El que cierra — Herencia, cenizas y silencio: el bulto bajo la manta, las botas y la mano que aprieta la uña
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A los que se quedan les quitamos las botas antes de taparles la cara; es lo primero que aprende un zagal en la cañada. Después la manta, y una piedra en el pecho para que no se levanten.

A los que se quedan les quitamos las botas antes de taparles la cara. Es lo primero que aprende un zagal en la cañada. Se desata el cordón, se tira del talón, se sacude la tierra de dentro y se mira la suela contra el cielo, por si está pasada. Luego la manta. Luego una piedra en el pecho, para que no se levanten a seguirnos.

En los descansaderos, por la noche, la gente pide otras historias. Pide la del año de la lengua azul, cuando las ovejas caían con la boca hinchada y morada y hubo que quemar cuatro rebaños en la vaguada de los Chopos, con el humo tumbado sobre el campamento durante una semana. Pide la del vado de Cuerva, que se llevó una cuadrilla entera con sus mulas y sus perros, y del que solo salió un carnero nadando de espaldas. Pide la de la helada del refugio: once pastores que se encontraron en primavera sentados contra la pared de piedra, tal como se habían quedado, uno con la mano metida en el zurrón hasta la muñeca. Esas se cuentan bien. Se discute si eran once o doce. Alguien jura que su abuelo vio el carnero, y otro le contesta que el carnero era una oveja vieja y que su abuelo no distinguía. Al terminar, la gente bosteza, se rasca, echa el último palo al fuego y se va a la manta.

Lo de uno solo no se cuenta igual. Lo que le pasa a una persona tendida en la cuneta de la cañada, con su piedra encima, mientras las esquilas se alejan cuesta arriba.

La raya entre los vivos y los muertos la pone en la cuadrilla la uña del pulgar. El que cierra (en la mía, durante treinta años, la mayorala, Remedios) coge la mano del caído, aprieta con su pulgar la uña del otro, la suelta y mira. Si vuelve el color, se le sube a las angarillas. Si se queda blanca, se le quitan las botas. Es una prueba de un momento y no hay tiempo para otras. El puerto cierra cuando bajan las primeras aguas de otoño y arrastran el canchal sobre el camino, y cada año el canchal se mueve antes. Cuando yo era zagal se cruzaba con la vendimia ya hecha en los pueblos de abajo; ahora hay otoños en que las uvas siguen verdes en la cepa y ya ha habido que buscar paso por la senda de los arrieros, de lado, agarrados a la roca. Un día parado en un descansadero es un día menos para el puerto. Por eso la uña se aprieta una vez.

Yo he visto uñas que se quedaban blancas en manos de gente que al rato se levantaba a mear. En las mañanas de helada pasa mucho. El frío se lleva la sangre de los dedos, la uña se queda del color de la cera y hay que esperar al sol del mediodía para saber. En la cuadrilla nadie discute esto. Tampoco espera nadie al mediodía.

Sé de cuatro. En cada descansadero hay alguien que conoce alguno, y yo he preguntado en muchos, pero de estos respondo, o respondo de quien me los contó, que es lo más que se puede responder de nada en la cañada.

La primera fue la mujer del herrador de los de la Umbría, una tal Adoración. Llevaba dos días con calentura y se cayó de la mula al bajar, una tarde sin viento, sin golpe que nadie viera; se quedó sentada en el suelo con las piernas abiertas y la cabeza colgando sobre el pecho. La mayorala de entonces le apretó la uña. Le quitaron las botas, que eran de suela cosida a mano, y la dejaron dentro del descansadero, a veinte pasos del círculo de piedras de la hoguera, porque la cuadrilla levantaba el campamento antes del alba y no era cosa de cargar con ella hasta el siguiente. Al año, de subida, pararon en el mismo sitio. Encontraron los huesos dentro del círculo, enroscados alrededor de la ceniza vieja. La manta, de las de antes, de esa fibra que no se pudre ni se la comen las polillas, estaba doblada en cuatro debajo del cráneo. Alguien la había doblado, y en aquel descansadero no había nadie más que ella.

