Me dormía con el palo de la deuda bajo la almohada, las muescas hacia arriba, y una mañana amanecí con las once marcadas en la mejilla. Hay deudas que se pagan sentándose del lado del brasero.
Me dormía con el palo de la deuda debajo de la almohada, con las muescas hacia arriba, y una mañana me desperté con las once marcadas en la mejilla. No se me fueron en todo el día. Mi tía me las miró de reojo mientras comíamos y no dijo nada, y por la noche me cambió la almohada de sitio, como si el palo fuera a quedarse quieto por eso.
Eran once libras de sal. Las pedí en el año malo, cuando hubo que curar lo poco que quedaba de la marrana. Me las dio Anzano, que tenía sal y no tenía prisa. Partimos el palo delante de dos testigos, él se quedó con su mitad y yo con la mía, y las muescas casaban al juntarlas. Yo tenía diecinueve años y acarreaba esparto de sol a sol, y once libras de esparto se llevan media jornada sin cambiar de hombro.
La deuda, en cambio, crecía. Crecía de noche sobre todo. Al principio era una cosa que había que arreglar antes de la siega; después fue una cosa que no se iba a arreglar; a los dos meses no cabía en el cuarto. Dejé de comer. Mi tía me guardaba el plato en la alacena y por la noche se lo echaba al perro, y el perro engordó aquel invierno más que ningún otro animal de la casa.
Cuando faltaban cuatro días para el plazo me encontró sentado en el suelo, con la espalda contra la puerta y las manos abiertas encima de las rodillas. Ya no preguntó nada.
En Bardaña, a eso se le llamaba tenerlo dentro. Y para eso no había más que una cosa.
Mi tío fue esa misma tarde a comprarme el sitio en los carros. Regateó con el carrero mayor hasta que se hizo de noche por media arroba de esparto en rama de diferencia, y los dos se levantaron de la mesa convencidos de haber ganado. Me lo fue descontando después, temporada a temporada. Acabé de pagarlo cuatro años más tarde, cuando ninguno de los dos llevaba ya la cuenta. Así fue como salí a dar la vuelta entera por once libras de sal.
(A quien le pique la curiosidad de saber en qué paró lo del palo, se lo despacho aquí y no vuelvo sobre ello. Desde cada sitio por donde pasé le mandé a Anzano, con el primero que volviera para acá, un puñado de simiente del lugar y el recado de que me perdonase la tardanza. Al cabo del año tenía él sesenta y tantas clases distintas, cerradas en tarros, las únicas de esa cuenta en toda la comarca, y con ellas hizo un trato con la gente de los Llanos que le valió mucho más de lo que yo le debía y de lo que yo iba a deber en la vida. Cuando volví me devolvió mi mitad del palo y quiso convidarme. No fui.)
Los carros salían del Portillo al abrir el día. Yo llegué con media guardia de sobra, que es lo que hace uno cuando no ha salido nunca de su comarca.
La casilla del Portillo tiene dos puertas, una detrás de otra, y entre las dos un cortinón de esparto clavado por arriba, para que el polvo se quede fuera. Empujé, aparté el cortinón y entré. Era el final del otoño, con esa niebla baja que no moja y deja la ropa como si la hubieran doblado húmeda.
Vamos a observar, me dije. Y observé.
Había una mesa, un poyo de obra, un taburete y un brasero de hierro. El taburete a un lado del brasero, el poyo al otro. Dejé el saco encima de la mesa y fui a sentarme en el taburete, es decir, del lado del brasero, y el brasero estaba apagado. Apagado y frío, con la ceniza cuajada y una raya de humedad por dentro.
Tenía sueño y me lo quité de encima, porque la vuelta me imponía respeto. Yo pensaba sacar de aquel año provecho en cosas vistas, que era lo que se esperaba de mí y lo que yo esperaba de mí. Así que miré alrededor otra vez, despacio, buscando algo que se pudiera observar.
En la pared de enfrente, empotrado en el barro a la altura de la cara, había un pedazo de azulejo azul con la mitad de un barco pintado. Se veía la vela y medio casco. Lo demás se lo habían llevado al partirlo. Me estuve un buen rato preguntándome a quién se le ocurrió traer al Portillo la mitad de un barco, en un sitio donde no ha visto nadie el agua junta más allá de un abrevadero, y quién lo empotró, y si lo empotró de frente a la puerta a propósito o porque allí había un hueco. Nunca llegué a preguntárselo a nadie. Después seguí observando.
