Dos alumnas sentadas en el bordillo del patio de un instituto; una dibuja en la tierra con un palo y la otra mira; al fondo, el castillo sobre su monte.
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Problema 3. Una viga de seis metros, apoyada en sus extremos, soporta una carga uniforme de dos toneladas por metro y una carga puntual de tres toneladas a dos metros del apoyo izquierdo. Calcular las reacciones en los apoyos y el punto de momento máximo. Razonar la respuesta.

Rosa Lluesma leyó el enunciado dos veces, y a la segunda la viga ya era un puente. Uno pequeño, de los de la huerta, de los que pasan por encima de una acequia, con un carro de naranjas encima parado justo a dos metros del lado izquierdo, porque al mulo le había dado por pararse allí.

—Guardad todo menos el boli —había dicho la señorita Martí al entrar, dejando el taco de folios en la mesa con un golpe—. Tres problemas. Uno de cinemática, uno de electricidad y uno de estática. El de estática es el que os va a separar.

—¿Separar de qué? —preguntó uno del fondo.

—Ya lo veréis.

Era viernes, dieciséis de mayo de 1975, y en el aula de COU olía a tiza, a bocadillo de chorizo envuelto en papel de aluminio y a la colonia a granel que se echaban los chicos del Puerto antes de subir al autobús. El instituto estaba en Sagunto, en lo alto de la cuesta, y a él subían cada mañana los de Sagunto andando, en grupos, hablando en valenciano, y los del Puerto en dos autobuses que tosían gasoil y los dejaban en la puerta con diez minutos de retraso.

En el patio, los de Sagunto se ponían junto a la fuente y los del Puerto junto a la tapia del fondo, y en medio quedaba un trozo de cemento que no era de nadie.

Rosa se sentaba en la primera fila, al lado de la ventana. Desde allí, si inclinaba la cabeza, veía las chimeneas de la fábrica, abajo, junto al mar, y si la inclinaba al otro lado, el castillo, arriba, en su monte. Le gustaba el sitio por las dos cosas. No se lo había dicho a nadie.

Empezó por el tercero.

Planteó las reacciones como venía en el libro, la suma de fuerzas igual a cero, la suma de momentos igual a cero, y cuando iba por la segunda línea vio que había otra manera. Si partía la carga repartida en dos trozos, uno a cada lado de la carga puntual, la cuenta se hacía sola. No estaba en el libro. La señorita Martí no la había explicado. Le salió como le salía en la huerta el camino corto entre dos bancales, sin pensarlo, por donde no estaba hecho el camino.

Lo escribió. Lo comprobó por el método largo, en el margen, con letra pequeña. Daba lo mismo.

A su lado, María Sánchez resoplaba sobre el primer problema.

—Me cago en los cosenos —dijo en voz baja, apretando el boli.

María era del Puerto. Su padre estaba en laminación y su madre limpiaba en las oficinas de la fábrica por las tardes, y María quería ser periodista, o abogada, o las dos cosas, y estaba en ciencias porque su padre decía que las letras no daban de comer, y odiaba la física con un odio personal, de vecina de rellano. Rosa no le dejaba copiar. Nunca le había dejado. Pero en el recreo se sentaban en el bordillo del patio y Rosa le explicaba otra vez lo que la señorita Martí había explicado deprisa, con un palito en la tierra, hasta que María decía que ya, que ya lo veía, y a veces era verdad.

Cuando sonó el timbre, la señorita Martí recogió los folios sin mirar ninguno.

—Y no me preguntéis qué tal os ha salido, que eso lo sabéis vosotros mejor que yo.

María se levantó con el boli en la mano, como si fuera a devolverlo.

—Si suspendo, saguntina, te quito los bocadillos de tortilla de mi madre hasta junio.

—Si suspendes es por los cosenos.

—Detalles.

En el recreo se sentaron en el bordillo. María tenía el bocadillo de tortilla en las rodillas, sin abrir, y le pidió a Rosa que le contara el tercero.

