El lacre era pardo y tardaba en enfriarse: tres gotas, un anillo, y un pueblo entero atado a la cuerda de la sirga. Un hombre tira del río para que los demás coman.
El lacre era pardo y tardaba en enfriarse. El jefe del norte dejó caer tres gotas sobre el papel, apretó encima el anillo y lo levantó despacio. Onso Sabuc, que había subido a la casa del mando dos cántaros de aguardiente para que aquello ocurriera, dio las gracias tres veces. A la tercera ya nadie le escuchaba.
En el papel iban diez nombres. Diez personas, su carga y una gabarra, hasta la feria de Almenar por la acequia madre. Tres jornadas de sirga si no helaba.
Hacía seis semanas que Cebrán tenía dueño nuevo.
Antes de los del norte habían pasado los nuestros, y eso fue peor de ver. Durante nueve días bajaron por el camino de sirga los que la milicia del valle había enganchado a la maroma para tirar de las gabarras del grano. Venían con las manos abiertas. No las podían cerrar: se les habían quedado así, con los dedos separados y tiesos, de agarrar la cuerda mojada de noche. Para beber sujetaban el cuenco con las dos palmas. Algunos llevaban todavía un palmo de maroma atado a la cintura, cortado a navaja, y nadie se lo quitaba. Pedían agua en las puertas y la gente se la daba en el cuenco de los perros, por no tener que lavar otro. Por la noche se tumbaban en la plaza del cargadero, unos contra otros, y por la mañana siempre había uno que no se levantaba. Lo llevaban al cementerio entre dos, cogido por los sobacos y por las corvas, porque no podían agarrarlo con las manos. El cura de Cebrán los enterraba sin preguntar nombres. Apuntaba en el libro: un sirgador. En nueve días apuntó catorce veces lo mismo, y la última vez se le acabó la tinta a mitad de palabra y no volvió a mojar la pluma.
Detrás venían las cuadrillas que se habían puesto nombre. Los Hijos del Vado. La Partida del Cierzo Rojo. Una tercera cuyo nombre nadie recordaba porque lo cambiaron dos veces por el camino. Las mandaban antiguos tratantes de cal y de mimbre que habían comprado el mando con dos carros de género, y llevaban encima tanto correaje que no se les veía la camisa. Hablaban de cerrar los pasos. Hablaban de los cañaverales. Tenían miedo de su propia gente, que era brava y también era chusma, y por la noche dormían con la escopeta entre las piernas.
La partida de vigilancia de Cebrán, que llevaba todo el otoño recorriendo las orillas, se disolvió en una tarde sin que nadie la disolviera. En dos meses había disparado contra una garza, contra un centinela propio que volvía de mear y contra el reflejo de su propio farol en el agua. Las escopetas y los machetes aparecieron después, en primavera, al vaciar el estiércol de los corrales.
Los del norte entraron un jueves a media tarde. No hubo combate. Hubo un silencio de casa con enfermo, puertas atrancadas, la plaza del cargadero vacía con los perros tumbados al sol, y luego un ruido de pasos tan parejo que se oía desde los corrales. Gritaban las órdenes en una lengua que era la nuestra con las vocales comidas. Detrás de los postigos, la gente miraba y contaba. Contaba caballos, fusiles, carros.
Se repartieron por las casas. En las mejores, el mando; en las peores, la tropa. Los dueños tuvieron que ser amables, y lo fueron enseguida. A la semana, en muchas cocinas un oficial del norte cenaba en la cabecera de la mesa y el padre de familia le servía el vino. Se llegó a un acuerdo que nadie acordó: en la calle no se les saludaba, en casa se les retenía junto a la lumbre hasta las tantas. Algunos del norte decían que la guerra no les gustaba. Se les agradecía mucho. Se les apuntaba el nombre por si un día hacía falta una firma.
En casa de los Cardeña se alojó un capitán de intendencia que llevaba gafas atadas con una cinta y que comía con las dos manos encima del mantel. Era el que pesaba el yeso. A la semana Cardeña ya sabía cuántos sacos le apuntaba de menos si se le servía el vino de la bodega de abajo, y cuántos si se le servía el de arriba, y se le servía el de abajo. Nélida le enseñó a jugar a la brisca. Él le enseñó una canción de su tierra que tenía once estrofas, todas iguales salvo el nombre del pueblo, y por las noches, desde la calle, se oía a los dos cantarla en la cocina, ella con un poco de retraso. Los vecinos decían que la casa de los Cardeña era la que menos yeso había dado de todo Cebrán. Era verdad. También decían otras cosas, y esas no se sabe.
Pedían género. Arrobas de grano, cántaros de aceite, yeso, cal, mulas. Se les daba sin discutir. En Cebrán había con qué, y cuanto más tiene un tratante del valle, más le duele soltar una arroba aunque le queden cuarenta, y más sonríe mientras la suelta.
Abajo, en la acequia madre, hacia el molino roto, los que echaban las nasas sacaban de vez en cuando a uno del norte hinchado y verde, con el cráneo hundido o el cuello abierto. El primero lo sacó el Cojo de las Anguilas, que llevaba cuarenta años echando nasas en el mismo recodo y no había sacado nunca nada más grande que un perro. Lo arrastró hasta el ribazo, le quitó las botas, que eran buenas, y después fue a avisar. Las botas no las devolvió. Las llevó todo el invierno, con dos dedos de paja dentro porque le estaban grandes.
Nadie preguntaba quién. Los del norte tampoco, al principio. Después ahorcaron a un cordelero que no tenía nada que ver, en el árbol de la plaza del cargadero, y lo dejaron colgado dos días con un cartel en su lengua que nadie supo leer. La viuda del cordelero siguió vendiendo cuerda a los del norte. No tenía otra cosa que vender.
La cosa se calmó.
Como no hubo más ahorcados, los ánimos se fueron soltando y volvió el negocio. Varias casas tenían género comprometido en la feria de Almenar, que seguía en manos del valle. Para llegar había que bajar por la acequia, cruzar las esclusas y pasar al otro lado de una línea que nadie había pintado en ningún sitio pero que todo el mundo conocía. Hacía falta permiso. Sabuc lo consiguió con los dos cántaros. Los Aleixar, con una visita de doña Fita a la mujer del mando, que había llegado del norte con tres baúles y no tenía con quién hablar. Los Cardeña, con yeso.
La visita de doña Fita duró una tarde entera. La mujer del mando era más joven de lo que nadie esperaba y tenía frío todo el rato. Le enseñó a doña Fita los tres baúles abiertos, uno por uno, con los vestidos doblados en papel de seda que ya no servía para nada porque allí no había adónde ir con ellos. Doña Fita le alabó cada vestido. Después le habló de los Aleixar, del diezmo, del abuelo de la escalera, y la mujer del mando no entendió casi nada, pero le dio las gracias por hablarle. Al despedirse le regaló a doña Fita un dedal de plata con una flor grabada. Doña Fita lo llevó cosido en el forro del abrigo todo el viaje y no se lo enseñó a nadie.
Los otros cuatro nombres del papel no costaron nada a nadie, o eso se creyó entonces.
Se apalabró una gabarra de las de grano, dos mulas, un mozo y la paja del suelo. La salida, el martes antes de que clareara, para que el pueblo no mirase.
El lunes cayó la niebla del río, esa que se pega a la ropa y se hace agua, y no levantó en toda la noche. A las cuatro de la madrugada, en el muelle del cargadero, diez bultos esperaban sin verse la cara. Todos llevaban la manta de crin por encima del abrigo, de modo que parecían el mismo hombre gordo repetido diez veces.
Dos se reconocieron por la tos. Un tercero se acercó.
—¿Con la señora?
—Con la señora.
—Nosotros no volvemos. Si llegan a Almenar, cruzamos el puerto.
—Nosotros igual.
Los tres eran de la misma clase y no hizo falta más.
El mozo andaba por la otra punta del muelle con un farol. Se le oía hablar con las mulas, unas veces con paciencia y otras no. Sonó una cadena contra un poste. Sonó un casco en la piedra. Después nada, solo el agua lamiendo el costado de la gabarra.
El mozo apareció con la primera mula. La arrimó al camino de sirga, enganchó la maroma, dio una vuelta comprobando el aparejo, todo con una mano, porque en la otra llevaba el farol y no lo soltaba nunca. Al volver a por la segunda vio a los diez quietos, blanqueados de escarcha.
—Ahí dentro hay toldo —dijo—. A no ser que les guste.
Subieron atropellándose. Los tres maridos sentaron a sus mujeres a proa, bajo el toldo, que era el único sitio seco, y se sentaron con ellas. Los demás se fueron colocando detrás, entre los barriles de Sabuc y los sacos de los Cardeña, como pudieron.
Desde el camino de sirga preguntó el mozo:
—¿Están todos?
Alguien dijo que sí. No contó nadie.
La gabarra empezó a moverse con un tirón corto que hizo crujir los barriles. Después se acostumbró al agua y fue más suave. El mozo andaba junto a las mulas y contaba por lo bajo. Contaba hasta nueve y a la nueve tiraba del ronzal, y las bestias daban el paso largo. Uno, dos, tres. Nueve, tira. Era la cuenta de los sirgadores, la de los hombres de las manos abiertas, y las mulas la habían aprendido de ellos.
