Rojo de marcar — Herencia, cenizas y silencio: el cuaderno de renglones ilegibles junto al camino y las manos del que anota
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Al muerto del camino de la Veleta le habían limpiado las uñas una por una. Lo demás estaba como está siempre: descalzo, sin cinto, dos días de sol encima. Alguien se sentó a su lado con una púa.

Al muerto del camino de la Veleta le habían limpiado las uñas una por una. Lo demás estaba como está siempre: descalzo, sin cinto, la boca abierta y dos días de sol encima. Las uñas no. Alguien se había sentado a su lado con una púa y se las había dejado de novio.

Escribí cuatro renglones. Me los tacharon.

La hoja de hallazgos sale los días de recua. Media cara de papel con lo que se encuentra en los caminos y lo que se busca: un macho pardo con la oreja partida, una mujer que salió a por leña el trece y no volvió, un arca de herramienta con las iniciales quemadas a fuego. Yo escribía la parte de los muertos, ocho renglones cada uno, con las señas, para que quien tuviera que reconocerlo lo reconociera sin hacer el viaje. Unas uñas limpias no son una seña.

El papel se recoge, se hierve con sosa y se vuelve a prensar. Nunca sale blanco. Debajo de lo nuevo asoma lo viejo, medias palabras, un número, el rabo de una firma. En el taller a eso lo llaman los aparecidos y nadie le da importancia, porque otro papel no hay.

—Ya no cae nada bueno —le dije al de la hoja—. Hace años que no se muere nadie que importe.

—Es cosa de rueda —dijo él—. Ahora está flojo, pero vuelve. Todo esto está podrido y maduro, es cuestión de esperar sentado. El día menos pensado revienta uno de aquellos y tenemos materia para el año entero.

Antes de que reventara me despidieron.

—Solo hay ladrón pequeño matando a socio, guardia matando a ladrón pequeño, cuñado matando a cuñado por un jergón —le dije a Arrué, que era el dueño y el que mandaba en la hoja de La Comadre.

—También hay el mal del pozo, el temblor de las manos, los que se quedan tiesos en el desmonte —dijo Arrué.

—Eso no es lo mío.

—¿Tú has leído La Comadre?

Le dije que no.

—Prefiero los libros.

Arrué sacó del cajón una lata de picadura y me ofreció. Liamos con las tiras del margen. Al poco no se respiraba, porque la ventana estaba cerrada por la calima y el aire quieto entre aquellas cuatro paredes se quedaba con el humo igual que se quedaba con todo lo demás que entraba allí.

—La Comadre no es una de esas hojas de color para las señoras del Alto, que leen para que las vean leyendo. Está hecha para la mujer del ramal, la que come sémola y si engorda es cosa suya. Échale un vistazo.

Me tiró un ejemplar. Medio pliego, cabecera en rojo, estampas mal entintadas donde todos tienen la misma cara. Folletín con dibujos, la vuelta del año, entrevistas con las que cantan en las cantinas, corte y remiendo. En la esquina de abajo, debajo del precio, asomaba el aparecido de una tirada vieja.

—¿Sabrás llevar De comadre a comadre, el consultorio? La que lo hacía se ha ido a la sierra.

De comadre a comadre lo firmaba una tal Fina Bergós. Querida Fina Bergós, mi hombre llega todas las noches con el aguardiente puesto y…

—Sabré —dije.

—Bien. Empiezas hoy. ¿Con qué nombre?

Lo pensé un poco.

—Bruno Adán.

—¿Bruno Adán? —dijo Arrué, sorprendido y molesto, como si le hubiera nombrado a la madre.

—Es un nombre como cualquier otro. Y rindo dos homenajes.

Arrué dio dos chupadas seguidas.

—Primero, no es un nombre como cualquier otro. Segundo, no es un nombre del ramal. Tercero, aquí se rinden los homenajes que yo diga, y no conozco a ningún Bruno Adán. Y cuarto, aquí nadie firma con nombre de hombre. Ni yo. ¡Yo firmo Amalia Solís!