Rosa cogió un palito y dibujó la viga en la tierra, los dos apoyos, las flechas.

—Lo partes aquí. Lo de la izquierda hace girar para un lado y lo de la derecha para el otro, y la carga del medio la pones donde está. Y ya.

María miró el dibujo un rato largo, mordiendo el bocadillo por una esquina.

—¿Y eso quién te lo ha enseñado?

—Nadie.

—Pues no lo pongas mucho, que luego te lo piden siempre.

Un chico del Puerto pasó corriendo detrás de una pelota y le borró la viga con la zapatilla, y Rosa no la volvió a dibujar.

* * *

En casa de María el reloj lo llevaba la fábrica. Su padre volvió del turno de tarde a las diez y media, con la cara de no haberse lavado bien en las duchas, y se lavó otra vez en la pila del lavadero, con jabón Lagarto y un cepillo de raíces, hasta que el agua salió gris y luego clara.

—¿Qué tal eso de hoy?

—Bien. O regular. Rosa dice que bien, pero Rosa siempre dice bien y luego saca un diez.

—Esa chica va a llegar lejos —dijo la madre, que sacaba unas sardinas del horno.

—Esa y tú —dijo el padre—. Que yo aquí no te quiero ni para traerme la fiambrera.

En la mesa, junto al pan, había una hoja escrita a multicopista, con las letras moradas y un poco corridas, que el padre había traído en el bolsillo del mono. María alcanzó a leer la palabra convenio y la palabra asamblea. El hermano pequeño, que tenía nueve años, alargó la mano para cogerla, y el padre la dobló y la metió dentro del periódico deportivo sin cambiar la cara.

—Eso no es para pintar.

—¿Qué es?

—Papeles de la fábrica. Come.

María se comió las sardinas apartando las espinas con la punta del cuchillo. Pensó en el periódico deportivo con la hoja dentro, y en que su padre no lo leía nunca.

* * *

En casa de Rosa el reloj lo llevaba el riego.

Su padre, Amadeu Lluesma, tenía tres hanegadas de naranjos entre Sagunto y el mar y una de huerta detrás de la casa, y sabía de memoria los turnos de agua de la acequia del último año y del anterior, y los de su padre. Comía con la gorra colgada del respaldo de la silla y la televisión encendida sin voz, porque no le gustaba que le hablaran mientras comía, ni siquiera la televisión.

—Com ha anat l’examen eixe?

—Bé. Creo que muy bien.

—La chica es muy lista —dijo su madre, Carmen, acercándole el pan. Carmen era de un pueblo de Cuenca y en veinte años de Sagunto no había querido aprender el valenciano más que para la compra—. Los profesores siempre lo dicen.

—Ja ho sé que és llesta. —Amadeu mojó pan en el caldo—. Jo també era llest. El que passa és que a mi no em van posar sabates.

Rosa esperó. Esperó a que su padre se terminara el caldo, porque con el caldo se le ponía la cara buena, y antes de que llegara el café, porque con el café le salía voz de juez.

—He estado mirando las carreras de Valencia. En el tablón del instituto. —Lo dijo deprisa—. Hay Caminos. Ingeniería de Caminos. La pusieron hace unos años en la Politécnica. Se puede hacer desde aquí.

Amadeu dejó la cuchara en el plato.

—Enginyeria.

—De Caminos. Puentes, carreteras, puertos. Presas. Lo que aguanta.

—I això per a què, xiqueta?

—Para pasar por encima.

Carmen miró a su marido y luego a su hija, y buscó en medio una cosa que no rompiera nada.

—¿Y Magisterio? A mí me parece muy bonito. Muy limpio.

—Magisterio también me gusta —dijo Rosa—. Pero no quiero que sea lo único porque soy chica.

—No és per ser xica —dijo Amadeu—. És que una xica decent no se’n va a València a viure en un pis amb desconeguts.

