Del que no humea — Herencia, cenizas y silencio: la careta de cuero colgada y la mesa puesta bajo la lámpara
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El hombre se ponía la careta para cenar. No toda la cena: solo cuando hablaba su mujer. Hay humos que se eligen y humos que se heredan.

El hombre se ponía la careta para cenar.

No toda la cena. Solo cuando hablaba su mujer. Ella decía que el pan había salido agrio o que la de enfrente estaba preñada otra vez, y él descolgaba la careta del clavo de la puerta, se ceñía las dos correas, cerraba la hebilla de la nuca y seguía comiendo. Levantaba la careta un dedo para cada cucharada y la bajaba para masticar. Cuando ella se callaba, se la quitaba y volvía a colgarla del clavo. Once años, según ella. Nueve, según él.

—Eso no lo canta ningún ciego en la plaza —dijo Zohra—. Y tú venías a contarme que todas las casas son iguales.

Yo había subido hablando de la junta de los jueves. Aquella mañana, en la casa del común, juzgaban a un curtidor de las Tenerías por el trato que daba a su mujer, y yo había pasado por delante sin entrar porque me sabía la historia antes de oírla. Vino de higo, una moza del lavadero, un empujón contra la artesa, la cuñada que se mete por medio con el rodillo de amasar. Se lo conté a Zohra con cierta satisfacción. Era la clase de cosa que ella me discutía siempre, y por una vez creía tenerla ganada.

—Ése es Brotons —dijo—. No bebe. Toma malva cocida, por el estómago, y no hay moza ninguna. Lo de la careta me lo contó ella aquí, sentada en ese taburete. Me había traído la de él para que le cambiara las correas. Las tenía comidas, y no de la calle. No le cobré. Se fue con las correas nuevas y con la careta de su marido en el regazo, envuelta en el delantal, y me dio la impresión de que la llevaba con cuidado.

—La junta le habrá juzgado por los empujones.

—La junta le ha juzgado por lo que esperaba oír. Tres hombres en un banco con las manos en la barriga. A esos les cuentas lo de la careta y se ríen, y le mandan a casa.

No contesté. Zohra me sirvió un poco de lo que tenía al fuego, que era malva, y se sentó en el banco con las piernas abiertas y los codos en las rodillas, que es como se sienta para trabajar.

Hacía casi un mes que no subía a verla. Desde que entré de mozo en la casa de la tos me quedaba poco tiempo para la cuesta de los Alfareros, y el que me quedaba lo gastaba durmiendo. Me habían puesto en la sala de los canteros, que es la peor, porque los canteros no se curan y tardan mucho en morirse, y por las noches no hay quien duerma con el ruido que hacen al respirar. Zohra me había enseñado el oficio de las caretas durante tres años y no le había hecho gracia que lo dejara. No me lo había dicho nunca. Me lo decía cada vez que subía, de otras maneras.

El taller seguía igual. Las caretas colgadas por tamaños en la pared del fondo, de la de niño a la de carretero. El barreño de lejía debajo de la ventana. Los panes, que es como ella llama a los discos de fieltro y carbón por donde se respira, apilados en cajas de higos vacías. El olor de la cola caliente. Encima del banco, entre las tijeras y el bote de carbón molido, había un reloj de bolsillo con la tapa abierta. Lo oí antes de verlo. Andaba.

—De la viuda de Arnau —dijo, sin que yo preguntara—. Por un asunto de su hijo el pequeño, que no te voy a contar.

Le daba cuerda dos veces al día, según supe después, y no lo miraba nunca.

—¿Y ahora tienes algo?

—Once o doce cosas. Correas, vecinos, un chico que dice que la careta de su padre muerto le aprieta y quiere que se la agrande, y yo no quiero. Una que me ha llegado de las Salinas y que se enreda un poco más. Nada que te fuera a gustar.

Se levantó a mirar por la ventana. La calima había espesado desde el mediodía y tenía el color de ladrillo mojado que trae cuando sopla del sur. Desde el taller se veía la cuesta hasta el segundo farol, y más allá nada. En el borde de lo que se veía había una mujer parada.

Llevaba una toquilla acolchada que le abultaba los hombros y una careta de las antiguas, con un vidrio redondo para cada ojo, que le daba cara de pez. Daba dos pasos hacia nuestra puerta y uno hacia atrás. Tenía los dedos en la hebilla de la nuca, como si fuera a quitársela allí mismo, en plena calima, y no acabara de decidirse. Luego bajó la cabeza, cruzó la cuesta casi corriendo, empujando el aire con el pecho, y oímos la aldaba dos veces.

—Ésa viene por amores —dijo Zohra—. Los que vienen por una pelea no se paran en la calle. Golpean hasta que les abro.