Repasé la cabecera. No había un solo nombre de hombre.

—¿No crees que un nombre de hombre da más peso a las respuestas? El padre, el marido, el que cura, el capataz, el que reparte los turnos: solo hay hombres diciéndoles lo que tienen que hacer. Bruno Adán pega más que Fina Bergós.

—Eso es justo lo que no quiero. Aquí se sienten en su casa, se fían de nosotras como de una comadre. Llevo veinticinco años en esto. No me vengas con teorías sin probar.

Estaba tan picado que no le pregunté qué se proponía La Comadre. Ya me lo diría. Yo solo quería el trabajo.

—Mi tío Barrena, que también lleva veinticinco años, el suyo sellando el reparto de papel lavado, dice que él siempre está abierto a las teorías sin probar.

La hoja le debía tres remesas a la cuadrilla de mi tío, y encima de la mesa había una nota suya con su sello. Al oír el nombre, Arrué se puso pálido. Cogió la barra de rojo de marcar fardos que tenía junto al tintero y la apretó entre el pulgar y el índice hasta que el pulgar se le puso del color de la barra. Después se limpió en el pantalón, donde ya tenía otras veces.

—Puedo ponerle un maestro delante. Maestro Bruno Adán.

—Rayos. Está bien, está bien —gruñó—. Empiezas hoy.

Así entré en La Comadre.

Mi mesa quedaba al lado de la de Nieves Corcuera, que firma la vuelta del año. Nieves Corcuera se llamaba también Rita Belmonte cuando hacía las entrevistas. Era un chico pálido, de bigote ralo y poco, al que fuera de aquí llamaban Sixto. Había salido hacía nada del taller de la escuela y se pasaba el día lamentándose: por qué no aprendí a soldar, por qué.

Le pregunté quién traía las cartas de los lectores a mi mesa. Que hablara con Jacinta, en el reparto. Jacinta era un hombre enorme con las manos rajadas de tirar de cuerda. Queda feo que sea el único aquí que no tiene nombre de mujer, van a pensar que soy de los que se pintan. ¿Cartas? Aquí no hay cartas. ¿Tú te crees que la mujer del ramal escribe cartas? Fina se las inventaba todas.

Le pregunté por qué se había ido Fina a la sierra. Siguió contando fardos y no contestó.

Apreciado maestro Bruno Adán. A mi hija le han dado sitio en la mesa del vidrio, arriba. Todas las de su mesa se peinan con grasa y peine de asta una vez por semana. Nosotros no tenemos para eso, mi hombre va con la recua, pero dice que hará media jornada más para que Tania vaya como las otras. ¿No cree usted que los hijos se merecen todos los sacrificios? Madre entregada. Las Casillas.

Respuesta: Lávele la cabeza con jabón de sosa y péinela mojada, que queda igual que en el Alto. Su hija no ha nacido para muñeca. Ninguna hija ha nacido para eso. Con lo de la media jornada compre algo que se coma.

Apreciado maestro Bruno Adán. Soy baja, gorda y corta de genio. Siempre que voy a la plaza del trueque me dejan la última. Me dan estaño por cobre, la sémola viene con gorgojo, el tocino con pelo. Antes sufría mucho. Ahora estoy conforme. El de arriba lo ve todo y en su día lo pagarán. Conforme. El Ramal.

Respuesta: El de arriba no está mirando a nadie. La que tiene que defenderte eres tú. Grita, arma escándalo, dile en voz alta el nombre de lo que te hacen delante de los que estén en la cola. ¿No tienes a nadie en la guardia? Con un ladrón también sirve. Espabila, gorda.

Apreciado maestro Bruno Adán. Tengo veinticinco años, remiendo sacos y estoy entera. He conocido a uno del desmonte que dice que me quiere mucho y que se casa conmigo, pero que antes quiere probar. ¿Qué le parece? Loca del Ramal.