—Magisterio también es en Valencia, pare.

Amadeu se quedó un momento callado y se rascó la oreja.

—Magisteri són tres anys. I hi ha residències de monges.

—Y Caminos son seis. Y también habrá monjas.

—Monges per a enginyeres? —Amadeu se rió, una vez, corto, por la nariz—. Eixes monges no les ha vistes ningú.

Carmen se rió también, sin querer, y se tapó la boca con la servilleta. Rosa no se rió. Bajó la vista al plato y vio una patata sola en el caldo, dando vueltas despacio, y tuvo ganas de decir una cosa que habría sido cruel, sobre los zapatos y sobre quién no se los había puesto a quién. No la dijo. Sabía que esa frase no se cerraba después.

* * *

La señorita Martí corregía en la mesa de la cocina de su piso de Valencia, el de la calle que daba a la estación, con la televisión del vecino colándose por el patio de luces. Corregía con bolígrafo rojo, encima de un hule de cuadros con una quemadura de plancha en una esquina, y escribía comentarios al margen que casi nadie leía, a veces más largos en los exámenes malos que en los buenos. Vivía sola desde que murió su madre. Cenaba un huevo pasado por agua mientras corregía, y lo dejaba enfriar casi siempre.

El de Rosa Lluesma lo dejó para el final, como dejaba el postre.

Leyó el tercer problema dos veces. Luego cogió un folio en blanco y rehízo la cuenta de Rosa por su cuenta, partiendo la carga como la había partido ella, y le salió. Subrayó el tramo en rojo. No escribió nada al lado. Puso un diez arriba, en la esquina, y lo rodeó con un círculo.

Luego se levantó, fue al dormitorio, abrió el armario y sacó del fondo, de detrás de los abrigos, un tubo de cartón. Dentro había un plano enrollado, en papel vegetal amarillento, dibujado a tinta china: un muelle, unos diques, cotas, números pequeñísimos para pesos enormes. En la esquina de abajo había unas iniciales y una fecha, 1953.

Lo extendió en la mesa de la cocina, sujeto con el azucarero y la tetera, y se quedó un rato mirándolo, y luego pasó la uña por el borde del papel, por donde estaban las iniciales, y lo volvió a enrollar.

* * *

—Lluesma, quédate un momento.

Los demás salieron al recreo. María pasó al lado de la mesa y le dijo bajito a Rosa que si le reñía, ella se encadenaba en el pasillo.

—Tú siéntate donde puedas, Sánchez —dijo la señorita Martí sin mirarla—. Que en el examen te ha costado.

Cuando se quedaron solas, la señorita Martí puso el examen encima de la mesa y señaló el tramo subrayado.

—Esto.

—No lo he copiado.

—Ya lo sé que no lo has copiado. Si lo hubieras copiado, ¿de dónde?

Rosa se puso roja.

—Me ha salido. Como cuando vas por la huerta y ves que por ahí se llega antes.

—Eso es lo que hace un ingeniero. Y algún profesor, cuando tiene buen día.

—¿Usted quería ser ingeniera?

La señorita Martí recogió el examen, lo cuadró con los demás golpeándolo en la mesa, y lo dejó.

—Quería Caminos. En mi época solo había Caminos en Madrid. Mi padre dijo que a Madrid sola no, y yo dije que entonces Químicas, que estaba en Valencia, y mi padre dijo que bueno, que Químicas era casi como ser maestra. —Se quitó las gafas y les limpió un cristal con el pañuelo—. Mi padre no había visto un laboratorio en su vida.

Abrió el cajón de la mesa y sacó el tubo de cartón. Lo había traído de Valencia esa mañana en el autobús, de pie, con el tubo en vertical entre las rodillas para que nadie lo aplastara, y una señora con una cesta de huevos le había preguntado si era un paraguas y ella le había dicho que sí.

Desenrolló el plano encima del examen. Rosa se inclinó.

