Familia con un carro de caballo cargado de capazos en lo alto de un cabezo, mirando las salinas: molinos de aspa, montones de sal y trabajadores entre las balsas
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El niño llevaba dos jornadas con las pestañas blancas y nadie en el carro se las había limpiado.

Candela lo intentó al principio, con la punta del pañuelo mojada en saliva. La sal volvía. Salía de las tablas del carro, de los capazos vacíos apilados al fondo, del pelo de la mula, y cuando el camino bajaba salía también del aire. Se le posaba a Simón en las pestañas y en la comisura de la boca y le ponía cara de viejo. Al tercer intento lo dejó estar. El crío dormía con aquella cara prestada, la boca abierta, y de vez en cuando se lamía el labio de arriba y arrugaba la nariz sin despertarse.

Elías iba sentado de espaldas al camino, con el hatillo entre las rodillas y una mano encima. Dentro llevaba dos camisas, unas abarcas de repuesto, media hogaza dura y el cuchillo de podar de su padre, que abajo no le iba a servir de nada y que no había sido capaz de dejar. Apretaba el nudo con los dedos cada vez que el carro daba un tumbo, aunque el carro llevaba tres días dando tumbos y el nudo seguía en su sitio.

Los carros de vuelta bajaban de la sierra de diez en diez con lo que arriba sobraba. Capazos de esparto para llenar, pellejos de vino agrio, algún saco de bellota para los cerdos de la costa y, en el carro de delante, un arado sin reja que nadie supo nunca para quién era. Aquella semana sobraban también ellos tres. El carrero les había cobrado un tejuelo por cabeza y nada por el niño, porque dijo que el niño no pesaba, y luego se pasó la bajada hablando con la mula y no con ellos. La mula se llamaba Pastora. Fue lo único que les contó en tres días.

—¿Falta mucho? —preguntó Candela la tercera mañana.

—Lo que falte.

Faltaba un repecho. Arriba la mula se paró sin que nadie tirase de nada, y el carrero señaló hacia abajo con la vara.

Abajo no había tierra. Había un blanco que nacía al pie de la cuesta y no se acababa, partido en cuadros por caballones de barro seco, y dentro de cada cuadro el blanco tenía su humor: gris en unos, rosado en otros, y en los del fondo con un brillo de vidrio que obligaba a cerrar los ojos. Sobre el blanco se levantaban cientos de palos. Al rato se vio que eran molinos de aspa, pequeños, de madera, cada uno encima de su pozo, girando todos y ninguno al mismo compás. El chirrido de todos juntos subía la cuesta y llegaba arriba hecho un solo ruido, largo, sin principio.

Al fondo de todo, una raya de plomo. Candela tardó en entender que era el mar, y cuando lo entendió no dijo nada.

—Las Eras —dijo el carrero—. Agarrad al chico, que en la bajada brinca.

Bajaron brincando. Elías se sujetó al borde del carro con la mano libre y miró el blanco hasta que le lloraron los ojos, y siguió mirando.

En Cerrovano nadie les había dicho que se fueran. Eso fue lo peor de Cerrovano, y Elías tardaría años en saber contarlo. En el reparto de los jueves el pesador del concejo se saltaba su nombre, lo leía al final, cuando ya no quedaba harina de la buena, y pedía perdón sin levantar la vista de la lista. En el lavadero las mujeres terminaban de aclarar justo cuando llegaba Candela. Los vecinos devolvían el saludo con la boca y no con la cara. Y una tarde de primeros de otoño los tres viejos del jurado lo esperaron sentados a la puerta del silo, el mismo silo cuyo candado había reventado su hermano Ginés el invierno de la tercera sequía para repartir la cebada de siembra entre quien quisiera cogerla.

Ginés se fue al monte esa noche. De él no se supo más. La familia aguantó en el pueblo un año más.

—Bajad a las Eras —le dijo el más viejo del jurado, mirándole las manos—. La sal siempre pide brazos. Preguntad por la Remei, que tiene la cocina grande y la manía de llenarla.

El viejo no escribió nada. En el carro, Candela había dicho una sola cosa sobre el sitio adonde iban:

—Que allí no sepan quién es Ginés. Lo demás me da igual.

El patio de los carros olía a mula y a algo agrio y metálico que se pegaba al fondo de la garganta y no se iba con saliva. Bajaron los últimos. Los carreros descargaban capazos vacíos en torres que se caían y volvían a apilar, y nadie se fijó en ellos. Candela se sentó en un capazo a dar de mamar al niño y nadie la echó de allí.

Toda la gente del patio llevaba delante de los ojos una tablilla de madera atada con cordel, con una raja estrecha en el centro. Algunos la tenían subida a la frente, como una visera. Elías y Candela iban con los ojos desnudos, entornados, llorando sin pena, y en el patio eso bastaba para saber de dónde venían.

