Aire prendido — Herencia, cenizas y silencio: la linde con los árboles humeando y la mujer trenzando junto a la piedra
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Los árboles de la Raya sueltan el humo a medianoche, todos a la vez, y durante un rato no se ve nada a diez pasos. Cuando se asienta, ella está allí, al otro lado de la linde.

Los árboles de la Raya soltaban el humo a medianoche, todos a la vez, y durante un rato no se veía nada a más de diez pasos. Cuando se asentó, ella estaba allí. Sentada en una piedra partida, al otro lado de la linde, trenzaba una hebra pálida sin mirársela.

Ismael cazaba polillas para aceite de farol. Le pagaban media cuchara por cada polilla grande y un cuarto por las de ala parda; las pequeñas no valían nada y solo servían para enturbiar el bote. Las grandes salían pegadas a la Raya, atraídas por el calor del humo, y por eso iba allí tres o cuatro noches por semana con el farol de cuerno a la altura de la rodilla. Aquella noche se acercó más que nunca. A unos veinte pasos, ella levantó la cabeza.

—No pases de la piedra blanca —dijo—. Si me respiras de cerca, mañana toses.

Había una piedra blanca, en efecto, a dos pasos de sus botas. No la había visto en años de pasar por allí.

—¿Eres de dentro?

—Claro.

Volvió a la trenza. Ismael se quedó donde estaba, con el farol bajo, y una polilla de ala parda vino a golpearse contra el cuerno. La atrapó por costumbre. Ella preguntó qué era eso y él se la enseñó, abierta entre dos dedos, con el polvo de las alas manchándole la yema.

—Dentro no hay —dijo ella—. Se mueren con el aire.

Se llamaba Orba. Hablaron hasta que el humo empezó a bajar y ella dijo que tenía que irse, porque cuando el aire se limpiaba le costaba. Ismael pasó la piedra blanca sin pensarlo y la besó. Tenía la boca fría y sabía a ceniza dulce. Al día siguiente tosió hasta el mediodía y no le importó.

Volvió la segunda noche y la tercera. La segunda le pidió que saliera, aunque fuera un trecho, hasta los primeros huertos del poblado, para que viera los almendros.

—Fuera me ahogo —dijo ella, y no hubo más.

La tercera noche Ismael le dijo que quería quedarse con ella más tiempo del que tardaba el humo en bajar. Que todo el tiempo. Orba dejó la trenza en el regazo.

—Eso tiene arreglo. Hay que ir al Injertador.

—¿Y qué hace?

—Prende.

—¿A ti o a mí?

—A uno de los dos. Él sabe a cuál. —Volvió a coger la hebra—. Pero tendrás que entrar. Él no sale a la linde.

Ismael dijo que entraría. Ella dijo que avisaría para la noche siguiente.

Por la mañana llevó el bote a Bastida, el farolero, que lo destapó, lo olió y lo inclinó contra la luz de la puerta.

—Esto lleva agua.

—No lleva agua.

—Lleva agua o lleva pequeñas, que es peor. Te doy cinco cucharas. Y me debes media de la semana pasada.

Ismael aceptó las cinco. Mientras Bastida vaciaba el bote en la tinaja, le preguntó, sin darle importancia, si sabía de alguno que se hubiera prendido.

—Mi suegra decía que al que se prende, ni el humo lo mata ni el aire limpio lo suelta. —Sacudió el bote boca abajo para que cayera la última gota—. Mi suegra decía muchas cosas. Esta tarde no me traigas, que tengo la tinaja llena.

Ismael pasó la tarde echando cuentas de lo que ya no iba a necesitar. Si lo prendían a él, le sobraban el farol, el bote y la deuda con Bastida. Si la prendían a ella, ella tampoco iba a querer polillas. Le daba lo mismo cuál de las dos cosas pasara. Solo pedía que después respiraran el mismo aire.

Orba lo esperaba en la piedra partida. Se sentaron juntos hasta que, desde dentro del Rodal, llegó un zumbido grave, largo, que hizo vibrar la piedra bajo sus muslos. Ella se levantó y le tendió la mano. Ismael dejó el farol encendido en el suelo, junto a la piedra blanca, y cruzó.

Los primeros cien pasos tosió tanto que tuvo que pararse dos veces, doblado, con los ojos llorándole. La bota izquierda, que llevaba la suela atada con cordel, se le llenó de una ceniza fina que no pesaba nada. Orba lo esperaba sin impaciencia. Más adentro el humo no bajaba nunca y daba una luz parda, quieta, de brasa tapada.

El Injertador estaba junto a un tronco blanco, sin corteza, abombado en la base. Era un hombre de mediana edad con las uñas negras y olor a masa agria. No los saludó.

—¿Los dos?

—Los dos —dijo Orba.

—Tú, siéntate ahí. Contra el Hueso. Abre la boca.

Ismael se sentó con la espalda contra la madera blanca, que estaba tibia. El Injertador apoyó una palma en el tronco, por encima de su cabeza, y del Hueso salió un humo más espeso que el de fuera, casi una pasta. El hombre lo fue empujando con la otra mano hacia la boca de Ismael, sin prisa, igual que se le mete el pienso a un ternero que no quiere comer. Ismael quiso toser y no pudo. Después dejó de querer.

—Ya está —dijo el Injertador. Se limpió la mano en el pantalón y se fue.

Ismael respiró. El aire espeso le entraba entero, hasta el fondo, sin arañar. Se puso en pie, buscó a Orba, la abrazó y la besó, y fue agradable, y nada más. Esperaba el tirón en el vientre de la primera noche, la boca fría, la tos de después. No llegó. Se apartó un poco y se palpó por debajo del ombligo. Estaba todo. Estaba quieto, colgado en su sitio como un apero en el cobertizo.

—Orba. Y para… Quiero decir, cuando queramos un hijo. ¿Cómo…?

Ella arrugó la nariz.

—Eso es cosa de fuera. Aquí, cuando llega el tiempo, los prendidos del año venís al Hueso, todos juntos, y le echáis el aliento encima. Una noche entera. El Hueso hace lo demás.

—¿Y yo?

—Tú soplas. No se tarda nada.

Siguió trenzando. Ismael miró el tronco blanco, la mancha de humo pastoso que había dejado su nuca en la madera, y no preguntó de quién sería el hijo, ni si sería de alguien.

Echó a andar hacia la linde. Orba lo llamó una vez, sin levantarse, y luego no lo llamó más. Por el camino Ismael fue pensando que fuera, en el aire limpio, se ahogaría. Ella lo había dicho. Le pareció bien. Era una forma de devolver lo que le habían metido en el pecho.

Encontró el farol donde lo había dejado, apagado ya, y no lo cogió. Pasó la piedra blanca. Pasó los huertos, los almendros, la casa de Bastida con la contraventana cerrada. Se sentó en el poyo de la entrada del poblado, donde el aire llega de los secanos sin nada dentro, y esperó a que le faltara.

No le faltó.

Respiraba bien. Se llenó el pecho hasta que le dolieron las costillas, y el aire limpio entró y salió igual que el espeso. Probó a contener la respiración y la soltó al rato, como todo el mundo. Seguía en el poyo cuando empezó a clarear y un perro vino a olerle la bota izquierda y se fue.

Al amanecer, los árboles de la Raya soltaron el humo, todos a la vez. Ismael soltó el suyo.

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Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 15

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