El chico de los Ripoll, que le hacía los recados a cambio de la comida, subió delante y anunció a Fermina Sanchis con la voz que ponía para anunciar a la gente, una voz de pregonero que no le salía. Detrás venía la mujer, ancha, más alta que el chico por una cabeza, quitándose la careta ya en la escalera. Zohra le dio la mano, le señaló el taburete y se quedó mirándola sin disimulo, de la manera en que examina una careta vieja antes de decidir si tiene arreglo.

—Coses de noche —dijo—. Con la tela aquí. —Se puso la mano abierta a un palmo de la nariz—. ¿No te duele el cuello?

—Antes sí. Ahora ya no miro la aguja, la noto. —Y entonces se dio cuenta, y se le fue el color—. ¿Quién se lo ha dicho? ¿Le ha hablado alguien de mí?

—Nadie. Me pagan por mirar caras. Si no supiera mirarlas, no habrías subido.

—He subido por la de Pastor, la del molino. Usted le encontró al marido cuando ya le habían cantado en la vela y todo. A ver si conmigo tiene la misma mano. Le doy el aceite de este año entero si me dice dónde está Dámaso Ferrús.

—¿Y por qué has salido de casa con tanta prisa?

La mujer abrió la boca. Volvió a cerrarla.

—Porque no podía más. Mi padre… Gaspar, mi padrastro, dice que no hay de qué preocuparse. No quiere avisar a la guardia del muro, no quiere preguntar en la recua, no quiere nada. Esta mañana me lo ha vuelto a decir con la cuchara en la mano, y he cogido mis cosas y me he venido.

—Tu padrastro —dijo Zohra—. Porque no te llamas como él.

—No. Le llamo padre por llamarle algo. Me saca cinco años. No llega a seis.

—¿Y tu madre?

—Viva y sana. Se casó con él a los cinco meses de enterrar a mi padre, y Gaspar tiene quince menos que ella. No me gustó, ya se lo digo. Mi padre tenía la parada de mulas de la puerta de Poniente y la dejó bien, con clientela y sin deudas. Mi madre la siguió llevando con Batiste, el mozo de siempre. Luego llegó Gaspar y la convenció de venderla, porque él iba con la recua de los Pellicer y una parada le parecía poca cosa para la familia. Les dieron por ella menos de la mitad de lo que valía. Mi padre la habría vendido mejor.

Yo esperaba que Zohra cortara aquello, porque a mí me empezaba a parecer un inventario de herencias. Pero estaba inclinada hacia la mujer, sin perderse una palabra.

—Lo tuyo, eso que dices que te toca, ¿sale de la venta de la parada?

—No, no. Es de mi tío Vicent, que en paz descanse. Me dejó el aceite de doce olivos que tenía en el Bancal de la Sierra. Los olivos no puedo venderlos, solo es mío el fruto. Dan nueve cántaros al año. Diez, si llueve en otoño.

—Nueve cántaros —dijo Zohra—. Con nueve cántaros una mujer sola vive en un cuarto de la plaza y no cose para nadie.

—Podría vivir con menos. Pero mientras esté en casa no quiero ser una carga, y me parece justo que el aceite se quede en la casa. Gaspar sube cada invierno con las mulas, lo baja, lo vende y le da a mi madre lo que saca. Yo me arreglo con lo mío. Coso embozos para la plaza, por docenas. En una jornada buena saco quince o veinte.

—Bien. —Zohra me señaló con la barbilla—. Éste es Bernat. Trabaja en la casa de la tos. Lo que digas aquí no baja la cuesta. Cuéntame lo de Dámaso.

Fermina se puso colorada y empezó a pellizcar el ribete de la toquilla.

—Le conocí en la vela de los perdidos. Cuando vivía mi padre íbamos todos los años, toda la parada, y después mi madre siguió yendo. Gaspar no quería. No quería nunca que fuéramos a ninguna parte. Decía que la vela es para la gente que no tiene casa, que nosotros ya sabíamos dónde estaban los nuestros. Y que yo no tenía nada que ponerme, cuando tenía la toquilla de mi madre, ésta, que no la había estrenado. Pero esa vez me empeñé. Al final él se fue con la recua dos días antes, y subimos mi madre y yo con Batiste.

—¿Batiste se quedó con vosotras toda la noche?

—No. Le dolía la rodilla y se volvió pronto. Se le hincha con la humedad, y en la vela, con tanto fuego, el muro suda.

Lo dijo con mucho cuidado, y Zohra la dejó seguir.