Clareó sin que se viera por dónde. La niebla no se levantó: se puso gris, luego amarilla, y por debajo fue apareciendo el agua de la acequia, quieta y espesa, con una nata verde pegada a las orillas. Agua muerta. En el valle no se bebe de la acequia madre desde el año del humo. Para eso estaban los cántaros: cuatro, de barro, atados a la borda con trapo en la boca, llenos en el pozo del cargadero la tarde anterior por un chico al que Sabuc había pagado medio real y un capón.
El chico era hijo de la Remedios, la que lavaba para el mando, y había llenado los cántaros a oscuras porque a esa hora el pozo estaba libre. Las mulas del norte bajaban a abrevar al lado por la mañana. Eso no lo sabía Sabuc, o no lo pensó. Medio real era medio real.
Con la primera luz los viajeros empezaron a estudiarse.
A proa, en el mejor sitio, iban Onso Sabuc y su mujer, tratantes de aguardiente en la calle del Cargadero. Sabuc había sido mozo de un destilador y se quedó con el negocio cuando el destilador se arruinó, cosa que en Cebrán nadie le reprochaba porque todo el mundo habría hecho lo mismo y él lo hizo antes. Destilaba con higos podridos y vendía por bueno. Bajo, colorado, con una tripa que le sacaba la camisa de la faja y dos patillas grises que se peinaba con saliva. Tenía fama de granuja y de gracioso. Su mujer era alta y seca y de opinión inmediata. Ella llevaba las cuentas y él atendía a los clientes, a voces.
A su lado, muy derechos, Ismael Cardeña y la señora. Cardeña tenía tres caleras en la ladera de Torbeño y el contrato del yeso con la junta del valle, y había estado siempre en contra de la junta de una manera que no le impedía cobrarle. Hablaba poco, de cifras, y cuando no sabía qué decir decía una cifra. Su mujer, Nélida, tenía veinte años menos que él y había sido durante mucho tiempo la persona a quien visitaban los oficiales del valle que estaban de paso en Cebrán. Era menuda, bonita, y llevaba una pelliza de conejo que se le había mojado por los bajos.
Enfrente, don Bruno Aleixar y doña Fita. Los Aleixar cobraban desde hacía cuatro generaciones el diezmo de la yesera y una parte del paso de la esclusa segunda. En la familia contaban que el derecho venía de que el primer capataz de la acequia, el que la abrió, dejó un hijo en el vientre de una Aleixar y al marido, para compensar, la llave del cobro. Lo contaban ellos. Era la única historia que contaban de sí mismos con gusto. Don Bruno tenía sesenta años y se dejaba la barba igual que el retrato del abuelo, que colgaba en la escalera y al que se parecía poco. Doña Fita era hija de un consignatario de cal sin apellido, y aprendió los modos de la casa vieja en tres meses con tanto empeño que ahora era ella la que se los enseñaba a las demás.
En el mismo lado que las tres señoras, porque así cayó, iban dos mujeres del Voto con la toca parda y el cordón de nudos. Pasaban los nudos entre los dedos sin mover los labios. La mayor tenía la cara picada de viruelas viejas. La menor era muy joven, muy delgada, y tenía en las mejillas dos manchas de fiebre que se le iban y se le venían.
Al fondo, sentados en los sacos, un hombre y una mujer a los que miraban todos.
El hombre era Teódulo Rasal. Hijo de un tratante de mimbre arruinado, se había gastado la herencia en las tabernas del cargadero esperando que el común se hiciera cargo del valle y le diera, por fin, algo que administrar. La noche que se disolvió la junta le dijeron, por error o por broma, que lo nombraban veedor de la acequia, y fue a tomar posesión con una carpeta. Los dos escribientes que quedaban en la casa se le rieron en la cara. Desde entonces no había vuelto a pedir nada a nadie. Era buena persona, servicial, inútil. Durante el otoño había dirigido la defensa de Cebrán con un entusiasmo que nadie le discutió: hizo cortar dos pasarelas, cegó una boquera y sembró de tablas con clavos el camino alto, donde se clavó un pie el hijo del herrero. Cuando entraron los del norte, Teódulo estaba en casa. Ahora suponía que en Almenar harían falta hombres de su experiencia.
La mujer que iba a su lado tenía treinta y cuatro años y en el valle la llamaban Nueve. Se llamaba Rosenda Vilar, pero eso no lo usaba nadie. Había parido nueve veces para casas que no eran la suya, por contrato y ante testigo, con el sello de la junta en la última hoja. Le pagaron en grano, en yeso, en sal. Una vez en un trozo de huerta, que después le quitaron por un defecto del papel. De los nueve hijos no tenía noticia más que de dos, y una de las dos noticias era una muerte. Era ancha de cadera y estrecha de hombros, con el vientre suelto en pliegues que se le notaban bajo la ropa cuando se agachaba. Tenía las manos grandes y muy limpias, con las uñas cortadas al ras. En las nueve casas la habían alojado en el corral los meses que duró cada encargo, y en el corral había comido.
Las señoras la reconocieron en cuanto hubo luz.
—Esa es la de los nueve —dijo la señora Sabuc, sin bajar la voz.
—¿La del contrato?
—La que alquila.
—Pues ya podían haber puesto en el papel que venía.
—Estaba en el papel —dijo Cardeña—. El séptimo nombre.
Nueve levantó la cabeza. Miró a las tres mujeres una detrás de otra, con calma, el tiempo justo para que cada una supiera que la estaba mirando a ella, y las tres bajaron la vista. Sabuc no la bajó. La miraba igual que miraba los barriles en la feria, calculando.
Las tres señoras se acercaron entre sí sin moverse del sitio. Se pusieron a hablar de la niebla, de los braseros, de una prima de Torbeño, con una amistad repentina que una hora antes no existía. Se sentían obligadas a sostenerse. Ellas habían parido en su casa y con su nombre, y aquella otra había parido igual, por las mismas partes, pero cobrando, y eso a las que no cobran les ofende mucho.
Los tres hombres también se juntaron, y hablaron de dinero por encima de la cabeza de Teódulo. Don Bruno contó lo que le habían llevado los del norte: tantas fanegas de cebada, la mula torda, el yeso del año. Lo dijo con el desprecio del que puede perder eso todos los inviernos. Cardeña tenía en Almenar el importe de dos caleras a nombre de un primo, desde antes de la entrada. Y Sabuc había vendido a la junta del valle, en septiembre, todo el aguardiente de sus tinajas, y la junta se lo debía, y lo iba a cobrar en la feria con los intereses.
—¿Y si la junta no paga? —preguntó don Bruno.
—Paga —dijo Sabuc—. La junta paga siempre. Lo que no sé es con qué.
Se miraron con simpatía. Los tres habían vendido al valle y al norte en el mismo otoño, y ninguno se lo reprochaba al otro.
A media mañana no habían pasado de la esclusa segunda. El esclusero no estaba, y hubo que esperar dos horas a que volviera de enterrar a una cuñada, con la pala al hombro y el barro hasta las rodillas, y luego otra hora a que encontrara la llave de la compuerta, que no estaba donde siempre. Los hombres bajaron al camino de sirga a estirar las piernas. Volvieron con los pies helados y sin ninguna noticia.
El esclusero de la segunda, cuando por fin abrió, cobró el paso dos veces. Una para los del norte, con un papel que enseñó doblado y sin desdoblar, y otra para los Aleixar, por la costumbre. Don Bruno no dijo nada. Doña Fita le recordó en voz baja que aquel dinero era suyo, que volvía a casa, y don Bruno dijo que ya lo sabía, que por eso no decía nada.
Pasada la tercera esclusa, en un recodo, encontraron lo que quedaba del campamento de los sirgadores. Una explanada de barro pisado, restos de hogueras, un caldero sin asa, una bota de hombre sola, de pie, con la caña doblada. En un poste del camino de sirga había una maroma cortada a navaja a la altura de la cintura de un hombre, y los dos cabos colgaban hacia el agua. El mozo no miró. Las mulas sí: se pararon delante del poste, sin que nadie se lo mandara, y hubo que tirarles del ronzal.
—Aquí estuvieron —dijo el mozo, cuando las mulas siguieron—. Los del grano. Aquí los soltaron.
—¿Quién los soltó? —preguntó Teódulo.
El mozo se encogió de hombros y volvió a contar.
Fue Nélida Cardeña la primera en beber.
Desató el trapo de uno de los cántaros, se echó agua en la palma y bebió como beben las señoras, con mucho cuidado de no mojarse la pelliza. Al rato bebió otra vez. Después bebieron casi todos, menos las del Voto, que tenían su propia norma para eso, y Teódulo, que tenía su bota.
Pasado el mediodía, Nélida se puso blanca. Se levantó, salió del toldo agarrándose a los barriles y vomitó por la borda en el agua muerta, con un ruido que nadie supo dónde mirar. Su marido le sujetó la frente. Volvió al sitio, se sentó, dijo que no era nada. A la media hora volvió a salir.
Fue Cardeña, que entendía de pozos por las caleras, quien destapó el cántaro y olió.
—Es el del cargadero.
—Claro que es el del cargadero —dijo Sabuc—. Lo llenó el chico de la Remedios.
—El del cargadero lleva un mes así —dijo Cardeña, y volvió a tapar el cántaro—. Desde que bajaron las mulas del norte a abrevar al lado.
