En el pueblo, antes de trillar, nadie miraba al cielo. Miraban a Anacleto.
Él salía a la era, se mojaba el dedo índice con la lengua, lo levantaba y esperaba. Luego decía «mañana», o «el jueves», o «hoy no, que viene nublo», y medio pueblo sacaba las mulas o las dejaba en la cuadra según lo que hubiera dicho. Acertaba casi siempre. Las veces que fallaba se contaban en la taberna con fecha y con nombre del perjudicado, pero en cuarenta años nadie había acertado más que él.
Ahora tenía sesenta y ocho, vivía en un tercero del Puerto de Sagunto desde marzo y sujetaba un palo de aluminio en el terrado mientras su hijo le apretaba las tuercas con una llave inglesa.
—Más derecho, padre.
—Está derecho.
—Para usted.
Floren tenía treinta y cuatro años y una quemadura en la mano izquierda, del nudillo a la muñeca, de un salpicón de la colada. La piel de allí era rosada y lisa, sin un pelo, y no se ponía morena aunque le diera el sol todo agosto. Con esa mano sujetaba la tuerca y con la buena daba vueltas a la llave. A la tercera vuelta la piel nueva se le abrió en el nudillo y le salió un hilo de sangre. Se lo limpió en el pantalón y siguió apretando.
La antena había llegado de Sagunto el jueves, atada encima del coche de línea, con las varillas asomando por delante del parabrisas. El televisor había llegado una semana antes, en una camioneta, comprado a plazos. Amparo, la nuera, llevaba las letras apuntadas en el calendario de la cocina, una cruz roja por cada mes, y de momento había más meses sin cruz que con ella.
La tía Reme subió con el barreño de la ropa en la cadera y cuatro pinzas de madera en la boca. Era la del segundo, valenciana de Sagunto, viuda de un estibador, y tendía en el terrado todos los días menos el domingo, que era cuando tendía en el balcón para que la vieran. Pasó por delante del cubo de cal que había junto a la caseta, con la brocha seca pegada al fondo desde que blanquearon la escalera, y miró la antena de abajo arriba.
—Mare meua —dijo, con las pinzas—. Si no li cau al veí del quart, serà de miracle.
—Esto no lo mueve ni el levante —dijo Floren.
—Ni Déu, si baixa a espentar.
Se quitó una pinza de la boca y la clavó en una sábana. Anacleto no entendió más que «Déu». Entendió también que se reían de algo y que ese algo era la antena, o su hijo, o él, que estaba sujetando el palo.
—¿Y el levante de dónde viene? —preguntó.
Floren le señaló el mar con la llave inglesa, sin soltar la tuerca.
Anacleto miró hacia allí. Detrás de los tejados, más allá de las grúas del muelle, había una raya azul que en marzo le había parecido gris y en agosto le parecía azul de mentira, de cromo de chocolatina. En su pueblo los vientos tenían nombre y venían de sitios a los que se podía ir andando. El cierzo bajaba de la sierra. El ábrego subía de Portugal y traía el agua.
—Pues vaya sitio para que venga un viento.
Floren se rió sin ganas y le dio otra vuelta a la tuerca.
La antena había que orientarla viendo la carta de ajuste, que salía antes de la programación de la tarde. Floren lo había calculado todo con el reloj, y diez minutos antes de que empezara se asomó al patio de luces y gritó hacia abajo. La voz de Amparo subió por el patio, rebotando en los ladrillos de los cuatro pisos, y detrás subió la de Isabelita, que tenía cinco años y se había quedado en la ventana de la cocina para hacer de correo.
—¡Dice mamá que es un huevo!
Floren giró el mástil un palmo hacia la derecha.
—¡Ahora es un huevo tumbado!
Lo giró hacia la izquierda, medio palmo.
—¡Ahora es una rueda! ¡Una rueda redonda!
—Una rueda ya es redonda —gritó Floren.
—¡Pues más redonda todavía!