Respuesta: Óyeme bien, Loca: pregúntale qué hace si la prueba no le gusta. Si te dice que se va, dáselo, porque es un hombre sincero. Tú no eres melón para que te calen, pero hombres sinceros hay pocos y merece la pena probar suerte. Con fe y para adelante.

Las escribí en el revés de unos vales viejos. Me fui a comer.

A la vuelta, Arrué mandó llamarme. Tenía mi trabajo en la mano.

—Hay algo aquí que no me gusta.

—¿El qué?

—Madre mía, qué idea se hace la gente de la mujer del ramal —dijo Arrué, moviendo la cabeza y mirando al techo con la boca en punta, como si fuera a silbar—. Las que disfrutan con que las traten a palabras gordas y a patadas son las del Alto. Acuérdate del capataz aquel que decía que le iba tan bien con las mujeres porque a las señoras las trataba como a putas y a las putas como a señoras.

—Está bien. ¿Entonces cómo trato a nuestras lectoras?

—No me vengas con vueltas. Tampoco quiero que las trates como a putas. Alegría, esperanza, sosiego y confianza en las cartas. Eso es lo que quiero.

Maestro Bruno Adán. Se me murió el hombre en el desmonte y me quedó media cédula. Lo que me quita el sueño no es el hambre, es estar sola a los cincuenta y cinco. Pobre, fea, vieja y en la última casa del camino, me da miedo lo que me espera. Sola. Camino de arriba.

Respuesta: Grábate esto en el corazón, Sola: ni la cédula entera, ni la cara, ni los años, ni vivir cerca del centro dan la felicidad. ¿Cuántas del Alto, jóvenes y guapas, acaban mal o se pierden en los vicios? La felicidad está dentro de nosotros. Si somos justas y buenas, la encontraremos. Sé buena, sé justa, quiere al prójimo como a ti misma y sonríele al que te sella la cédula el día que vayas a cobrarla.

Al final de la primera semana pregunté por el jornal. Arrué dijo que allí el jornal se pagaba por quincenas y que así era desde antes de que yo naciera.

Al día siguiente me llamó y me preguntó si podía escribir también el folletín de estampas. El folletín se hace en casa, aquí no se compra hecho.

—Elige nombre.

Elegí Lucía Vera. Eran otros dos homenajes, pero eso no se lo dije.

Vino a hablar conmigo el que graba las estampas. Debajo de la prensa dormía un perro que no era de nadie y al que daban de comer todos.

—Me llamo Rosalía Cruz —dijo—, pero puedes llamarme Cebrián. ¿Tienes el caldo?

Caldo era el folletín. Le expliqué que acababa de recibir el encargo y que necesitaba dos días por lo menos.

—¿Días? Ja, ja —se rió con un ruido de perro grande, ronco y acostumbrado.

—¿Dónde está la gracia?

—Fina lo escribía en el tiempo de liar un cigarro. Tenía una fórmula.

—Yo también tengo fórmula. Vete a dar una vuelta y cuando vuelvas lo tienes.

Qué se creería ese grabador. Que hubiera escrito muertos no significa que sea un burro. Si Fina, o como se llamara, escribía un folletín en el tiempo de liar un cigarro, yo también. Al fin y al cabo me he leído las tres arcas del sótano de la escuela vieja, las que están mordidas por abajo y las que hay que leer a contraluz. Era cosa de chupar una idea de aquí y otra de allá.

A un niño de casa con tapia se lo llevan los del camino y lo dan por muerto. El niño crece creyéndose de los del camino. Un día encuentra a una muchacha de casa con tapia y se quieren. Ella tiene patio, aljibe y dos carros; él tiene una manta. Las dos familias se oponen. Vienen los guardias a por los del camino y matan a uno. Los del camino matan a un primo de la muchacha. Pero el querer de los dos es más fuerte que todo eso. Deciden huir, romper con los suyos. Por el camino encuentran a un hombre santo y sabio que los casa en una ermita antigua entre carrascas. Los dos se retiran a dormir. Son altos, rubios, de ojos claros. Se quitan la ropa. Ay, dice ella, ¿qué es esa quemadura que tienes detrás de la oreja? Ella tiene la misma. Son hermanos, los marcaron el mismo día en la misma casa. Los dos se abrazan. (Atención, Cebrián: podemos dejar el final a dos aguas, con una cara de gusto que no es de hermanos. O al revés, más duro: que se enteren después, y ella se tire desde el vano de la ermita y se abra abajo.)

