Lo ataron al poste del colmenar con las muñecas a la espalda y las abejas le buscaban la boca. En el colmenar, hasta la miel tiene dueño y las cuentas se pagan en vasos.
Las abejas le buscaban la boca. Lo habían atado al poste del colmenar con las muñecas a la espalda, y desde que el sol tocó los vasos no dejaban de bajarle a los labios, a la sal de los párpados, al cerco de sudor del cuello. Él echaba la cabeza a un lado. Volvían por el otro.
—Sube otra vez, Tobalo.
—Ya he subido dos.
—Pues tres. Dile que ya cobraron. Que cobraron de más.
—No hay a quién decírselo, padre. El que manda no da la cara. Habla desde dentro y el de la puerta va repitiendo.
—Pues al de la puerta.
—Ese me conoce.
—Mejor.
—Peor. Si me ven rondar acabarán preguntando de quién soy, y entonces el poste lo partimos.
Marcial tenía una abeja en la ceja y no la sentía.
—Diles que estoy gastado. Que no valgo lo que cuesta un cartucho.
Tobalo no contestó. Estaba sentado en la vara del carretón y escupió entre las botas. Se pasó la mano por la nuca y la dejó allí, mirando la fila de vasos, contándolos o haciendo que los contaba. Una de las piqueras estaba atascada de abejas muertas; se levantó, se agachó delante, sacó tres o cuatro con la uña y las tiró al polvo. Se quedó un rato en cuclillas.
Cuando por fin se incorporó, llegó hasta el hueco de la cerca y habló desde allí, de espaldas:
—¿Y si me dejan arriba a mí? ¿Quién les da de comer a los chicos?
—Algo comerán. Lo mío no espera.
Lo habían sacado del Corvillo antes de que clareara y ya el sol daba de lleno en los vasos. El cuerpo no lo dejaba estar. Se le dormía una pierna, se le despertaba la otra, le picaba la espalda justo donde la soga no le dejaba llegar. Cerró los ojos un rato y los abrió en seguida, porque a oscuras el zumbido se le metía en la cabeza. Hambre no tenía. Tenía algo que le subía del vientre y le decía que los años que le quedaban eran suyos, pocos pero suyos, y que alguien se los estaba quitando de las manos.
Cuarenta inviernos sin acordarse más que de vez en cuando, y ahora le volvía entero.
Lo de Emerio.
Emerio tenía la Umbría de Gadea, la ladera que mira al norte y guarda el agua del deshielo hasta bien entrado el verano. Allí aguanta el brezo cuando en la solana ya se ha quemado todo. De mozo, Emerio le había regalado su primera reina, en una caja de madera con agujeros que todavía andaba por la caseta, llena de clavos. De aquella reina salieron todas. Las que ahora le zumbaban en la oreja eran bisnietas suyas, o tataranietas, no llevaba la cuenta.
Y Emerio le cerró la umbría.
Dos temporadas se calló. Le daba apuro pedirle más a quien ya le había dado lo primero. La tercera, la jara salió ciega, sin una flor en toda la solana, y los vasos empezaron a sonar a hueco cuando les daba con los nudillos. Las obreras volvían vacías. Se posaban en la tabla de la piquera con las alas comidas por los bordes y se quedaban allí, sin entrar, hasta que se caían.
Una noche cargó tres vasos en el carretón y los subió por la trocha hasta un pliegue de la umbría que no se ve desde abajo. A los dos días se los encontró en la linde, bajados por Emerio y puestos de costado, con la piquera contra el polvo. Los volvió a subir. Emerio los volvió a bajar. Así semanas: él de noche, el otro de día, y las abejas entre los dos, en una linde desde la que el brezo se huele pero no se alcanza, porque una abeja cargada vuela un trecho y luego se vuelve, haya hambre o no la haya.
Lo hablaron en la linde, en la fuente, en la puerta de Emerio. Nunca a gritos. Hasta una tarde en que Emerio, sin levantar la vista del cordel que estaba anudando, le dijo:
—Súbeme otro y te lo azufro.
—Las abejas van adonde huele, Emerio. No las llevo yo de la mano. Si las quieres matar, tú verás.
«Me azufró el de arriba del todo, el más viejo. Lo bajó él mismo y me lo dejó en la linde, derecho, bien asentado, para que lo encontrara así.
«Un vaso azufrado pesa lo mismo que uno vivo, pero suena distinto cuando lo mueves.
«Lo que vino después se supo en toda la Solana. Fue por la flor del brezo, y antes de la luna siguiente yo ya dormía en el monte. Pagué lo que me pidieron. Nueve arrobas de miel al que entonces llevaba los asuntos, que juró que con eso se cerraba la cosa. La casa se la quedó otro, a cambio de abrirme la puerta del encierro. Y después, año tras año, me fueron sacando lo que quedaba, una arroba, un enjambre, la cera de un verano entero, por no decir dónde estaba yo. Lo decían igual.