Floren apretó la última tuerca con la mano quemada y se limpió el sudor con la buena. Anacleto soltó el palo con cuidado, por si acaso, y el palo no se movió.
Tanto trabajo para encontrar una rueda, pensó. No lo dijo. Su hijo estaba contento.
* * *
Por la noche bajaron los del cuarto, subieron los del primero y la tía Reme apareció sin quitarse el delantal, por si la llamaban de abajo. Era el primer televisor del bloque. La gente entraba en el comedor mirando primero el aparato y después a los dueños, y algunos daban la enhorabuena.
Virtudes se había quitado el delantal y se había puesto los pendientes de oro, los de la boda, que en el pueblo solo salían del cajón para los entierros de primera.
—Madre, que no la ven —le dijo Amparo, en voz baja.
—Eso dices tú.
Y se sentó en la silla del centro con las rodillas juntas y las manos en el regazo, muy derecha, y así estuvo dos horas, sin apoyar la espalda.
Anacleto se quedó de pie, junto al balcón. Hubo un señor que cantaba, una señora que cantaba más alto, un concurso en el que se ganaba una lavadora y unas noticias en las que todo el mundo inauguraba algo. Después salió un hombre con corbata delante de un mapa de España, un mapa lleno de rayas curvas que no eran carreteras ni ríos. El hombre señaló una de las rayas con el dedo, dijo «anticiclón» y luego dijo que al día siguiente, en el litoral mediterráneo, cielos despejados y temperaturas altas.
—Ese no ha segado en su vida —dijo Anacleto.
Nadie le contestó, porque estaban mirando. Él salió al balcón. Le dio en la cara el aire de la tarde, que había ido rolando mientras cenaban y ahora venía de tierra adentro, de espaldas al mar, de donde se ponía el sol. En el pueblo, ese viento era el ábrego. El ábrego era agua.
Volvió a entrar.
—Mañana llueve.
La tía Reme se volvió en la silla. Virtudes no se volvió. Isabelita, que estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, miró al abuelo, después al señor de la corbata y después otra vez al abuelo.
—¿Quién gana?
—Mañana lo verás.
Al día siguiente, a las diez de la mañana, la barandilla del balcón no se podía tocar. El viento de tierra soplaba caliente y seco y se metía por las rendijas de las persianas. Las sábanas que Amparo había tendido a las ocho estaban secas antes de las nueve y media. Por la tarde se rajó una maceta. Los perros de la calle se tumbaban en los portales con la lengua fuera, y la tía Reme bajó a la playa a mojarse los tobillos, cosa que no hacía desde el año que se murió el estibador.
En la cena, Isabelita lo dijo sin maldad, con la boca llena de pan:
—Ha ganado el señor.
—Es que ha estudiado —dijo Virtudes.
—Ese lo lee de un papel —dijo Anacleto.
—Pues lo lee y acierta.
Anacleto partió el pan con las manos, como siempre, aunque allí todos lo cortaban con cuchillo, y se comió la miga y dejó la corteza.
Floren, que venía del turno de tarde y no sabía nada, preguntó qué pasaba. Amparo le dijo que nada, que había hecho calor.
—Poniente —dijo Floren, con la cuchara a medio camino—. Cuando sopla de tierra, aquí es un horno.
Anacleto lo miró. Su hijo lo había dicho sin darle importancia.
* * *
En el pueblo había señales, y Anacleto las conocía todas.
Las golondrinas bajas eran agua. El humo que se tumbaba en vez de subir era agua. La sal que se apelmazaba en el salero era agua, y la rodilla derecha, la que se le había quedado tiesa desde que lo pateó una mula en el año veintidós, también. Le dolía un día antes y no fallaba.
En el Puerto no había golondrinas, o no las encontraba. Había otros pájaros, grandes y blancos, que no daban información de nada. El humo de las chimeneas de las casas no existía, porque allí se cocinaba con butano, y el de la fábrica era tanto que no se sabía qué hacía. La sal se apelmazaba todos los días. Según el salero de Amparo, en el Puerto llovía sin parar desde el mes de marzo.