—Me gusta la historia —dijo Cebrián.

Un pellizco de amores contrariados, una cucharada de lo que no se nombra, dije con modestia.

—Pero no me sirve para grabarla. Lo tengo que sacar en dos horas. ¿De dónde saco la casa con tapia? ¿Los carros? ¿La ermita? ¿Las carrascas?

—Eso es cosa tuya.

—¿De dónde saco —siguió Cebrián, como si no me hubiera oído— a los dos altos y rubios de ojos claros? Los que se dejan dibujar aquí son todos del color de la tierra. Tengo tres tacos de madera y dos horas. Una mujer con cántaro, un hombre con sombrero y una puerta. Los voy cambiando de sitio. Haz otro, chaval. Vuelvo en el tiempo de liar un cigarro. ¿Y qué es a dos aguas?

Robledo y Beata son novios y se van a casar. Robledo es trabajador y va guardando para el cuarto y lo que lleva dentro: jergón nuevo, arca, dos sillas, lámpara de mecha, brasero, cuchillo bueno, plancha, y una manta de crin que no pique. Beata también trabaja. Los dos están enteros. Ya está puesto el día. Un amigo de Robledo, Tino, le pregunta: ¿te vas a casar sin saber nada?, hay que estrenarse. Y lo lleva a casa de la Dinamo. (Atención, Cebrián: el nombre es un toque de máquina.) Cuando Robledo llega, descubre que la Dinamo es Beata, su novia. ¡Ay! ¡Qué sorpresa! Alguien dirá, a lo mejor el que cobra en la puerta: crecer es sufrir. Fin del folletín.

—Una palabra vale por mil estampas —dijo Cebrián—. A mí siempre me toca la parte de abajo. Ahora vuelvo.

Maestro Bruno Adán. Me gusta guisar. Me gusta también remendar y hacer puntilla. Y más que nada me gusta ponerme un vestido largo que guardo en un arca, pintarme la boca con el rojo de marcar los fardos y ponerme ceniza fina en los párpados. Ay, qué cosa. Lástima que tenga que quedarme encerrado en el cuarto. Nadie sabe que hago esto. ¿Estoy equivocado? Cosme Bérgamo. Los Tornos.

Respuesta: ¿Equivocado por qué? ¿Le haces daño a alguien con eso? Ya tuve otro consultante al que también le gustaba vestirse de mujer. Llevaba una vida normal, de provecho para los demás, tanto que llegó a capataz de cuadrilla. Ponte tus vestidos largos, píntate la boca de rojo y dale color a tu vida.

—Todas las cartas tienen que ser de mujeres —avisó Arrué.

—Pero esa es de verdad.

—No me lo creo.

Le di la carta. La levantó contra la luz de la ventana y la tuvo así un rato largo, mirando el papel más que la letra, con la cara del que examina un vale falsificado a mano.

—¿Tú crees que es una broma?

—Puede ser. Y puede no ser.

Arrué puso cara de estar pensando. Después:

—Añádele una frase que anime. Pon, por ejemplo, escribe siempre.

Me senté a la máquina.

Escribe siempre. Cosme, sé que ese no es tu nombre, pero da igual: escribe siempre, cuenta conmigo. Bruno Adán.

—Coño —dijo Cebrián—. Fui a hacerte el dramón y me dicen que está copiado de una historia que cuenta el de las agujas.

—Canallas. Panda de babosos. Solo porque escribía muertos me llaman copión.

