La niña llevaba un bañador de lunares y un cubo rojo, y se metió en el agua sin preguntarle a nadie. El padre leía un periódico doblado a lo largo, con unas letras que no eran de aquí, y la madre se daba crema en las espinillas con mucho método, de abajo arriba. La hermana mayor estaba tumbada boca abajo con un libro gordo y la nariz casi dentro.
Rafael había llegado a las seis, en bicicleta, desde los melonares de Almenara, con la tierra todavía en las uñas y el pedal izquierdo sonando una vez por vuelta. Canet le quedaba a trasmano. Para llegar había que atravesar el Puerto entero y seguir carretera abajo, y en el Puerto estaba su casa y estaba la playa de los suyos, con las chimeneas de la fábrica detrás. En Canet las chimeneas también se veían, al norte, más pequeñas. Los extranjeros ponían las toallas de cara al sur.
Había levante desde mediodía. El agua venía en olas cortas y seguidas que rompían cerca de la orilla y al retirarse se llevaban la arena de debajo de los pies. A la niña le llegaba por la cintura. Una ola la tumbó y salió riéndose, con el cubo en alto. La siguiente se la llevó de pie, y cuando el agua se retiró estaba tres metros más adentro, sin hacer pie, y el cubo un poco más allá.
No gritó. Rafael lo sabía desde los doce años, desde el verano en que un chico de Teruel se fue al fondo en la escollera del Puerto sin hacer ningún ruido, con su madre a diez metros partiendo una sandía, y lo sacaron entre tres.
Corrió. Entró en el agua sin frenar, notó el frío en las rodillas y en la tripa, y nadó con la cabeza fuera para no perderla de vista. La cogió por el brazo. La niña se le subió al cuello y le clavó las uñas en el hombro, en lo quemado del melonar, y tosía agua y le tiraba del pelo. Rafael no intentó volver de frente. Se dejó llevar de lado, como le había enseñado un primo de su madre que sacaba almejas en la Almardá, hasta que notó arena bajo los pies, y salió con ella colgada.
La dejó en la arena seca. La niña vomitó un poco de agua y se puso a llorar con mucha fuerza, que era buena señal.
Entonces se movió la familia. El padre soltó el periódico, la madre gritó una palabra y corrió con el bote de crema en la mano, y entre los dos envolvieron a la niña en una toalla con rayas de colores, hablándole a la vez. Rafael se quedó de pie, con las manos en las caderas, cogiendo aire. Se notaba el bañador viejo y las costillas.
La hermana mayor llegó la última, con el libro todavía en la mano y un dedo dentro para no perder la página. Comprobó que la niña lloraba y se volvió hacia Rafael.
—Gracias —dijo—. Muchas gracias. Tú has sido muy… rápido.
Hablaba un español de libro de texto, con las erres suaves y cada palabra puesta en su sitio, como si las hubiera colocado antes.
—Annika.
Le tendió la mano. Rafael tenía tierra de melón en las uñas y la mano mojada de agua del mar, y ella se la estrechó igual, sin mirarla.
—Rafael.
—Ra-fa-el. Es nombre de pintor.
—Es el de mi abuelo.
—¿Dónde aprendes a nadar?
—En el Puerto.
—¿Dónde está?
Rafael señaló al norte, a las chimeneas.
—¿Allí se puede nadar?
—Si no abres la boca.
El padre se acercó con la cartera abierta y sacó un billete de cien. Rafael miró el billete. El padre se lo acercó un poco más, con la sonrisa de quien quiere terminar bien una cosa, y Annika le puso la mano en el brazo y se lo bajó, y le dijo una frase corta en su idioma. El padre guardó el billete y le estrechó la mano a Rafael con mucha fuerza, dos veces.
La niña, envuelta en la toalla, señaló el agua. El cubo rojo se iba hacia Valencia.
* * *
Un melón está para cortar cuando se le ha secado el zarcillo de al lado. El tío Remigi decía que eso eran cuentos de viejas y que estaba para cortar cuando lo decía él, y como el que pagaba era él, se cortaban cuando lo decía él.
Rafael llevaba en el melonar desde el uno de julio. Salía del Puerto a las seis y cuarto, con la bicicleta del tío Doro, que se había muerto en el sesenta y ocho y no la había reclamado nadie, una bicicleta negra de varillas que pesaba como una puerta y tenía el manillar torcido hacia la derecha. El pedal izquierdo sonaba. Sonaba una vez por vuelta, y de su casa a Almenara había muchas vueltas.