Nadie dijo nada. Los cuatro cántaros eran los cuatro del mismo pozo.
Sabuc los olió uno detrás de otro, por si acaso, y en el tercero se le arrugó la nariz entera. Su mujer le dijo que dejara de olerlos, que no por olerlos se iban a arreglar. Don Bruno dijo que él había notado algo raro en el primer trago y que no había querido alarmar a nadie, y doña Fita le miró de una manera que le hizo callarse.
Lo que había alrededor era agua, toda el agua del mundo, quieta y verde, a un palmo de la mano. No se podía beber.
La sed llegó despacio y después muy deprisa. A primera hora de la tarde ya nadie hablaba. Tenían la lengua pegada al paladar y los labios blancos, con una costra en las comisuras. La niebla, que mojaba la ropa, no mojaba la boca. Sabuc dijo que daría una arroba de yeso por un vaso de agua de pozo bueno. Su mujer le dio con el codo.
—Yo no entiendo cómo no hemos traído un odre —dijo don Bruno.
Todos habían pensado lo mismo.
Teódulo ofreció su bota. Era aguardiente. Las señoras la rechazaron con un gesto. Sabuc echó un trago y se lo pasó por los dientes.
—Quita la sed un rato —dijo—. Luego te la devuelve con intereses.
Y luego, ya con el aguardiente dentro, propuso que hicieran como en la copla de los del vado, que se bebieron la sangre del que más tenía. Lo dijo mirando a los sacos del fondo. Nadie se rió. Teódulo un poco, y le duró poco.
Para llenar el silencio, Teódulo contó cómo había cegado la boquera de la acequia del secano en otoño. Lo contó con detalle. Cuántos sacos de tierra, cuántos hombres, en qué orden. Dijo que con aquello los del norte se habrían encontrado el secano anegado y las carretas atascadas hasta el eje. Cardeña le preguntó si los del norte habían pasado por el secano. Teódulo dijo que no, que habían entrado por la vega. Cardeña preguntó entonces de quién era el secano anegado. Teódulo dijo que de los Ortal y de dos o tres más. Y luego estuvo callado una hora.
Nueve se había agachado varias veces durante la tarde. Metía la mano bajo la manta, por debajo del banco, tocaba algo y volvía a sentarse. Miraba a los demás. Hacia las cuatro, cuando la gabarra cruzaba un llano sin una sola casa a la vista, se agachó del todo y sacó de debajo del banco un odre de piel de cabra con el cuello atado con bramante.
Lo desató. Sacó de un hatillo un vaso de cuerno con el borde forrado de estaño, se sirvió y bebió despacio, de pie, mirando el agua de la acequia.
—Hervida —dijo, sin que nadie preguntara—. Con tomillo. En las casas donde he estado se bebe así.
El ruido del agua al caer en el cuerno lo oyeron todos. Las tres señoras la habrían tirado por la borda con el odre y con el vaso.
Las dos del Voto se levantaron. La mayor cogió a la menor del codo, la llevó hasta los sacos y se quedó delante de Nueve sin decir nada, con la toca un poco torcida. Nueve llenó el cuerno y se lo dio a la joven. La joven bebió con los ojos cerrados. Después bebió la mayor, que dio las gracias con una fórmula de su casa que nadie más entendió.
Sabuc no aguantó mucho más.
—La señora ha sido más previsora que todos nosotros juntos.
—Si quiere.
—Si usted quiere, quiero.
Se acercó con la gorra en la mano. Bebió. Al devolver el cuerno, lo secó con la manga por el lado donde había puesto la boca, y después se dio cuenta de que lo había hecho y se puso colorado, y luego dejó de estarlo.
—En los malos momentos se ve quién vale —dijo, mirando a proa.
Teódulo bebió también, y puso los labios donde los había puesto ella.
Quedaban a proa los Aleixar y los Cardeña. Nélida tenía los ojos hundidos y temblaba. Su marido le apretaba la mano y miraba al frente. Doña Fita tenía las manos en el regazo y se miraba los guantes, que llevaban un zurcido en el pulgar. Don Bruno se pasaba la lengua por los labios a escondidas, cuando creía que nadie le veía, y todos le veían.
Nélida se fue hacia un lado. No se desmayó del todo; se le aflojó el cuello y se quedó con la cabeza apoyada en un barril, con la boca abierta. Cardeña la llamó por su nombre dos veces. La mayor de las del Voto vino sin que nadie la llamara, se arrodilló en la paja, le levantó la cabeza y miró hacia el fondo. Nueve ya venía con el cuerno lleno.
La mujer del Voto se lo acercó a Nélida a los labios. Nélida bebió un sorbo, tosió y bebió más.
—Es sed, señora —dijo la del Voto—. Eso es todo lo que tiene.
Nueve se quedó de pie delante de los cuatro de proa con el odre en la mano.
—Yo, si quieren…
No terminó. Sabuc terminó por ella.
—¡Hombre, por Dios! Aquí no hay más que un odre y diez bocas. Esta noche a lo mejor dormimos en la gabarra. A la esclusa quinta llegamos con la luna, si llegamos.
Los cuatro dudaron. Ninguno quería ser el que dijera que sí. Al final don Bruno carraspeó.
—Aceptamos. Muy agradecidos.
Lo difícil fue el primer trago. Después el odre dio la vuelta a la gabarra dos veces, y en la segunda ya nadie limpiaba el cuerno.
Bebiendo de lo de ella había que darle conversación, y se la dieron, al principio con esfuerzo. Nueve tenía la soltura de la gente que ha vivido meses en casas ajenas, y supo no decir nada que obligara a nadie. Doña Fita estuvo encantadora con ella, de esa manera en que son encantadoras las señoras de las casas viejas con los que no pueden devolver la visita. La señora Sabuc no se ablandó. Bebía mucho y hablaba poco.
Se habló de la guerra, claro. Se contaron cosas del norte, que si quemaban las puertas para calentarse, que si a una viuda de Yesa le habían llevado hasta los clavos, y cosas del valle, de un sirgador que se había tirado al agua con un oficial abrazado, y de lo que haría la junta cuando volviera. Ninguno de los que hablaban había empuñado nada más pesado que una romana.
Nueve contó por qué se iba.
—A mí me metieron dos en casa. Un sargento y un oficial joven, de los que llevan la gorra de lado. El sargento ni me miraba. El oficial, a la semana, me preguntó cuánto cobraba. Yo creí que preguntaba por lo otro y le dije que yo de eso no. Y no era eso. Quería uno. Para él, para llevárselo al norte cuando se fuera, que allí no les nacen, dijo, o les nacen pocos. Me trajo un papel escrito en su lengua y un sello que no era el de la junta.
Se le había puesto la cara roja.
—Lo eché a la lumbre. El papel. Y luego le di con el hierro de atizar en la cabeza, y no le maté porque el hierro estaba torcido. Me escondieron dos días en un pajar. El papel para este viaje me lo sacó una vecina que lava para el mando.
La felicitaron mucho. Aquella rabia que ninguno de ellos habría tenido la hacía crecer en el asiento. Teódulo sonreía con aire de maestro, y después habló largo, con frases de los bandos que él mismo pegaba en las esquinas en otoño, y acabó con una sobre los vientres del valle y las semillas del común que le salió muy redonda y que no entendió nadie.
Nueve le llevó la contraria. Ella no era del común. Ella era de la junta vieja.
—Con gente como usted, mire cómo estamos. Mucha asamblea y al final cada uno a su casa. La junta, por lo menos, sellaba los papeles.
Teódulo sonrió sin contestar, que era como contestaba cuando no tenía respuesta. La cosa se ponía fea, y don Bruno intervino para decir que todas las opiniones merecían respeto, y la cosa se calmó. Doña Fita y Nélida Cardeña, que odiaban al común con el odio tranquilo de la gente de arriba, se descubrieron mirando a aquella mujer con simpatía. Opinaba como ellas. No sabían qué hacer con eso.
El odre se vació un poco antes de que se hiciera de noche. Repartido entre diez, había parecido poco, y más de uno lo dijo en voz baja, como quien lamenta que se haya acabado una cosa que era suya.
Con la oscuridad el frío entró por debajo del toldo. Doña Fita le pasó a Nueve su brasero de mano, que llevaba dentro las últimas brasas de brezo. Después le echó por encima de las rodillas su manta de crin, la buena, la del ribete azul. Nueve dijo que no hacía falta y se la dejó puesta.
El mozo encendió el farol de proa. El agua muerta devolvía la luz sin brillo.
En la parte de atrás, donde no llegaba el farol, se oyó un forcejeo corto, un roce de manta, y Sabuc, que tenía buena vista para lo que no le importaba, creyó ver a Teódulo echar la cabeza atrás de golpe.
Llegaron a la esclusa quinta pasada la medianoche, después de catorce horas de sirga. Había luz en la casa del esclusero y luz en la caseta del lado, y cuando la gabarra tocó el muelle se oyó contra las losas el golpe de una vaina de machete.
Nadie se movió. El mozo se acercó con el farol y alumbró de golpe las dos filas de caras. A su lado, en el chorro de luz, había un hombre del norte, muy joven, muy delgado y muy rubio, con la guerrera ajustada y la gorra echada hacia la oreja. Tenía en el dorso de una mano una quemadura vieja y la escondía en la manga.
Dijo que bajaran.