La rodilla le dolía siempre. Con aquella humedad, le dolían las dos.
Se pasaba las mañanas en el terrado. Subía a las siete, cuando bajaba Floren al turno, y se quedaba arriba hasta que el sol le echaba. Se mojaba el dedo, lo levantaba, esperaba. El dedo se le secaba de otra manera, con un sabor a sal en la uña que lo despistaba. Miraba el horizonte, que allí estaba en el sitio equivocado, y las nubes, que tenían otras formas.
Las tardes se las pasaba perdiendo.
Un domingo dijo que no llovería y llovió una hora. Un miércoles dijo que llovería y no cayó ni una gota. El señor de la corbata, entretanto, acertaba con una tranquilidad que daba rabia, y Virtudes le daba las buenas noches cuando se despedía, con una inclinación pequeña de cabeza, por si acaso.
Fue Floren el que le trajo la tiza. Un cabo gordo, blanco, de los que usaban en la fábrica para numerar piezas, que le dejó en la mesilla sin decir para qué.
Anacleto lo entendió a la mañana siguiente. Subió al terrado y en la pared de la caseta de la escalera, la que daba a poniente y no se mojaba nunca, trazó una raya de arriba abajo. A la izquierda dibujó un cuadrado, que era el televisor. A la derecha no dibujó nada, porque no sabía dibujarse.
Isabelita, que subía detrás de él a todas partes, le quitó la tiza y le dibujó una boina.
Debajo del cuadrado, Anacleto hizo seis palotes. Debajo de la boina, uno.
* * *
Un jueves Virtudes lo mandó al mercado a por fruta, más que nada para quitárselo de la cocina. La frutera llevaba un delantal de hule y tenía los melocotones en pirámide, con los más feos por detrás.
—¿Cuánto le pongo, abuelo?
—Lo que toque.
—Aquí toca lo que usted diga.
En el pueblo los melocotones se veían en almíbar, en lata, y en la boda del hijo del médico. Anacleto pidió medio kilo. La frutera puso cinco en la balanza, quitó uno, lo volvió a poner y al final se lo dio aparte, en la mano.
—Eixe, de regal. Per a que torne.
Anacleto no entendió lo de torne, pero entendió el regalo, y en su pueblo regalar fruta era cosa de ricos o de bodas. Pagó los cuatro. Se metió el de regalo en el bolsillo de la chaqueta, aparte de los otros, y volvió a casa por la calle larga, mirando el humo.
El melocotón estuvo en el bolsillo hasta el domingo. Después Virtudes cepilló la chaqueta y no dijo qué había hecho con él.
* * *
—Ací el ponent és calor, home. L’aigua ve de la mar.
El bar, en la esquina: cortina de canutillos en la puerta y serrín en el suelo. Floren lo había llevado un domingo a media mañana, para que conociera a la gente, y lo había dejado allí con un chato de vino mientras él iba a por el pan. Anacleto había probado el vino y había puesto cara.
—Está frío.
—Aquí se bebe así, abuelo —dijo el del mostrador—. Con el calor que hace.
—El vino frío no sabe a nada.
—Calent, el d’ací no se’l beu ni el rector —dijo una voz desde la mesa del rincón.
Era un viejo seco, de la edad de Anacleto o un poco más, con una gorra de visera y unas manos agrietadas de blanco en los nudillos. Jugaba a las cartas con otros tres, a un juego que Anacleto no conocía, en el que se hacían señas con los ojos y la boca y luego se gritaba mucho. Le llamaban Boni. Había pescado al bou cuarenta años y desde que se jubiló no había vuelto a pisar una barca ni a comer pescado de lonja, porque decía que el de ahora no sabía a nada, igual que el vino frío.
Fue Boni el que sacó el tema. Lo sacó con un naipe en la mano, mirando su juego.