Salieron al camino de las casas. Eran bajas, de piedra encalada, con el zócalo comido hasta media vara por una flor blanca que levantaba la cal en escamas. Delante de una de ellas, una mujer rascaba la flor de su umbral con una azada vieja y echaba lo que arrancaba en un capazo. El capazo, vio Elías, estaba casi lleno.

—Buscamos a la Remei.

La mujer se subió la tablilla a la frente. Tenía el borde de los ojos rojo y sin pestañas.

—Estará subida a algún sitio. Seguid la acequia madre hasta las balsas rosas y torced en el molino que no tiene aspas. Si no está, preguntad.

Miró al niño.

—A ese límpiale los ojos con agua dulce. Con saliva le saldrá postilla.

—No tengo agua dulce —dijo Candela.

—La Remei tiene aljibe.

Volvió a su umbral. Elías se quedó un momento mirando cómo rascaba. Pensó que mañana tendría que rascar otra vez, y después no pensó nada más, porque Candela ya andaba.

Siguieron la acequia. El blanco empezaba a los dos lados del camino y Elías, que había crecido entre surcos, buscó en él algún orden y no lo encontró. Los caballones se borraban a los veinte pasos. Las figuras que trabajaban dentro de las eras, encorvadas, con rastrillos de madera más largos que ellas, flotaban sin pies sobre la blancura y parecían más lejos o más cerca según él parpadease. A los cien pasos ya no sabía dónde terminaba el camino. Candela le agarró de la manga y siguieron así, ella mirando al suelo y él al frente, y entre los dos no se salieron.

Las balsas rosas olían a huevo. El molino sin aspas tenía una mujer encima.

Estaba a horcajadas en la cruceta, a tres varas del suelo, con las piernas trabadas en los palos y las dos manos metidas en el cuerpo de la bomba. Tendría cuarenta años o algo más. Llevaba el pelo cortado a tijeretazos y los antebrazos negros de sebo hasta el codo.

—Un momento —dijo sin mirar abajo—. Si suelto esto se me escapa el cuero, y para buscarlo hay que bajar al pozo, y en el pozo no cabe nadie.

Tardó bastante más que un momento. Elías cambió el hatillo de mano dos veces. Candela se sentó en el caballón con el niño en las rodillas, y el niño se despertó y miró hacia arriba, hacia la mujer del molino, sin llorar. Al fin sonó un golpe sordo dentro de la bomba, la mujer dijo una palabra que no se dice delante de los críos y bajó por los palos usando las manos solo para frenarse.

Se limpió los brazos en el pantalón, que no los limpió.

—¿Quién os manda?

—El jurado de Cerrovano.

—Cerrovano. —Se rascó la nuca con el dorso de la muñeca—. De Cerrovano me mandaron hace dos sacas una viuda con dos cabras. Las cabras se murieron de lamer el suelo. Ella está en la era nueve.

Lo dijo como quien da el parte del viento, y se agachó delante de Candela y le cogió la cara al niño con dos dedos negros.

—Esto, con agua del aljibe. —Se levantó y le miró a Elías los pómulos, luego a Candela, sin preguntar nada—. Venga. Que la chica habrá puesto la olla.

La casa de la Remei estaba al final de la acequia, más alta que las otras y con el zócalo rascado hasta la piedra. Tenía una sala larga, una mesa de tablones sobre caballetes y un fogón al fondo donde una chica de unos doce años removía una olla con un cucharón casi de su estatura. Al verlos entrar, la chica miró a la Remei.

—¿Más?

—Tres. El pequeño come poco.

—Pues no hay más garbanzos.

Echó en la olla dos jarros de agua y un puñado de sal que sacó de un saco sin medir.

Comieron garbanzos aguados con tiras de pescado seco que había que desmigar con los dedos. Elías comió deprisa y con la cabeza baja, porque comer así delante de una desconocida le daba vergüenza y dejar de comer le daba más. Candela le daba al niño garbanzo chafado en la yema del dedo, y el niño lo escupía y abría la boca para que le diera otro. La Remei no comió. Se sentó en el otro extremo de la mesa con un carrero que había entrado detrás de ellos y discutió con él el precio de los capazos nuevos, que el carrero quería a tejuelo y medio la docena y ella a uno. No se pusieron de acuerdo. El carrero se fue diciendo que la próxima vez los traería podridos, la Remei le contestó que ya los traía podridos, y eso fue todo.

Luego abrió un arcón que había junto al fogón y sacó un cordel con tejuelos ensartados. Eran discos de barro cocido del tamaño de una uña, con un sello hundido en cada cara. Habría quince o veinte. Los dejó sobre la mesa delante de Elías y el barro sonó contra la madera.