El herrador dijo que había durado dos días, porque faltaban dos palos del montón de leña que se dejó, y que con dos palos no se calienta nadie. Otros dijeron que menos. La piedra que le habían puesto en el pecho estaba a los pies del círculo, de pie.

La segunda acaba mejor, según quién la cuente. Casilda, de los de Navalosa, tuvo de moza dos pretendientes. Uno era Tobías, que hacía quesos, tenía siete cabras y una risa que se oía de un extremo a otro del campamento. El otro era Baltasar, con cuatrocientas ovejas, la mejor yunta de mulas de la cañada y una voz que la gente obedecía antes de entenderla. Casilda se casó con Baltasar, o la casaron, que en Navalosa viene a ser lo mismo. Baltasar llegó a mayoral de su cuadrilla a los pocos años. De lo que pasaba dentro de su carro se hablaba poco y en voz baja. Se sabía que Casilda bajaba a lavar al arroyo con las mangas bajadas hasta el nudillo, también en agosto.

Doce otoños después le entraron unas calenturas con tos, y una mañana, en el vado de Navas, no despertó. Baltasar le apretó la uña él mismo. La dejaron en la orilla con su piedra.

Tobías iba aquel año en otra cuadrilla, dos jornadas por detrás, por la misma cañada. Unos pelleteros le contaron que había una mujer de Navalosa en el vado, y él supo cuál. Llegó de noche. Dicen que fue a quitarle la piedra del pecho, para que pudiera seguirle a él si quería, y que al levantarla Casilda tomó aire de golpe y se puso a toser. Tobías la subió a su burra, la escondió entre los quesos, la tapó con su propia manta y le dio suero tibio a cucharadas durante cuatro días. Cuando pudo andar no volvió con los suyos. Se fueron al sur con otra gente, por otra cañada, a unos pastos donde nadie conocía a nadie.

Veinte otoños más tarde coincidieron todas las cuadrillas en la feria del descansadero grande, donde se cambian carneros y se casa a los hijos. Baltasar, viejo ya, reconoció a Casilda por la manera de pisar, o eso dijo, y la reclamó delante de todos. Ella dijo que no. El asunto fue al concejo de las cuadrillas, que se reúne debajo de la encina partida y que tardó en decidir lo que se tarda en ordeñar una cabra. Le aplicaron a Casilda la ley de las reses perdidas: lo que una cuadrilla deja en la cañada y otra recoge es de quien lo recoge, pasado un invierno. Baltasar escupió en el suelo. Casilda se fue con Tobías. Baltasar se quedó a la feria y vendió dos carneros a buen precio.

La tercera era una mujer de los del Rebollar a la que todos llamaban la Grande, porque subía sola los fardos de lana al carro, sin ayuda y sin resoplar. En el esquileo de aquel año una mula le soltó una coz encima de la oreja. Se le abrió el cuero hasta el hueso. La curandera del Rebollar se lo cosió con tripa de cordero, y la Grande pasó esa tarde hablando, comiendo y quejándose de un zumbido. Por la noche ya costaba despertarla para la cena. A la mañana siguiente no despertó. Era agosto, hacía un calor que no dejaba a nadie pensar más de la cuenta y las moscas habían encontrado la costura. Le apretaron la uña y la dejaron en el cruce de los cordeles, con su piedra.

Dos días después pasó por allí un grupo de cabreros, poca gente, sin cuadrilla fija. Un chiquillo de los suyos se quedó mirando a los buitres. Bajaban junto al cruce, se posaban, daban dos o tres saltos y volvían a levantarse. Así toda la mañana. El chiquillo lo dijo y los mayores le contestaron que los buitres son así. Él insistió hasta que su madre le dio un pescozón, y siguió insistiendo con la oreja roja, y al final fueron dos hombres a mirar por callarle. La Grande tenía los ojos abiertos y la boca llena de tierra. Movía un dedo de la mano izquierda, uno solo, arriba y abajo, despacio.