—Ya sabe usted cómo es. Hogueras en el muro cada veinte pasos, de la puerta de Poniente a la torre del agua, y la gente arriba, en el camino de ronda, gritando los nombres de los suyos hacia fuera, hacia la calima, por si alguno anda dando vueltas cerca y oye que le llaman. Mi madre gritó a mi padre, como todos los años, aunque mi padre está en el cementerio de abajo y lo sabe todo el mundo. Allí, en la escalera del muro, al bajar, me tropecé, porque de noche y con la careta no veo los peldaños, y un hombre me cogió del codo. Era Dámaso. Me bajó hasta la calle sin soltarme y luego nos quedamos al lado de una hoguera, porque mi madre se había ido a buscar a una prima. Me preguntó a quién gritaba yo. Le dije que a nadie, que iba por acompañar. Él me dijo que él tampoco tenía a nadie ahí fuera. Fue lo primero que me dijo, después de mi nombre.

—¿Y cuando volvió tu padrastro? ¿Se enfadó?

—Esa vez no. Se rió. Dijo que ya era mayor para ir donde quisiera.

—Sigue.

—Al día siguiente vino a casa a preguntar si habíamos llegado bien. Con la careta puesta. Se quedó en el patio, debajo de la parra, y no quiso pasar. Luego salimos dos noches a pasear por el camino de ronda. Luego volvió Gaspar y ya no pudo venir. Dámaso dijo que era mejor así, que mi padre no le iba a querer, que esperáramos.

—¿Por qué no le iba a querer?

—Porque mi padre no quiere a nadie en casa. Dice que una mujer está bien con su familia y que lo de fuera trae polvo. Yo le decía a mi madre que para estar a gusto con la familia una tiene que empezar por tener alguna, y yo no tenía más que a ellos dos.

—¿Y Dámaso no intentó verte?

—Esperaba. Gaspar sale con la recua y vuelve, sale y vuelve. Cuando salía, venía Dámaso. Íbamos por la ronda de noche, cuando la calima está más cerrada, porque de día no le gustaba que le vieran. Me traía orejones envueltos en una hoja de parra, de los de la Sierra, y me preguntaba por la costura, cuántas docenas, a cuánto. Nunca he tenido a nadie que me preguntara por la costura. Él no comía. Yo me comía los orejones y él me miraba comer.

—¿Por qué no le gustaba que le vieran?

—Tiene la cara quemada. De chico, en una tenería, se le cayó encima un balde de lejía. No se quitaba la careta ni dentro del patio. Me dijo que me la enseñaría el día de la boda, delante de mi madre, para que yo pudiera echarme atrás si me daba asco. ¿Usted se imagina a otro hombre diciendo eso?

—No —dijo Zohra—. ¿Y la voz?

—Ronca. La de la calima, como todos los que trabajan fuera. Hablaba poco y bajito, y a veces se le iba, y tenía que toser para que le volviera.

—¿Y las manos? ¿Se las viste?

—Llevaba guantes. De lana, gordos. Decía que en la ronda de noche se le quedaban los dedos muertos, de las aspas.

—Ya.

—¿Dónde trabaja?

—En los molinos del Collado. Cuida las aspas. Duerme allí arriba, en el primero.

—¿Has estado?

—No. Está lejos, y no me dejan ir sola.

—¿Tu madre le ha visto la cara?

—Una vez, dice. En la cocina, una tarde que yo había bajado a la plaza con la docena. Dice que no es para tanto, que es buen mozo. Mi madre le quiso más que yo, desde el principio. Cuando hablaba de él se le ponía voz de misa.

—¿Qué pasó la segunda vez que se fue tu padrastro?

—Que Dámaso vino a casa y dijo de casarnos antes de que volviera. Estaba muy nervioso. Mi madre dijo que sí, que ya se lo contaríamos a Gaspar a la vuelta, que ella se encargaba. A mí no me pareció bien. Gaspar no es nadie para darme permiso, ya se lo he dicho, me saca cinco años, pero no quería hacer las cosas a escondidas. Le mandé recado con un carretero que iba hacia la Cañada, donde la recua hace la primera posta. El recado volvió el mismo día de la boda, por la tarde. La recua ya había salido.

—Mala suerte. ¿Y la boda?

—Iba a ser en la casa del común, de mañana, sin nadie más que nosotros y dos testigos. Dámaso vino a buscarnos de madrugada, con los guantes y la careta de siempre. Mi madre me había peinado ella misma, cosa que no hacía desde que yo era pequeña, y me había prestado unos pendientes de su madre que luego, con el jaleo, perdí uno. Ese día la calima estaba tan cerrada que no te veías la mano. Salimos de cordada. Dámaso delante con el farol, yo en medio, mi madre la última. Esa mañana, en la cocina, antes de salir, él me hizo prometer…

Se paró. Pellizcó el ribete hasta que le salió un hilo, y se quedó mirándolo.

—Me hizo prometer que si la calima se lo llevaba, si le pasaba cualquier cosa por el camino, yo pondría la lámpara en la ventana todas las noches de calima cerrada, para que él supiera volver. Y que mientras la lámpara ardiera no me diera a nadie. Me pareció una cosa rara para el día de la boda. Mi madre dijo que era lo más bonito que había oído en su vida.