Las del Voto bajaron las primeras, con la costumbre de obedecer de quien lleva media vida obedeciendo. Después los Aleixar. Después los Cardeña, ella del brazo de él. Sabuc ayudó a bajar a su mujer y al poner el pie en el muelle se quitó la gorra.
—Buenas noches nos dé Dios.
El del norte no contestó.
Nueve y Teódulo, que eran los que estaban más cerca de la pasarela, bajaron los últimos y muy tiesos. Ella se contenía. Él se tocaba la barba con una mano que le temblaba. Los dos estaban convencidos de representar algo, y aquella convicción, más el asco que les daban los de proa, le dio a ella un porte que no tenían las señoras casadas, y a él la cara de los días en que cegó la boquera.
En la cocina de la casa del esclusero, el del norte pidió el salvoconducto. Lo leyó entero, despacio, renglón por renglón, levantando la vista cada vez para comparar el nombre con la cara. Cuando llegó al séptimo se quedó más rato mirando la cara que el papel.
—Está bien.
Se fue. Respiraron.
Tenían hambre, pero sobre todo tenían sed, y la mujer del esclusero sacó un cubo del pozo de la casa, que era bueno, y lo dejó en la mesa con un cazo. Bebieron por turnos y en silencio, y Sabuc, cuando le tocó, bebió tres cazos seguidos y se le saltaron las lágrimas.
Iban a sentarse a cenar cuando apareció el esclusero. Se llamaba Rebollo. Era un hombre enorme y asmático, que respiraba con un ruido de fuelle roto y hablaba en trozos, entre resuello y resuello.
—¿Rosenda Vilar?
Nueve tardó en contestar. Hacía años que nadie la llamaba así.
—¿Qué pasa?
—El jefe. Quiere hablar con usted. Ahora.
—¿Para qué?
—No sé. Quiere hablar.
—Pues yo no.
Hubo un silencio. Don Bruno se levantó, rodeó la mesa y le habló bajo, con una mano en el respaldo de su silla.
—Hija, hay que tener cabeza. Una salida de tono suya nos la cobran a los diez. Será cosa del papel. Vaya, conteste lo que le pregunten y vuelva.
Los demás dijeron que sí, que claro, que sería cosa del papel. Insistieron. Al final se levantó.
—Voy por ustedes —dijo.
Doña Fita le apretó la mano al pasar.
Esperaron a servir la sopa hasta que volviera. Cada uno, por si lo llamaban a él después, iba preparando dos o tres frases de cortesía para el del norte, y alguno las movía con los labios.
Volvió a los cinco minutos con la cara encendida.
—Sinvergüenza. El sinvergüenza.
Le preguntaron todos. No contestó a ninguno.
—Es cosa mía.
Cenaron bastante bien, con el alivio del agua buena. Los Sabuc y las del Voto bebieron sidra porque era más barata. Los demás pidieron vino. Teódulo pidió aguardiente de la casa, lo probó, dijo que era de higo y que lo conocía, y lo siguió bebiendo. La chica que servía tenía un orzuelo y se lo tocaba todo el rato.
Rebollo comía en el otro extremo de la mesa y no podía hablar mientras comía. Su mujer hablaba por los dos. Se dirigía siempre a doña Fita, que era la que tenía más pinta de escuchar.
—Antes de estos, venía el veedor de la junta y nos medía el agua de la esclusa con una vara, y por cada vara que pasaba, un tanto para la junta y otro para los Aleixar de la segunda, con perdón de los señores. Ahora vienen estos y la miden con otra vara, que es de su tierra y es más larga, y el tanto es para ellos. El agua es la misma. La esclusa es la misma. A mí me da igual quién la mida, señora. Lo que yo digo es que, si la miden todos, por qué la tengo que abrir yo a las cuatro de la mañana.
Don Bruno sonrió, porque le habían nombrado.
—La guerra contra un pueblo que trabaja es una salvajada —dijo Teódulo, que llevaba toda la cena callado—. Para defender lo de uno es una obligación.
La mujer del esclusero le miró un rato.
—Yo lo único que digo es lo de las cuatro de la mañana.
Cardeña sacó una cuenta en voz baja de cuánto le costaría a la junta del valle, cuando volviera, pagar un esclusero de noche en cada una de las ocho esclusas de la madre, y le salió una cifra que le pareció razonable, y la dijo, y nadie le hizo caso.
Sabuc se levantó, rodeó la mesa, le dijo algo al oído a Rebollo. Rebollo se rió, tosió, escupió en el serrín, le tembló la tripa entera. Le compró dos barriles de aguardiente de higo para la primavera, cuando se hubieran ido los del norte.
Las tres señoras subieron a sus cuartos. Arriba había cuatro, a un pasillo de tierra apisonada, y al fondo una puerta con una tabla clavada que era la del jefe. Cuando le tocó a Nueve, la mujer del esclusero dijo que arriba ya no quedaba sitio. Que había un jergón en el pajar, encima de la cuadra, limpio. Nadie dijo que en el cuarto de las del Voto cabía otro jergón, aunque cabía.
Nueve cogió su hatillo y la manta del ribete azul y se fue al pajar.
Sabuc no subió. Dijo que dormía en la gabarra, al lado de sus barriles, porque en las esclusas desaparecían barriles y él no se fiaba de nadie, ni del norte ni del valle. Su mujer le dijo que se iba a helar. Se llevó dos mantas y una bota.
Desde la gabarra se veía la puerta de la cuadra, y la escalerilla de palo que subía al pajar, y la tapia del corral, y al otro lado de la tapia, la ventana del cuarto del fondo, que tuvo luz hasta muy tarde.
Pasada una hora larga, Sabuc vio salir de la casa a Teódulo, en calzones y con el gabán por los hombros, cruzar el corral pisando con cuidado y subir la escalerilla del pajar. No tardó en bajar. Bajó deprisa, más deprisa que subió, y detrás de él se asomó Nueve a la trampilla con la vela. Hablaron. Sabuc no cogía las palabras hasta que ella subió la voz.
—¿Aquí? ¿Con ese ahí al lado, con la ventana encendida?
Teódulo dijo algo más. Ella cerró la trampilla.
Teódulo se quedó un momento al pie de la escalerilla, mirando la ventana del fondo. Después se fue a la casa pisando más fuerte que a la venida, y Sabuc tuvo que meterse la manta en la boca.
Al rato, por toda la casa, empezó a sonar un ronquido enorme, con temblores de caldera, que llegaba hasta el muelle. Rebollo dormía. Sabuc también, poco después, abrazado a un barril.
En el cuarto de los Aleixar, don Bruno no podía dormir con el ronquido. Doña Fita, que sí podía, se despertó porque él se movía. Discutieron en voz baja sobre si habían hecho bien en beber del odre. Don Bruno dijo que sí, que una cosa es la dignidad y otra morirse de sed en una gabarra, y que su abuelo, el del retrato, habría hecho lo mismo. Doña Fita dijo que el abuelo del retrato no había salido de Cebrán en su vida y que no tenía ni idea de lo que habría hecho. Después le dio la espalda. Don Bruno se quedó mirando el techo, que tenía una mancha de humedad con forma de nada, hasta que se durmió.
Habían quedado en salir a las ocho. A las ocho estaban en la cocina con las mantas puestas, y la gabarra seguía en el muelle sin mulas y sin mozo, con Sabuc dentro, despeinado, contando barriles.
Salieron a buscar al mozo. La casa del esclusero tenía detrás un poblado de cuatro casas, un almacén de cuerdas con una campana y un abrevadero de piedra largo como una mesa de boda. En el abrevadero se lavaban los del norte. Eran seis o siete, en camiseta, con el agua helada, y se la echaban por la cabeza con las manos y gritaban. Uno, mayor que los demás, tenía la espalda llena de pecas. Otro estaba arreglando la rueda de un carretillo a una vieja del poblado, que le daba instrucciones con el bastón.
Cuando vio a don Bruno, el de las pecas se secó la cara con la camiseta y se acercó.
—¿Van a Almenar?
Don Bruno no supo qué contestar y dijo que sí.
—Allí tienen a mi hermano. Preso. Lo cogieron en otoño, en el vado. Se llama Arnau. Tiene una oreja así —se dobló la suya con dos dedos—. Si lo ven, le dicen que madre está bien.
Don Bruno dijo que se lo diría. El hombre volvió al abrevadero. Don Bruno, a los diez pasos, ya no se acordaba del nombre y se lo preguntó a su mujer, y doña Fita tampoco se acordaba.
Teódulo, que había salido detrás de ellos, vio lo del carretillo y lo del abrevadero, y se volvió a la casa. Prefería encerrarse antes que mirar aquello. Sabuc, que había salido de la gabarra a orinar, dijo que a esos los casaban allí en un mes, y se rió solo.
Encontraron al mozo en la taberna del poblado, sentado con el asistente del jefe delante de dos vasos.
—¿No había que enganchar a las ocho?
—Había.
—¿Y?
—Que no engancho.
—¿Quién lo dice?
—El jefe.
—¿Por qué?
—A mí qué me cuenta. Me dicen que no y no.
—¿Te lo ha dicho él?
—Rebollo, de su parte. Anoche.
Volvieron a la casa. Rebollo no se levantaba antes de las diez; el pecho no le dejaba dormir hasta el alba y tenía dicho que no se le llamara ni aunque ardiera la casa. Al jefe solo se le podía hablar por medio de Rebollo.