A dos palmos a la derecha del azulejo, pero un poco más alto, casi en el ángulo de las dos paredes, justo encima de la cinta negra que el humo de muchos inviernos había dejado dando la vuelta al cuarto entero, distinguí un bulto oscuro que colgaba. Lo reconocí en seguida, y no sin cierto temblor, como el cuerpo de un murciélago. Mal augurio a esa hora.
Probé a convencerme de que aún era de noche y no de mañana, porque de un murciélago colgado de noche no se dice nada. Alguna vez, volviendo tarde, le había dado las buenas tardes al que velaba la era. En ese caso el augurio hubiera sido bueno. Pero no me acepté el arreglo.
Decidí mirar para otro lado y no verlo. Me esforcé en creer que no lo había visto. Quise seguir observando. Pero alrededor ya no quedaba nada, nada, y los ojos se me volvían solos al rincón. Entonces resolví plantarle cara y mirarlo sin miedo.
Mirándolo así, me di cuenta de que no se movía.
Deseé con todas mis fuerzas que se moviera. No se movió.
Aquello me pareció un problema de tamaño considerable, y ya me disponía a acometerlo por partes cuando la puerta se abrió un palmo y asomó un carrero con el gorro en la mano. Preguntó si había pasado por allí un tal Oliván, o Olivar, no retuve el nombre. Le dije que no había pasado nadie. Cerró, y no volvió a abrir.
Al rato sonó otra vez la puerta.
La abría un hombre que entró. Observándolo, advertí que traía dos fardos, uno en cada mano; la puerta debió de abrirla con el pie. Entró muy tieso, vino a dejar los fardos encima de la mesa, volvió a cerrar, esta vez con las manos, y regresó a la mesa.
Observé que había puesto sus dos fardos un poco apartados del mío y muy arrimados entre sí, de manera que formaban un grupo, y el mío quedaba solo. Los tocó otra vez con la mano abierta, sin fuerza, hasta dejarlos paralelos al borde de la mesa. Después se retiró un paso y miró mi saco con desprecio. Lo vi claramente.
Al principio pensé que lo miraba así porque el mío era de esparto viejo y los suyos iban cosidos con bramante nuevo. Estuve por decirle que un nudo bien hecho aguanta más que un cosido, y me callé. Luego, fijándome mejor en cómo tenía puestas las cejas durante el desprecio, comprendí que el desprecio no venía de la materia del saco, sino de su colocación en el espacio. El mío estaba simplemente echado, y la línea de sus esquinas no seguía la del borde de la mesa, de modo que las dos líneas se hubieran encontrado bastante antes del infinito. Por dentro me alegré del descubrimiento. Aquel hombre me reservaba otras sorpresas, y lo supe entonces.
Entretanto había seguido su camino hacia el poyo y lo limpiaba con un paño, a sacudidas cortas. Luego se volvió, se quedó todavía un momento de pie, mirándome, y por fin se sentó.
Aquello me hizo pensar otra vez en el murciélago.
No quise comprobar en seguida si seguía allí. Me propuse llegar hasta él con la mirada, pero no por el camino corto (esos dos palmos a la derecha), sino por el contrario, siguiendo la cinta negra del humo alrededor de las cuatro paredes.
Quien no haya esperado nunca los carros de madrugada dirá que dos hombres solos y un asiento libre no dan para nada. En las casillas el asiento bueno es el del brasero, y lo sigue siendo aunque el brasero lleve dos inviernos apagado.
Mi mirada no había recorrido ni la cuarta parte del camino —yo estaba, por tanto, con el cuello torcido a la izquierda y un poco levantado, como una prenda mal colgada— cuando el hombre me habló.
En aquel momento no lo veía, pero al oírlo supe en seguida que era él. Lo hubiera sabido en medio de una feria. Era una voz tiesa. Había dicho:
—Oiga.
Para él, el oiga era yo. Así que me volví y contesté:
—Diga.
—¿Por qué ocupa usted el único asiento que da al brasero?
—Porque espero los carros del día.
—No veo qué tiene que ver una cosa con la otra. Yo también espero los carros del día.
—He llegado antes.
—Razón de más para dejármelo. El turno es alterno.
—Muy bien. Estoy dispuesto a dejárselo, y más de lo que usted se figura, por una razón que no le pienso decir. Pero, puestos en lo teórico, y para saber yo a qué atenerme en adelante, dígame cómo se hubiera resuelto la cosa si hubiéramos llegado a la vez.