—¿Qué lámpara?

—La de la parada. La de mi padre. Es de latón, con el tubo de vidrio, y la colgaban en la puerta de Poniente para los arrieros que llegaban de noche. Cuando vendimos la parada mi madre se la quiso quedar, y Gaspar dijo que para qué, que gastaba mucho. Se quedó en la alacena hasta ese día.

—¿Y la pones?

—Todas las noches de calima cerrada, como le prometí. Me siento al lado a coser, para no gastar luz por partida doble. Mi madre dice que la casa huele a parada. Gaspar no dice nada. Se levanta antes que yo, de madrugada, y me la apaga con los dedos mojados, para que no gaste. Cuando me despierto está fría.

—¿Quién ató la cuerda?

—Él. En el patio. Un nudo que yo no había visto nunca, de los de las mulas.

—¿Y en el camino?

—En la revuelta de los graneros viejos la cuerda se aflojó. Mi madre tiró, yo tiré, y nos vino la punta sola. Desatada. Gritamos. Vino la guardia del muro con hachones y estuvieron buscando hasta el mediodía. Nada. Ni el farol encontraron. El cabo nos dijo que los que se pierden en la revuelta de los graneros suelen aparecer en las Salinas, a los tres o cuatro días, con los pies destrozados, o no aparecen. Mi madre lloró toda la tarde en la cocina. Yo no lloré hasta la noche.

—¿Y tú qué crees que le ha pasado?

—Creo que lo sabía. Por eso me hizo prometer. Tenía miedo de algo, y le ha pasado.

—¿De qué?

—No lo sé.

—¿Qué dijo tu madre?

—Se puso como loca. Me dijo que no volviera a nombrarle en su casa.

—¿Y tu padrastro?

—Él piensa como yo. Que le ha pasado algo y que ya dará señales. Lo dice él mismo: ¿quién iba a ganar nada llevándome hasta la puerta del común para dejarme allí plantada? Si me hubiera pedido el aceite, todavía. Pero Dámaso no quiso saber nunca nada del aceite. Ni me preguntó cuántos olivos eran. Y ha dado señales. A los tres días.

Se agachó y sacó del hatillo una careta envuelta en un trapo de cocina.

—Estaba colgada de la reja de mi ventana, de madrugada. Debajo de la lámpara. Él la vio, la lámpara. Llegó hasta allí. ¿Por qué no subió? ¿Por qué no llamó a la puerta?

Zohra cogió el bulto con las dos manos y lo dejó en el banco sin desenvolverlo.

—Me quedo con esto. Y me quedo con tu asunto. Tú vuelve a casa y procura no pensar más en Dámaso Ferrús. Haz cuenta de que se ha ido él solo.

—¿Cree que no le voy a ver más?

—Creo que no.

—¿Pero qué le ha pasado?

—Eso déjamelo a mí. ¿Dónde vives?

—En el callejón del Trigo. La casa de la parra.

—¿Y a Gaspar Ribes dónde se le encuentra?

—En la recua de los Pellicer. El almacén de abajo, al lado del abrevadero.

—Bien. No le des más vueltas.

—Se lo agradezco —dijo Fermina, y se levantó—. Pero no. Tengo la lámpara puesta.

Se ató la careta en la escalera. El chico de los Ripoll bajó a abrirle. La vimos desde la ventana entrar en la calima, ancha, con la toquilla de su madre, hasta que fue una mancha morada y después ni eso. Tenía cara de no enterarse de nada y una careta de pez, y ninguno de los dos se rió.

El chico de los Ripoll subió a preguntar si calentaba la sopa. Zohra le mandó a por pan, y el chico dijo que el de la esquina lo había subido otra vez, que ya pedía dos panes de fieltro por una hogaza, y Zohra le dijo que entonces fuera al de la plaza, y el chico dijo que el de la plaza lo hacía con arena, y estuvieron así un rato hasta que el chico se fue sin que quedara claro adónde. No volvió con pan.

Zohra cogió un puñado de almendras del cajón y empezó a partirlas con el mango de las tijeras, de una en una, contra el canto del banco.

—Esa mujer me gusta más que lo que trae —dijo—. Lo que trae ya lo he visto. En las Salinas, hace muchos años, con otra careta y otra madre. Aquella acabó casándose con un salinero viudo y no volvió a hablar del asunto, o eso me dijeron. Esta vez hay un par de cosas nuevas, eso sí. Pero ella…

—¿Por qué le has dicho que no le iba a ver más, si todavía no has mirado la careta?

—Porque eso ya lo sabía antes de mirarla.

—Tú le has sacado más que yo.

—Tenías lo mismo delante. A ver, ¿qué llevaba?