—Esto lo dibujó un compañero de la facultad que sí se fue a Madrid. Es de cuando estaba en tercero. Un puerto que no se llegó a hacer.

—¿Y por qué lo tiene usted?

—Porque me lo dio.

Rosa pasó el dedo por encima de una de las líneas, a un centímetro, sin tocar la tinta. Las cotas eran de una letra muy pequeña y muy derecha, y los diques tenían un sombreado hecho rayita a rayita, todas iguales y a la misma distancia, tantas que Rosa empezó a contarlas y lo dejó en la segunda fila.

—En casa dicen que Magisterio.

—Ya me lo imagino.

—Mi padre dice que una chica decente no se va a vivir sola a Valencia. Pero Magisterio también es en Valencia.

—¿Y qué te contesta a eso?

—Que en Magisterio hay monjas.

La señorita Martí se rió. Fue una risa corta, sorprendida, que no se le había oído nunca en clase, y Rosa se rió también.

—Mira, Lluesma. Tu padre sabe lo que sabe, que no es poco. —Empezó a enrollar el plano—. Yo no te voy a decir lo que tienes que poner.

—¿Y si pongo Magisterio?

—Pues lo pones tú. No tu padre. Ni yo.

Metió el plano en el tubo. Rosa pensó que se lo iba a dar. No se lo dio. Lo guardó otra vez en el cajón, y el cajón se atascó a la mitad, como siempre, y la señorita Martí le dio un golpe con la cadera.

* * *

Al día siguiente, sábado, Rosa ayudó a su padre en la huerta de detrás de la casa. Había que hacer de nuevo los caballones de las tomateras, que el agua de la última tanda se había comido por un lado, y Amadeu iba delante con la azada y ella detrás con el rastrillo, rompiendo los terrones.

A media mañana su padre se paró. Clavó la azada en la tierra y estuvo un rato mirando el bancal, de un extremo al otro, con la cabeza ladeada. Luego cogió una botella de gaseosa vacía que había en el ribazo, la llenó de agua en la acequia casi hasta arriba, la tapó con el pulgar, la puso tumbada en la tierra y miró hacia dónde se iba la burbuja.

—Ací baixa. Mira. Per això s’enduu la terra.

Rosa miró la botella. Era un nivel. Un nivel de burbuja hecho con una botella de gaseosa y agua de la acequia.

—Pare. Això que fas és Caminos.

—Això és regar.

—És el mateix.

Amadeu vació la botella en el surco.

—Això ho sé fer.

Siguieron con los caballones hasta el mediodía. Él le dejó a ella el lado de abajo, el que se comía el agua, y ella levantó la tierra un palmo más que el otro. Amadeu lo miró al terminar, le dio un golpe con el pie para ver si aguantaba, y se fue a lavar la azada a la acequia.

* * *

Los lunes, la segunda hora era Religión. Don Fermín, que daba la clase con la sotana remangada para no mancharse de tiza, escribió en la pizarra con letra grande: LA MUJER EN LA FAMILIA CRISTIANA. Debajo dibujó una casa con tejado, y dentro de la casa puso PADRE arriba, MADRE en medio e HIJOS abajo, en tres pisos.

—La familia es una pequeña Iglesia —dijo—. El padre es la cabeza. La madre, el corazón. Y los hijos, lo que Dios mande.

Desde el fondo, uno del Puerto dijo en voz baja que en su bloque Dios mandaba muchos. Hubo risas. Don Fermín no las oyó o no quiso.

—La mujer puede estudiar, naturalmente. Pero sus estudios han de estar ordenados a su vocación, que es la familia. No a competir con el varón.

Rosa levantó la mano.

—¿Y si una mujer no se casa? ¿Cuál es su vocación?

Don Fermín la miró por encima de las gafas. Esas preguntas solían venir de la fila del fondo, de los del Puerto, no de la primera fila, no de Sagunto.

