Tres mil vueltas — Herencia, cenizas y silencio: las rayas de tiza en la alacena y el cuenco de almendras
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En la puerta de la alacena, trescientas ochenta y una rayas de tiza cuentan las almendras que Brígida se ha comido. Las enteras se guardan para la casa; las partidas, para ella.

En la puerta de la alacena de la tía Consol hay trescientas ochenta y una rayas de tiza, agrupadas de cinco en cinco con la quinta atravesada, y cada raya es una almendra que se ha comido Brígida desde que se podaron los almendros. Las enteras se guardan para la casa. Brígida come las partidas, las que el martillo deja en tres trozos, y las cuenta en voz alta antes de metérselas en la boca para ahorrarle a su tía el trabajo de preguntar.

—Una.

La tía hace la raya.

Brígida es hija de una prima de la difunta hermana de Consol, o de una cuñada de esa prima; en el Bajo nadie lo tiene claro y a nadie le quita el sueño. Vive en el cuarto de la leña desde los nueve años. Barre, acarrea, remienda, parte almendra con un martillo de cabeza de latón, y las noches de investidura su tía la alquila a la Casa de la Luz para andar en la rueda. Pagan dos perras. Las perras van a un bote de hojalata que la tía guarda en el estante más alto, detrás de los tarros de alcaparras, y que en la casa se llama el bote del ajuar. Cuando a Leocadia o a Pía se les rompe un lazo, la tía lo baja.

Leocadia y Pía son las hijas de Consol. Entre ellas, a Brígida la llaman la de la rueda, sin mala intención, igual que se dice la del horno o la del tercero. Saben que su madre la tiene en casa por caridad, y también porque anda como dos y come como media. A veces se ablandan. Cuando suben los cómicos al Bajo se la llevan a verlos, y mientras ellas se sientan en el banco Brígida se queda de pie detrás, sosteniéndoles los chales para que no se arruguen.

—En esta casa no se le niega nada a nadie —dice la tía Consol, y mira la alacena.

En el Alto, la Casa de la Luz tiene cuarenta y dos bombillas y solo las enciende la noche en que se nombra regidor. Por eso en el Alto se nombra regidor tan a menudo. El Consejo mete la mano en una bolsa de lona que lleva escrito CORREOS en unas letras que ya nadie relaciona con nada, saca un nombre, el nombre jura, y esa noche hay corriente, música y peladillas para todo el que suba la cuesta. El regidor de turno suele dimitir a la luna siguiente o a la otra, por un pleito de lindes, por cansancio o porque alguien ha encontrado sebo bastante para el eje y sería una pena dejar que se ponga rancio. Hay vecinos que han jurado tres veces. Una vez salió el nombre de un mulo que alguien había metido en broma, y el Consejo estuvo hasta la madrugada deliberando si aquello invalidaba la bolsa o solo al mulo.

La luz la hace la rueda. Está en el sótano de la Casa, es de pino, mide treinta palmos de alto, y dentro anda gente toda la noche para que el eje gire y la dinamo, que es más vieja que el Consejo, mande la corriente arriba. Una tabla de lado a lado separa a los hombres de las mujeres, por decencia, de modo que cada andador ve las corvas del que va delante, la tabla, y poco más. El capataz lleva la cuenta con una muesca de hierro que hace clac en cada vuelta. En la Casa la noche se mide así. A las mil vueltas se releva, a las tres mil se pasa lista, a las cinco mil amanece o le falta poco. La rueda, el sebo y las dos perras son de los Corbí, que también fabrican las mechas con que se alumbra el Bajo las otras noches del año.

Esta noche jura un regidor nuevo. La tía Consol se prende el broche de su madre, Leocadia y Pía se disputan el lazo color fresa hasta que se rompe y la tía tiene que bajar el bote, y las tres suben la cuesta por la calle de delante. Brígida sube por la de detrás, la que da a la puerta del sótano, con las alpargatas de andar colgadas del hombro para no gastarlas en el camino.