Hice memoria. Toquilla acolchada, color de ciruela, con un ribete negro gastado en las puntas. Falda parda. Los zapatos no los miré. Una careta antigua de vidrios redondos, con la badana negra de sudor. Las manos grandes, las uñas cortadas a ras. Un pendiente de hueso en cada oreja, pequeño, redondo. Pinta de mujer que no pasa necesidad y no se da ningún capricho.

Zohra partió una almendra y se la comió.

—Has apuntado la ropa como un trapero. Lo que llevaba encima te lo sabes. Lo que le pasaba, no. La toquilla la ha sacado esta mañana del arcón, eso sí lo has visto aunque no lo has dicho, porque huele a membrillo desde la escalera. Pero eso no sirve para nada. Lo primero, las correas de la careta. La de la izquierda la llevaba atada con su nudo, el de costurera, doble y apretado. Esa mujer se ata las cosas igual desde hace veinte años. La de la derecha, con un lazo de cualquier manera. Ha salido de casa sin acabar de vestirse. Lo segundo, el pulgar de la mano derecha, el que empuja la aguja. Tenía una gota de sangre fresca en la yema. Esta mañana, antes de irse, ha cosido deprisa y se ha pinchado. No quería dejar la docena a medias, aunque se le estuviera hundiendo la casa.

—¿Y lo de coser con la tela en la nariz?

—Eso lo ve cualquiera. Los vidrios le han dejado dos surcos en la nariz más hondos de lo que toca, porque se los aprieta para ver de cerca. Ésa es la parte fácil. Y el cuello, que lo tiene echado hacia delante aunque esté sentada. —Dejó la almendra a medio partir y alargó la mano hacia el bulto—. Ahora la de él.

Desenvolvió la careta. Era una careta corriente, de las que hacen en los talleres de abajo para la gente de la recua: cuero teñido de pardo, un solo vidrio corrido para los dos ojos y dos panes a los lados de la boca. La giró hacia la luz. Desenroscó un pan, lo olió, lo golpeó contra el canto del banco y miró el polvo que caía sobre la madera.

—Gris —dijo.

—¿Y qué?

—El polvo de aquí es gris, de la cal del muro y de las casas viejas. El del Collado es rojo del todo, porque está de cara al sur. Un hombre que duerme en los molinos del Collado escupe rojo por la careta aunque la limpie cada noche. Ésta no ha salido del pueblo. —Volvió a enroscar el pan—. Y la han usado poco. Treinta noches, cuarenta. Ni el cuero ha tenido tiempo de cuartearse en las correas.

Le dio la vuelta. Por dentro, todo el contorno de una careta lleva cosida una tira de badana, la piel blanda que toca la cara y cierra el paso al polvo. Con el uso, la badana coge la forma de quien la lleva, lo mismo que un zapato coge la del pie. Zohra metió el pulgar en el hueco de la nariz y lo fue deslizando hacia la mejilla, despacio, apretando.

—Toca.

Toqué. Era una badana. Fría, un poco grasienta.

—No noto nada.

—Porque no sabes lo que buscas. Tres años aquí y sigues tocando como un cura. Aquí, en el caballete, hay un escalón. Este hombre se rompió la nariz y le soldó torcida, hacia la izquierda. Aquí, el pómulo derecho aprieta más que el izquierdo. Y los ojos los tiene muy separados. —Me cogió el dedo índice y me lo llevó de un punto brillante del cuero a otro, los dos sitios donde la badana se había gastado contra el hueso de debajo de los ojos—. Tres dedos y medio. Lo corriente son tres.

—Eso no me dice quién es.

—No. Pero mira lo que no hay. —Pasó la palma entera por la badana, de un lado a otro—. Lisa. Tú que estás en la casa de la tos: una quemadura de lejía, ¿cómo cura?

Lo pensé. Había visto bastantes. Los curtidores llegan con las manos y los antebrazos así, cuando un balde se vuelca o una piel se escurre del noque.

—Encoge. Tira de la piel de alrededor. Hace cordones duros, y por encima la piel queda brillante, sin poro. A los años sigue tirando.

—Y una badana apoyada encima de eso, en treinta noches, se marca en cordones. Aquí no hay ni uno. Este hombre tiene la cara de cualquiera.

—Entonces miente.

—Entonces no quería que se la viera —dijo, y volvió a envolver la careta en el trapo.

—Lo que no entiendo…

—Voy a mandar dos recados —me cortó—. Uno al almacén de los Pellicer, al viejo, que me debe un par de caretas. Otro al padrastro, a Gaspar Ribes, para que suba mañana a la hora de encender. Si hay que hablar con alguien de esa casa, que sea con él. —Llamó al chico de los Ripoll con un silbido—. Hasta que contesten no hay nada que hacer. Cómete las almendras, que te veo flaco.

Me quedé hasta que el chico volvió con la respuesta de los dos sitios. No me dijo lo que traían. Bajé la cuesta convencido de que Zohra sabía ya todo lo que había que saber, y de que lo sabía desde que la mujer había contado que nunca le vio la cara a su novio. Yo no veía qué tenía eso de raro en un pueblo donde de puertas afuera nadie le ve la cara a nadie.