Se quedó pensando el rato que se tarda en contar hasta veinte. Por fin habló:
—Ya lo tengo. En ese caso, el asiento es del que va más lejos.
Sonreí para mis adentros, contento de ser invencible en aquel punto. Él declaró:
—Yo voy a Almuz.
—¡Yo doy la vuelta entera! El asiento me corresponde.
—Un momento —dijo—. Estamos en el Portillo. Usted da la vuelta. Por consiguiente, usted llega adonde ha salido, y adonde ha salido es aquí. Yo llego a Almuz. Me parece a mí, buen hombre, que el Portillo cae más cerca que Almuz.
Me quedé mirándolo con una especie de agradecimiento.
—Tiene usted razón. Suyo es el asiento. Espere.
Me había levantado ya y me volví a sentar, porque de pronto había vuelto a pensar en el murciélago. Para asegurarme de su posición exacta me pareció más honrado mirarlo desde el mismo sitio de antes. Y mientras el hombre, de pie, aguardaba, yo seguía sentado, mirando.
El murciélago estaba allí, y seguía sin moverse.
Debí de ponerme de un color raro, porque el hombre preguntó:
—¿Qué le pasa?
—Nada. A lo mejor está muerto.
—¿Quién?
Ya no lo escuchaba. Me convencí de que estaba muerto y me puse a considerar si un murciélago muerto, visto de madrugada, trae la misma desgracia que uno vivo. Un murciélago muerto ya no es un murciélago. Pero a una persona muerta se le sigue diciendo el nombre, y a un murciélago no se le dice nunca ninguno.
Resolví preguntárselo a aquel hombre tieso y razonador. Le anuncié:
—Cambiemos. Luego quiero preguntarle una cosa.
Anduvimos, él hacia el taburete y yo hacia el poyo, rozándonos al cruzarnos. Llegué yo antes a lo mío y me senté. Lo vi llegar a lo suyo y sentarse también.
Después puso la mano en el hierro del brasero, con cuidado.
—Está muerto —dijo.
—Ya lo sé.
—¿Y por qué no me lo ha dicho? —Resopló dos veces, con la boca abierta.
—No hablemos de eso —contesté.
Entretanto lo veía ponerse blanco de una manera que no había visto antes.
—Usted lo sabía —dijo, y la voz le salió estrangulada. Se encogió en el taburete, repitió desde muy abajo—: Usted lo sabía. —Se retorció de arriba abajo y se cayó.
Desde el poyo no se apreciaba si respiraba. Tampoco se apreciaba lo del rincón. Estuve un rato con las dos cosas.
Fuera sonó la cuerda de carros entrando en el Portillo, con el chirrido de las llantas en la grava helada. Cogí mi saco y salí, y dejé cada cosa en el sitio en que estaba.
Subí con los carros hasta el Saladar de Cinques. De allí a los Llanos de Beder con los que iban por la simiente. En Beder me tuvieron tres jornadas con calentura en un pajar, y de esas tres jornadas no me ha quedado nada, ni siquiera la cara del que me subía el agua. Del paso de Ordal bajé a la Costa Sorda, donde el aire se come el hierro en una noche y la gente ata las herramientas con tiras de cuero para que no se toquen entre ellas. Después las Casas de Marnia, el cerro de Turbias, los Corrales de Poniente, y la vuelta por donde no vuelve nadie, que es otra vez por el Saladar. Estuve fuera el año entero.
En Turbias cambié una manta por un peine de asta al que no le faltaba ni una púa. En Bardaña lo quisieron ver dos y tres veces, y uno me ofreció por él más de lo que me había costado la manta.
De lo demás no me acuerdo con orden. El polvo tapa la rodada de un carro en una noche. A la vuelta no encontré ni uno solo de los caminos por donde había ido.
Llegué al Portillo de madrugada, con media guardia de sobra, porque los carros de Bardaña no salían hasta abrir el día. Empujé la puerta y aparté el cortinón.
Dentro no había polvo. La cinta negra del humo seguía a la misma altura. Dos palmos a la derecha del azulejo, un poco más arriba, en el ángulo de las dos paredes, seguía el bulto, ni más caído ni más seco que el año anterior.
Encima de la mesa había dos fardos, arrimados el uno al otro y paralelos al borde.
Me senté en el taburete, del lado del brasero, puse la mano en el hierro y la dejé puesta.
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Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 18
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.