Los Corbí llegan en tartana. La señora Corbí sube con dos mantones porque en casa no ha sabido decidirse. Al final se queda el verde liso y deja en el guardarropa el negro de claveles, que estrenó en la investidura del regidor de las lluvias, repitió en la del regidor que dimitió por las lindes y que ya le han visto demasiado. El señor Corbí le sujeta la portezuela y dice «catorce». Nadie sabe catorce qué. El señor Corbí casi siempre dice números, y su mujer se los traduce cuando le conviene.

Abajo, Brígida anda.

A las mil vueltas el capataz da el clac largo del relevo y el primer turno sale de la rueda a un banco pegado a la pared, a sudar y a beber de un botijo que pasa de mano en mano. El descanso dura lo que el segundo turno tarda en dar doscientas vueltas. Brígida no se sienta. Lleva once investiduras en ese sótano y nunca ha visto las bombillas encendidas, solo el resplandor que se cuela por las rendijas de la escalera y le deja unas franjas amarillas en los empeines. Sube la escalera.

Arriba hay un pasillo, en el pasillo un guardarropa, y en el guardarropa un viejo dormido en una silla, con la boca abierta y la dentadura postiza en el regazo. De las perchas cuelgan los mantones de las señoras. El de los claveles es el que más pesa. Brígida lo sabe porque lo descuelga, y lo sabe mejor cuando se lo echa por los hombros. Se lo pone solo para saber cuánto pesa. Eso es lo que dirá después, y será verdad casi del todo.

Un ujier que pasa ve en el pasillo un mantón de ochenta claveles bordados y supone, con toda lógica, que dentro va una señora que se ha perdido al volver del retrete. La coge del codo con mucha educación.

—Por aquí, señora, que ya ha empezado.

Y la mete en la sala.

Las bombillas son cuarenta y dos. Brígida las cuenta en lo que tarda en dar tres pasos. La sala huele a cera, a colonia de romero y a doscientas personas que se han lavado para la ocasión hasta donde se ve. En un rincón, sobre una mesa, un aparato de manivela toca el único disco que tiene la Casa. El disco salta siempre en el mismo sitio, hacia la mitad, y los que bailan, que se lo saben de memoria, dan un saltito a la vez para disimular.

—¿Bailas?

Es un muchacho alto, con el pelo cortado a tijera por alguien que no era barbero y una camisa prestada que le tira de los hombros.

—No sé bailar esto.

—Nadie. Aquí se baila lo que deja el disco. Cuando salta, saltas.

Ella prueba. Cuando salta, salta.

Bailan esa pieza y la siguiente, que es la misma, y la otra. Él le mira los pies.

—Tienes buen paso. No te cansas.

—Estoy hecha a andar.

—Yo también —dice él, y se ríe, y no explica de qué.

En una bandeja de latón pasan peladillas. Él coge un puñado y se lo ofrece. Brígida toma una.

—Una —dice, antes de metérsela en la boca.

Él le acerca otra vez la mano llena.

—Ya llevo una.

—¿Y qué pasa si llevas dos?

Brígida lo piensa. Nadie se lo ha preguntado nunca y no tiene la respuesta preparada.

—Que hay que apuntarla.

El muchacho se ríe tan fuerte que las parejas de alrededor se vuelven, y entre ellas Leocadia, que mira el mantón de claveles un momento, después la cara que va dentro, y como la cara no le dice nada vuelve a mirar a su pareja. La tía Consol, sentada contra la pared con el broche de su madre, tampoco la reconoce. Está vigilando que Pía no se lleve la bandeja.

Las bombillas parpadean.

Es un parpadeo pequeño, de los que solo nota quien sabe de dónde sale la luz. Brígida lo nota en las pantorrillas. Hace rato que se han cumplido las doscientas vueltas del descanso y en el lado de las mujeres falta una. Junto a la puerta de la escalera, un consejero grita hacia abajo que le pongan más brío, y desde abajo alguien le contesta algo que no se entiende y que, por el tono, es mejor que no se entienda.

Brígida podría bajar ahora. Echa la cuenta. Hasta la lista faltan muchas vueltas todavía. Baila otra vez la pieza.

Un pregonero se sube a una silla y anuncia que el señor regidor va a nombrar a la Dama de la Luz, que tendrá el honor de bajar la palanca al amanecer y dejar la Casa a oscuras hasta la próxima investidura. Antes de que termine, dos ujieres se acercan a Brígida, uno por cada lado, y la cogen de los brazos.