Las mujeres llegaban de Sagunto y de Almenara en la caja del camión del tío Remigi, sentadas en cajones vueltos del revés, con pañuelos en la cabeza y sombreros de palma encima de los pañuelos. Trabajaban de dos en dos por surco. Una cortaba, la otra cargaba, y al llegar al final se cambiaban. Rafael cargaba siempre, porque era el chico.
A la media hora la espalda protestaba. A las dos horas era una tabla. A las cuatro ya no era suya: la llevaba puesta, prestada, igual que una chaqueta de otro.
—Estos melons ja no saben a meló —dijo la Nati desde dos surcos más allá.
—Això ho dius tots els anys, Nati.
—Doncs tots els anys tinc raó.
A mediodía pararon a la sombra del algarrobo. Rafael desenvolvió el bocadillo. Su madre se lo envolvía en una hoja de periódico doblada, y con el calor la tortilla se pegaba al papel y le dejaba en el pan una franja de letras al revés. Se comió media inauguración de un pantano y una esquela. Después sacó el libro de Física, que llevaba en la cesta de la bicicleta envuelto en una bolsa de la compra, y lo abrió por donde lo había dejado. Termodinámica. Primer principio.
—Mira’l —dijo la Nati—. El senyor enginyer.
—Deixa’l, que eixe se’n va —dijo la otra.
—Tots se’n van. I després tornen a casar-se ací.
Uno de los hombres del camión, el que cargaba las cajas, se sentó con ellos con la bota en la mano y dijo, sin mirar a nadie, que en la fábrica habían apuntado nombres. Que en laminación se habían parado una hora el jueves y que a la salida había una furgoneta.
—Ací es cullen melons —dijo el tío Remigi.
El hombre bebió de la bota y se puso a hablar de lo caro que estaba el azufre para las viñas.
Su padre era de laminación.
Rafael volvió a la página. El primer principio decía que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Lo leyó cuatro veces. Las hormigas se llevaban una miga de tortilla hacia el algarrobo, en fila, y una de ellas se perdía todo el rato y la volvían a meter en la fila las de atrás.
* * *
Volvió a Canet al día siguiente, y al otro. No lo decidió. Al llegar al cruce del Puerto la bicicleta seguía recto, carretera abajo, y él la dejaba.
Annika estaba siempre en la misma toalla, la azul, con el libro y una libreta de tapas duras en la que escribía con una estilográfica de tinta azul. Escribía de todo. Escribía cuánto costaba un melón en el mercado, lo que decía un cartel de la playa, cómo se llamaba la fruta que vendía un hombre a voces por la arena. Rafael le preguntó para qué.
—Para saber después que era verdad.
Hablaban en una mezcla. Ella tenía un español de dos cursos, con todos los verbos en infinitivo y alguno en inglés cuando se le acababa, y él tenía un francés de bachillerato que solo servía para pedir el camino de la estación. Se entendían en el medio, con las manos. A veces no se entendían y daba igual.
Una tarde pasaron por el paseo dos guardias civiles, despacio, con el tricornio y las manos a la espalda.
—¿Por qué ellos llevan este sombrero? —preguntó Annika, y los señaló con el dedo.
Rafael le cogió la mano y se la bajó. No le soltó la muñeca hasta que los guardias doblaron la esquina del bar.
—No se señala.
—¿Por qué no?
—Porque son la Guardia Civil.
—¿Y qué hacen?
Rafael lo pensó.
—Estar.
Annika los siguió con la vista un rato.
—Parecen tristes.
—Están de servicio. Aquí la alegría hay que pedirla por instancia, con póliza y dos fotografías de carné.
Annika abrió la libreta y apuntó «póliza». Luego le preguntó qué era una póliza, y él se lo explicó, y ella lo apuntó también, entero, y lo subrayó.
* * *
El sábado el tío Remigi pagó a la sombra del algarrobo, sentado en un cajón, con la libreta de hule en las rodillas y una lata de carne de membrillo llena de billetes y monedas. Leía en voz alta lo apuntado, con el lápiz siguiendo la línea, y pagaba.
—Nati. Sis jornals. La de Sueca, sis jornals. Rafael, sis jornals, menys mig dimecres per tard.
—El dimecres vaig arribar a les set i cinc.
—Doncs per tard.
Rafael cogió lo suyo y lo contó. Esa tarde fue derecho a casa y le dio el dinero a su madre en la cocina, entero, como todos los sábados. Su madre lo contó encima del hule, separó lo del butano, lo de la tienda y lo de la letra del frigorífico en tres montones, y del cuarto montón, que era el más pequeño, le devolvió una moneda.