—Esto no es mío. Lo trajeron los que bajaron antes y lo dejaron para los que bajaran después. Ahora vosotros sois después. Cuando os sobre, lo devolvéis al cordel, y el cordel se lo dais al siguiente que baje en un carro de vuelta y no sepa adónde ir. A mí no, que yo ya tengo bastante con lo mío.

Elías miró el cordel sin tocarlo.

—¿Y usted por qué hace esto?

La Remei se lo pensó. Parecía pensárselo de verdad.

—Porque tengo la cocina grande —dijo—. Y porque si no lo hago yo, lo hace Clemente, y Clemente lo apunta.

—¿Quién es Clemente?

—Mañana lo conoces. Coge eso, que no muerde.

Elías lo cogió y se lo metió dentro de la camisa, contra la piel, porque del hatillo ya no se fiaba.

—Os llevo con los Arrufat —dijo la Remei—. Tienen un cuarto donde guardaban las esteras. Las esteras pueden dormir en el patio.

El cuarto de las esteras olía a esparto viejo y a salmuera, y tenía en la pared del fondo un ventanuco por el que entraba el chirrido de los molinos y una tira de luz que de noche seguía siendo blanca, porque el blanco de fuera devolvía la luna. Los Arrufat eran él, ella, unos hijos que entraban y salían sin que se supiera cuántos había en cada momento y una abuela que tosía detrás del tabique. Les dieron un jergón de borra, una manta de pelo de cabra y el aviso de que la abuela tosía toda la noche y que no era nada.

La abuela tosió toda la noche. Nadie les dijo nunca qué era.

Elías no durmió. Se quedó boca arriba con el cordel todavía dentro de la camisa, notando cada disco con la piel del pecho, y escuchó. Los molinos no paraban. Chirriaban en oleadas: el viento los iba tocando por filas, se arrepentía, volvía atrás. Debajo del chirrido se oía otra cosa más baja, el goteo de las canaletas sobre las balsas, cientos de goteos que no caían a la vez.

Hacia la madrugada el viento se cayó de golpe. Los molinos se pararon todos y el silencio fue tan grande que Candela se incorporó en el jergón.

—¿Qué ha sido?

—Nada. Se han callado.

Se quedaron sentados, escuchando. Detrás del tabique la abuela tampoco tosía. Al poco un molino lejano dio media vuelta con un quejido, otro le contestó, y enseguida estaban todos otra vez, y la abuela con ellos.

Candela se volvió a tumbar. Buscó la mano de Elías debajo de la manta.

—Aquí no saben quién es Ginés.

—Todavía.

Ella no contestó. Le apretó la mano hasta dormirse, y dormida siguió apretando.

Por la mañana el blanco había cambiado. Era gris perla bajo un cielo cerrado y no hacía daño, y Elías pensó que a lo mejor no era para tanto. A media mañana salió el sol y supo que sí.

La casa de pesas estaba en el centro de las Eras, al pie de la muela grande, un monte de sal de diez o doce varas con una rampa de tablones en espiral por la que subían hombres con capazos a la espalda. El pesador mayor se llamaba Clemente y era un hombre largo, de cuello largo, que hablaba sin mover la cabeza. Leyó la nota que la Remei había escrito con un tizón en un trozo de estera y la tiró a un rincón.

—Otro.

—Sí, señor.

—¿Qué sabes hacer?

—Segar. Podar. Lo que me echen.

—Aquí no se siega.

Cogió una vara de avellano de un haz, la midió contra su antebrazo, la cortó y la abrió a lo largo de un tajo, en dos mitades que casaban.

—Cargador. Era doce y muela grande. Por cada capazo que subas, una muesca en las dos mitades. El sábado se juntan y se paga lo que case.

Le dio una mitad. La otra la colgó de un clavo, en un tablero lleno de clavos y de mitades.

Detrás de Clemente había otra pared, también llena de mitades de avellano en filas. Estas tenían el clavo atravesado por el centro y no colgaban de nada. Algunas llevaban tantas muescas que parecían sierras. Otras, tres o cuatro.

—¿Y esas? —preguntó Elías.

—Las que no vinieron a casar. Mañana, al toque de caracola. Si llegas tarde, te cuento la jornada desde que llegues.

Al que le tocó enseñarle se llamaba Amadeu y tenía el ojo izquierdo del color de la clara cocida. Lo primero que hizo fue quitarse la tablilla y atársela a Elías.

—Para hoy. Esta noche te haces una. Sin ella, a los tres días no puedes abrir los ojos del dolor, y con los años eres como yo pero de los dos lados.

El mundo se volvió una raya. Una raya horizontal en la que el blanco ya no hacía daño y en la que cabían, si movía la cabeza despacio, un caballón, un capazo, la espalda de Amadeu.

—Así no veo nada.

—Ves la era. Para la era te sobra.