Los cabreros se la llevaron. Bebió, durmió, y al tercer día habló. Contó que la había despertado el arranque de la cuadrilla, todas las esquilas a la vez, de golpe, como suenan al alba cuando se levanta el ganado, y que después las había oído irse cuesta arriba, una por una, hasta la última, sin poder mover nada más que aquel dedo. Contó otras cosas que los cabreros no han querido repetir. La curandera de los cabreros le miró la orina, que salía negra, y dijo que tenía la sangre espesa de tantos días al sol y que había que aligerársela. La sangró dos veces del brazo, una por la mañana y otra al caer la tarde. La Grande murió esa noche, bien tapada, entre las cabras.

La cuarta la cuentan los pelleteros, y a los pelleteros hay que creerles a medias. Siguen a las cuadrillas a media jornada de distancia, despellejan las ovejas que se quedan por el camino y venden los cueros a los saladores de la costa. También desnudan a los que se quedan. La ropa es ropa. Huelen a cuero crudo desde muy lejos, y en la cañada se dice que a un pelletero se le huele antes de verlo.

Damián, un pastor joven de los de Valdelagua, se quedó en un descansadero con unas fiebres de manchas que ya habían tumbado a tres. Aquella misma noche llegaron los pelleteros. Le quitaron la manta. La camisa no salía, pegada al cuerpo por el sudor, y uno se la fue cortando con la navaja desde el cuello. A la altura de las costillas la punta entró en la carne. Damián le cogió la muñeca, sin fuerza, y no se la soltaba. Abrió los ojos, miró a cada uno de los pelleteros, que eran cuatro, y dijo algo. Luego se le fue la cabeza hacia un lado y siguió sin soltar.

Los pelleteros lo tuvieron dos días junto a su lumbre y al tercero lo llevaron en un burro hasta el descansadero siguiente, donde estaba su cuadrilla. Allí nadie supo bien si alegrarse. Damián se curó. Contó que no había dejado de enterarse de nada. Oyó al que cierra decir «ya está». Notó cómo le sacaban las botas y oyó a dos zagales pelearse por ellas. Sintió el peso de la piedra cuando se la pusieron, oyó arrancar las esquilas, oyó la noche entera y oyó a los pelleteros regatear entre ellos por su camisa antes de tocarle. De lo que dijo junto a la lumbre, con la muñeca del pelletero en la mano, no se acordaba. Los pelleteros juraban que había dicho un número. Uno decía que diecisiete. Otro, que setenta. Damián contestaba que él de números no sabía ni los de sus ovejas.

Cuatro casos parecen pocos. Pero cuando una cuadrilla sube en primavera por donde bajó en otoño, pasa junto a los suyos, o junto a lo que dejaron de ellos los buitres y los perros asilvestrados, que es mucho, y entre lo que queda se ven cosas que los buitres no hacen. Una mano metida por debajo de la piedra con los dedos abiertos. Una manta apartada de la cara y echada a un lado. Unos huesos boca abajo que se dejaron boca arriba. Cuando se ven, nadie dice nada. Se sigue andando y se mira hacia delante, a las ancas de las mulas.