—Calma, Fina.

—¿Fina? Me llamo Lucía Vera. Y qué idea es esa de que solo las novias de los del desmonte son putas. Mira, yo conocí a una novia seria de verdad, de las que llevan el pelo tapado y cantan en los velatorios, y también era puta.

—Está bien, chaval, voy a grabar esa historia. ¿La Dinamo puede ser morena? ¿Qué es una dinamo?

—Rubia y pecosa tiene que ser. Una dinamo es un aparato que convierte el movimiento en corriente, con un carrete de hilo de cobre girando dentro de un imán —dije.

—Coño. Eso sí que es nombre de puta —dijo Cebrián con admiración, y se fue.

Comprensivo Bruno Adán. He estrenado mis vestidos largos con toda la gloria. Y he tenido la boca tan roja como la sangre y como lo que se ve en el cielo antes de que salga el sol. Estoy pensando en ponerme el de la falda ancha y bajar a la sala grande el día de la banda. ¿Qué le parece? Y ahora voy a contarle una confidencia grande y hermosa, pero quiero que me guarde el secreto. ¿Lo jura? Ay, no sé si decirlo o no decirlo. Toda mi vida he sufrido los mayores desengaños por creerme a los demás. Yo en el fondo soy una persona que no ha perdido la inocencia. La perfidia, la bobería, la falta de vergüenza, la trampa, me han dejado muy impresionado. Ay, cómo me gustaría vivir apartado, en un sitio hecho de bondad. Sensible Bruno Adán, déjeme pensarlo. Deme tiempo. En la próxima carta le cuento más, a lo mejor todo. Cosme Bérgamo.

Respuesta: Cosme. Espero tu carta con tus secretos, que prometo guardar en el sitio donde guardo lo mío, que no lo abre nadie. Sigue así, haciéndoles frente a la envidia y a la mala intención de los cortos de espíritu. Adorna tu cuerpo sediento y aguanta lo que se te ocurra aguantar.

Arrué preguntó:

—¿Esas cartas también son de verdad?

Las de Cosme Bérgamo sí.

—Raro. Muy raro —dijo Arrué, y estuvo un rato dando vueltas a la barra de rojo encima de la mesa—. ¿A ti qué te parece?

—No me parece nada.

Se le veía preocupado por otra cosa. Preguntó por el folletín sin escuchar las respuestas.

—¿Y la carta de la ciega? —dije.

Arrué cogió la carta de la ciega y mi respuesta y las leyó en voz alta:

—Querido Bruno Adán. Yo no puedo leer lo que usted escribe. Me lo lee mi abuela. Pero no crea que soy analfabeta: lo que soy es ciega. Mi abuela me escribe la carta, pero las palabras son mías. Quiero mandarles unas palabras de consuelo a los que leen, para que los que sufren por poca cosa se miren en mí. Soy ciega y estoy contenta, en paz con el de arriba y con los demás. Salud para todos y buen año. Ciega Contenta. Camino del Unicornio, La Alberca. Posdata: se me olvidaba decir que también estoy tullida.

Arrué lió un cigarro.

—Conmueve, pero Camino del Unicornio suena falso. Ponle Camino de la Veleta, o algo así. Vamos a ver tu respuesta. Ciega Contenta, enhorabuena por tu fuerza moral, por tu fe entera en la felicidad, en el bien y en la gente. Las almas de los que se hunden a la primera deberían alimentarse con tu ejemplo, que es un haz de luz en la noche de tormenta.

Me devolvió los papeles.

—Tú tienes futuro en esto. Esta es una escuela grande. Aprende, aplícate, no te desanimes, suda la camisa.

Volví a la máquina.

Teso, hombre de cuenta y peso en la cuesta de los Tornos, casado en segundas con Frederica, tiene un hijo del primer matrimonio, Lito. Frederica se encapricha de Lito. Teso descubre el amor pecaminoso de los dos. Frederica se cuelga de la viga del cobertizo. Lito le pide perdón al padre, se va de casa y anda desesperado por el camino de abajo hasta que lo pilla una recua y lo deja allí.

