A veces, minutos después de que todo termine, el cuerpo hace un último movimiento respiratorio. Un suspiro. La primera vez que lo vi, me sobresalté.
Ese suspiro tiene mecanismo. Lo genera el tronco del encéfalo, la parte que más resiste la falta de oxígeno, y en concreto un pequeño núcleo del bulbo, el complejo preBötzinger, que marca el ritmo de la respiración. Jan-Marino Ramirez y sus colaboradores, entonces en la Universidad de Chicago, vieron en cortes de tronco de ratón que, cuando falta oxígeno, esa misma red se reorganiza y deja de producir la respiración normal para producir jadeos (Nature Neuroscience, 2000). Desde fuera parece que alguien vuelve. Desde dentro, si queda algún dentro, no sabemos qué ocurre. El suspiro solo prueba que una red del bulbo todavía dispara.
El suspiro tardío tiene un pariente precoz que en la clínica es una buena noticia: el jadeo de los primeros minutos de la parada, que sale de la misma red. Bentley Bobrow y sus colaboradores analizaron 1.218 paradas extrahospitalarias presenciadas en Arizona y encontraron jadeos en un tercio de las que ocurrían con la ambulancia ya delante, en un 20 % cuando llegaba en menos de siete minutos y en un 7 % cuando tardaba más de nueve (Circulation, 2008). Cuantos más minutos pasaban, menos jadeos: también el tronco se agota. En las grabaciones de llamadas al servicio de emergencias de Phoenix que analizó el mismo equipo, el 39 % de los pacientes jadeaba mientras el testigo hablaba por teléfono, y ese jadeo es fácil de confundir con una respiración. Sobrevivió hasta el alta el 28 % de los que jadeaban, frente al 8 % de los que no. El jadeo indica un tronco que todavía funciona y un cerebro al que aún le queda margen. De lo que siente la persona que jadea, no dice nada.
Voltajes en el cuero cabelludo y moléculas recogidas por una sonda no responden a la pregunta que el lector trae desde la portada. El filósofo Thomas Nagel la formuló en 1974 con un murciélago (Philosophical Review): un organismo tiene experiencia si hay algo que se siente al ser ese organismo. Eligió un animal que percibe el mundo por ecos para que nadie pudiera imaginarlo desde dentro. El trazado dice si hay actividad y dónde. Si se siente algo, el trazado no lo dice.
¿Qué ve de verdad un electroencefalograma? Los electrodos sobre el cuero cabelludo recogen la suma de las corrientes de miles de millones de sinapsis en las neuronas piramidales de la corteza, que están colocadas en paralelo, como las cerdas de un cepillo. Una neurona sola no se ve. Se ven extensiones de corteza que trabajan a la vez. James Tao, John Ebersole y sus colaboradores compararon registros hechos a la vez sobre el cuero cabelludo y sobre la propia corteza en pacientes con epilepsia, y vieron que el 90 % de las descargas que ocupaban más de diez centímetros cuadrados de corteza aparecían en el registro de superficie, mientras que las pequeñas casi nunca llegaban (Epilepsia, 2005). El electroencefalograma oye a un estadio cuando corea, y no oye a quien habla en voz baja en la grada. Por eso una descarga epiléptica limitada al hipocampo puede pasar inadvertida en el registro de superficie. Las estructuras profundas, como el hipocampo o la amígdala, quedan además lejos del cráneo, y la disposición de sus neuronas anula buena parte de su señal antes de que llegue a la superficie.
Por eso un trazado plano no es una corteza vacía, y menos aún un cerebro vacío. Daniel Kroeger, Bogdan Florea y Florin Amzica, de la Universidad de Montreal, estudiaron a un paciente en coma hipóxico profundo, tratado con antiepilépticos potentes, cuyo electroencefalograma estaba plano y aun así mostraba unas ondas que no tenían explicación (PLoS One, 2013). Reprodujeron la situación en gatos de laboratorio con un coma muy profundo y reversible inducido con isoflurano. En todos, por debajo de la línea isoeléctrica aparecían unas oscilaciones que bautizaron como complejos Nu, y las rastrearon hasta su origen: el hipocampo, que las enviaba a la corteza. Los autores lo describieron como un estado de coma más profundo que el de la línea plana. Una estructura profunda seguía hablando mientras el registro de superficie daba silencio. Que un trazado plano puede esconder actividad profunda lo sabemos, al menos desde este trabajo.
La relación entre actividad y experiencia falla también en el otro sentido. Hay actividad sin experiencia: Laura Lewis, Emery Brown, Patrick Purdon y sus colaboradores registraron en pacientes anestesiados con propofol neuronas que, pocos minutos después de la pérdida de conciencia, volvían a disparar casi como antes sin que la conciencia volviera (PNAS, 2012). Y hay experiencia que no se manifiesta en la conducta. En 2006, Adrian Owen y su equipo pidieron a una mujer de 23 años en estado vegetativo tras un accidente de tráfico que, dentro de un escáner de resonancia, imaginara que jugaba al tenis y luego que recorría su casa (Science, 2006). Al imaginar el tenis se activaba su área motora suplementaria; al recorrer la casa, el giro parahipocampal y la corteza parietal posterior. Eran las mismas regiones que en los voluntarios sanos. No movía un dedo, y entendía.
