguí trabajando para el círculo con unas ganas que tampoco sabría explicar. Fui recogedor de canutos, tesorero, voz de los recién llegados y maestro de la caída, que es el que sube a la escalera y suelta la tuerca. Solté la tuerca en todas las hilanderías y almacenes donde nos reuníamos, y en cada anillo cayó a una distancia distinta de la cruz: medio palmo en el uno, un palmo y dos dedos en el tres. En la cruz no cayó nunca, y nadie se quejó. Unas semanas me parecía que aquello era una hermandad de rezos. Otras, la junta que reparte los turnos de limpiar filtros.

A los tres años me mandaron a popa. Tuve que cruzar por el eje, flotando, agarrado a la cuerda guía con el estómago en la garganta, y bajar por los radios del otro lado, donde hablan más despacio y a la lenteja la llaman de otra manera. No llevaba nada. Aun así, en cada rellano había alguien esperándome con pan, con una manta, con un hueco en la litera de abajo, y nadie me pidió nunca nada a cambio. Aprendí a hablar como ellos. Di charlas tan largas como la del de la escalera, abrí círculos nuevos en cuatro anillos de popa y vi la chapa de las siete muescas colgada de cuellos que no me conocían de nada. Volví al año siguiente, más gordo y con la piel de otro color por las lámparas de allá, y si alguien me hubiera preguntado a qué había ido, habría tenido que contarle el viaje.

Han pasado diez años. Soy el Primero. Que yo sepa, nadie me eligió: el anterior se murió, y a la semana me pusieron su manto, que lleva plomos cosidos en el ruedo para que caiga como es debido. Vivo a un tramo del eje, donde los plomos ya casi no sirven. Tengo ración triple de aceite, un cuarto con ventanilla a proa, gente que baja la vista cuando me cruza y un muchacho que me trae el caldo antes de que lo pida. Hay una mujer que viene algunas noches y se va antes del cambio de turno. No sé quién la manda.

Desde mi ventanilla las estrellas no dan vueltas. Hay una delante, más gruesa que las demás, que no se mueve nunca. No he preguntado cuál es.

Nadie me ha explicado para qué existe el círculo, y ya no queda nadie por encima de mí a quien preguntárselo.

Una vez al año suben hasta aquí los que han entrado en todos los anillos, agarrados a la cuerda, con la chapa flotándoles delante de la cara. Me los ponen en corro. Yo saco la tuerca, la misma que usaba el de la escalera o una igual, estiro el brazo y abro la mano.

La tuerca no baja. Se queda donde estaba, un poco por debajo de mis dedos, girando muy despacio sobre sí misma. Aplauden como abajo, más fuerte si acaso, y cuando se acaba el aplauso el muchacho del caldo se impulsa con un pie contra la pared, la atrapa al vuelo y me la devuelve.

Sigue leyendo

Un cuarto de cobre · Raso y colmado · La cuenta a la baja

Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 5

← Anterior: Raso y colmado · Siguiente: La cuenta a la baja →

← Volver al índice · Herencia, cenizas y silencio


Descarga libre

Este cuento también en libro electrónico, con su portada, para leerlo donde quieras y sin conexión.

Un palmo detrás — ePub · 411 KB

Formato ePub, el que abren Apple Books, Google Play Books, Kindle (convirtiéndolo) y casi cualquier lector. Sin registro, sin correo, sin nada.

Si lo que has leído te ha servido, puedes invitarme a un café. Aquí en Puerto Sagunto cuesta 1,70 €.
Invítame a un café · 1,70 €Se paga con PayPal o con tarjeta, sin cuenta. Puedes cambiar la cantidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Raso y colmado — Herencia, cenizas y silencio: el umbral barrido, los zapatos en el poyo y la cocina en orden Entrada anterior Raso y colmado
La cuenta a la baja — Herencia, cenizas y silencio: los pies del muerto sobre la mesa y el cerco pálido de la suela Entrada siguiente La cuenta a la baja