—Diuen que el castellà de la tele i vosté s’han declarat la guerra.
Anacleto no lo entendió, pero entendió «tele» y entendió que se lo decía a él. El del mostrador se lo tradujo despacio, para que le durara. Media escalera lo sabía. La tía Reme había subido a ver la pared de la caseta y había bajado a contarlo, y en el bar la tía Reme tenía un sobrino.
—Ese de la tele no ha segado en su vida —dijo Anacleto.
—Ni pescat. —Boni echó una carta—. Eixe el temps el fa a Madrid. I a Madrid no hi ha mar.
—En mi pueblo tampoco hay.
—Per això s’equivoca vosté.
Uno de los otros tres dio un palmetazo en la mesa. Anacleto se bebió el vino frío de un trago y le dolieron los dientes. Boni terminó la mano, perdió, pagó con unas monedas que contó dos veces y se levantó. Se le acercó con el vaso.
—Vosté mira cap a on no és —dijo, más despacio y más alto—. Allí, a Castella, el ponent porta l’aigua, d’acord. Ací el ponent ve per damunt de la terra, i la terra està calenta. Calor. L’aigua ve de la mar. De llevant.
—¿Del mar?
—De la mar.
—¿Cómo va a traer agua el agua?
Boni dejó el vaso a medio levantar.
—I d’on vol vosté que vinga, de Valladolid?
El del mostrador tuvo que dejar el vaso que estaba secando. Anacleto no se rió, pero se acercó a la puerta y apartó la cortina de canutillos. Desde allí, por encima de los tejados bajos, se veían las chimeneas de la fábrica, tres o cuatro, echando un humo pardo que se iba tumbando hacia un lado.
Boni salió detrás de él y señaló el humo con un dedo torcido, de uña negra.
—Eixe és el meu penell. Quaranta anys mirant-lo des de la barca. Si el fum se’n va cap a la muntanya, és que bufa de la mar. Si bufa de la mar dos dies seguits, i la mar es posa de color de plom, aigua. Si el fum se’n va cap a la mar, ponent: calor, i tots a casa.
—¿Y si no se mueve?
—Si no es mou, és que han parat un forn. I aleshores el que plourà és un altre tipus de cosa.
Anacleto siguió con los ojos en el humo hasta que volvió Floren con el pan. En el camino de vuelta no abrió la boca. En la esquina de casa se paró, se dio la vuelta y miró las chimeneas otra vez, y Floren tuvo que esperarlo con la barra de pan debajo del brazo.
* * *
A primeros de la semana siguiente, bajo la boina, había tres palotes más.
Isabelita subía con un cubo de arena de la playa, que le traía su madre en una bolsa de red, y se sentaba a la sombra de la caseta a hacer cosas con ella. Hacía tortas, y las tortas se le deshacían. Anacleto la miraba desde el pretil, donde se pasaba el rato con los ojos en el humo.
—Así no aguanta —le dijo un día.
—¿Por qué?
—Porque le falta paja.
Se agachó con trabajo, por la rodilla, y le enseñó cómo se hacía el adobe. El barro, la paja picada, el molde de madera y el sol. En el pueblo media casa estaba hecha así, y la otra media, de lo mismo pero peor.
—¿Y qué es la paja?
—Lo que sobra del trigo.
—¿Y la arena?
Anacleto cogió un puñado y la dejó caer entre los dedos.
—La arena es barro que se ha olvidado de dónde viene.
Isabelita lo pensó con mucha seriedad, mirando el cubo.
—Viene de la playa.
—Pues eso.
La niña no quedó convencida, pero hizo otra torta, y esta vez le echó dentro unas briznas de la escoba de la tía Reme. Aguantó hasta la tarde.
A mediados de agosto el marcador iba once a siete. A finales, catorce a doce. Anacleto había aprendido a mirar el humo antes que el cielo y el color del mar antes que las nubes, y a fiarse menos de la rodilla, que era castellana y no entendía de levantes. Le costaba. Cada mañana tenía que pensar las señales al revés, y las primeras semanas se equivocaba en las fáciles.