Las mujeres subieron a sus cuartos. Teódulo se sentó bajo la campana de la chimenea, pidió una mesita de hierro y un jarro, sacó del zurrón un puñado de pipas de girasol y se puso a pelarlas una a una y a colocar las cáscaras en el canto de la mesa, en fila. Cuando la fila llegaba a la esquina, la barría con la mano y empezaba otra. Don Bruno y Cardeña hablaban del porvenir del valle. Según don Bruno, todo se arreglaría cuando volviera la junta vieja. Según Cardeña, hacía falta un hombre, uno, que apareciera cuando ya no quedara nada que salvar. Teódulo los oía y movía la cabeza.
Sabuc dijo que iba a estirar las piernas y se pasó la mañana fuera. Volvió con paja en el gabán y oliendo a un humo de tabaco que no era el suyo.
A las diez bajó Rebollo.
—Me dijo: Rebollo, esa gabarra no sale. Esa gente no se mueve de aquí hasta que yo diga.
Decidieron ir a verlo. Sabuc se apuntó a la comisión. A Teódulo quisieron llevarlo también, por hacer número, y dijo que él no pactaba con el invasor, y siguió con sus cáscaras. Don Bruno le mandó una tarjeta de la casa vieja, y Cardeña escribió debajo su nombre y el número de sus caleras. El jefe mandó decir que los recibía después de comer.
Comieron mal. Nueve no bajó.
El jefe estaba en el mejor cuarto de la casa, sentado en una silla de enea con una toalla al cuello, y su asistente le estaba afeitando. Tenía los ojos cerrados. No los abrió.
—Deseamos seguir el viaje —dijo don Bruno.
El asistente pasó la navaja por la mejilla izquierda del jefe, la limpió en un trapo y contestó él.
—No puede ser.
—¿Podríamos saber el motivo?
El asistente miró al jefe. El jefe no se movió. El asistente siguió con la mejilla derecha.
—No.
—Traemos un salvoconducto sellado por el mando de Cebrán. Hasta Almenar.
—Ya lo sabemos.
—Y no hemos hecho nada.
El asistente terminó la barbilla, mojó el trapo en la palangana y le limpió la cara al jefe, que seguía con los ojos cerrados. Después se volvió hacia ellos.
—Cuando ella diga.
Don Bruno abrió la boca. El asistente le enseñó la puerta con la navaja.
Bajaron. Ninguno de los tres repitió en la cocina lo que había oído, y no se lo dijeron entre ellos, y durante una hora larga cada uno creyó que los otros no lo habían entendido.
La tarde fue mala. Se les ocurrían motivos, a cuál peor. Que los querían de rehenes. Que pedirían un rescate. Que se los llevarían al norte a levantar muros. Los que tenían más empezaron a pensar en voz alta en cómo parecer pobres. Sabuc se pasó la cadena del reloj de la faja a la bota. Cardeña dijo una cifra que nadie había pedido. La señora Sabuc lloró un rato sin ruido y después se enfadó con su marido por algo de una manta.
Al encender el candil, Rebollo sacó una baraja grasienta y jugaron a las treinta y una para no pensar. Hasta Teódulo dejó su fila de cáscaras y se acercó a la mesa. Nueve bajó del pajar a por agua, y Cardeña, sin mirarla, le dijo que había sitio, y se sentó. Hizo treinta y una tres veces seguidas. Teódulo pudo ver que los Sabuc se pasaban cartas por debajo de la mesa, de común acuerdo, y no dijo nada.
Antes de la cena entró Rebollo y se quedó en la puerta con el sombrero en la mano.
—El jefe pregunta si la de los nueve se lo ha pensado.
Nueve se puso de pie. Primero blanca, después roja. Tardó en poder hablar.
—Dígale que no. Que no se lo pienso. Que me lo pienso todos los días desde los diecinueve años y que ya está pensado.
Rebollo se fue. Le preguntaron todos a la vez. Se negó. Después reventó.
—¡Un hijo! ¡Eso quiere! ¡Uno suyo, para llevárselo! Igual que el otro. Debe de ser la moda allí arriba. ¡Que se lo para su madre!
La indignación fue inmediata y de todos. Teódulo dio tal golpe con el vaso en la mesa que le rompió el pie. Don Bruno dijo que aquella gente daba más asco que miedo. Las señoras rodearon a Nueve, le tocaron los brazos, le dijeron cosas. Durante un buen rato se emocionaron mucho, cada uno a su manera.
Cuando se les pasó, cenaron. Se habló poco.
Las señoras subieron pronto. Los hombres se quedaron con Rebollo a jugar, con la intención de sonsacarle cómo se ablandaba a aquel jefe. Rebollo solo quería jugar.
—Al juego, señores. Al juego.
Se le olvidaba escupir, y luego escupía todo junto en el serrín. Cuando su mujer bajó a buscarlo, muerta de sueño, no quiso subir. Ella se fue sola. Los hombres, al rato, también. A Rebollo no le sacaron media palabra.
Por la mañana, otra vez la gabarra quieta y el mozo en la taberna. Desayunaron sin hablar, y sin mirar a Nueve, que bajó, cogió pan y se volvió al pajar. La noche les había cambiado el juicio. Ahora la culpaban a ella. Por no haber ido. Por no haber subido de noche, sin decir nada a nadie, para que los demás se encontraran por la mañana con las mulas enganchadas y el asunto resuelto. ¿Qué había más natural? ¿Quién se iba a enterar? A ella, además, ¿qué le costaba? Nueve veces lo había hecho, por menos, y con sello.
Lo pensaban todos. No lo decía nadie.
A mediodía don Bruno propuso dar un paseo. Teódulo se quedó junto al fuego. Las del Voto se pasaban las horas en el almacén de cuerdas, que era donde el poblado tenía la imagen.
Hacía un frío que dolía en los dientes. Salieron al camino de sirga y anduvieron un rato hacia el sur, hacia Almenar, por si veían algo. Vieron el llano entero, la acequia partiéndolo de punta a punta y el vaho quieto encima, y una garza parada en el agua muerta que no se movió cuando pasaron. Se volvieron.
Delante iban las cuatro mujeres. Detrás, a pocos pasos, los tres hombres.
—¿Y esa? —dijo Sabuc—. ¿Dice algo?
—No se le puede pedir eso a una mujer —dijo don Bruno— si no le sale de dentro.
Cardeña dijo que, si la junta intentaba recuperar el canal, como se decía en Cebrán, la pelea sería justo en la esclusa quinta, porque era la que daba agua al secano del sur. Los otros dos se quedaron callados.
—¿Y si nos vamos a pie?
—¿Con las señoras? ¿Con este barro? Nos cogen en media jornada.
Las mujeres hablaban de telas. Por debajo de lo que decían había otra cosa que las hacía llevarse la contraria.
Teódulo, que se había quedado en la casa, salió al corral cuando los otros ya iban por el camino de sirga. Nueve estaba en el abrevadero, sola, lavando una camisa con un trozo de jabón negro. Teódulo se quedó a dos pasos. Carraspeó. Le dijo que lo de la otra noche había estado fuera de lugar, que él no era así, que la había tenido siempre en mucha consideración, como ciudadana y como mujer del pueblo, y que si ella necesitaba algo, cualquier cosa, en Almenar, él conocía a gente de la junta.
Nueve retorció la camisa. Le cayó un chorro de agua en las botas a Teódulo, y él dio un paso atrás.
—Usted no conoce a nadie —dijo ella—. Ni aquí ni en Almenar.
Siguió lavando. Teódulo esperó un rato por si decía algo más. Después volvió a la chimenea y a sus cáscaras, y aquella tarde hizo una fila más larga que ninguna, de punta a punta de la mesa, y no la barrió.
En el poblado, al doblar la esquina del almacén de cuerdas, apareció el jefe. Venía solo, despacio, separando las rodillas para no mancharse las botas. Al pasar junto a las señoras se tocó la gorra. A los hombres no los miró. Ellos tuvieron el coraje de no quitarse la gorra, aunque Sabuc llegó a levantar la mano hasta la visera y la bajó a medio camino.
Nueve volvía del abrevadero con la camisa mojada al hombro y se cruzó con ellos en la esquina, justo delante de él. Se puso colorada hasta las orejas, y las tres casadas pasaron la vergüenza de que aquel hombre las viera por la calle con ella.
Después hablaron de él, de su figura. Nélida Cardeña, que de oficiales sabía, dijo que no estaba mal, que con un poco más de carne no estaría nada mal, y su marido hizo como que no lo había oído.
La cena fue corta y agria. Se dijeron cosas desagradables por motivos pequeños. Cada uno se acostó pronto, a ver si el sueño le quitaba el día de encima.
Esa noche hubo además lo del precio. La mujer de Rebollo subió a decir, con la vela en la mano y en camisón, que el cuarto era a real y medio por cabeza y día, la cena aparte, y que el vino del primer día no estaba incluido. Sabuc dijo que eso era un robo. Ella dijo que a ver adónde se iban a ir. Cardeña sacó la cuenta en voz alta: diez personas, dos días ya, la cena, el vino, y le salió una cifra que dijo dos veces, la segunda más despacio. Don Bruno dijo que eso lo pagaría el jefe, que para eso los retenía. La mujer de Rebollo dijo que el jefe no pagaba ni el aceite del candil. Al final se acordó real y cuarto, con el vino aparte, y Sabuc se fue a la gabarra contento, aunque había sido él quien más había protestado y quien menos dormía bajo techo.
