Contaba sus propios nudillos porque no había nada más en el mundo que se dejara contar, y siempre se detenía en el noveno, donde el hueso termina en un muñón liso.
Contaba sus propios nudillos porque no había nada más en el mundo que se dejara contar, y siempre se detenía en el noveno, donde el hueso terminaba en un muñón liso, distinto al tacto del resto de la piel, como si perteneciera a otra mano prestada por error. Lo recorría con el pulgar despacio. No había prisa. La prisa es una palabra que pierde el sentido en cuanto deja de haber un antes y un después que la justifiquen.
No la habían condenado a esto. Nadie firmó una orden ni leyó un cargo. La puerta de la cripta se cerró sola, aplastada por el peso muerto del hormigón que la superficie dejó caer encima cuando se abrió la falla grande, y el mecanismo no volvió a responder a nada. Ni al código, ni a la palanca, ni al golpe seco con que lo intentó las primeras veces, cuando todavía creía que insistir servía de algo. Fuera, si quedaba un fuera, nadie sabía que seguía viva, y de haberlo sabido, tampoco tenía con qué cavar. El generador residual daba justo el calor y el aire para no morir, ni una chispa más, así que la luz fue lo primero que se apagó y lo único que no volvió. De todo aquello le quedaron dos cosas nada más. El propio cuerpo, único instrumento de medida ya. Y un hábito más viejo que el desastre, el de no dejar nunca un fallo sin resolver.
Había pasado la vida ajustando cunas de metal donde debían germinar embriones guardados para cuando la superficie volviera a merecer gente, y de ese oficio le quedaba una sola certeza, la única que nunca le había fallado: un fallo no es un final, es una especificación incompleta. Se aferró a ella como a lo único que aún conservaba forma. Probó, al principio, a llenar la negrura con lo que ya conocía. Trajo de memoria la voz de la mujer que despachaba el turno de noche, el ruido concreto de una carretilla sobre metal, el nombre de un compañero que se reía siempre un segundo antes de que la broma llegara a su remate. Duraban lo que tardaba en darse cuenta de que los estaba inventando ella misma, y entonces se apagaban como todo lo demás, porque un sueño que uno sabe que es un sueño no engaña ni siquiera al que sueña.
El cuerpo, mientras tanto, exigía lo suyo aparte de la cabeza. Caminaba a tientas un número fijo de pasos, contados como los nudillos, para que los músculos no olvidaran su oficio, y recorría con la palma las mismas paredes buscando un desnivel, una arista, algo que no hubiera tocado ya cien veces antes. Casi nunca encontraba nada nuevo. Cuando lo encontraba, lo memorizaba como quien memoriza una palabra de un idioma que ya no va a hablar con nadie.
Si la solución había de durar, no podía depender de que ella siguiera imaginándola despierta. Tenía que sostenerse sola, como un motor que arranca una vez y ya no necesita mano en la manivela. A su alrededor, invisibles pero conocidas de memoria, seguían las filas de matrices de siembra, así llamaba el manual a las cunas de aleación y gel nutritivo donde se guardaba, antes de la falla, el material genético de la especie entera, cubiertas ya bajo una costra reseca que se había ido espesando sin que nadie la rascara. Llevaban tanto tiempo apagadas como ella misma llevaba sin ver nada, y por la misma razón exacta. Sin corriente no había siembra, y sin las diez firmas del panel de arranque no había corriente. Diez firmas. Ella tenía nueve dedos.
Aun así, siguió con el problema, porque apartarlo de la cabeza no lo resolvía; lo dejaba solo esperando, intacto, para cuando volviera a tropezar con él. Empezó a diseñar, sin más papel que la propia memoria, lo que haría falta si alguna vez encontraba el modo de dar corriente a aquel panel. Miles de cunas, miles de vidas por decidir antes de que ninguna respirase. Cada una necesitaría un oficio que aprender sin saber que otras manos, antes, ya lo habían aprendido; un miedo propio, distinto del de la de al lado; un motivo para levantarse cada jornada sin memoria de la anterior. Decidió que ninguna recordaría haber sido ella. Sin esa ignorancia no habría reparto, solo una copia repetida hasta el aburrimiento, y el aburrimiento era justo lo que había que evitar.