Una mañana subió la tía Reme con el barreño y, antes de tender, se fue derecha a la caseta y se puso las gafas.
—Hui què diu la paret?
Anacleto tardó en entender que se lo preguntaba a él.
—Sol. Hasta el viernes.
La tía Reme tendió. Al día siguiente subió la del primero, que era de Cuenca y no le había dirigido la palabra desde marzo, y le preguntó lo mismo en castellano. Al otro, Amparo. Desde entonces, en el bloque se consultaba la pared antes de tender.
Virtudes no subía. Virtudes tendía en el balcón y veía al señor de la corbata con los pendientes puestos.
—Tú lo que quieres es tener razón —le dijo una noche, a oscuras, en la cama que Floren les había comprado en Sagunto, más blanda de lo que convenía a dos riñones de su edad.
—Allí la tenía.
—Allí también fallabas, y yo no se lo decía a nadie.
Anacleto se dio la vuelta hacia la pared. Al rato, sin volverse, ella le puso la mano en la espalda, entre los omóplatos, el sitio donde le picaba siempre y adonde él no llegaba, y se la rascó un poco, distraída, igual que llevaba cuarenta y cuatro años haciéndolo.
—Ese chico es muy fino. Habla muy bien.
—Habla de Madrid.
—Pues allí también llueve, digo yo.
* * *
La carta llegó el último lunes de agosto. Era de Nicomedes, el de los Pajares, que les había comprado las tierras en febrero y que escribía con letra de seminarista, porque lo había sido medio año antes de que lo devolvieran a casa.
Anacleto la leyó en el terrado, de pie, con el papel lejos y el brazo estirado, como leen los que no tienen gafas. Leía bien, pero leía poco.
El de los Pajares contaba que el pueblo seguía igual, que el cura nuevo cantaba peor que el viejo, que la hija del secretario se casaba en octubre con uno de Medina. Contaba que el día de Santiago, por la tarde, se había formado un nublo por la parte de la sierra y había descargado piedra durante media hora, y que se había llevado todo el trigo que quedaba en pie, el suyo y el de media vega. Que nadie lo había visto venir. Y luego, en una línea sola, con la letra más apretada: «Ya no está usted para avisar».
Anacleto dobló la carta en cuatro y se la metió en el bolsillo de la camisa, el de la izquierda.
Era lunes, y el lunes tocaba apuntar el fin de semana. Cogió la tiza de la repisa de la caseta. Miró el humo, que se iba recto hacia la montaña, y miró el marcador. Estuvo un rato con la tiza en la mano.
Luego volvió a dejarla en la repisa sin apuntar nada y bajó a comer.
Virtudes notó la carta en el bolsillo de la camisa por la forma, al poner la mesa. No preguntó. Le sirvió el plato antes que a Floren, que estaba de mañana y tenía más hambre, y Floren lo vio y no dijo nada, y Amparo vio que Floren lo veía. Comieron en silencio. Cuando llegó la hora, nadie se levantó a encender el aparato para la carta de ajuste, que Virtudes ponía todos los días un rato antes de la programación, para que se fuera calentando.
Por la tarde, Anacleto le dio la carta a Virtudes. Ella se puso las gafas, la leyó entera y se la devolvió.
—Eso es la piedra. No es culpa de nadie.
—Ya.
—Tampoco tuya.
—Ya.
—Y de la hija del secretario, mejor. Que esa con uno de Medina se ha quedado corta.
* * *
El primer martes de septiembre, Virtudes lavó la colcha.
Era una colcha de algodón blanco, de ganchillo, con flecos en las cuatro esquinas, que había hecho su madre para la boda y que pesaba lo que un niño de dos años. Se lavaba una vez al año, en septiembre, en el pueblo y ahora en el Puerto, y se secaba al sol, extendida, porque si se tendía doblada salía con la marca. Virtudes la había tenido en remojo desde el domingo en la bañera, que era la única cosa del piso que le parecía bien hecha.
