Caras nuevas — Herencia, cenizas y silencio: el pino abierto y el pote de miera rebosando de noche
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El primer pino abierto fuera de temporada tardó nueve jornadas en morirse, y en esas nueve soltó más miera que en doce años. Bardal bajó a verlo de noche, con una tea.

El primer pino que Bardal mandó abrir fuera de temporada tardó nueve jornadas en morirse, y en esas nueve jornadas soltó más miera, la resina líquida que corre de la herida, que en los doce años anteriores. Bajó a verlo de noche con una tea. El pote de barro clavado al pie rebosaba y la madera desnuda tenía el color de un hueso hervido.

El viejo Anselmo, que había hecho el corte, limpiaba el hacha de resinar en el mandil cuando Bardal le preguntó si el árbol aguantaría hasta el invierno.

—Los que mejor huelen son los que ya no llegan al año —dijo Anselmo, y le pidió el jornal en grano, no en vales.

Al día siguiente Bardal mandó abrir cuarenta pinos más, los del camino, que eran los jóvenes y los que él mismo había prohibido tocar hasta pasadas tres cosechas. Faltaban dos lunas para el convite. Quería que la subida oliera.

La casa vino después, una cosa tirando de otra. Era de piedra y barro, con ventanas del tamaño de un libro por culpa del viento, y en cuanto los canteros abrieron vanos de verdad entró una luz que no perdonaba nada. Se vio el suelo de lastras partidas y hubo que entablarlo. Sobre la tabla clara los bancos viejos parecían leña, y se cambiaron. Las paredes, ahumadas por cuarenta inviernos de hogar, quedaron peor que nunca al lado de los bancos nuevos y se encalaron: cuatro cargas de cal. Detrás de un arcón apareció una cuchara de hueso que nadie reconoció, y Fermina se la guardó en el delantal. Luego vinieron tapices de las tejedoras de Torán, la ciudad del llano, y unas cortinas que Bardal no había pedido y sin las cuales, una vez colgadas, la sala ya no se entendía.

Ciento cincuenta personas no cabían en ninguna casa de la Mata Alta, así que el convite tenía que ser fuera, y fuera no había más que un pedregal en cuesta con dos higueras. Una cuadrilla venida del otro lado del puerto lo allanó en quince jornadas. Arrancaron una higuera. La otra la dejaron porque el capataz dijo que arrancar dos el mismo mes traía desgracia, y no hubo forma de sacarlo de ahí. Empedraron en espina de pez, levantaron un pretil, clavaron postes para un emparrado sin parras y, al fondo, por darle remate, una escalinata de siete peldaños que subía hasta la linde y se paraba allí, porque el terreno de arriba era de los Ojeda y los Ojeda no vendían.

La comida fue lo que más sueño le quitó. En la sierra se come lo que se mata, el día que se mata, con las manos y mientras sigue caliente. Bardal no tenía idea de qué se le pone delante a un Regidor. Fermina escribió a una prima que había servido en una casa grande de Torán, y la prima mandó una lista de once platos de los que Bardal reconoció dos. Uno se llamaba pastel de los cuatro caldos. Nadie en la familia supo decir cuáles eran los cuatro. Bardal bajó a preguntarlo por las fondas del llano y volvió con la respuesta y con un tratante que se ofrecía a conseguir vino de cepas con nombre propio, la mitad por adelantado y la otra mitad a la entrega, si había entrega.

Cuando lo tuvo todo apalabrado se sentó con Fermina junto a un cabo de sebo y echaron la cuenta en una pizarra. Ciento cincuenta convidados. Cuarenta mozos. Dos cuadrillas de música, cuatro bailadoras y un hombre de Torán que retrataba a carbón a quien se lo pidiera. Debajo de la última raya quedaba la miera de tres cosechas vendida por adelantado, incluida la que todavía no había salido de los árboles. Era todo lo que tenían. Bardal borró la pizarra con la manga y dijo que era poco.

—Una silla en la junta de abajo y un camino de carros hasta aquí arriba. Con eso, en dos cosechas lo hemos recuperado y nos sobra.

—¿Y él lo sabe? —preguntó Fermina.

—¿El qué?

—Que viene.

Bardal tardó en contestar. No se lo había dicho.

Tampoco le parecía necesario. El Regidor y él eran hermanos de leche: los había criado la misma ama en un caserío que ya no existía, y eso en la sierra cuenta más que la sangre aunque no haya papel que lo pruebe. Que el Regidor guardara de aquella teta tan poco recuerdo como el propio Bardal no cambiaba nada. Aun así, la siguiente vez que bajó a Torán con la miera esperó tres horas en el patio de la Casa hasta que el Regidor lo cruzó camino de las cuadras, y se le puso al lado y se lo contó andando.

—Muy bien, muy bien —dijo el Regidor sin pararse—. Ahora no sé qué día puedo. Ya te mando a alguien.

Bardal subió a esperar a ese alguien. Para no comerse las uñas ordenó más obras: rejas en ventanas que no guardaban nada, un portón de dos hojas con clavos de cabeza redonda, un pilón para las bestias de los convidados. Lo último fue un retrato del Regidor. El pintor de Torán no tenía de dónde copiarlo más que de una moneda vieja de la junta, de modo que el Regidor salió de perfil y con quince años menos, y así lo colgó Bardal enfrente del portón, para que fuera lo primero que se viera al entrar.

El alguien llegó a la luna y media. Era un chico en una mula coja que traía el recado de memoria y tuvo que repetirlo, porque la primera vez dijo mal el día. Bardal le dio de comer, le dio una moneda, le hizo herrar la mula y esa noche no durmió.