Nueve, que dormía en el pajar, preguntó desde la puerta de la cocina cuánto era el pajar. La mujer de Rebollo la miró de arriba abajo y le dijo que el pajar era gratis. Nueve dijo que entonces quería pagarlo, y dejó dos cuartos encima de la mesa, y se fue.
Al día siguiente, a media mañana, vino una chica del poblado corriendo, sin pañuelo, a la casa del esclusero. Una mujer de las cuatro casas se había puesto de parto antes de tiempo y la partera vivía en la esclusa cuarta. La mujer de Rebollo miró a Nueve. Nueve ya se estaba atando el delantal.
Libres de ella, los demás se buscaron con la mirada y se fueron juntando en la cocina sin que nadie lo propusiera. Había algo que decir.
A Sabuc se le ocurrió proponerle al jefe que se quedara con la mujer y dejara salir a los otros nueve. Rebollo subió con el recado y bajó enseguida. El jefe, sin abrir los ojos, había dicho que de allí no salía nadie hasta que estuviera conforme.
Entonces reventó la señora Sabuc.
—Nos vamos a hacer viejos en esta cocina. ¿No es su oficio? ¿No lo ha hecho nueve veces? ¿Y para quién? Para los de Torbeño. Para los de la yesera. Para los Ortal, que no tienen ni dónde caerse muertos y le pagaron en sal. ¡Si se sabe todo en Cebrán! ¿Y ahora se pone fina? ¿Ahora que nos puede sacar de aquí sin que le cueste nada que no haya dado ya? Yo digo una cosa: ese hombre es hasta correcto. Podría coger a cualquiera de nosotras y no lo hace. Coge a la que ya ha sido de medio valle. Respeta el matrimonio, fíjense. Y eso que es el amo.
Las señoras se quedaron muy quietas. A Nélida Cardeña le brillaron los ojos y se le fue el color de la cara.
Los hombres hablaron aparte, al lado de la puerta, y se pusieron de acuerdo. Sabuc quería subirla al cuarto del fondo a empujones. Don Bruno, con cuatro generaciones de cobrar diezmo a la espalda, prefería hacerlo de otra manera.
—Hay que convencerla.
Volvieron a la mesa. Se habló de todo en voz baja y con mucha mesura. Las mujeres eran las más delicadas; daban unos rodeos tan finos que cualquiera que hubiera entrado en la cocina habría creído que hablaban de una dote. Hablaban de la cosa como de una partida de yeso. Y como el pudor de las señoras es una tela muy delgada, el asunto acabó divirtiéndolas. Se sentían a gusto metidas en un lance de cama ajena, con el gusto del que apuesta con el dinero de otro.
Don Bruno se permitió alusiones bastante atrevidas, dichas con tanta corrección que hicieron sonreír. Sabuc fue más basto y tampoco molestó a nadie. Y por debajo de todo seguía trabajando la frase de la señora Sabuc: ¿no es su oficio? ¿Con qué derecho dice que no a uno?
Teódulo no entró en la conversación. Estaba junto a la chimenea con sus cáscaras.
Prepararon el asedio. Lo que diría cada uno, en qué orden, quién se callaría.
Nueve volvió al atardecer con el delantal manchado y las manos rojas de frotarlas en el abrevadero. La conversación se cortó en seco, y doña Fita, que tenía más oficio, le preguntó por el parto.
—Niña —dijo Nueve—. Pequeña. Pero respira bien. Venía de nalgas y le he dado la vuelta.
Se sentó. Se quedó mirando la lumbre.
—Esa no me la pagan —dijo, y se rió sola, y nadie supo de qué.
Después contó, sin que se lo preguntaran, que la madre era una chica de diecisiete años, mujer de un sirgador que no había vuelto, y que la suegra había querido darle una gallina por el trabajo. Una gallina blanca, la única que tenían. Nueve le había dicho que no. La suegra se había ofendido mucho. Al final Nueve se había llevado un huevo, para que la suegra no se ofendiera, y lo tenía en el bolsillo del delantal. Lo sacó. Lo puso en la mesa, al lado del candil. Nadie supo qué hacer con aquel huevo, y allí se quedó toda la cena, y al día siguiente ya no estaba.
Hasta la cena no hicieron otra cosa que ser amables con ella.
En la cena empezó el asedio. Primero, una conversación sobre el sacrificio, así, en el aire. Doña Fita se acordó de la de Torbeño, la que bajó al campamento del vado el año del humo y volvió con la orden firmada de que se pudiera segar. Nélida Cardeña, de las tres de Almenar que se quedaron con la cuadrilla de los desertores para que su gente cruzara el puente. Don Bruno contó, con detalle, la historia de su propia familia: la Aleixar que se dejó preñar por el capataz que abrió la acequia, y gracias a la cual hubo agua en el secano y diezmo en la yesera durante cuatro generaciones. Lo contó mirando a Nueve.
—Y a mucha honra —dijo.
Ninguno de los ejemplos era de un hombre.
Nueve no despegó los labios.
Rebollo entró a la hora de siempre y repitió la pregunta. Nueve contestó lo mismo, más corto.
—No.
El resto de la cena fue peor. Sabuc dijo tres inconveniencias seguidas. Se les acabaron los ejemplos. Entonces doña Fita, quizá sin pensarlo, quizá pensándolo mucho, se volvió hacia la mayor de las del Voto, la de la cara picada, y le pidió que les contara algo de los suyos, de aquellos de su casa que habían hecho cosas terribles a ojos de la gente y que estaban bien vistos en lo alto.
La del Voto la miró un rato. Después dejó la cuchara.
—En la casa llevamos un libro —dijo—. Cada uno el suyo. Cuando hacemos algo, se apunta. Hay dos columnas. En una va lo que se ha hecho, y en la otra para qué. Al final del año se cuentan las dos, y lo que pesa es la segunda.
—¿Siempre?
—Siempre, señora. La primera columna la ven los hombres. La segunda, no.
Doña Fita la llevó, con dos preguntas, adonde quería.
—Entonces, una cosa mal hecha, con buena intención…
—Va a la segunda columna. Y pesa.
La habían tomado por tímida y resultó que hablaba como un capataz. No dudaba de nada. Le pareció sencillo lo del hombre que ató al hijo para degollarlo porque se lo mandaron. Ella también habría atado a su padre, dijo, y a su madre. Ningún apunte de la primera columna le daba miedo con tal de que la segunda estuviera bien llevada.
Después, dejando el tema, habló de su casa, de su superiora, de la joven que llevaba al lado. Iban llamadas a Almenar porque la calentura había entrado en los barracones de los presos y en los del común, y ya eran más de cuatrocientos los tumbados. Contó cómo se ponía la boca con esa calentura, qué se hacía con las manos, cuánto se tardaba. Contó que mientras ellas estaban allí sentadas, en una cocina, por el capricho de un hombre, allí abajo habría gente muriéndose con los labios secos sin nadie que se los mojara. Había estado en la crecida y en dos campañas. Al contarlo se le puso cara de soldado viejo, y nadie le sostuvo la mirada.
La joven tosió dos veces, tapándose la boca con la toca.
Nadie le dijo nada más a Nueve. Se fue al pajar con la vela.
Esa noche la joven del Voto tuvo más fiebre. La mayor la oyó delirar en su lengua de la casa, que era la de todos pero con palabras viejas, y no supo qué hacer. Bajó a la cocina, donde ya no había nadie, y salió al corral, y estuvo un rato al pie de la escalerilla del pajar sin subir. Al final subió. Nueve estaba despierta. Bajaron juntas. Nueve le puso a la joven paños de agua del pozo en la frente y en las muñecas, y le hizo beber a sorbos, y le sujetó la cabeza cuando tosió, hasta que amaneció y la fiebre bajó un poco. La mayor rezó todo el rato, pasando los nudos, sin mirar lo que hacía Nueve. Por la mañana no le dio las gracias. Nueve tampoco las esperaba. Ninguna de las dos lo mencionó en la cocina, y nadie más se enteró, porque nadie más se había despertado, o eso dijeron.
A la mañana siguiente el de las pecas volvió a acercarse a don Bruno en el abrevadero. Le preguntó si se acordaba. Don Bruno le dijo que sí, claro, que si veía a su hermano en Almenar se lo diría. El de las pecas le preguntó cómo se llamaba su hermano. Don Bruno se quedó callado. El de las pecas le dijo el nombre otra vez, despacio, y le enseñó otra vez lo de la oreja doblada con los dedos, y don Bruno lo repitió en voz alta, y el de las pecas se fue contento.
Don Bruno lo repitió por lo bajo un par de veces más, subiendo la escalera. A la hora de comer ya no lo recordaba.
Ese mismo día, después de comer, don Bruno dijo que tenía frío en los pies y que iba a la cuadra a buscar una manta de las de la gabarra. Tardó una hora.
En el pajar, Nueve estaba sentada en el jergón remendando una media. Don Bruno subió la escalerilla con trabajo, con una vela en la mano a pesar de que era de día, y se sentó en un saco de pienso sin pedir permiso. La paja crujía.