—Siempre hay a quien servir, hija. Los padres cuando se hacen mayores. Los sobrinos. La mujer se realiza sirviendo.

María se inclinó hacia Rosa.

—Qué tranquilidad —le dijo al oído—. Mocos va a haber siempre.

Rosa tuvo que hacer como que tosía.

* * *

Antes de las notas, un sábado por la tarde, Rosa bajó al Puerto a estudiar con María para los exámenes de junio. Bajó en el autobús, sola, con los libros en una bolsa de rafia de su madre, y en el autobús un hombre le preguntó si era de Sagunto, por cómo hablaba, y ella le dijo que sí, y el hombre dijo que ya se notaba, y no dijo qué se notaba.

El piso de María estaba en un bloque de cuatro alturas, en la tercera. Desde la ventana de la cocina se veía la fábrica entera, tan cerca que había que mirar hacia arriba. Estudiaron en la mesa de formica con el hermano pequeño debajo, jugando con unos soldados de plástico entre los pies de las sillas.

Esa semana el padre de María estaba de noche, y se levantó a las seis de la tarde, en camiseta, a tomarse un café. Se apoyó en el marco de la puerta y miró los libros.

—¿Física?

—Física —dijo María.

—¿Y tú qué vas a hacer, saguntina?

Rosa se lo dijo. El padre de María asintió despacio, soplando el café.

—Ingenieros hay en la fábrica. Los de la oficina de arriba. Llevan el casco blanco, para que se les vea.

—¿Y alguna mujer?

—La que les lleva el café. —Lo dijo como un dato, y luego se quedó pensando—. Bueno. Hay una delineante. Una de Valencia. Dibuja los planos en una mesa inclinada. Yo la he visto por la ventana.

—¿Y qué tal dibuja?

—Desde la ventana no se ve.

Se terminó el café de pie y se fue a la ducha. María esperó a que se cerrara la puerta del baño.

—Ese casco blanco lo lleva también el que viene a mirar si llevas el tuyo puesto —dijo—. No te creas que todo el que lleva casco blanco ha estudiado.

* * *

Las notas salieron el miércoles dieciocho de junio, en el tablón del vestíbulo, en hojas a máquina sujetas con chinchetas. Delante del tablón había tanta gente que María tuvo que meterse de lado, a codazos, diciendo perdón a cada codazo.

—COU B. Aquí. Mira.

Rosa estaba arriba. Nueves y dieces y un ocho en Educación Física, que le pareció una injusticia.

María estaba en la mitad, con un seis y medio en Física. Se quedó mirando el seis y medio con la boca un poco abierta, y luego le dio a Rosa un abrazo tan fuerte que a las dos se les cayeron las carpetas.

—Mi padre se va a pensar que he copiado.

—¿De quién?

—De ti. Le diré que de ti. Que me dejas.

—No te dejo.

—Él qué sabe.

A unos metros, dos chicos del Puerto hablaban de lo suyo. Uno había suspendido dos y decía que le daba igual, que en septiembre entraba de aprendiz en los talleres de la fábrica, que ya se lo había apalabrado su tío, que era encargado allí y le había dicho que con un mono, buenas manos y no contestar al capataz tenía de sobra. Lo dijo dos veces, más alto la segunda, para que lo oyera el otro, o para oírlo él.

* * *

La reunión con los padres fue el miércoles siguiente, a las cinco. A esa hora el instituto parecía otro: los pasillos vacíos con eco, el conserje fregando el vestíbulo con una fregona que dejaba rayas.

Amadeu llegó con la camisa blanca abrochada hasta el cuello y la gorra en la mano. Carmen, con el vestido azul marino de los bautizos y los entierros. Se sentaron delante de la mesa de la señorita Martí en las sillas de los alumnos, que les quedaban bajas, y Amadeu no sabía dónde poner las rodillas.

—Su hija tiene las mejores notas del curso. Probablemente del instituto. Y no es solo que estudie. Es que ve las cosas.