—¿Cuál es el aliño de esta? —preguntó Cebrián.

—Pecado y muerte. Te voy a contar una cosa: yo conozco el alma humana y no me hace falta ningún viejo de las arcas para inspirarme. A un hombre con mi cabeza y mi sensibilidad le basta con mirar alrededor. Mírame bien a los ojos. ¿Has visto a alguien más despierto?

Cebrián me miró fijo a los ojos y dijo:

—Yo creo que estás loco.

—Cito a los muertos para enseñar lo que sé. Como escribía muertos, si no lo hiciera no me respetarían los cretinos. Me he leído miles de páginas. ¿Cuántas crees tú que se ha leído Arrué?

—Ninguna. ¿La Frederica puede ser morena?

—Buena idea. Pero Teso y Lito tienen que ser blancos.

Bruno Adán. Yo quiero, y es un querer prohibido, un querer que no se puede. Quiero a otro hombre. Y él me quiere a mí. Pero no podemos ir de la mano por el camino como los demás, ni besarnos detrás del pilón como los demás, ni tumbarnos juntos en la era como los demás, ni bailar el día de la banda como los demás. No nos podemos casar como los demás ni llegar juntos a viejos, a enfermos y a muertos como los demás. No tengo fuerzas para resistir y pelear. Es mejor morir. Adiós. Esta es mi última carta. Que digan una respuesta por mí. Cosme Bérgamo.

Respuesta: ¿Qué es eso, Cosme? ¿Vas a dejarlo ahora que has encontrado lo tuyo? Al maestro de la casa de los cristales lo raparon, lo pasearon en carro con un cartel y le hicieron beber lo que ya sabes, y aguantó, y volvió a escribir con la mano que le quedaba. Si no os podéis casar, arrimaos. Haced papeles, uno a favor del otro, delante de dos testigos que cobren. Defendeos. Usad la ley y el reparto en vuestro provecho. Sed, como los demás, egoístas, tapaderos, implacables, intolerantes e hipócritas. Explotad. Quitad. Es defensa propia. Pero, por favor, no hagáis ninguna tontería.

Le mandé a Arrué la carta y la respuesta. Las cartas solo salen con su visto bueno, que es una raya de rojo en el pico de la hoja.

Cebrián apareció con una muchacha.

—Esta es Rosalía —dijo Cebrián.

—Vaya casualidad —dije.

—¿Qué casualidad? —preguntó la muchacha Rosalía.

—Que os llamáis igual.

—¿Él se llama Rosalía? —preguntó ella señalando al grabador.

—Rosalía Cruz. ¿Tú también eres Cruz?

—No. Rosalía Benita.

Rosalía Benita se quedó royéndose una uña y mirando a Rosalía Cruz.

—Tú me dijiste que te llamabas Cebrián.

—Ahí fuera soy Cebrián. Aquí dentro soy Rosalía Cruz.

—Yo me llamo Lucía Vera —dije.

Rosalía Benita nos miró un rato y luego preguntó si había agua.

—Cuando yo tenga un hijo, o una hija, se llamará Chist —dije.

—¿Eso es de fuera? —preguntó ella.

—O si no, Fiu Fiu —silbé.

—Se te está agriando la cabeza —dijo Cebrián, y se llevó a la otra Rosalía.

A la quincena volví a preguntar por el jornal. Arrué dijo que el papel se había llevado el dinero de la quincena y que eso lo arreglábamos.

La carta de Ternilla vino escrita en el revés de una cartilla de turnos, con los renglones apretados para que cupiera todo.