—Pa ti.
Rafael la guardó en el libro de Física, en la página que tenía marcada, entre el primer principio y el segundo.
* * *
El domingo la subió a Sagunto. Annika se sentó de lado en la parrilla de la bicicleta, agarrada al sillín, y Rafael pedaleó de pie toda la cuesta, con el pedal izquierdo sonando más que nunca, hasta que en la curva de la calle que sube al castillo se bajaron los dos y siguieron andando con la bicicleta de la mano.
En el teatro romano, que estaba sin arreglar, crecía hierba entre las piedras de las gradas, y había un hombre con gorra que cobraba la entrada sentado en una silla de enea, a la sombra, y que se despertó para cobrarla y se volvió a dormir. Subieron hasta arriba. Annika sacó de la mochila una guía de tapas verdes, escrita en sueco, y leyó en voz alta, traduciendo a trozos.
—Aquí, en el año doscientos diecinueve antes de Cristo, Aníbal… ¿Cómo se dice? Rodea la ciudad. Ocho meses.
—¿Ocho meses?
—Ocho. ¿No lo sabes?
—En el colegio dijeron lo de Aníbal. Lo de los ocho meses, no.
Annika lo apuntó en la libreta. «Sagunto. 219. Rafael no lo sabe.» Se lo enseñó, y él le quitó la estilográfica y debajo puso «Annika no sabe lo que es una póliza», y ella se lo tachó.
Desde las gradas de arriba se veía todo: el pueblo viejo debajo, los naranjos, la carretera recta hasta la costa y, en la costa, la fábrica, con su humo, del tamaño de un juguete. Annika la tapó con el pulgar, con el brazo estirado, y cabía entera detrás de la uña.
—¿Ahí vives?
—Al lado.
Ella movió el pulgar un poco, para destaparle la casa.
* * *
—Mi madre dice que vienes a comer el martes —dijo Annika—. Köttbullar.
—¿Kot qué?
—Albóndigas. De verdad. No como las del bar.
El martes ocho de agosto Rafael se puso la camisa de los domingos, que era blanca y de manga larga, y se arremangó porque hacía demasiado calor para llevarla como era. Su madre se la había planchado la noche antes sin preguntarle para qué, con la plancha de hierro que calentaba en el butano, y le había pasado dos veces por el cuello.
—Si te ponen de comer, no repitas —le dijo en la puerta—. Y si repites, deja un poco.
—¿Para qué?
—Para que no digan.
Los Lindqvist estaban en un bloque nuevo de seis pisos, a cien metros de la playa, con el portal todavía oliendo a yeso. En el ascensor había un papel pegado que decía en cuatro idiomas que no lo usaran los niños solos. Rafael lo leyó en los cuatro. En el francés había una falta.
El piso olía a limpio. Era un limpio sin ajo y sin lejía, un limpio de otra cosa que Rafael no supo nombrar. Las paredes eran blancas y no había nada colgado en ellas. En el salón había una mesa baja de madera clara y un sofá en el que no se veía cómo sentarse. En su casa no había una pared sin lo suyo: el cuadro de la Virgen de los Desamparados, el calendario de la caja de ahorros, la foto de la boda de sus padres, la foto de la comunión de Rafael con el pelo pegado con agua.
La madre le dio la mano en la puerta de la cocina, con el delantal puesto.
—Välkommen.
El padre se levantó del sillón. Era muy alto y llevaba unas gafas de montura fina que se subía con un dedo.
—So this is the swimmer.
—Dice que tú eres el nadador —tradujo Annika.
—Dile que soy uno que flota.
Annika se lo dijo, y el padre se rió y le dio una palmada en el hombro quemado. Rafael no hizo ningún ruido.
Las albóndigas eran pequeñas y redondas, todas iguales, en una salsa marrón, y al lado de las albóndigas había mermelada. Mermelada roja, con la carne. Rafael esperó a ver si alguien se reía, y como nadie se reía probó. Estaba buena. Se comió nueve. Se le había olvidado lo de dejar un poco en el plato por educación.
El padre preguntaba y Annika traducía. Lo que estudiaba. Lo que quería estudiar.
—Ingeniero.
—Good. Spain needs engineers.
Lo que hacía su padre.
—Trabaja en la fábrica. En laminación.
—The steelworks? Hard work. Steel is the backbone of a country.
—Dice que el acero es la columna de un país —dijo Annika.
—Ya —dijo Rafael—. Y a veces se tuerce.