La noche anterior el señor de la corbata había dicho tiempo estable, sin cambios. Lo había dicho con la mano encima del Mediterráneo, tapándolo.
A las siete de la mañana, Anacleto subió al terrado. El humo de la fábrica se iba hacia la montaña, como el día anterior y el otro. Había rolado el sábado y no había vuelto. El mar estaba liso, de un gris de sartén que no le gustaba, y hacía un calor mojado, de los que no dejan secar el sudor. La rodilla le dolía igual que todos los días.
Cogió la tiza y escribió en la pared, debajo de la boina, en letras de molde, todo lo grandes que le salieron:
AGUA
A las nueve subió la tía Reme, leyó la pared, levantó la vista a un cielo que seguía limpio y bajó con el barreño lleno. Después subió la de Cuenca y bajó también. Amparo ni siquiera subió. Tendió en la galería de la cocina, en las cuerdas de dentro, y se pasó la mañana esquivando calzoncillos.
Virtudes subió a las diez, con la colcha.
Subía despacio, con la colcha mojada en un barreño de zinc, y paraba en cada rellano. En el último Floren no estaba para ayudarla, porque estaba de mañana, y Anacleto no bajó a ayudarla, porque estaba en el terrado. Ella salió por la puerta de la caseta, pasó por delante de la pared sin mirarla y extendió la colcha en las cuerdas del centro, las más altas, con doce pinzas, estirándola bien por las esquinas para que no se le marcara.
Luego se puso a su lado en el pretil, con las manos en la cintura, y miró el mar con él.
—Ha dicho estable.
—Ya lo he oído.
—Lo ha dicho con un mapa.
Virtudes bajó.
La colcha estuvo sola toda la mañana en mitad del terrado, blanca, quieta, sin una sábana alrededor. Desde la calle se veía. Al mediodía pasaron dos mujeres por la acera de enfrente, la miraron y siguieron andando más despacio.
A las cuatro de la tarde el cielo se puso de color de plomo por la parte del mar. Primero fue una raya baja, encima del agua, y después ya no fue una raya. Se levantó un viento de la mar que olía a algas podridas y que movió todas las cuerdas a la vez, y la colcha empezó a dar tirones en sus doce pinzas, hinchándose y deshinchándose.
Anacleto estaba en el terrado desde las tres. Quitó las pinzas una a una y se las fue guardando en el bolsillo del pantalón. Descolgó la colcha, que estaba seca y caliente y olía a jabón, y la dobló encima del pretil como se dobla un saco de trigo, en dos, en dos y otra vez en dos, apretando con el antebrazo. Bajó con ella por la escalera, que era estrecha y oscura y no se había hecho para colchas. En el piso no había nadie. Virtudes estaba en el mercado, y Amparo había bajado con la niña a casa de la tía Reme, a ver una cosa de costura.
Entró en el cuarto y la dejó encima de la cama de matrimonio, en el centro.
Luego volvió a subir, y cuando llegó arriba ya caían las primeras gotas, gordas, separadas, de las que suenan sobre el zinc de un barreño. A las cuatro y veinte llovía como Anacleto no había visto llover en su vida, de lado, con un ruido de grava, y el agua bajaba del terrado a la calle por los canalones y por fuera de los canalones. Se quedó un rato en la puerta de la caseta, sin salir, viendo cómo la lluvia borraba la palabra de la pared empezando por la A.
Hubo un crujido arriba. El viento había cogido la antena por las varillas y la había torcido sobre el mástil, un cuarto de vuelta, hacia el sur.
Virtudes entró en casa a las cinco, empapada, con la red de la compra chorreando y el pañuelo de la cabeza pegado a la cara. Soltó la red en el pasillo y subió al terrado sin quitarse los zapatos. Bajó enseguida. Anacleto la oyó bajar desde la cocina, donde se estaba calentando un café.