Yo afino las esquilas de mi cuadrilla desde los quince años. Las nuevas las funden en el Rebollar con latón de los casquillos que salen arando, y salen todas con la voz torcida; yo se la enderezo con la lima, por dentro del borde, hasta que cada una da la suya y no la de otra. Conozco las doscientas y pico que llevamos igual que se conoce la tos de cada vecino. Por eso, cuando pienso en la cuneta, pienso en esto. La piedra, que no pesa tanto pero cobra cada vez que se toma aire. La manta encima de la cara, con el olor del sudor propio. Los pies descalzos, que son lo primero que se enfría. Las moscas, que llegan enseguida, y los buitres, que tienen todo el día y lo saben. Saber que la cuadrilla está a media jornada, que si alguien se diera la vuelta la tendría delante antes de anochecer, que Remedios mandaría a dos hombres con las angarillas sin preguntar nada si lo supiera, y saber que no lo sabe ni lo va a saber. Y oír el arranque. Todas a la vez. El zumbo grande del macho guía, delante, el primero en apagarse. Después las de las merinas del centro, revueltas, imposibles de separar a esa distancia. Las de los chotos, más agudas. Y la última, la de la Coja, que va siempre detrás porque cojea desde que nació y nadie se ha decidido a matarla. Yo sabría que es ella. La oiría bajar de tono con la distancia, como bajan todas, y la seguiría oyendo un rato después de que hubiera dejado de sonar.

A mí me da el pasmo.

Me empezó a los once años, en un esquileo, con las tijeras en la mano. Hay pasmos cortos y pasmos largos. En los cortos me caigo donde esté, se me quedan los ojos entornados y oigo lo que pasa alrededor con el ruido que hace la gente cuando uno tiene la cabeza metida en el abrevadero, pero no puedo mover nada ni pensar mucho más allá de eso, de que oigo. Duran una tarde. Los largos son otra cosa. Me quedo frío, de un color que mi madre llamaba de sebo, y el pulso se va tan abajo que hay que buscarlo con la oreja pegada al pecho y mucha paciencia. En las mañanas de helada se me ve el aliento, un hilo de vaho que hay que acercarse mucho para distinguir; es la única ventaja que le he encontrado a la helada. El más largo me duró seis días. La cuadrilla me llevó en las angarillas entre la mula torda y la de Remedios, y mi madre me mojaba los labios con un trapo en cada parada. Al salir de los largos tardo en volver. Primero oigo y no entiendo. Después entiendo, y pasa mucho rato hasta que consigo mover algo, un párpado, la lengua. Y aun sin pasmo, después de cualquier sueño, me cuesta saber dónde he amanecido; hay mañanas en que tengo que mirar un buen rato las mulas y los carros para saber en qué descansadero estoy, y alguna, muy pocas, en que tardo en saber quién soy.

El pasmo avisa, eso hay que decirlo a su favor. Los primeros fueron cortos. Los largos vinieron años después, cuando ya toda la cuadrilla sabía lo que me pasaba y nadie me iba a apretar la uña a la primera. Si el primero hubiera sido de seis días, yo sería uno de los casos que he ido preguntando por ahí.

Entre pasmo y pasmo subía las cuestas como cualquiera y comía por dos. Lo que no hacía era dormir. La noche antes de levantar el campamento no pegaba ojo: me quedaba tumbado escuchando a las ovejas rebullirse, cada medio golpe de esquila, cada carnero que se levantaba, y al primer movimiento de la gente antes del alba me ponía de pie de un salto, el primero, para que nadie pudiera pensar que no me iba a levantar. Cuando dormía, soñaba con la cuneta. Siempre la misma, con un cardo seco a la altura de los ojos y el cielo blanco detrás.

El miedo se me fue metiendo también en el día. Dejé de ir delante a buscar pasto, que era trabajo de hombres de mi edad. Dejé de bajar a los pueblos. No me ponía nunca en la cola del ganado, con los perros, sino en el centro de la cuadrilla, entre el carro de Remedios y el de los quesos, donde siempre había alguien que me viera. Con la gente de otras cuadrillas no quería tratos. Un pasmo delante de desconocidos era una uña apretada por alguien que no sabía nada de mí.