Ya está, piensa Brígida. Han subido a contar, me han visto el mantón, y ahora me bajan a la rueda delante de todo el Alto. Decide no decir nada. O mejor, decir lo del peso. Una se pone un mantón solo para saber cuánto pesa, eso le puede pasar a cualquiera.

La llevan hasta la tarima de los músicos, que esta noche está vacía porque está el disco. Alrededor estalla un aplauso. Brígida piensa que aplauden a los ujieres por lo bien que lo han hecho, y le parece de muy mal gusto aplaudir una detención sin haber oído antes a la detenida.

—¡El señor regidor! —grita el pregonero.

Sube a la tarima el muchacho del pelo a tijera.

Brígida tarda un rato en entenderlo, y el rato lo ocupan los regalos. Un ujier los va dejando a sus pies mientras el pregonero los canta. Una pastilla de jabón entera, sin estrenar. Tres agujas de acero. Un peine con todas las púas. Un tarro de azúcar blanco. Una pila que según la etiqueta todavía da corriente y según el pregonero también. Un par de medias sin carreras. Y, de parte de la casa Corbí, una mecha de algodón trenzada con hilo dorado, en su cajita, para cuando se apague la luz. El señor Corbí, desde la primera fila, dice «doce». La señora Corbí aplaude con mucha energía y entorna los ojos hacia el mantón.

—Y ahora —dice el regidor, sin esperar al pregonero, porque se le ha ocurrido a él—, si la Dama quiere, que diga cómo se llama.

Brígida abre la boca. Por las rendijas de la tarima, desde el sótano, sube la voz del capataz cantando las vueltas, como hace siempre cuando se acerca la lista.

—¡Dos mil novecientas!

Brígida salta de la tarima. Cruza la sala por el medio, y la gente, que no sabe lo que ha pasado pero tampoco quiere que se le note, le abre paso. En el guardarropa el viejo sigue dormido. Cuelga el mantón en su gancho, por el mismo sitio, con los claveles hacia fuera. Baja la escalera de cuatro en cuatro, se mete en la rueda por el hueco del lado de las mujeres y se pone a andar.

—¡Tres mil! Lista.

El capataz canta los nombres.

—Brígida.

—Aquí.

Arriba, las bombillas se quedan quietas. El capataz la mira, mira el techo, y en su libreta, al lado del nombre, apunta media perra menos.

Al amanecer la Dama de la Luz no aparece para bajar la palanca, y la baja el regidor, que ha metido los regalos en un saco y no lo suelta. La señora Corbí recoge en el guardarropa el mantón de los claveles y lo encuentra caliente. En la tartana, cuesta abajo, se lo dice a su marido.

—La Dama llevaba uno igual que el mío. Igual. Con el zurcido de la esquina.

—Cuarenta.

—Te digo que igual. Y el mío estaba caliente.

El señor Corbí bosteza. La mula sigue bajando.

Por la mañana Brígida friega las losas del patio con las piernas temblando. Leocadia y Pía salen a contarle la noche desde el escalón, sin bajar, para no mojarse las alpargatas.

—Estuve a dos parejas del regidor.

—Yo le pisé. Sin querer.

—Lástima las pantorrillas.

—¿Qué les pasa?

—Que son de rueda. Duras, de mulo. Se le notaban por el pantalón. Yo, si me caso con él, le pongo faldón.

—¿Se va a casar?

—Con la Dama, dicen. Una forastera de la costa, flaca como un palo, que contaba las peladillas en voz alta, fíjate qué falta de crianza. A mitad de la fiesta salió corriendo. Dicen que el marido le pega si vuelve tarde.

—Si tiene marido no se puede casar.

—Pues no tendrá marido, yo qué sé. Pásame el cubo, que te lo dejas en medio.

Brígida le pasa el cubo y escurre el trapo.

Por la tarde el Bajo entero sabe que dos alguaciles de la Casa van de puerta en puerta buscando a la Dama. Lo sabe antes de que lleguen, porque el rumor baja las cuestas más deprisa que los alguaciles, que son dos, uno alto que habla y uno bajo que lleva una bolsa de peladillas y no habla. En cada casa con hija soltera el alto le tiende la bolsa a la hija y espera.