Ella fue al cuarto y vio la colcha.
No salió en un buen rato. Cuando salió, se había cambiado de ropa y traía la colcha en los brazos, doblada de otra manera, en rectángulo, con los flecos para dentro.
—La has doblado como un saco —dijo.
—Estaba seca.
—Ya lo veo que estaba seca.
La guardó en el armario, en el estante de arriba, y después fue al comedor y encendió la televisión. En la pantalla no salía nada, solo una nieve gris que hacía un ruido de aceite hirviendo. Giró la rueda. Más nieve. Le dio con la palma de la mano en el costado, el mismo golpe que en el pueblo le daban a la radio de la taberna, y la nieve siguió.
—La antena —dijo Anacleto, desde la cocina—. La ha movido el levante.
Virtudes apagó el aparato. Se quedó un momento delante de la pantalla, que tardaba en apagarse y se iba encogiendo hasta un punto blanco en el centro.
—Pues esta noche me quedo sin saber qué tiempo hace —dijo.
En la cena, Isabelita lo anunció con la cuchara en alto, a toda la mesa:
—Ha ganado el abuelo.
Floren se atragantó con la sopa. Amparo le dio un codazo y luego se tapó la boca con la servilleta. Virtudes partió el pan con las manos, como su marido, y se comió la corteza.
* * *
El miércoles el humo de la fábrica se iba otra vez hacia el mar.
Floren estaba de mañana. Anacleto esperó a la hora de la carta de ajuste, cogió la llave inglesa del cajón de las herramientas y subió al terrado. Isabelita se quedó en la ventana de la cocina, con Amparo detrás, delante del aparato.
Aflojó las tuercas con trabajo. Estaban duras, y él tenía las manos para otras cosas. Agarró el mástil con las dos manos y lo giró hacia donde creía que había estado.
—¡Es un huevo! —subió la voz de la niña por el patio.
Lo giró un poco más.
—¡Un huevo tumbado!
Lo giró hacia el otro lado. Le dolía la rodilla y le sudaban las manos, y el aluminio resbalaba.
—¡Ahora! ¡Ahora, abuelo! ¡Redonda!
Anacleto se quedó quieto, con el mástil apretado contra el pecho. Las varillas apuntaban a un sitio entre la fábrica y Valencia donde él no conocía nada. Apretó las tuercas sin moverse, una a una, con la rodilla contra el pretil. Luego cogió un trozo de alambre que había en la repisa, junto a la tiza, y empezó a darle vueltas alrededor del mástil y de un tubo de la barandilla.
Por la puerta de la caseta salió Virtudes con el barreño. Dentro iba otra vez la colcha. No la había vuelto a lavar; la había vuelto a mojar, para que perdiera la marca de los dobleces.
Fue derecha a la pared. La palabra se había borrado entera, y debajo de la boina no quedaba más que un borrón blanco. Se plantó delante, con el barreño en la cadera. Después se volvió hacia él.
—¿Hoy?
Anacleto miró el humo, que se iba hacia el mar, recto. Miró el mar, que estaba azul de cromo.
—Hoy, sol. Hasta el viernes, por lo menos.
Virtudes extendió la colcha en las cuerdas del centro, con sus doce pinzas, y estiró las esquinas. Luego se apoyó en el pretil, de cara a la otra parte, la de tierra adentro, por encima de las chimeneas y de los naranjos y de la sierra.
—¿Y en el pueblo? —preguntó—. ¿Qué tiempo hará?
Anacleto miró también hacia allí. Por allí salía el viento que aquí era calor y allí había sido agua, y detrás había quinientos kilómetros y un nublo de piedra que nadie había visto venir.
Tardó en contestar.
—Eso pregúntaselo a ese —dijo, y señaló la antena con la barbilla.
Desde el patio subió la voz de Isabelita, que seguía en la ventana:
—¡Sigue redonda!
Anacleto le dio otra vuelta al alambre, que todavía tenía juego.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.