Me pasó una vez, en la feria del descansadero grande, uno corto, mientras le enseñaba a un mayoral de Valdelagua cómo suena una esquila mal limada. Me caí de lado contra un carro ajeno. Oí a una mujer decir que se me había ido el color. Oí a un hombre decir que, siendo así, mejor no moverme, y noté unos dedos en el cordón de la bota derecha, sin prisa, deshaciendo el nudo. Luego oí a Remedios, que venía de cambiar un carnero, y el ruido de una mano contra otra mano. El hombre dijo que solo quería aflojármela, para la sangre. Remedios no le contestó. Me volvió a atar el cordón ella misma, con doble nudo, y se quedó sentada a mi lado hasta la noche, comiendo pipas y escupiendo las cáscaras en el suelo.

Empecé a preguntar. En cada feria, en cada cruce de cuadrillas, en cada descansadero compartido, preguntaba si sabían de alguno que se hubiera quedado y hubiera vuelto. Me hice el que pregunta. Algunos se reían; otros se iban a otra lumbre cuando me veían llegar. Me contaron muchos, y la mayoría no aguantaban dos preguntas. Los que aguantaron son los cuatro de arriba. Me los repetía por la noche, siempre en el mismo orden, y al llegar a Damián volvía a empezar.

Con los años me fijé en cómo me miraban los pies. Las botas me las dejó mi padre. Eran de las buenas, de cuero de vaca, con la suela de goma de rueda cosida, que no se pela aunque pises lajas de pizarra un otoño entero. Cuando me daba uno corto y me quedaba tirado con los ojos entornados, veía pasar la mirada de los hombres por mis botas antes que por mi cara. Una vez, en las angarillas, oí a un zagal decir que le estaban grandes, y noté que me las había probado. Esa noche, con la lima de afinar, les hice cortes en la caña de arriba abajo y luego las cosí con bramante, mal y a propósito, para que nadie las quisiera.

Hacía también otras cuentas. Un pasmo largo es un hombre llevando las mulas de las angarillas, una mula que no carga, comida de unos días para alguien que no trabaja. Y cada otoño el canchal se movía antes. Veía a la gente hacer esas mismas cuentas, o creía verla, cuando se quedaban callados junto a las angarillas. Llegué a pensar que alguno esperaba un pasmo lo bastante largo para tener una razón.

Le hice jurar a Remedios. Le hice jurar que no me apretaría la uña antes de mediodía y que me la apretaría dos veces, la segunda con sol. Se rio la primera vez que se lo pedí. La segunda no se rio, y juró, y añadió:

—Mientras el canchal deje.

No le pude sacar más.

A Andreu, un zagal de diez años, hijo de la que hace el pan, le pagaba mi parte de queso de cada mes para que, si alguna vez me dejaban, se quedara tres días conmigo con su honda, espantando buitres. Andreu se comía el queso y decía que sí. Una vez le oí contarle a otro zagal que era el mejor trato de la cañada, porque yo no me iba a morir nunca. Pedí además, a todo el que quiso escucharme y a algunos que no, que si me dejaban no me pusieran la piedra en el pecho sino al lado. Llevaba siempre mi propio zurrón con queso duro, higos secos y un odre pequeño, para que nadie tuviera que contar lo mío.

Con todo eso dormía igual de mal.

Aquel otoño las uvas de los pueblos de abajo seguían en la cepa cuando llegamos al último descansadero antes del puerto, y por el poniente se amontonaba una nube baja y ancha que no se movía. Teníamos sesenta y tantos cueros de las ovejas que se habían quedado por el camino durante el verano, salados a medias, que había que vender antes de que se pasaran, y hacía falta sal para el invierno. Bajar a las salinas lo hacía siempre Dimas con otro. Ese año Dimas tenía la muela del juicio saliendo de lado y media cara como una calabaza, y Remedios dijo que fuera yo con él.

—Tú en el puerto no me sirves. Si te da arriba, hay que bajarte a hombros. —Miró la nube—. Si llueve, cruzamos. Vosotros subís por la de los arrieros.

