El bicho de hojalata abre los ocho abanicos que lleva plegados en el lomo, se bebe el sol y baja a un charco de salmuera. Cuando echa a andar, la Artesa Muerta no vuelve a ser la misma.
El bicho de hojalata abrió los ocho abanicos que llevaba plegados en el lomo y se quedó quieto, bebiéndose el sol de la mañana. Cuando los tuvo calientes bajó a un charco de salmuera, metió en él las patas delanteras y se estuvo un rato removiendo el agua. Después echó a andar, torpe, hacia una china de cobre del tamaño de una almendra.
Llevaba tres jornadas viendo a Fábrego repartir sacos de chatarra por el fondo de la Artesa Muerta y no sabía para qué. Aquella mañana lo supe.
—Quiero ver si el hambre elige mejor que yo —dijo, sin apartar los ojos del bicho.
La Artesa era un mar viejo, seco desde antes de que nadie que yo conociera hubiera nacido, con el fondo cubierto de costra blanca y de chatarra de la última guerra: vagones volcados, rejas de defensa, cañones sin ánima que ya nadie sabía cargar. El Consejo del Hierro nos había dejado allí con diez sacos, una jaula soldada, una lata de conservas ya vacía y la promesa de que el convoy volvería a buscarnos a las veinte jornadas. Fábrego solo abrió ocho de los sacos. Los otros dos los dejó atados junto a la jaula y no volvió a tocarlos. Era artificiero de las últimas fraguas del Consejo. Yo era su aprendiz, y mi trabajo hasta entonces había sido cargar sacos y no preguntar.
El bicho llegó a la china de cobre, la palpó con las pinzas delanteras y se la tragó entera. Un momento después le empezó a arder algo dentro del vientre, un resplandor rojizo que se le veía a través de las juntas del caparazón, y Fábrego sonrió como quien ve subir el pan en el horno.
—Cobre para los hilos —dijo—. Hierro para el cuerpo. Estaño para la piel, que refleja bien y pesa poco. El zinc lo va a necesitar para las patas, y de eso no le he dado casi nada.
Le pregunté por qué no.
—Porque hay poco —dijo—. Que se lo gane.
Dormimos esa noche a la intemperie, envueltos en las lonas del convoy. Fábrego respiraba con un silbido fino, un resto de metralla de la guerra vieja que arrastraba desde entonces y que no le molestaba mucho, aunque tampoco lo dejaba nunca del todo.
A la mañana siguiente había dos.
El segundo era más pequeño, con las juntas todavía blandas, y los dos se movían con la misma torpeza de cachorro recién parido. Se lo dije a Fábrego a gritos, como si él no lo estuviera viendo.
—Anoche soldaron una china de hierro entre los dos —me explicó, sin levantarse del sitio—. Se la tragaron. Le sacaron una plataforma por debajo del vientre y montaron encima al pequeño con las piezas que les sobraban. No hace falta que lo entiendas todavía. Hace falta que lo cuentes.
Cogió veinte guijarros del suelo y los fue colocando en fila: uno, dos, cuatro, ocho, dieciséis, doblando la hilera cada vez. Se le acabaron los guijarros mucho antes de acabársele los días.
—Hoy dos —dijo—. Mañana ocho. A la semana, más de los que hay chinas en toda la Artesa. Si no se les acaba el metal antes, a la vigésima jornada habrá aquí más bichos que estrellas le caben a un hombre en la cabeza. El mismo día que vuelva el convoy a buscarnos.
Le pregunté para qué los quería el Consejo. Me contestó sin mirarme, mientras enderezaba una lona.
—Se sueltan diez sobre un puesto avanzado de los Vados. A la semana no le queda a la guarnición ni un cerrojo, ni una vía, ni un cañón entero. Se rinden sin que disparemos un tiro.
Al quinto día, dos bichos se disputaron un fragmento de zinc del tamaño de un puño. Se trabaron por las pinzas, se voltearon en la costra blanca levantando polvo, y el más grande acabó tragándose al pequeño entero, caparazón y todo. Esa misma noche, de su vientre salió un tercero, con las patas traseras más largas y una junta de más en cada pinza.
Fábrego no apartó los ojos de la pelea ni un momento. Cuando terminó, dijo, con la misma voz plana con que había hablado del cobre y del zinc:
—No pienso dibujarles la forma. Que se la peleen entre ellos. El que gana se queda con las piezas del que pierde, y las piezas del que pierde ya llevaban dentro un error que el que gana no tenía. Dentro de diez jornadas esto ya no lo habré diseñado yo.
Los días siguientes los conté por lo que iba desapareciendo: primero los sacos vacíos, después las cuñas de las lonas, después un cubo de latón que usábamos para el agua. Me subí a dormir a un saliente de roca en el borde de la Artesa, lejos del fondo, y desde allí veía de noche los destellos rojizos moviéndose entre la chatarra como brasas que no se apagaban nunca.
Una tarde, en el flanco de un bicho más grande que los demás, vi un bulto plateado y chato, con un agujero redondo en el centro, encajado entre dos placas del caparazón como una moneda metida a la fuerza en una hendidura. No le di más vueltas hasta esa noche, cuando fui a buscar el silbato en mi cinto y no lo encontré. Lo había perdido dos jornadas antes, o eso creía. El silbato todavía tenía forma de silbato, pero ya no hacía ruido: le habían crecido alrededor dos patas nuevas.
Se lo conté a Fábrego. Se limitó a tocarse la medalla de latón que llevaba al cuello desde antes de que yo naciera, dos dedos apoyados un momento sobre el metal.
—Se lo comió porque estaba a mano —dijo—. No sabe de quién es nada.
No volvimos a hablar del asunto. Los días pasaron deprisa: la duodécima jornada, la decimoquinta, la que Fábrego marcaba en la culata de su fusil con una muesca por la mañana y otra por la noche, sin necesitar ya guijarros para saber lo que se le venía encima.
La noche antes de que se cumplieran las veinte jornadas, Fábrego no se acostó. Lo vi de pie en el borde de la Artesa, mirando el fondo, donde ya no se distinguían las chinas sueltas de la chatarra ni la chatarra de los bichos: todo era una sola masa que respiraba y crujía.
—Quédate arriba —me dijo, sin volverse—. Pase lo que pase, no bajes.
No le pregunté por qué. Llevaba veinte jornadas sin hacerle esa pregunta y ya no me quedaban ganas de empezar. Bajó por la pendiente de costra blanca con el silbido del pecho más marcado de lo normal en el aire quieto de la noche, y no volví a distinguirlo de las sombras que se movían más abajo. Dejé de oír el silbido antes de lo que había calculado.
Al amanecer sonó, muy lejos todavía, el bocinazo de vapor del convoy que venía a buscarnos por la única vía que cruzaba la sal.
Me quedé de pie en el saliente, sin bajar, sin gritar, con las manos quietas a los costados. Bajo la primera luz, hasta donde alcanzaba a ver, el fondo entero de la Artesa Muerta se cubrió de abanicos negros abriéndose al sol, miles, todos a la vez.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.