Era noche de calima cerrada. Al pasar por las Tenerías conté lámparas en las ventanas, por costumbre, porque de chico las contaba con mi madre: dos en la calle de los curtidores, una en la de los toneleros, tres seguidas en la cuesta del horno viejo, en tres casas que yo sabía que habían perdido a alguien en la misma tormenta de hacía años. En el callejón del Trigo no entré.

Al día siguiente no pude subir hasta tarde. Habían traído a la casa de la tos a un hombre de las canteras, de los que pican piedra en la cara sur, y me tocó a mí. Tenía cincuenta años y aparentaba setenta. Los dedos acabados en maza, las uñas abombadas como el vidrio de un reloj, los labios del color de una ciruela pasada. Le puse la mano abierta en la espalda y le conté las respiraciones mientras se vaciaba el reloj de arena de la sala. Treinta y cuatro. Por la mañana habían sido treinta. El médico pasó al mediodía, le escuchó con la oreja pegada a las costillas, por detrás y por los lados, y dijo que le diéramos agua con miel y que le dejáramos sentado, que tumbado se ahogaba. No mandó nada más.

Le tuve sentado toda la tarde, calzado con dos almohadas y un saco de paja. Silbaba por dentro, con un silbido largo al echar el aire, y cada tanto se le cortaba y abría la boca sin que entrara nada, y entonces yo le levantaba los brazos por encima de la cabeza, que es lo único que he visto que sirva, y esperaba. A media tarde me pidió que le buscara a un sobrino suyo que vendía cal en la puerta de Levante. Fui, y el sobrino no estaba, y nadie supo decirme si existía. Cuando volví, el hombre ya no se acordaba de habérmelo pedido. Se durmió cuando estaban encendiendo los faroles del muro.

Subí la cuesta con la careta mal ajustada, tragando polvo. En la plaza de abajo la de los garbanzos recogía el puesto y discutía con un chico por una cuerda de ajos que según ella le faltaba. Un perro me siguió hasta el primer farol y se volvió. Arriba, en la torre, el de la guardia cantó la hora de encender tarde, como siempre que le toca a él. Yo iba temiendo que todo hubiera pasado sin mí.

Zohra estaba sola, sentada en el suelo junto a la estufa, con una olla de hierro entre las piernas y la cara tiznada hasta las cejas. El taller olía a carbón quemado y a vinagre.

—¿Lo tienes? —le pregunté.

—Sí. Había que tostarlo dos veces. A la primera queda blando y no chupa nada.

—No, mujer. Lo otro.

—Ah. Eso. —Removió el carbón con un palo—. Eso salió solo. Alguna cosa tenía su gracia, ya te lo dije. Lo malo es que lo que ha hecho ese hombre no viene en ninguna ordenanza del común.

—¿Qué hombre? ¿Y para qué la llevó hasta…?

No terminé. Se oyeron pasos en la escalera, pasos de hombre pesado, y la aldaba de dentro.

—Es el padrastro —dijo Zohra, y se levantó sacudiéndose las manos en el delantal—. Mandó decir que venía a la hora de encender. ¡Pasa!

El hombre que entró era ancho y no muy alto, de unos treinta años, afeitado, con la piel curtida de la ruta. Tenía la nariz torcida y los ojos claros, muy separados, de los que se van a todas partes antes que el resto de la cara. Llevaba una chaqueta de paño buena, mejor que la de cualquiera de la recua, con los codos sin gastar. Traía la careta puesta y se la quitó en la puerta. Antes de que pudiera colgarla, Zohra se la cogió de las manos.

—Dámela, que te limpio los panes mientras hablamos. A los de la recua os lo hago a mitad de precio.

Él dudó un momento y la soltó. Saludó con la cabeza, miró el taller de arriba abajo, las caretas de la pared, la olla de carbón en el suelo, y se sentó en el taburete de Brotons, que era el más cercano a la escalera.

—Buenas noches —dijo Zohra—. Tú eres Gaspar Ribes. El recado de esta mañana es tuyo.

—Mío, sí. Siento llegar tarde, pero la recua no espera a nadie y a mí menos. Y siento que Fermina la haya molestado con esto. Lo de casa se arregla en casa. Ha venido sin mi permiso, pero ya habrá visto usted cómo es: se le mete algo en la cabeza y no hay quien la pare. A usted, mire, todavía, que no es la guardia. Pero no está bien que se sepa. Y es tirar el tiempo, porque ¿cómo va usted a encontrar a ese hombre?

—Pues yo creo que sí le voy a encontrar —dijo Zohra. Se había sentado con la careta de él en el regazo y le estaba desenroscando un pan.