Fui. Llevaba treinta años sin separarme de la cuadrilla más de un tiro de honda, y fui porque Remedios no me lo preguntaba.

Las salinas están a una jornada larga de bajada, por un cordel estrecho que yo no había pisado nunca. Pasamos por un pueblo con la mitad de las casas sin tejado y un pozo con la cadena puesta, donde un viejo nos vendió tres huevos y nos preguntó si veníamos de parte de alguien. Dimas le dijo que no. Un perro rubio nos siguió desde las eras casi media jornada, a veinte pasos, parándose cuando parábamos, y en un recodo se sentó y ya no vino. Dimas se comió los tres huevos crudos porque no podía masticar. Los saladores tienen allí un cobertizo largo y bajo, de piedra sin labrar y tejado de lajas, donde apilan los cueros entre capas de sal gorda hasta que vienen a por ellos los curtidores. Pasamos la tarde discutiendo el precio. Los saladores daban una arroba de sal por cada tres cueros. Dimas pedía una por dos y medio, y lo pedía con media boca, y los saladores no le entendían el medio y le hacían repetirlo. Quedó en tres cueros por arroba y una arroba de regalo que no era de regalo, porque nos cobraron aparte el burro para subirla. En un estante del cobertizo había un peine de hueso al que le faltaban tres púas. Lo cogí, no sé para qué, y lo volví a dejar.

La lluvia llegó al anochecer, de golpe, con un ruido de grava sobre las lajas del tejado. Pensé en el canchal. Pensé que la cuadrilla estaría cruzando el puerto, como habíamos quedado, y que eso estaba bien, y no conseguí que estuviera bien.

Los saladores nos dejaron dormir en el cobertizo. Dimas se echó junto a la puerta con un trapo mojado en la cara. Yo me quité las botas, que chorreaban por los cortes, y las puse junto al brasero de los saladores; luego busqué sitio entre dos pilas de cueros, donde no llegaba el aire, y me tumbé de lado con el zurrón de almohada. Estaba cansado como no recordaba haberlo estado desde zagal. No oí a Dimas roncar. No oí nada.

Lo primero son los pies. Un frío quieto, en las plantas y en los dedos, que no sube. Tardo en saber que son míos.

Después un peso. Está en el pecho, encima del hueso del medio, y no es grande, pero cada vez que tomo aire me cobra el aire entero. Después un olor que todavía no sé ordenar. Después, mucho más tarde, la boca. La tengo llena de algo áspero, de grano gordo, que no es tierra, y la lengua pegada arriba.

No me muevo. Esto lo conozco. Lo de fuera vuelve antes que la voluntad, y si intento mover algo antes de tiempo no se mueve, y entonces el miedo se come lo poco que ha vuelto. Espero. Oigo una gota que cae en algún sitio, lejos, despacio. Oigo la sangre en las orejas.

No oigo las esquilas.

En treinta años no he despertado una sola vez sin esquilas. De noche, en cualquier descansadero, siempre hay una oveja que se rasca contra un carro, un carnero que se levanta a mear, una esquila que da medio golpe. Ahora no hay nada. Busco el zumbo del macho guía. Busco la de la Coja.

Me viene la lluvia. Me acuerdo de la lluvia, del ruido en un tejado, y no me acuerdo del tejado. Me acuerdo del canchal. Y con el canchal me llega todo junto: ha llovido, el camino se cerraba, la cuadrilla no podía parar, me ha dado el largo y no han esperado al mediodía.

Subo una mano hasta la cara, muy despacio, porque es lo primero que consigo mover. Tengo algo encima, pegado a la frente y a la boca, tieso, áspero por un lado y blando y frío por el otro. La manta. No es mi manta. Huele. Ahora sé qué es el olor: cuero crudo. Los pelleteros. Están cerca, o han estado ya, o vienen esta noche con sus navajas a por la camisa.

Bajo un pie hasta el otro. Descalzo. Me han quitado las botas, cortadas y todo, cosidas con bramante y todo. Alguien las ha querido.