«Me vine al Corvillo porque era lo único mío que nadie quería, una ladera de piedra suelta con cuatro carrascas. Empecé otra vez con seis vasos. Ahí se crió Tobalo, ahí se juntó con la Fidela, ahí tiene ya siete criaturas que comen por catorce.
«De la familia de Emerio no tenía miedo. Le quedaban la mujer, que se llamaba no sé qué, algo con erre, y dos críos de teta. Ella se murió al poco, de algo que no tenía nombre. A los críos se los llevaron unos parientes de fuera, de más allá de la carretera vieja. De ese lado no esperaba nada.
«Esperaba de los otros. De los que sabían y cobraban por callar. Cada vez que asomaba un forastero por el Corvillo alguien bajaba a avisarme:
«—Ahí arriba hay uno preguntando.
«Y yo a la jara. A dormir en el suelo, a mascar raíces de gamón, a volver a los tres días con la ropa llena de pegotes. Así hasta que se me olvidó lo que era dormir dos semanas seguidas en una cama.»
Ahora ya no subía nadie preguntando. Los que le cobraban se habían muerto o se habían cansado de cobrar, y él había empezado a creer que la vejez servía para algo. Que un viejo ya no es enemigo de nadie. Que lo dejarían acabarse en su ladera, despacio, con sus seis vasos que ya eran once.
Se había agarrado a esa idea con lo poco que le quedaba de fuerza. Por eso no le entraba en la cabeza morirse ahora de un tiro, después de haberse pasado la vida entera huyéndole precisamente al tiro. Con aquel cuerpo, además, que ya era más monte que hombre: un pellejo cosido a los huesos a fuerza de dormir al raso.
Hasta a la mujer la había dejado ir. Una mañana le dijeron que se había marchado y él siguió cortando panal. No preguntó con quién. No bajó al camino a ver qué rastro llevaba, porque bajar al camino era dejarse ver. La perdió igual que había perdido la casa y las nueve arrobas y la umbría, sin mover un dedo. El pellejo era lo único que había guardado con las dos manos. Y venían a por el pellejo.
Para traerlo no le pusieron la mano encima. Bastó con que lo vieran andar: con aquellas piernas no se escapaba ni de un perro viejo, y los cuatro lo entendieron a la primera. Echó a andar delante de ellos sin que nadie lo empujara. A la media hora, el más joven le dijo adónde iban y para qué. Se lo dijo mirando el camino, en el tono en que se avisa de un charco.
El estómago se le cerró. Conocía aquello de otras noches: la saliva que se vuelve amarga y no hay manera de tragarla, las rodillas flojas, el pulso dándole golpes detrás de las orejas. Cuarenta años y el cuerpo no se había acostumbrado.
A lo mejor no era él. Habría otros Ondiz por esos montes, otros viejos con cuentas viejas. Se agarró a eso un buen trecho, hasta que se le fue deshaciendo y ya no tuvo de dónde agarrarse.
No había luna. El camino era una franja algo más clara entre dos negruras, y el polvo que levantaban olía a cuadra. Durante un rato fueron por encima de una cinta de asfalto antiguo, rajada en placas, con matas de hinojo saliendo por las grietas; luego el asfalto se acabó de golpe, cortado a hachazos, y volvió la tierra.
Llevaba la vista en el suelo. Sus ojos se habían hecho a mirar a un palmo, a distinguir en un cuadro de panal la celda sellada de la abierta, la larva buena de la que empieza a ponerse gris. De lejos veía poco, y por eso iba mirando las piedras del camino una por una, aunque no le sirvieran para nada.
Pensó en hablarles. Lo pensó varias veces y cada vez lo dejó para la curva siguiente. Iba ensayando por dentro: que era viejo, que no tenía nada, que el muerto era de otro tiempo. Los miraba de reojo. Uno cojeaba de la izquierda y se paraba de vez en cuando a sacarse una piedra de la bota. Otro llevaba el arma colgada boca abajo y una canana con los cartuchos recargados a mano, de latones de distinto color, verdes y amarillos y uno rojo. Eran mozos. Podían haber sido sus nietos y prefirió no pensarlo.
Los había visto llegar con la última luz, cuando las abejas vuelven y el sol ya no calienta las piedras. Subían por la vereda en fila, derechos al colmenar, y él bajó de la caseta para avisarles de que no cruzaran por delante de las piqueras, que a esa hora la abeja entra cargada y pica por nada. No le hicieron caso. Cruzaron por delante. A uno le picó en el cuello y se dio un manotazo y siguió andando.