Trazó las líneas del reparto durante lo que no tenía forma de llamar tiempo. Decidió quiénes cargarían con la fuerza y quiénes con la paciencia, qué comerían, qué palabras usarían para el miedo y cuáles para el amor, en qué estación enterrarían a los suyos. En una de esas cunas, sin saber todavía cuál, dejó marcada una nota pequeña, casi un capricho de artesana, una mano con un dedo de menos, para que alguna vez, mucho después, alguien la mirase sin comprenderla del todo y la llamara señal de buena suerte, o de mala, según le tocara el año. Y trazó, por último, la única ley que hacía falta para que el conjunto no se resolviera solo antes de tiempo: los que guardasen la cuenta —diez dedos, diez nombres, lo que el mundo nuevo decidiera contar— se llamarían los Contados. Los que la perdieran, por descuido o por hambre o por rabia, se llamarían los Perdidos. No hacía falta más doctrina que esa. La discordia entre ambos bastaría para llenar generaciones enteras de motivo, y mientras hubiese motivo, nadie volvería, antes de tiempo, a ser una sola cosa otra vez.
Del dedo hacía ya tanto que había dejado de dolerle incluso en la memoria. Se lo cortó la propia puerta, en un simulacro de cierre que salió mal, años antes de la falla grande, cuando todavía había turnos y relevos y alguien firmaba el parte del accidente. Entonces le pareció solo mala suerte de oficio. Colgó de un clavo, junto a esa misma puerta, una linterna que se quedó sin pilas antes de la falla y que nadie repuso porque siempre había otra luz más cerca; seguía allí, inútil, cuando la única luz que le quedó fue la de su propia cabeza, contando.
Trabajó así, sin más herramienta que la memoria, durante lo que por no tener forma de medirse pudo ser un año, un siglo o una tarde larga repetida sin nada que la distinguiera de la siguiente. Cerraba un hueco del plan y el hueco cerrado abría otros dos, como el oficio le había enseñado que ocurre siempre con los sistemas complejos, y siguió cerrando huecos hasta que la propia cabeza empezó a pesarle como un cuerpo distinto del suyo, uno que ya no cabía del todo dentro del primero.
Lo comprendió tarde, cuando ya se había agotado todo lo demás. El panel pedía diez señales. El hueso era solo un modo de darlas, y la sangre servía igual. Si su cuerpo entero podía volcarse en las cunas —su temperatura, su pulso, la sal exacta de lo que le quedaba dentro—, el dedo que faltaba dejaba de faltar. No hacía falta reponerlo. Hacía falta dejar de ser una mano y convertirse entera en la décima firma.
Encontró el panel por el tacto, como encontraba todo, contando los pasos desde la pared del fondo hasta la primera fila de cunas y de ahí hasta la caja de control. Palpó los nueve sensores fríos donde antes se apoyaban manos completas de otra gente, y en el hueco vacío desde antes de la falla apoyó el muñón. No bastó. El sistema pedía sangre corriendo, no hueso quieto. Buscó en el cajón de emergencia, que su memoria conocía mejor que sus propios dedos, la única aguja que quedaba, y se la clavó donde el pulso late más cerca de la piel. El dolor fue preciso, casi ordenado, como si el cuerpo llevara aquel gesto ensayado desde mucho antes de tener motivo para hacerlo. La sangre corrió por el tubo hacia el panel, y el panel, por primera vez en todo el tiempo sin tiempo, tuvo sus diez firmas completas.
No hubo ninguna orden que dar ni nadie a quien dársela. Bastó la sangre. La cuna más próxima tembló con un chasquido seco, el mismo que hace la costra reseca al partirse, y bajo el polvo que caía se encendió un resplandor pequeño, del color de una brasa recién soplada. Después otra cuna, y otra, y otra más allá, hasta que la fila entera fue una sucesión de luces mínimas abriéndose paso en la negrura, cuna tras cuna, sin que nada más se moviera en toda la cripta.
Ella se quedó donde estaba, con la aguja aún en el pulso y la sangre saliendo despacio hacia el tubo, y por primera vez desde el muñón contó sin detenerse en el noveno: uno, dos, tres, hasta diez, con cada luz nueva marcándole el número en la oscuridad que ya no era del todo oscuridad.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.