Annika lo miró y no lo tradujo. Le dijo a su padre otra cosa, más corta, y el padre asintió.
Luego preguntaron por la universidad. Cuánto costaba. Si el gobierno ayudaba. Rafael pensó en los papeles de la beca, que pedían notas, una declaración de lo que ganaba su padre sellada por la empresa y un informe que firmaba alguien que no le conocía de nada. Pensó en la ventanilla de Sagunto, que cerraba a la una.
—Hay becas. Pero hay que tener muchas firmas.
El padre habló un rato largo, despacio, para que Annika pudiera ir detrás. En Suecia la universidad no se pagaba. Le daban a uno dinero para vivir mientras estudiaba, y luego lo devolvía poco a poco, cuando ya trabajaba. Annika lo traducía con cara de aburrimiento, porque lo había oído muchas veces.
—Aquí también lo estamos haciendo —dijo Rafael—. Poco a poco.
La madre le sirvió más albóndigas sin preguntarle.
* * *
La habitación de Annika tenía una cama, una maleta abierta en el suelo con la ropa por fuera y una ventana que daba a la parte de atrás del bloque, a un solar con cañas y una hormigonera parada. Ella se sentó en la cama y él se quedó de pie, y luego se sentó en el borde de la silla.
—Estás pensando todo el rato —dijo ella.
—No.
—Sí. Se ve aquí.
Se tocó el hombro. Rafael se miró el suyo, el quemado.
Annika abrió la libreta por una hoja limpia y escribió con la estilográfica, en mayúsculas:
LÄNGTAN
Le dio la vuelta para que la viera.
—Lee.
—Lang-tan.
—No. La a con puntos es otra. —Puso la boca redonda—. Ä.
—Ä.
—Längtan.
—Längtan.
—Mejor.
—¿Y qué es?
Annika miró al techo, buscando en los dos idiomas que tenía y en el tercero que no tenía.
—Es cuando quieres algo y no está. No lo que has perdido. Lo que no has tenido nunca. Es como… hambre. Pero no de comida.
Rafael miró la palabra. Las dos manchas de tinta encima de la a, todavía brillantes.
—¿Tú tienes?
—Todos tienen. —Annika subió las rodillas y se las abrazó—. Yo ahora tengo längtan de mi casa. De mi lago. De que llueva. Aquí todo es demasiado.
Rafael se rió, y ella también, y luego ella arrancó la hoja de la libreta con mucho cuidado, por la línea de los agujeros, y se la dio.
—Para ti. Tú tienes mucho.
—¿Y yo qué te doy?
—Una palabra tuya.
Rafael lo pensó mucho rato, con la hoja en la mano.
—Faena.
—¿Faena?
—Es el trabajo. Lo que haces en el campo, en la fábrica. Y también es cuando alguien te hace una cosa mala. «Me han hecho una faena.»
Annika lo apuntó así, con las dos cosas, una debajo de otra, y una raya entre las dos.
Rafael dobló la hoja de la palabra por la mitad y se la guardó en el bolsillo de la camisa.
* * *
Al día siguiente, a media mañana, el Volvo azul de los suecos se paró en el camino del melonar, al lado del algarrobo, y de él bajó Annika con la libreta en la mano y un sombrero de paja que no era de aquí. Su padre se quedó dentro, con la ventanilla bajada y el periódico abierto encima del volante.
Las mujeres dejaron de cortar. La Nati se puso la mano de visera.
—Ai, mare. La sueca.
—Ve per tu —le dijo la otra a Rafael, sin bajar la voz, porque daba por hecho que la sueca no entendía.
Rafael dejó la caja en el suelo y fue hasta el camino con las manos negras de tierra, sin saber dónde ponerlas.
—¿Qué haces aquí?
—Quiero saber lo que cuesta un melón. —Abrió la libreta—. En el mercado, ya sé. Aquí, no.
—Aquí no cuesta. Aquí se carga.
—¿Cuánto pagan por cargar?
Rafael se lo dijo, en voz baja, y ella lo apuntó. Luego quiso cargar una caja. El tío Remigi, que había venido por detrás sin que lo oyeran, le dijo que no, que el seguro no cubría a extranjeras, y Rafael no supo si había seguro. Annika cogió la caja igual, la levantó hasta la cintura con la cara roja y la volvió a dejar en el suelo.
—Pesa.
—Ja ho crec que pesa —dijo la Nati, que se había acercado sin disimular—. Són melons, filla, no flors.