Le habló con ese tono paternal, franco y un poco cansado del hombre serio que le explica algo a una criatura. La llamó hija. Le habló desde la casa vieja, desde el diezmo, desde el retrato de la escalera.
—¿Prefieres que nos tengan aquí hasta que llegue la junta y haya pelea en esta esclusa, con las señoras dentro? ¿Eso prefieres, antes que hacer una vez más lo que has hecho nueve veces por mucho menos?
Ella siguió remendando.
Don Bruno siguió hablando. Fue razonable y atento y no dejó de ser quien era. Habló del servicio, del agradecimiento, de que en el valle esas cosas no se olvidan, de que la casa vieja tenía memoria. Después, de pronto, cambió de tono y empezó a tutearla de otra manera, más baja.
—No seas así, mujer. Qué más te da uno más. Que se lleve un crío del valle a su tierra. Allí arriba lo van a tratar mejor que aquí.
Nueve dejó la media en el jergón. Le miró. Don Bruno sostuvo la mirada un momento y después se miró la vela.
Ella bajó la escalerilla y se fue a la cocina, con las mujeres, y se sentó al lado de doña Fita sin decir nada, y doña Fita le sirvió un tazón de leche caliente sin que se lo pidiera.
Por la tarde se encerró en el pajar y no bajó a cenar. La esperaron con inquietud. ¿Bajaría? ¿Qué diría?
Apareció Rebollo y dijo que la señorita Vilar no cenaba, que no la esperasen. Todos aguzaron el oído. Don Bruno se levantó y se acercó al esclusero, que le contestó con un gesto corto de la barbilla, hacia arriba, hacia el cuarto del fondo. Don Bruno volvió a la mesa, se sentó despacio y se limpió la boca con la servilleta aunque no había comido.
Les cambió la cara a todos.
—¡Hombre! —dijo Sabuc—. Esto hay que mojarlo. Convido.
Rebollo trajo cuatro botellas de un vino que no vendía, y a la señora Sabuc se le agrió la noche.
Se hablaba a la vez, por encima. Don Bruno descubrió que Nélida Cardeña tenía unos hombros muy bonitos y se lo dijo. Cardeña tuvo frases de mucho gusto para doña Fita, con cifras. Y Sabuc, que nunca dejaba pasar un negocio, sacó de la faja un cabo de lápiz y un papel de estraza, lo extendió en la mesa y dijo que se abrían apuestas.
—Niño o niña. Un real.
Le rieron la ocurrencia. Él siguió. Niño o niña, un real. Rubio o moreno, dos. Pelirrojo, cinco, porque eso pagaba más. Los nueve meses los contó con los dedos en voz alta, empezando por el que corría, y le salió agosto, y dijo que en agosto, con el calor que hace en el secano, ese crío iba a nacer ya sudando. Cardeña apostó un real a niño. Don Bruno apostó dos a moreno, porque dijo que en el valle todo sale moreno, hasta lo que no es de aquí. Las señoras no apostaron, pero opinaban. Doña Fita dijo que el nombre debía ponerlo la madre, que era lo correcto. Nélida Cardeña dijo que a lo mejor el padre quería ponerle uno de los suyos, de esos con las vocales comidas, y lo imitó, y se rieron hasta las lágrimas.
Sabuc se levantó, levantó el vaso.
—Por el que viene. Que nos ha sacado de aquí.
Brindaron de pie. Las del Voto se mojaron los labios. La joven dijo que sabía a manzana. La mayor no dijo nada, pero bebió.
Eran bromas de un gusto lamentable y no indignaron a nadie. Había bebido todo el mundo.
Teódulo no había abierto la boca en toda la noche. Estaba en la otra punta, junto a la lumbre, sin cáscaras, tirándose de la barba.
A medianoche, al despedirse, Sabuc, que se tambaleaba, se acercó con el papel de estraza.
—¿Usted no apuesta? Niño o niña. ¿O no tiene usted nada que decir?
Teódulo se levantó. Los miró a todos, de uno en uno, despacio.
—Sí que tengo. Que han hecho ustedes una porquería.
Y se fue repitiéndolo por la escalera.
—Una porquería.
Fue un jarro de agua. Sabuc se quedó cortado un momento, con el papel en la mano. Después se echó a reír.
—A ese le pasa otra cosa. Ese tiene su motivo.
Como no le entendían, contó lo de la escalerilla del pajar. Lo contó bien, con las pausas, con la voz de ella, ¿Aquí? ¿Con ese ahí al lado?, y con la de Teódulo bajando en calzones. Se rieron de una manera que no era de personas. Don Bruno lloraba. Cardeña tuvo que agarrarse la tripa con las dos manos.
—¿Pero está usted seguro?
—Lo vi desde los barriles. ¡Con la ventana encendida, le dijo!
—¿Y él?
—Él a su cuarto. Calentito.
Se rieron hasta que no pudieron más. Después cada uno se fue a su cuarto, todavía con hipo.
La señora Sabuc, ya en la cama, le dijo a su marido que la Cardeña, la muy fantasma, se había reído de mala gana, y que pensando en lo de arriba se le habían puesto los dientes largos.
—A esas el mando las vuelve locas. De aquí o del norte, qué más da.
Sabuc ya roncaba.
Más tarde, cuando la casa entera dormía y solo se oía a Rebollo, Nélida Cardeña salió de su cuarto descalza, con una vela, y anduvo por el pasillo de tierra hasta la puerta del fondo, la de la tabla clavada. Se quedó delante. No llamó. Al otro lado no se oía nada. Estuvo así lo que tarda en gastarse un dedo de vela. Después volvió a su cuarto y se metió en la cama sin despertar a su marido, o creyendo que no lo despertaba.
Teódulo bajó a la cocina antes que nadie. Las botellas estaban en la mesa, vacías, y el papel de estraza de Sabuc, con las apuestas apuntadas en dos columnas y los reales encima, sujetos con un vaso. Teódulo los contó. Eran once reales. Los dejó donde estaban. Cogió el papel, lo leyó entero, despacio, como había leído el jefe el salvoconducto la primera noche, y luego lo dobló en dos y lo metió debajo del vaso otra vez, con los reales encima. Después se sentó junto a la lumbre apagada y esperó a que bajaran los demás.
Por la mañana salió el sol de invierno, bajo y de lado, y quemó la niebla en un rato. La acequia apareció de punta a punta, lisa y verde, con la garza del día anterior en el mismo sitio o en otro igual.
La gabarra estaba en el muelle con las mulas enganchadas. La compuerta de la esclusa quinta tenía tallados en la madera, a navaja, nombres y años de todas las épocas, unos encima de otros, y un dibujo de un pez que alguien había empezado y no había terminado. El año más antiguo que se leía era de antes del humo. El más reciente era de aquel mismo otoño, y debajo había un nombre del norte, con las vocales comidas, que nadie de los que esperaban supo pronunciar. El mozo liaba tabaco sentado en el poste. Junto a la pasarela, alguien del norte había dejado un barrilete de agua del pozo de la esclusa, con la tapa sellada en lacre pardo y una cruz hecha a cuchillo en la duela. El asistente dijo que era para el viaje, de parte del jefe. Sabuc lo subió a bordo él mismo, lo calzó con dos sacos y se sentó al lado.
En la tapia del corral, la manta de crin del ribete azul colgaba de una cuerda. Nueve la había dejado doblada a la puerta del pajar. Nélida Cardeña la había colgado allí al amanecer y ahora la sacudía con un palo de escoba, largo y fuerte, una vez y otra, mirando cómo se iba el polvo al sol. Doña Fita la miraba hacer desde la puerta y no dijo que parase.
Faltaba Nueve. Bajó la última, con el hatillo y el odre vacío colgado del hombro. Bajó despacio la escalerilla. Al llegar al corral se paró y dio los buenos días.
Nadie la oyó. Don Bruno ofreció el brazo a su mujer y la llevó hacia el muelle por el otro lado del abrevadero.
Nueve se quedó parada en mitad del corral. Después, sacando fuerzas de algún sitio, se acercó a Nélida Cardeña, que dejaba el palo contra la tapia, y le dijo buenos días otra vez, más bajo. Nélida le devolvió media inclinación de cabeza, tan pequeña que pudo no haberla hecho, y una mirada muy alta, la de una virtud ofendida que además no tiene prisa. Se fueron todos hacia la gabarra con ese cuidado de no rozarla que se pone al pasar junto a un animal mojado.
Subieron. Nadie le hizo sitio. Nueve se sentó en un saco de cal, al fondo, donde antes había estado Teódulo, que ahora iba en el centro.
La señora Sabuc le dijo a su marido, sin bajar mucho la voz:
—Menos mal que no me toca al lado.
Antes de soltar, el asistente del jefe bajó al muelle, se acercó a Sabuc y le dio un papel doblado en cuatro. Sabuc lo cogió sin mirarlo, se lo metió en el pecho por debajo de la camisa y se quedó con la mano allí un momento. Nadie preguntó. Estaban todos mirando la compuerta, que subía por fin con un chirrido largo, y el agua de la esclusa, que bajaba a su nivel con un ruido de garganta.
La gabarra salió. El mozo empezó a contar junto a las mulas.