Martin Monti, Owen, Steven Laureys y sus colaboradores repitieron la prueba en 2010 con 54 pacientes con trastornos de la conciencia (New England Journal of Medicine, 2010). Cinco modularon su actividad cerebral a voluntad. Uno de ellos, un hombre de veintitantos años con un traumatismo craneal de cinco años antes, usó las dos imágenes como código para contestar sí o no a preguntas sobre su vida dentro del escáner. A pie de cama no se consiguió comunicar con él.
Hoy, lo que era un caso es una cifra. Yelena Bodien y un consorcio de centros de Europa y Norteamérica estudiaron a 353 adultos con trastornos de la conciencia (New England Journal of Medicine, 2024). De los 241 que no obedecían ninguna orden a pie de cama, uno de cada cuatro mostró en resonancia funcional o en electroencefalograma la actividad de alguien que obedece cuando se le pedía imaginar un movimiento en bloques de quince a treinta segundos, alternados con descanso. Lo llaman disociación cognitivo-motora. En pacientes agudos, ingresados en una UCI tras una lesión cerebral, Jan Claassen y su equipo, pidiendo a los enfermos que abrieran y cerraran la mano, la habían encontrado con electroencefalograma en el 15 % de 104 enfermos sin respuesta, y quienes la mostraban se recuperaban mejor al cabo de un año (New England Journal of Medicine, 2019).
Lo que hace funcionar esos estudios es el método. No buscan una señal de la conciencia en abstracto. Hacen una pregunta, piden una respuesta mental concreta y comprueban si el cerebro la da. La experiencia se infiere porque alguien la ha provocado con una consigna y ha visto llegar la respuesta. Funciona con quien está vivo y puede seguir una consigna durante minutos, y no con quien se muere.
El trabajo que mejor muestra cómo se tiende ese puente se hizo con el sueño. Francesca Siclari, Giulio Tononi y sus colaboradores registraron con 256 electrodos el sueño de 46 personas y las despertaron más de mil veces para preguntarles qué tenían en la cabeza justo antes (Nature Neuroscience, 2017). Cuando habían estado soñando, en sueño REM o fuera de él, la parte posterior de la corteza mostraba menos actividad lenta; cuando no, más. Con esa señal, los investigadores predijeron si alguien había soñado acertando el 92 % de las veces, y en una validación con siete participantes nuevos, el 87 %. Es lo más cerca que la neurociencia ha llegado de leer en un trazado si hay o no experiencia. El mismo trabajo recogió además despertares en los que la persona estaba segura de haber estado soñando y no recordaba nada de lo soñado: experiencia sin contenido que contar.
Su mérito está en cómo se consiguió. La señal significa algo porque mil veces se despertó a alguien y se le preguntó. Sin los relatos, la reducción de actividad lenta en la corteza posterior sería un dato eléctrico más. El relato es lo que calibra el trazado. Hasta el intento de medir la conciencia sin preguntar, que estimula la corteza con un pulso magnético y mide lo compleja que es la respuesta, se ha validado así: Simone Sarasso, Marcello Massimini y sus colaboradores comprobaron con tres anestésicos distintos que la respuesta compleja coincidía con los voluntarios que, al despertar, contaban haber soñado (Current Biology, 2015). Que algunas firmas eléctricas sigan la experiencia de cerca, siempre que se calibren con relatos, es lo que sospechamos con más fundamento.
En el sueño, además, el relato caduca deprisa. William Dement y Nathaniel Kleitman vieron en los años cincuenta, en el laboratorio de sueño de la Universidad de Chicago, que quienes despertaban durante el sueño REM recordaban un sueño la mayoría de las veces, y que si se les despertaba unos minutos después de terminar esa fase el recuerdo se desvanecía (Journal of Experimental Psychology, 1957). Unos minutos bastan para perder una experiencia entera.
Al cerebro que muere no se le puede aplicar el procedimiento de Siclari. No se puede despertar a nadie a los treinta segundos de la parada para preguntarle qué tenía en la cabeza. Los únicos que pueden contar algo son los que vuelven, y lo cuentan días o semanas después. Muchos han pasado esos días sedados y con la temperatura controlada para evitar la fiebre, como recogen las guías de cuidados posreanimación del Consejo Europeo de Resucitación y la Sociedad Europea de Medicina Intensiva, actualizadas en 2025. Cuando por fin se les puede preguntar, entre la experiencia y la pregunta ha pasado todo eso.
Que alguna señal del cerebro moribundo, la gamma de las ratas o la de los dos pacientes de Michigan, acompañe a algo vivido es lo que especulamos. Cómo comprobarlo sin alguien que vuelva y lo cuente es lo que ignoramos.
Lo que cuentan quienes han estado cerca de morir no prueba lo que ocurrió mientras su corteza callaba. Pero es el único material que existe del otro lado del trazado, y hay que leerlo como se lee cualquier dato que sale de un cerebro: en serio, y desconfiando de su fecha.
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Médico de urgencias con cuarenta años de experiencia clínica. Escribe sobre el cerebro, la muerte y el pensamiento crítico, y sobre lo que la ciencia puede y no puede afirmar.
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