Gaspar se movió. El taburete cojeaba y dio un golpe seco contra el suelo.

—Me alegro.

—Es curioso lo de las badanas —siguió ella, sin levantar la vista del pan—. Una careta nueva no es de nadie. A los dos meses ya solo le sirve a uno. La badana se hace a la cara, y no hay dos caras que la hagan igual. Una nariz rota, un pómulo, lo separados que estén los ojos. Llevo treinta años metiendo el dedo en badanas. Me han traído caretas de ahogados para que dijera de quién eran, y lo he dicho.

—Habrá visto muchas.

—Muchas. —Se levantó, cogió del banco el bulto del trapo de cocina, desenvolvió la careta de Ferrús y la puso junto a la de él, las dos boca arriba, enseñando la badana—. Ésta es de un tal Dámaso Ferrús, que cuida las aspas en los molinos del Collado. Ésta es la tuya. Bernat, mete el dedo.

Metí el dedo. Primero en la de Ferrús, en el caballete de la nariz: el escalón, hacia la izquierda. Luego en la de Gaspar. El escalón. El pómulo derecho, más hundido en las dos. De un brillo a otro del cuero, bajo el vidrio, tres dedos y medio. Saqué la mano y me la limpié en el pantalón sin saber por qué.

—Narices torcidas hay cien en la recua —dijo Gaspar. Se rió, pero solo con la boca—. A todos nos ha dado una mula alguna vez.

—Narices torcidas, sí. Torcidas hacia la izquierda, con ese pómulo y los ojos a tres dedos y medio, en la recua de los Pellicer, me ha dicho el viejo que una. —Zohra levantó la careta de él hacia la luz y le dio unos golpes al pan contra la rodilla. Cayó un polvo de color teja—. Ésta sí ha salido del pueblo. Ésta ha estado en la Cañada.

Gaspar se había puesto de pie.

—No he venido a que me cuenten historias de viejas. Si encuentra al hombre, me avisa. Deme mi careta.

—Ya lo he encontrado.

Él miró la careta que ella tenía en la mano. Luego la escalera. Luego la ventana, donde la calima se había puesto negra. Sin careta, aquella noche, no llegaba ni al segundo farol. Se sentó otra vez. Le brillaba la frente.

—Eso no… No hay junta que me pueda juzgar por eso.

—Ya lo sé. Por eso no te he mandado a la guardia. Pero aquí entre los tres, Ribes, he limpiado caretas de apestados con menos asco del que me das tú. Te lo cuento, y tú me paras donde me equivoque.

Él no dijo nada. Tenía las manos entre las rodillas, apretadas una contra otra.

Zohra se sentó en el banco con la careta de Gaspar en el regazo y habló mirando la estufa más que a nosotros.

—Te casas con una viuda que te saca quince años, porque tiene una parada de mulas, y le haces venderla. Eso ya está gastado. Pero en la casa queda la chica, y la chica tiene nueve cántaros de aceite al año que suben y bajan contigo en las mulas. Nueve cántaros, en una casa como la vuestra, se notan en el plato. Y en la chaqueta. La chica es buena, se encariña enseguida, tiene sus manos y su aceite. Ésa no se queda sin novio mucho tiempo, y cuando se case el aceite se va con ella. Primero la encierras. Que no vaya a ningún sitio, que la vela es para los que no tienen casa, que no tiene qué ponerse. Pero un día se empeña en ir a la vela, y ves que encerrada no la vas a tener siempre. Así que te vas con la recua, o dices que te vas. Te vuelves de la Cañada con una mula coja. Te compras una careta en un taller donde no te conozcan, de las de vidrio corrido, que tapan más. Pones la voz ronca, que con la calima no extraña a nadie. Y te sientas a esperar en la escalera del muro a una mujer que no ve los peldaños.

—Empezó por reírnos un poco —dijo él, sin levantar la cabeza—. Ella y yo. Luego ya no había manera de pararlo.

—Ella. Tu mujer —dijo Zohra, sin mirarle—. Ella le decía a la hija que te había visto la cara en la cocina y que eras buen mozo. Y la hija se lo creyó, porque su padrastro estaba en la ruta y su madre le hablaba de ti con voz de misa. La careta no te la quitabas nunca, ni para comer, y para eso te inventaste la lejía, que además le daba pena. Si querías que sirviera para algo, tenías que llegar hasta el final. Y con el final llegó el problema, porque no podías ser novio toda la vida. Tanto volverte de la Cañada, alguien en el almacén de los Pellicer iba a empezar a hacer cuentas. Había que acabar. Pero acabar de forma que la dejara atada, que en diez años no mirara a otro. Por eso la promesa, por eso la lámpara. Por eso, esa mañana en la cocina, todo aquello de si te pasaba algo. Saliste delante con el farol, ataste la cuerda con un nudo de recua de los que se sueltan de un tirón, en la revuelta de los graneros tiraste, y te metiste en la calima con tu otra careta. Y a las tres noches le colgaste ésta de la reja. Debajo de la lámpara. Para que no se le ocurriera apagarla.