Maestro. ¿Usted sabe lo que es dos que se entienden? Eso éramos Rosa y yo. ¿Usted sabe lo que es dos personas iguales por dentro? Mi comida es sémola con torreznos y pimiento seco. ¿A que no adivina la suya? Sémola con torreznos y pimiento seco. Mi piedra, el ámbar; la suya, fíjese, el ámbar. Número, el siete; color, el azul; día, el lunes; historia, la del que vuelve; bebida, el orujo; jergón, el de crin; cuadrilla, la del desmonte; música, la jota vieja; pasatiempo, el amor. Todo igualito ella y yo, una maravilla. Lo que hacíamos en el jergón, maestro, no es por presumir, pero si llegamos a cobrar entrada nos hacemos ricos. En el jergón no ha habido nunca dos con tanta locura, tanta maña y tanta invención como nosotros, y repitiendo varias veces al día. Pero no era solo eso lo que nos unía. Si te faltara una pierna te seguiría queriendo, me decía ella. Si tú fueras jorobada no te dejaría de querer, decía yo. Si te quedaras sordo te seguiría queriendo, decía ella. Si tú te quedaras ciega no te dejaría de querer, decía yo. Si te quedaras seco y con la cara comida te seguiría queriendo, decía ella. Si a ti se te hinchara el vientre no te dejaría de querer, decía yo. Si fueras viejo y no pudieras te seguiría queriendo, decía ella. Y estábamos en esas cuando me entraron unas ganas de ser verdadero, hondas como una punzada, y le pregunté: ¿y si no tuviera nariz, me querrías? Y ella dijo: si no tuvieras nariz te seguiría queriendo. Entonces me desenganché la nariz de estaño y la puse encima de la manta, con un gesto serio, de los de ir a rezar. Nos quedamos los dos mirando la nariz encima de la manta, hasta que Rosa se levantó, se puso la falda y dijo: voy a por picadura. No ha vuelto. Maestro, explíqueme qué pasó. ¿El querer se acaba de golpe? ¿Un poco de estaño con dos alambres vale tanto? Ternilla. El Desmonte.

Iba a contestarle cuando entró Jacinta y dijo que me llamaba Arrué.

En el despacho de Arrué había un hombre con gafas de alambre y una cartera de lona.

—Este es Sedano, que es… ¿usted qué es exactamente? —preguntó Arrué.

—Verificador de retorno —dijo Sedano—. Como le iba diciendo, lo primero es hacer el recuento de la gente que se estudia. ¿Quién lee La Comadre? Pongamos que la mujer del ramal. En trabajos anteriores ya sabemos todo de la mujer del ramal: dónde cambia, cuántas agujas tiene, a qué hora se acuesta con su hombre, qué canta, qué guarda. Un retrato entero.

—¿Cuántas agujas tiene? —preguntó Arrué.

—Tres —dijo Sedano sin dudar.

—¿A qué hora se acuesta con el hombre?

—Después del segundo silbato —dijo Sedano en el acto.

—¿Y cómo lo averiguan ustedes? ¿Llaman a la puerta de la Ramona, en las Casillas, abre ella y le preguntan a qué hora echa el rato? Oiga, amigo, llevo veinticinco años en esto y no necesito que nadie me diga cómo es la mujer del ramal. Ellas compran mi hoja, ¿estamos? Tres agujas. Ja.

—Usamos método. Tenemos contadores, gente de números, dos que saben leer las trazas —dijo Sedano, sin inmutarse.

—Todo para sacarle los cuartos a los ingenuos —dijo Arrué sin disimular el desprecio.

—Antes de venir recogí algo que puede interesarle. Se lo doy de balde —dijo Sedano. El hombre era de hielo—. Su hoja vuelve a la caldera de la sosa, como vuelve todo el papel, pero antes pasa por otras manos: envoltorio, forro de bota, tapar cristal, calzar mesa. Nosotros anotamos de dónde viene cada lote, cómo viene doblado y qué le falta. El suyo viene siempre doblado por el mismo pliegue y sin el pico del consultorio, que lo arrancan y se lo quedan. Y viene de los barracones del desmonte, no de las Casillas. A pesar de lo corto de la muestra puedo asegurarle, sin sombra de duda, que casi todos los que le leen son hombres, de cuadrilla.