La pasó en la sala nueva con un tizón apagado, ensayando en la pared encalada la firma que iba a necesitar. Probó el nombre solo y el nombre con la Mata detrás. Probó con rúbrica y sin rúbrica, inclinada y derecha, grande para los papeles de la junta y pequeña para los albaranes de los carros. Al amanecer la pared estaba negra hasta la altura del hombro, y en ninguna de aquellas firmas había sitio para el apellido de Fermina, que en las escrituras viejas de la Mata siempre iba detrás del suyo. Fermina mandó traer otra carga de cal.

El día del convite, los primeros en llegar fueron dos hombres que dijeron venir a mirar el camino de herradura por cuenta de la junta. Se sentaron en la curva a media tarde y no miraron el camino ni una vez.

Después empezó a subir gente. Veedores, tratantes de aguardiente, los de la junta con sus mujeres, un médico al que le faltaba la mano izquierda y apretaba con la derecha el doble, dos o tres de esos hombres de los que se dice que saben cosas. A todos los recibió Bardal en el zaguán, de pie, y estrechó tantas manos que a la caída de la tarde ya no sentía los dedos.

El Regidor llegó cuando toda la ladera estaba asomada al pretil y desde Torán se veía la Mata tan encendida de teas que durante un rato se habló de fuego. Venía con seis de los suyos. Bardal salió a recibirlo al portón y delante de todos lo llamó Pelo, que era como lo llamaba el ama, y el Regidor sonrió con la boca. Nadie más se rió.

Se bebió primero, de pie, repartidos por la sala, el corredor y la explanada. Los cuarenta cántaros de vino del llano duraron lo que tardó en ponerse el sol. Luego cada cual buscó su sitio. La mesa del Regidor tenía manteles de lino y ramas de romero recién cortado que se fueron secando con el calor de las teas a lo largo de la cena. Una de las cuadrillas tocaba algo lento que nadie escuchaba; la otra esperaba su turno comiendo.

Con los tintos empezaron los discursos. Se cortaron cuando trajeron la fruta, que había subido del llano en serones con paja y era fruta de invernadero, redonda y lisa, de un color que en la Mata nadie había visto nunca en una fruta. Varios se levantaron a tocarla. Con el dulce volvieron los discursos y ya no pararon hasta el aguardiente.

Bardal se había sentado a la izquierda del Regidor aunque no le tocaba, y en toda la cena no encontró un hueco para lo suyo. Siempre había alguien hablándole al Regidor por el otro oído. Al levantarse las mesas fue peor. La gente se quedó en corros, pesada de comer, y a Bardal le tocó ir de corro en corro con el licor de hierbas, rellenando vasos y riéndose de lo que se dijera.

En uno de esos corros Berbel, el guarda mayor de caminos, le preguntó cuánto tardaba un hombre a pie en bajar de la Mata a Torán de noche, y si la puerta de abajo la abrían con el primer claro o antes. Bardal le contestó lo que sabía. Berbel le alabó el empedrado, le dijo que había hecho bien en poner el convite esa noche y no la víspera, como se había hablado al principio, y se fue temprano porque el relente le hacía daño en el pecho. Se llevó a dos hombres para que le alumbraran la bajada.

Ya muy entrada la noche, Bardal consiguió por fin llevarse al Regidor al cuarto del fondo, el de las mantas, y allí, sentados los dos en el arcón, se lo pidió. Lo dijo mal y demasiado deprisa, y tuvo que volver al principio porque se había dejado lo del camino.

—Hombre, Bardal, si eso está hecho —dijo el Regidor—. La silla de los pinares la deja Olmos este mismo mes. Mañana lo llevo a la junta, y lo que yo llevo a la junta sale. Lo del camino lo tiene una comisión que no se pone de acuerdo ni en el ancho. Pasado mañana los subo a todos a mi despacho, a ti también, y de allí no sale nadie hasta que esté.

Al rato se fue, repitiéndolo todo en el portón. Detrás bajaron los de la junta, los veedores y los tratantes, cada uno en el turno que le correspondía. Quedaron los músicos discutiendo el pago con el mozo mayor, que no tenía con qué pagarles y tuvo que decírselo a Bardal delante de ellos. Debajo de una mesa apareció un niño dormido que nadie reclamó. Lo dejaron allí.

Bardal y Fermina se quedaron sentados en el pretil hasta que clareó, entre las mesas sucias y el olor a sebo, echando otra vez la cuenta en voz alta, ahora por el lado de lo que iba a entrar. Les salía bien la miraran como la miraran. Se acostaron vestidos.

Bardal se despertó solo, con el sol en la cara. Fermina estaba de pie en la ventana nueva, la grande, y no se volvió cuando él la llamó. Por el camino subían tres hombres que Bardal no conocía. Venían a pie, sin prisa, y se paraban en cada pino abierto a mirarlo de arriba abajo. Uno llevaba una escoda al hombro.

Berbel había llegado a Torán de madrugada con los dos hombres de las teas y con otros que lo esperaban abajo. La puerta se abrió antes del claro, porque esa noche dentro sólo habían quedado tres de guardia; los demás estaban en la Mata. El Regidor firmó la renuncia en la cocina de su propia Casa, con la ropa del convite todavía puesta.

Bardal bajó a la sala, descolgó el retrato y lo dejó en el suelo, vuelto contra el encalado. Luego salió y se sentó en el primer peldaño de la escalinata. Desde allí se veía el camino entero. Uno de los tres hombres se había parado junto al primer pote, había mojado un dedo en la miera y se lo estaba oliendo.

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Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 12

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