Podía haberse ido. Los vio desde arriba con tiempo de sobra para meterse en la jara y esperar a que se cansaran. Esa vista larga la había tenido siempre; era lo único que no le habían quitado. Y bajó. Bajó a hablar de abejas con cuatro hombres armados, por unos vasos que ese año no iban a dar ni cera, con la flor que venía cada temporada más corta.
Ya cerca de la Solana se le escapó en voz alta:
—Yo no le he quitado nada a nadie.
Le sonó a mentira hasta a él. Ninguno contestó. Siguieron con el mismo paso, sin volver la cabeza, el cojo quedándose atrás y alcanzándolos. Marcial dejó caer los brazos y entró en el majano entre los cuatro, a oscuras todavía.
—Lo traemos.
Lo plantaron delante de una puerta sin hoja, un hueco negro en la pared de piedra seca. Él se quitó el gorro y lo apretó contra el pecho. Esperaba que saliera alguien. No salió nadie.
—¿A quién? —preguntó una voz desde dentro. Voz de hombre hecho, sin prisa ninguna.
—Al del Corvillo.
—Que diga de dónde es.
El que iba delante se volvió:
—De dónde eres.
—De la Solana. De allí salí.
—Que si conoce la Umbría de Gadea.
—La Umbría. Que si la conoces.
—La conozco. Era de Emerio. Emerio se murió hace mucho.
Dentro se hizo un silencio largo. Cuando la voz volvió ya no parecía hablarle a él, sino a alguien sentado más al fondo, en lo oscuro.
—Emerio era mi padre. Yo tenía un año cuando me sacaron de allí y no me acuerdo de su cara. En la casa donde me crié no se le nombraba; yo preguntaba y me mandaban a por agua. Mi hermana me lo pintaba de noche, alto, con la barba roja, y yo me lo creía. Era más pequeña que yo. Se lo inventaba.
«Me lo contaron de mayor. Que lo encontraron en la linde con la cabeza abierta y los vasos volcados encima, sus propios vasos, y las abejas dentro de la herida. Que tardaron dos días en dar con él. Que aún respiraba cuando lo subieron al carro y se murió a mitad de la cuesta, sin decir nada que se entendiera.
«Con eso se aprende a vivir. Con lo que no he aprendido es con saber que el otro se levanta cada mañana, se come su pan y le pone la mano en la cabeza a sus nietos. El golpe se lo perdonaría. No le perdono los años.»
Luego, más alto:
—Al poste del colmenar. Que pase el día al sol con sus abejas. Al caer la tarde, acabáis.
Marcial dio un paso hacia el hueco y el de delante lo paró con el brazo.
—¡Sal! Sal y mira lo que queda. Esto no hace falta matarlo, se cae solo. Un invierno y se cae solo.
—Lleváoslo.
—Ya está pagado. La casa, la miel, la mujer, todo. Cuarenta años durmiendo con las botas puestas. Eso es encierro, hombre. ¿Qué vas a cobrarme ya, si no queda nada?
Se había puesto de rodillas sin darse cuenta. Hablaba con la frente casi en el suelo y el polvo se le pegaba a la cara mojada. Los mozos miraban a otra parte. El cojo aprovechó para sacarse otra vez la piedra de la bota.
La voz tardó en volver.
—En el carro hay una tinaja con el sello de mi padre. La tapó él, el último verano. Deshacedle un cuenco en agua y que beba hasta que no se tenga. No quiero que se entere.
Se lo dieron en el cuenco de cobre donde en invierno se les pone a las abejas el agua con azúcar, cuando hay azúcar. Bebió tres. La miel estaba espesa y limpia y sabía a brezo de umbría, al mismo brezo que él había querido para sus vasos. Cuarenta años tapada y estaba igual.
Al mediodía ya no se movía. Estaba arrimado al poste entre los vasos, con la boca abierta, y las abejas le entraban y le salían buscando el dulce de los labios, y él ya no echaba la cabeza a ningún lado. Tobalo había subido tres veces a la puerta. De la tercera bajó despacio, mirando dónde pisaba.
Lo desató cuando ya estaba frío. Lo tumbó en el carretón sobre los sacos de cera y le pasó la soga por el pecho y por las rodillas, dos vueltas, para que no rodara en las bajadas. Le envolvió la cabeza en el paño de tapar los cuadros, que olía a humo de jara, y le hizo un nudo bajo la barbilla, y después otro, porque el primero no le parecía bastante. Luego agarró las varas y echó a andar hacia el Corvillo con el sol ya bajo, para llegar con algo de luz y tenerlo lavado antes de la noche.
—A la Fidela le diré que no se enteró —le iba diciendo—. Que se durmió antes. Eso es verdad, ¿no? Eso por lo menos es verdad.
Anduvo un trecho largo callado, buscando entre las piedras por dónde meter las ruedas.
—Este año los vasos suben a la Umbría —dijo luego—. Está hablado desde la primavera.
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Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 13
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.