Gaspar había levantado la cabeza mientras ella hablaba. Ya no estaba blanco. Se puso de pie despacio y se estiró la chaqueta.

—Cuente usted lo que quiera —dijo—. Yo no he hecho nada que se pueda llevar a la junta. Usted, en cambio, tiene una careta que no es suya, y eso sí lo juzga la junta. Y ya que se pone a contar, cuente también esto: a esa chica no la iba a pedir nadie. Mírela. Veinticinco años, cegata, con esa toquilla de vieja y una cara de no enterarse de nada. Lo único que tenía era el aceite, y el aceite se lo iba a llevar el primero que llegara a la puerta con una mula. Por lo menos así se lo ha llevado uno de casa. Ella ha tenido su novio, sus paseos y su promesa, que es más de lo que iba a tener. Mañana mismo me presento en la casa del común, a ver qué dicen de una vieja que no devuelve lo ajeno.

—Tienes razón —dijo Zohra—. Es tuya.

Sacó los dos panes que le había desenroscado, abrió con el pie la puertecilla de la estufa y los echó dentro. El fieltro chisporroteó, el carbón se puso rojo y por la rendija salió un humo amarillo que olía a pelo quemado. Después le tendió la careta vacía, con los dos agujeros de la boca abiertos.

—Toma. Si la junta tuviera vergüenza, te mandaría a casa a cuerpo. A ver si llegas.

Gaspar cogió la careta. Metió los dedos por los dos agujeros. La dejó caer al suelo, se subió el cuello de la chaqueta buena hasta los ojos y bajó la escalera de dos en dos. Oímos la puerta de la calle.

Me asomé a la ventana. Le vi pasar bajo el primer farol, doblado, con la mano en la boca, tosiendo ya. Al segundo no llegó, o llegó y no le vi. La calima se lo había llevado a diez pasos de nuestra puerta, y durante un rato solo se oyó la tos, cada vez más abajo.

Zohra se reía. Se había sentado otra vez en el suelo, junto a la olla, y se reía con la boca cerrada, sacudiendo los hombros. Recogí la careta del suelo y la colgué en la pared, con las otras, en el sitio de las de carretero.

—Ése tose esta noche —dijo—. Y el día que haga algo que venga en las ordenanzas, le veremos en la junta.

—¿Y la madre?

—La madre sabe.

—Pues eso es peor.

—No sé si es peor. —Echó otro palo a la estufa—. Es una mujer que se casó a los cinco meses de enterrar al marido con uno quince años más joven, y que lo tiene que retener en casa con lo que tenga a mano. Le ha tenido a mano la hija. Esta noche él llega tosiendo, ella le pone paños de vinagre en el pecho y le pregunta qué ha pasado, y él no se lo cuenta. Mañana ella pone la mesa como todos los días.

—Sigo sin ver cómo lo supiste.

—Te lo he contado todo. El único que ganaba algo con que el novio desapareciera era el padrastro. Luego, que no coincidieran nunca: Dámaso venía cuando Gaspar se iba, y se iba cuando Gaspar volvía. Luego la careta que no se quitaba ni en el patio, y que no comiera nunca delante de ella, y la voz que se le iba, y una quemadura que no había visto nadie más que la madre. Un hombre que esconde la cara delante de una mujer que no ve a tres palmos. ¿De quién se esconde? De alguien que le conoce de memoria.

—¿Y cómo lo comprobaste?

—Con lo que te enseñé. El polvo gris, que no había salido del pueblo. La badana lisa. El escalón de la nariz. A Pellicer le mandé la cara que me daba la badana, sin quemaduras, y le pregunté si la conocía de algún carretero suyo. Me contestó que era la de Ribes, que la noche de la vela Ribes se había vuelto de la Cañada con una mula coja, y que se volvía mucho, últimamente, y siempre con la misma mula. Luego ha subido él solo y me ha puesto su careta en la mano. Lo demás lo has visto.

—¿Y Fermina? ¿Se lo vas a decir?

Zohra cogió el palo y removió el carbón. La olla seguía caliente y el tizne se le pegaba a los dedos.

—¿Para qué? Tiene la lámpara puesta.

—Va a estar diez años poniéndola.

—Puede. —Se miró las manos negras y se las limpió en el delantal, que estaba más negro todavía—. Mañana, cuando bajes, pásate por la almazara de la cuesta y súbele un cántaro de aceite. De mi parte. Si pregunta, tú no sabes nada.

Al día siguiente bajé a la almazara. El almazarero, que me conocía de la casa de la tos, me preguntó si era para guisar. Le dije que no y pedí del bueno, del que no humea.

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