Al principio no habló nadie. Nueve no levantó los ojos. Estaba arrepentida de haberles hecho caso. Tenía todavía en el cuello el olor del tabaco de hoja de aquel hombre, y se lo frotaba con el pañuelo cuando nadie miraba, y el olor no se iba.
Doña Fita rompió el silencio.
—¿Usted conoce a las de la casa del molino?
—Ya lo creo —dijo Nélida—. Somos casi familia.
—Qué mujeres tan agradables.
—Encantadoras. La pequeña borda que no borda nadie.
Cardeña hablaba con don Bruno y se le oían trozos entre el crujido de los barriles: plazo, tercio, el cinco, el cinco y medio si es a la feria de mayo. Sabuc se había llevado la baraja de Rebollo, que tenía tres años de grasa encima, y se puso a jugar con su mujer encima de un saco.
A mediodía el mozo paró las mulas en un ensanche del camino de sirga para que comieran. Se sentó en el ribazo, de espaldas a la gabarra, sacó una cebolla y medio pan, partió la cebolla con el pulgar y se la comió entera, capa por capa, sin sal. Las mulas comían de un saco atado al cuello. Desde la gabarra se le oía masticar. Doña Fita dijo que aquel hombre olía a cebolla desde Cebrán y que tendría que haberlo dicho alguien antes de apalabrarlo. Sabuc dijo que el mozo era el más barato de todo el cargadero y que por ese precio no se podía pedir que oliera a otra cosa.
Cardeña y don Bruno siguieron con lo suyo. Discutían si en Almenar convenía declarar el yeso que se habían llevado los del norte como pérdida de guerra, para que la junta lo descontara del diezmo, o si era mejor no decir nada y cobrárselo a la junta más adelante, cuando hubiera paz, con el precio de la paz, que siempre es más alto. Cardeña era partidario de lo segundo. Don Bruno de lo primero, porque decía que la junta, cuando hubiera paz, no se acordaría de nada. Lo discutieron una hora sin ponerse de acuerdo y con mucho gusto, y al final quedaron en preguntarle a un primo de Cardeña que llevaba los papeles de la feria, que seguramente diría lo que dijera el último que le invitara a cenar. Las del Voto pasaban los nudos del cordón cada vez más deprisa, y la joven tosía de vez en cuando con la boca contra la toca. Tenía mejor cara que la víspera. La mayor le había cambiado de sitio, al lado del barrilete, sin decir por qué. Teódulo iba quieto, con los brazos cruzados, mirando el agua.
Antes de la esclusa sexta, en un puente de piedra que cruzaba la acequia, había un puesto del valle. Era la línea. Una caseta de cañizo, una bandera de la junta clavada en un palo que se había descolorido por un lado, y tres hombres con escopeta y la ropa de tres milicias distintas. El que mandaba tenía las manos abiertas. No las cerraba. Cogió el salvoconducto con las dos palmas y lo leyó apoyándolo en el pretil.
Vio el lacre pardo del norte y levantó la vista.
Don Bruno se puso de pie antes de que nadie dijera nada. Dijo quién era. Dijo lo de la casa vieja, lo del diezmo de la yesera, lo de la esclusa segunda. Dijo que el valle estaba en su corazón desde hacía cuatro generaciones y que el sello del norte era un trámite humillante al que se habían tenido que someter, como todos, y que en Almenar pensaba hablar con la junta de muchas cosas. Cardeña dijo que él también. Sabuc dijo que la junta le debía todo el aguardiente de septiembre y que iba a cobrarlo, y lo dijo en el mismo tono que lo demás.
El hombre de las manos abiertas no les hizo caso. Contó los nombres del papel con la barbilla y las caras con los ojos. Diez y diez. Se paró en la séptima cara un rato, lo mismo que se había parado el del norte la primera noche.
—¿Rosenda Vilar?
Nueve dijo que sí.
—Yo a usted la conozco.
—Puede ser.
—De Torbeño. La de los Pardo.
—Puede ser.
El hombre se quedó mirándola con el papel en las palmas. Después se lo devolvió a don Bruno sin decir nada más y les hizo seña de que siguieran. Cuando la gabarra pasaba por debajo del puente, se asomó al pretil y se quedó allí, mirando hacia abajo, hasta que el toldo le tapó.
Antes de que la gabarra saliera de debajo del puente, uno de los otros dos, el más joven, bajó corriendo al camino de sirga y le pidió a Sabuc un trago de lo que llevara en los barriles. Sabuc le sirvió medio cazo de aguardiente de higo. El chico se lo bebió de golpe, tosió, dijo que era bueno. Sabuc le dijo que eran dos cuartos. El chico se rió, creyendo que era broma. Sabuc no se rió, y el chico se buscó los dos cuartos en la ropa, que era de tres milicias, y tardó en encontrarlos, y los encontró.
Nadie preguntó quiénes eran los Pardo. Doña Fita sí lo sabía, y no lo dijo.
Más abajo, a la izquierda de la acequia, se veía el secano de los Ortal. No era secano. Era una lámina de agua parda, quieta, con las copas de los almendros asomando y una carreta hundida hasta el eje en el centro, sin mulas. En una de las copas había una camisa enganchada. Cardeña la señaló con la barbilla. Teódulo no miró. Siguió mirando el agua de la acequia, que era verde, y el secano, que era pardo, y no se movió hasta que dejaron atrás los últimos almendros.
A primera hora de la tarde el sol apretó un poco, lo poco que aprieta en invierno, y bajo el toldo empezó a hacer calor. Sabuc recogió las cartas.
—Yo tengo sed.
Rompió el lacre del barrilete con la navaja. Sacó el tapón. Sirvió en un cazo de lata que llevaba su mujer y bebió primero él, y después ella.
—Qué agua —dijo la señora Sabuc—. Así da gusto.
—Un ejemplo que habría que imitar —dijo doña Fita, y alargó su vaso de plata, el de viaje, que no había sacado en toda la ida.
El barrilete fue pasando. Don Bruno. Doña Fita. Los Cardeña, que bebieron dos veces. Las del Voto, que sacaron su propio cuenco de madera y bebieron una detrás de otra con los ojos bajos. Teódulo sacó un cuerno sin forro de estaño, sucio por dentro, y bebió también. Después echó otro, mojó un trozo de pan duro que traía en el bolsillo y se lo comió despacio, y se le quedaron migas en la barba.
El barrilete volvió a su sitio, entre los dos sacos, al lado de Sabuc, con el tapón puesto.
Nueve, en el desorden de aquella mañana, no había llenado el odre en el pozo. Bajó con él vacío porque nadie le dijo que el pozo era bueno, y porque no se le ocurrió preguntar. Ahora miraba beber a los demás.
Al principio la subió una rabia que casi la pone de pie. Tuvo en la boca todas las palabras: las del cuerno con el borde de estaño, las de la manta, las de la escalerilla. Pero le pesaban tanto por dentro que no le salió ninguna.
Nadie la miró. Aquella gente honrada la había mandado arriba y ahora no la veía. Se acordó de su odre lleno, de la tarde de la sed, del cuerno dando dos vueltas a la gabarra, de Nélida Cardeña con la boca abierta contra un barril y bebiendo de su mano. Y de pronto la rabia se le acabó y le vinieron las ganas de llorar. Se irguió. Tragó. Apretó la mandíbula. Las lágrimas salieron igual, gordas, y le fueron cayendo en la pechera, y ella miraba al frente, muy derecha, para que no la vieran.
La vio doña Fita, y le dio con el codo a su marido. Don Bruno levantó los hombros: no era cosa suya.
La señora Sabuc soltó una risita corta.
—Ahora le da vergüenza.
La mayor de las del Voto la miró un momento, y después miró el barrilete, y después volvió al cordón. La joven tosió.
Y entonces Teódulo, que ya se había acabado el pan, estiró las piernas por debajo del banco de delante, se echó hacia atrás contra los sacos, cruzó los brazos y empezó a cantar por lo bajo, con la cara del que se sabe una broma que va a durar mucho.
Cantaba la cuenta de la sirga. La de los sirgadores. La de los hombres de las manos abiertas.
Uno, dos, tres, cuatro. Y a la nueve, tira.
Primero lo cantaba igual que el mozo, por lo bajo. Después subió la voz. Cuando llegaba al nueve decía tira, con un golpe de pecho, y volvía a empezar por el uno.
En todas las caras se vio enseguida que aquello no gustaba. Se removían en el asiento. La señora Sabuc dijo que a ver si se callaba de una vez, que le estaba dando dolor de cabeza. Don Bruno le dijo a Teódulo que aquello no tenía gracia. Cardeña miró al mozo, como esperando que el mozo hiciera algo, y el mozo seguía contando junto a las mulas, la misma cuenta, con medio paso de retraso sobre la de Teódulo, de modo que se oían las dos.
Teódulo no hizo caso a nadie.
Y así toda aquella tarde, y la noche, por la acequia madre, sobre el agua muerta, bajo un cielo sin color, con el balanceo corto de la gabarra y el resuello de las mulas, siguió la cuenta, obstinada, obligando a los que iban dentro a llevar el compás con el cuerpo quisieran o no.
Pasada la esclusa séptima, ya de madrugada, el mozo paró las mulas para mear y la cuenta se cortó en el siete. Teódulo esperó a que volviera. Siguió por el ocho.
En el hueco se la oyó a ella.
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Aire prendido · El que cierra · Raso y colmado
Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 14
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.