Annika le preguntó a Rafael qué había dicho, y él se lo tradujo, y Annika lo apuntó también. La Nati quiso saber qué ponía. Annika le dio la vuelta a la libreta para enseñárselo, y la Nati, que no sabía leer en ningún idioma, lo miró mucho rato y asintió.
—Està bé.
El padre de Annika compró dos melones al tío Remigi, que le cobró lo que se le ocurrió en ese momento. Los metieron en el maletero. Antes de subir, Annika le quitó a Rafael una hoja de melonar que se le había quedado pegada en el pelo y se la llevó en la mano.
Cuando el coche se fue, el tío Remigi abrió la libreta y apuntó al lado del nombre de Rafael.
—Mitja hora per visita —dijo.
* * *
Su padre estaba en la cocina cuando llegó, sentado de lado a la mesa, con el codo en el hule y el cenicero lleno. Venía de mañana y no se había acostado. Su madre fregaba.
—¿Qué tal los suecos?
—Bien.
—¿Bien qué?
—Comen la carne con mermelada.
Su padre lo pensó. Apagó el cigarro.
—Pues para eso se va uno a Suecia. ¿Y qué coche tienen?
—Un Volvo.
—Sueco.
—Sí.
—Claro.
Su madre se rió sin volverse. Rafael se sentó enfrente de su padre. El padre le daba vueltas a la alianza con el pulgar, que era lo que hacía cuando estaba pensando en otra cosa.
—¿Es verdad lo de los nombres? —preguntó Rafael.
Su madre cerró el grifo.
—¿Quién te ha dicho a ti eso?
—En el melonar.
El padre miró a la madre y la madre abrió otra vez el grifo, más fuerte que antes.
—Tú a tus libros —dijo el padre.
—Ya.
—Mira. —El padre se inclinó hacia él por encima de la mesa—. A ti te da igual lo que apunten. A ti no te van a apuntar en ninguna lista, porque tú no vas a estar aquí. Tú tienes que salir de aquí.
—Tengo que estudiar.
—Tienes que escapar.
Lo dijo sin levantar la voz, con el codo en el hule. Después se levantó, dijo que se iba a echar un rato y se fue al cuarto, y Rafael oyó crujir la cama.
El jueves su madre le lavó la camisa blanca en la pila del lavadero, con el jabón de sosa y el cepillo, y la tendió en la galería. Rafael se acordó al volver del melonar, cuando vio la camisa colgada en la galería, y subió los dos pisos de tres en tres. La hoja seguía dentro del bolsillo, hecha una bola blanda, y cuando la abrió encima de la mesa de la cocina, con mucho cuidado, con las uñas, la palabra se había corrido entera y era una nube azul en medio del papel. Encima de la nube, donde había estado la a, seguían los dos puntos. Dos puntos redondos, muy negros, encima de nada.
—¿Era algo? —preguntó su madre.
—No.
La puso a secar en el alféizar con una pinza encima para que no se la llevara el aire.
* * *
La víspera de que se fueran, el viernes, su padre le dijo que la llevara a ver la playa del Puerto.
—Que vea dónde nos dejamos los cuartos. Que no se lleve solo los pinos.
Esa noche, cuando Rafael bajó al zaguán a por la bicicleta, el pedal izquierdo estaba brillante de aceite, y debajo, en el suelo, había una mancha redonda en las baldosas. Su padre estaba en el balcón, fumando, y no se asomó. Rafael sacó la bicicleta y montó, y la bicicleta no hizo ningún ruido hasta la esquina de la avenida. En la esquina sonó otra vez, una vez por vuelta.
Fueron andando desde Canet por la orilla, una hora larga, con las sandalias de ella en la mano de él. La arena se volvía más oscura a medida que se acercaban. Ya en la playa del Puerto, una familia cenaba todavía en la arena, a las once, alrededor de una mesa plegable y un farol de butano, y un crío dormía en una tumbona con la boca abierta y una tajada de sandía en la mano. No había paseo ni farolas. Había los focos de la fábrica, altos y blancos, que daban sombras largas en la arena, y un ruido que no paraba nunca, un golpe metálico y luego otro, y vapor.
Se pararon enfrente.
De noche la fábrica no dormía. Cuando sangraban un horno, el cielo de encima se ponía rojo sucio, y las nubes bajas se teñían por debajo y luego volvían a ser nubes. Annika se quedó mirando con la rebeca sobre los hombros, aunque no hacía frío.
—Es… terrible —dijo, y no lo dijo con asco.
—Es lo que nos da de comer. Y lo que nos come.