—Això ja ho sabem —dijo Amadeu.

—Me ha dicho que le gustaría hacer Ingeniería de Caminos. Puede hacerla. Y si es por dinero, hay becas. Yo misma la ayudo con los papeles.

—No és pels diners.

—Ya lo sé que no es por el dinero.

Amadeu le dio una vuelta a la gorra entre las manos.

—Nosaltres havíem pensat en Magisteri. Carrera curta. Neta. I és més de xica, vosté ja m’entén.

La señorita Martí se quitó las gafas.

—Señor Lluesma. Si Rosa fuera un chico, si se llamara Amadeu, como usted, y tuviera estas notas, ¿estaríamos hablando de Magisterio?

Hubo un silencio. En el pasillo se oía la fregona del conserje, de un lado a otro, contra el zócalo.

—Si fora xic —dijo Amadeu—, parlaríem d’enginyeria. Clar. Però no ho és.

—No. No lo es.

—I el món no està fet per a això.

—En eso tiene razón. No está hecho. —La señorita Martí se volvió a poner las gafas—. Lo hacen las que van.

Carmen apretaba el asa del bolso con las dos manos.

—Nosaltres només volem que estiga bé.

—Y yo. Si no pensara que puede, no les habría hecho venir.

Amadeu miró por la ventana. Desde el aula se veía la huerta, y más allá, abajo, la raya de las chimeneas del Puerto y el humo, que a esa hora iba hacia el sur, y entre una cosa y otra los naranjos de los Lluesma, que desde allí no se distinguían de los de nadie.

—Ho pensarem —dijo, y se levantó, y se puso la gorra antes de salir, en el aula, cosa que no hacía nunca dentro de un sitio.

* * *

Esa noche, en la cocina, Amadeu volvió a sacarlo él.

—La senyoreta diu que pots fer Enginyeria.

—Vull fer-la, pare. Tinc por. Però vull.

—Por de què?

—De no saber. Que no m’isca.

—Doncs fes Magisteri, que eixe sí que el saps.

Carmen fregaba de espaldas. Se volvió con un plato en la mano y lo dejó a medio secar en el escurridor.

—Yo también quería cosas, Amadeu.

Lo dijo así, sin más, y volvió al fregadero. Amadeu le miró la espalda un rato. Rosa nunca supo qué cosas. No se lo preguntó. Y tampoco su padre, esa noche, aunque se quedó con el tenedor en la mano como si fuera a preguntarlo.

—En València hi ha molts rojos —dijo al final, a la mesa—. I gent de barba. Ho diuen al bar. Assemblees. Faltes de respecte.

—En la iglesia también hay de todo, pare.

Amadeu no contestó a eso. Se levantó, se puso la gorra y salió al corral a ver si las gallinas estaban dentro, aunque estaban dentro, porque las había metido él a las ocho.

* * *

La preinscripción se hacía en un impreso de papel fino, casi de cebolla, con casillas, que daban en secretaría a los de COU, uno por alumno, y no había otro si te equivocabas. Rosa lo rellenó en el patio, el jueves tres de julio, sentada en el bordillo de siempre, con el impreso encima de la carpeta y el sol dándole en la nuca.

Nombre. Apellidos. Fecha de nacimiento. Domicilio. Centro de procedencia. Nota media. Estudios que solicita.

María estaba a su lado, con el suyo ya relleno. Había puesto Derecho, y debajo, en el margen, con letra pequeña, Ciencias de la Información, aunque eso solo se podía estudiar en Madrid y en el impreso no había sitio para Madrid.

—Venga, saguntina. Que se seca la tinta.

—No se seca. No he escrito nada.

—Pues por eso.

Rosa tenía el boli encima de la casilla. Le quitó la capucha y se la volvió a poner.

—Si pongo Caminos, mi padre no me habla en todo el verano.

—¿Y si pones Magisterio?