Empujo el peso del pecho con las dos manos y no cede. Me la han puesto encima. Después de pedirlo a todo el que quiso escucharme, me la han puesto encima.

Quiero gritar y no sale. La lengua no se despega, la quijada está tiesa y lo que tengo en la boca me raspa la garganta cuando trago. Busco a Andreu. Andreu tendría que estar aquí con su honda. Andreu tiene catorce años. Andreu ha cruzado el puerto con los demás.

Entonces grito. No sé cuánto rato. Lo oigo salir y no se parece a nada que yo haya oído salir de nadie, y cuando se me acaba el aire lo vuelvo a coger contra el peso y sigo.

—¡Eh! ¡Eh!

—¿Quién berrea?

—El de las esquilas. Se ha metido entre los cueros.

—Pues sacadlo antes de que me tumbe la pila, me cago en la sal.

Manos. Me quitan de encima el peso, que son cuatro cueros salados, doblados uno sobre otro, y me arrancan de la cara otro que se me ha quedado pegado por el lado de la carne. Entra la luz de un candil. Un hombre con la barba blanca de sal me mira la boca y se ríe. Otro se pone a contar los cueros caídos por si se ha estropeado alguno. En la puerta, Dimas, con la cara hinchada, dice algo que no se entiende y señala el brasero. Allí están mis botas, una de ellas tumbada, humeando todavía por la puntera.

Estábamos en el cobertizo de los saladores, a una jornada larga de la cuadrilla, que a esas horas, como habíamos quedado, ya habría cruzado el puerto o lo estaría cruzando. El peso eran los cueros que se habían escurrido de la pila mientras dormía, y el que tenía en la cara me había llenado la boca de sal gorda. El olor era el del cobertizo, que es el mismo de los pelleteros porque es el de su mercancía, y yo llevaba todo el día oliéndolo y cargándolo a la espalda. Las botas me las había quitado yo. Pasmo no hubo. Hubo un sueño muy hondo, de cansancio, y lo que yo tardo siempre en saber dónde amanezco.

Lo que pasé debajo de aquellos cueros fue la cuneta entera. Estuve descalzo, con la piedra en el pecho y sin esquilas, y llegué hasta el fondo de lo que llevaba treinta años imaginando, y no le faltó nada.

Subimos al día siguiente con la sal. Tardamos cuatro días en alcanzar a la cuadrilla, al otro lado del puerto, por la senda de los arrieros, que en dos sitios se la ha llevado el canchal y hay que pasar de lado, pegado a la roca, sin mirar abajo. Dimas iba delante con su muela y el burro de los saladores. Yo iba detrás, solo, y no me dio miedo ir detrás.

Algo se me rompió en aquel cobertizo, o se me arregló, todavía no sé decir cuál de las dos. Le dije a Andreu que el trato del queso se había acabado y que se quedara con lo comido. Dejé de preguntar en las ferias, y los cuatro casos se me fueron desordenando; para contarlos aquí he tenido que pensar un rato si la Grande iba antes o después de Casilda. Me ofrecí para ir delante buscando pasto, y Remedios me miró de arriba abajo y me mandó. La noche antes de levantar el campamento duermo.

El pasmo no ha vuelto. Hace once otoños de los saladores. Yo pienso que el pasmo era hijo del miedo y no al revés. Remedios piensa que se me ha ido con la edad, como a su hermano se le fueron las almorranas, y no hay manera de sacarla de ahí.

Remedios tiene ya los dedos torcidos y no puede apretar nada. Cuando la cuadrilla deja a alguien, ahora el que cierra soy yo. Nadie más quería, y dije que sí antes de que lo preguntaran dos veces. Me agacho, cojo la mano, aprieto la uña con mi pulgar, la suelto y miro.

Una vez. También en las mañanas de helada.

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Aire prendido · La sirga · Raso y colmado

Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 19

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