—¿Qué? —gritó Arrué.

—Eso mismo. Hombres. De cuadrilla.

Primero se puso pálido. Después colorado, y después morado, como si lo estuvieran estrangulando, con la boca abierta y los ojos fuera, y se levantó de la silla y avanzó tambaleándose, con los brazos abiertos, hacia Sedano. Cosa de ver, incluso para un hombre de hielo, incluso para uno que ha escrito muertos. Sedano fue retrocediendo hasta que dio con la espalda en la pared y dijo, intentando conservar la compostura:

—A lo mejor nuestros contadores se han equivocado.

Arrué, a dos dedos de su cara, tembló entero y, en vez de saltarle encima como yo esperaba, se giró, agarró la caja de las letras de plomo y empezó a tirárselas una a una, gritando: farsantes, sacacuartos, embusteros, aprovechados, canallas. Sedano se escurrió hacia la puerta con Arrué detrás, sembrándole plomo por el pasillo.

—¡Hombres! ¡De cuadrilla! —graznaba Arrué con los ojos en blanco.

Después, ya sereno del todo, creo que Sedano se tiró escaleras abajo, Arrué, otra vez sentado detrás de su mesa, me dijo:

—A esa gente estamos entregados. Contadores de basura, gente que le mira a uno lo que tira y con eso le dice quién es. La Gran Mentira. Pero conmigo no pueden. Lo he puesto en su sitio, ¿o no?

Dije algo que sonó a que sí. Arrué sacó la lata de picadura y me ofreció. Estuvimos fumando y hablando de la Gran Mentira mientras yo recogía letras del suelo y él las contaba en voz baja. Después me dio la carta de Cosme Bérgamo y mi respuesta, con el rojo en el pico, para que las bajara al taller.

A mitad de escalera vi que la carta de Cosme Bérgamo no era la que yo le había mandado. El texto era otro:

Apreciado Bruno Adán, tu carta ha sido un bálsamo para mi corazón afligido. Me ha dado fuerzas para aguantar. No haré ninguna tontería, te prometo que

La carta se acababa ahí. Cortada en mitad. Volví a mi mesa, me senté y empecé a contestarle a Ternilla:

El que no tiene nariz tampoco tiene frío en la nariz. Y ya lo decía el de la comedia del sordo: nunca hubo hombre juicioso que aguantara con paciencia un dolor de muelas. Además, lo que falta se cobra: el que te quita algo te queda debiendo otro tanto, y eso no lo perdona ni el que lleva las cuentas. La nariz la desprecian los que mandan, que solo huelen lo suyo. Cuando al jefe del Alto le dijeron que tenía que volver a sentarse con el de la sierra, contestó que prefería que le sacaran cuatro muelas. Tú temes quedarte como el de aquella historia, sin nariz, sin gusto y sin nada. Consejo: engánchate la nariz y sal a la calle. Si te miran, mira tú. Si mirar no basta, muerde.

Iba por la mitad cuando lo entendí. Arrué era Cosme Bérgamo. Me había dado una carta nueva, sin acabar, que no tenía que haber salido de su mesa.

Cogí la carta y subí al despacho.

—¿Se puede?

—¿Qué hay? Pasa.

Le dejé la carta encima de la mesa. Arrué la leyó y, al ver lo que había hecho, se puso pálido, que en él es lo natural. Empezó a mover papeles que no había que mover.

—Era una broma —dijo por fin, buscando la picadura y sin encontrarla—. ¿Te has disgustado?

—En serio o en broma, me da igual.

—Mi vida daría para un folletín —dijo Arrué—. Esto queda entre nosotros.

Yo no sabía bien qué era lo que tenía que quedar entre nosotros, si que su vida daba para un folletín o que él era Cosme Bérgamo. Pero contesté:

—Claro. Entre nosotros.

Cogió la barra de rojo, marcó el pico de la hoja y me la devolvió. Tenía las uñas limpias, una por una.

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Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 10

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