Lo dijo y se oyó decirlo, y le dio vergüenza, porque era una frase de su padre y la había dicho como si fuera suya.
Se sentaron en la arena, lejos del agua. Olía a azufre y el mar no olía a nada.
—¿Tú te vas a ir de aquí? —preguntó Annika.
Rafael cogió un puñado de arena fría y la dejó caer.
—No sé por dónde se sale.
—Por la puerta —dijo ella.
El beso no fue como en el cine del Puerto. Chocaron con los dientes y ella se rió dentro de la boca de él, y la nariz estorbaba, y luego dejó de estorbar. Sabía a sal y a la crema de fresa que ella se ponía en los labios. Detrás, la fábrica sangró otro horno y les puso a los dos la cara roja durante un momento, y luego se la volvió a quitar.
—Escríbeme —dijo ella.
—Te escribiré.
—No escribas «aquel verano». Escribe cosas. Lo que cuesta un melón.
* * *
El sábado a las ocho de la mañana el Volvo estaba cargado delante del portal, con la baca llena y una lona atada con cuerdas encima de la baca. El padre comprobaba los nudos. La madre metía bocadillos envueltos en papel de plata en una nevera de camping. La niña, que se llamaba Malin, perseguía a un gato por el solar de las cañas, y el gato se dejaba perseguir hasta un punto y luego ya no.
Rafael llegó en bicicleta. La dejó contra una farola.
El padre le estrechó la mano.
—Good luck. With everything.
—Goodbye, sir.
La madre le dio dos besos rápidos, uno en cada mejilla, y le puso en la mano un paquete de galletas suecas para el camino, aunque el que se iba de camino no era él.
Malin le enseñó un cubo nuevo, amarillo.
Annika fue la última en subir. Le dio un papel doblado.
—No lo leas hasta que no me veas.
Subió al coche. El Volvo arrancó, dio la vuelta al bloque porque la calle era de una dirección y volvió a pasar por delante de él, más despacio, y esta vez Annika iba en la ventanilla de su lado con la mano abierta contra el cristal. Rafael levantó la mano. El coche se fue hacia la carretera de Valencia y en la curva ya no se le vio.
Abrió el papel. Era una dirección de Estocolmo, una calle con muchas consonantes seguidas, y debajo, con la estilográfica:
Jag längtar efter dig.
No entendía la frase entera. El centro sí.
Se sentó en el bordillo del portal y se comió las galletas suecas una detrás de otra, hasta que en el paquete solo quedó el papel, con el dibujo de un alce.
* * *
El domingo escribió la carta en la mesa de la cocina, en hojas arrancadas del cuaderno de cuadros, mientras su madre pelaba patatas enfrente y no le preguntaba nada. Escribió tres hojas por las dos caras. Le contó lo que costaba un melón en el mercado del Puerto. Le contó que en la fábrica habían apuntado nombres, y luego lo tachó, y luego lo volvió a escribir debajo, más pequeño. Le contó lo del cubo rojo, que lo había visto pasar dos días después por la playa del Puerto, o uno igual. Le contó que la Nati había preguntado por ella, y que el tío Remigi le había quitado media hora del jornal por la visita. Le contó lo de la camisa y el lavadero, y que de la palabra solo habían quedado los puntos. Al final escribió la palabra. LÄNGTAN. Se quedó con el bolígrafo encima. No se acordaba de si los puntos iban en la primera a o en la segunda, y los puso en las dos.
Al día siguiente, al volver del melonar, paró en el estanco de la avenida. El estanquero pesó la carta en la balanza de platillos, buscó Suecia en un librito con las tapas de cartón y pasó el dedo por una columna.
—Europa. Hasta veinte gramos. —Miró la balanza—. Esto pasa de veinte.
—¿Cuánto pasa?
—Pasa. Quita una hoja o pon otro sello.
Rafael sacó del libro de Física las dos monedas que su madre le había devuelto los dos sábados y las puso en el mostrador. El estanquero las miró. No llegaban al otro sello.
Abrió el sobre allí mismo, en el mostrador, delante del estanquero, que se puso a ordenar paquetes de tabaco que ya estaban ordenados. Sacó las tres hojas. Las leyó por encima, de pie. Sacó una, la dobló y volvió a meter las otras dos.
El estanquero pesó otra vez la carta, mojó el sello en la esponjita y lo pegó de lado.
Rafael salió con la hoja en la mano. Al llegar a la bicicleta, para tener las dos manos libres y quitar el candado, se la puso entre los dientes.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.