Para cuando llegan a la calle de Consol, todas las muchachas del Bajo han ensayado. Las hay que cuentan hasta veinte con la boca llena. La del herrero llega a cuarenta y tiene que sentarse. En una casa donde no hay hijas les sacan vino, y el bajo acepta un vaso.

Leocadia mete en la bolsa la mano entera, saca un puñado y dice:

—Una.

Pía cuenta siete, despacio, mirando al alto a los ojos, y pregunta si no traen más.

—La que buscamos se paró en una —dice el alto.

—Yo también me he parado.

—Porque se ha acabado la bolsa.

El bajo dobla la bolsa vacía, se la guarda y saca otra del bolsillo.

Pero antes de que nadie vuelva a tenderla entra en el patio la señora Corbí con su libreta de pagos. Los días que siguen a una investidura recorre las casas de los andadores y paga lo que se debe, que son dos perras, o lo que se debe según el capataz, que no siempre es lo mismo.

—Media perra menos —dice, y le pone a Consol en la mano una perra y media—. Anoche flojeó la luz en el lado de las mujeres, y el capataz dice que fue ésta.

—¿Ésta? —La tía Consol se vuelve hacia el patio—. ¿Flojear ésta? Brígida, ¿qué has hecho?

Brígida se pone blanca. En ese momento ve en el portal a los dos alguaciles con el sello de la Casa cosido en la gorra, y como no tiene costumbre de que nadie de la Casa venga a buscarla para nada bueno, entiende lo único que sabe entender. Se le van las piernas y cae sentada sobre el saco de la almendra.

Cuando abre los ojos está en la silla buena de la tía, la del asiento de enea, donde no se sienta nadie. Alrededor están la tía, las primas, la señora Corbí con la libreta, los alguaciles y media calle asomada al portal. El alguacil bajo le pone la bolsa nueva debajo de la nariz.

—Azúcar. Es lo que se da.

Brígida coge una peladilla.

—Una —dice.

Cierra la bolsa ella misma y se la devuelve.

Nadie habla durante lo que se tarda en dar diez vueltas.

—Ésta —dice el alguacil alto.

—¡Y el mantón era el mío! —grita la señora Corbí, que ha echado la cuenta antes que nadie—. ¡Por eso estaba caliente! ¡La Dama de la Luz con un mantón de la casa Corbí! Hija, quédatelo, te lo regalo, qué honra, qué honra para la casa.

Y le pone a la tía Consol en la mano la media perra que faltaba, y otra encima.

—Lo colgué en su gancho —dice Brígida—. Con los claveles para fuera.

—¡Mi niña! —dice la tía Consol. Se pone delante de la alacena y empieza a borrar las rayas con la manga, sin que nadie se lo haya pedido, y lo deja a medias porque por el portal siguen entrando vecinas.

Esa misma noche Brígida sube al Alto por la calle de delante y se casa con el regidor, que antes del amanecer presenta la dimisión para tener las noches libres. A la semana siguiente él vuelve a la rueda, al lado de los hombres, que es de donde lo sacó la bolsa. Brígida vuelve también, porque está hecha a andar y porque dos perras son dos perras. El capataz, que es hombre práctico, quita la tabla del medio para que anden juntos y les descuenta media perra a cada uno por la tabla.

Al Consejo le toca meter otra vez la mano en la bolsa de CORREOS. Sale un tonelero que no quería, jura de mala gana, y esa noche hay luz.

A las dos mil vueltas la señora Corbí baja al sótano con un farol, como hace siempre, a ver quién flojea. Trae saludos de la tía Consol y de las primas, que se han ido a la costa a tomar los baños de barro, porque a la tía, después de tanta emoción, le bailan los nervios. Trae también el bote del ajuar, que la tía le ha encargado entregar en mano, y lo pasa entre los radios de la rueda.

Brígida no se para. El que fue regidor coge el bote al vuelo y lo agita junto a la oreja sin perder el paso.

—Pesa poco —dice la señora Corbí, y sube a bailar.

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