—Me habla.

La señorita Martí salió de secretaría con el tubo de cartón bajo el brazo y se paró delante de ellas, y no dijo nada. Miró el impreso en blanco y luego miró a Rosa.

Rosa escribió MAGISTERIO. En mayúsculas, apretando, tan fuerte que la punta del boli rompió el papel en la G.

—Bueno —dijo.

—Bueno —dijo la señorita Martí. Se cambió el tubo de brazo y se quedó allí un momento más.

Se fue hacia la puerta, hacia la parada del autobús de Valencia. A medio camino se paró, se dio la vuelta y volvió a secretaría, a por algo que se había dejado, con el tubo debajo del brazo.

María le cogió el impreso y miró el roto de la G al trasluz.

—Lo vas a tener que pegar con celo.

—Ya.

* * *

Esa noche, en la cena, nadie preguntó. Amadeu comió el caldo despacio, con la gorra en el respaldo, y cuando Carmen sirvió el pollo, Amadeu cogió la fuente, buscó con el tenedor el muslo, que era siempre para él, y lo puso en el plato de Rosa.

Rosa lo miró. Su madre lo miró. Amadeu se sirvió un ala.

—Ja està? —preguntó, con el ala en la mano.

—Ja està.

Amadeu se comió el ala con los dedos, hasta el hueso, y luego dijo que el sábado les tocaba el agua de una a cuatro, y que Rosa bajaba con él, que su madre tenía la espalda.

* * *

La tanda de riego les tocaba el sábado cinco, de una a cuatro de la madrugada.

Amadeu la despertó a las doce y media sin encender la luz, tocándole el pie por encima de la sábana. Bajaron al huerto con la linterna y la azada, y una manta para echarla por encima en la espera, aunque era julio y no hacía falta. El agua venía por la acequia grande y había que esperar a que el de antes cerrara su parada.

Se sentaron en el ribazo. Las ranas se callaban cuando la linterna les daba y volvían a cantar cuando se apagaba. Esperaron mucho. Amadeu contó que de crío, en las tandas de noche, su padre lo dejaba de guardia en la parada mientras él dormía en el ribazo, y que una vez se durmió él también y el agua se fue al campo del vecino, que era un hombre de Faura con muy mal genio, y que estuvieron tres años sin hablarse por un agua que ni siquiera era de ellos, que era de la acequia. Lo contó de corrido, y luego se calló, y Rosa no supo si esperaba que se riera. A lo lejos, hacia el mar, la fábrica tenía todas las luces encendidas, como cada noche, y se oía un golpe de vez en cuando, muy lejos, que llegaba tarde.

El agua llegó a la una y diez. Se oyó antes de verse.

Amadeu se levantó y se fue hacia la primera parada, la de arriba, como hacía siempre, y como había hecho su padre, porque primero se llena lo de arriba y luego lo de abajo, y así se había hecho siempre.

—Pare.

—Què?

—Si obrim primer la de baix, l’aigua no s’emporta el cavalló. El que vaig alçar jo.

Amadeu se quedó con la azada en el aire. Iluminó con la linterna el bancal de abajo, el caballón que ella había levantado un palmo más alto, y luego la acequia, y luego otra vez el caballón.

—Així no ho hem fet mai.

—Ja.

Su padre bajó la azada. Se apartó de la parada de arriba. Le dio la linterna a ella y se quedó quieto, en medio del camino, con la azada apoyada en la bota, esperando.

Rosa bajó a la parada de abajo. Levantó la tabla con las dos manos, que pesaba más de lo que pensaba y estaba fría y llena de verdín. El agua entró de golpe, hizo un ruido de garganta y se fue por el surco que tenía que irse, despacio, negra, llevándose la luz de la linterna por encima, y el caballón de abajo aguantó.

Amadeu la miró correr. Luego se fue hacia la parada de arriba.

—Ara, la de dalt —dijo.

Y la abrió él.

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