Amadeu le enseñó en tres semanas lo que sabía, que no era poco, y se lo enseñó a gritos, porque con los molinos no se podía de otra manera. Que el blanco tenía nombres. La flor era la de arriba, la fina, la que se cogía al amanecer con pala de madera y se pagaba aparte porque iba a las mesas de la sierra. La pana era la capa gruesa que se partía con el rastrillo y se amontonaba en caballetes para que escurriera. El agua madre era la de las balsas rosas, la que ya no daba más, la que olía a huevo. Y había un blanco que Amadeu llamaba la blanca, sin más: cuando el sol pegaba de lado y el viento levantaba polvo y los caballones se borraban y uno ya no sabía dónde acababa la era y dónde empezaba la balsa.

—Si te coge la blanca, te sientas. Donde estés. Te sientas y esperas a que pase o a que te vengan a buscar. Las balsas madre tienen fango debajo, el fango te agarra hasta el muslo y el agua madre te pela las piernas mientras gritas. El año pasado uno se sentó y se le quemó el culo. Otro siguió andando.

—¿Y qué fue del otro?

Amadeu le miró con el ojo bueno.

—Ya has visto la pared de Clemente.

Le enseñó a oír la pana. Una pana sana crujía bajo la abarca con un ruido de pan duro. Con agua debajo sonaba más grave, más hueca, y entonces había que echar el peso atrás antes de pensarlo. Le enseñó a subir la rampa de la muela con el capazo en los riñones y no en los hombros, inclinado, mirando los tablones y nunca la cima, y a bajarla de lado. Le enseñó a untarse sebo en las grietas de los dedos por la noche y a no lamérselas, por mucho que escocieran. Lo único que no le enseñó fue a hacerse la tablilla. Esa la talló Elías la primera noche con el cuchillo de podar de su padre, de la tapa de un arcón que los Arrufat le dejaron romper, y le salió con la raja torcida. La llevó torcida todos los años que la llevó.

La primera noche se le abrió la piel de la espalda en el sitio donde apoyaba el capazo, dos rozaduras paralelas a la altura de los riñones. Candela se las lavó con el agua del aljibe que la Remei les mandaba cada dos días en un cántaro con la boca rota. Al día siguiente se le volvieron a abrir, y al otro. Hacia la tercera semana dejaron de abrirse y se le quedó allí un cuero duro, más oscuro que el resto, que ya no se le fue.

La primera semana subió catorce capazos por jornada. A la segunda, veinte. El sábado Clemente juntó las dos mitades de avellano, las miró contra la luz y le pagó dieciocho jornadas de capazo en tejuelos. Faltaban cuatro. Elías dijo que los había subido. Clemente le señaló dos muescas de su mitad que no seguían en la otra.

—Se te va el cuchillo. Pasa los primeros días.

Elías no discutió. Por la noche, en el cuarto de las esteras, repasó las muescas con la uña una por una y no supo si se le había ido el cuchillo o no. Tampoco lo supo nunca.

Candela, mientras, había encontrado el almacén del reparto. Allí se cambiaban los tejuelos por garbanzos, aceite, pescado seco y tela, y allí mandaba un hombre al que todos llamaban el Bou, grande y colorado, con unas manos que dejaban pequeño cualquier saco. Candela fue la primera semana a cambiar y la segunda se quedó, porque la mujer que ayudaba al Bou se había subido a la sierra en un carro de vuelta y el Bou necesitaba a alguien que supiera contar. Candela sabía contar. Sabía, sobre todo, mirar una balanza.

El cuarto día se agachó debajo del mostrador y pasó la uña por la parte de abajo del plato de los garbanzos.

—Aquí hay barro pegado.

—Eso estaba ahí cuando llegué.

—Pues pesa. Cada vez que pesas garbanzos con este plato, das menos de lo que cobras.

El Bou la miró, miró la cola, que llegaba hasta la puerta y escuchaba, y volvió a mirarla a ella.

—Habla más bajo.

Candela rascó el barro con el canto de un tejuelo hasta que el plato quedó limpio y se lo enseñó.

—Ahora pesa lo que pesa.

El Bou no dijo nada más ese día. Al siguiente le dejó la balanza a ella y se puso a mover sacos, que era lo que le gustaba. Una mujer de la cola, la de la era seis, empezó a esperar a que estuviera Candela para cambiar.

La primera saca se cerró al final del verano, cuando la muela grande ya no admitía más capazos y hubo que empezar otra al lado. Ese día no se trabajó. Barrieron la explanada de la casa de pesas, un hombre de la era tres sacó una dulzaina y un chaval un tambor de piel de cabra, y de los pellejos de vino agrio que habían bajado los carros salió lo bastante para que bailaran hasta los que no sabían. Elías no sabía. Bailó igual, pisando a Candela. Amadeu bailó con el ojo bueno cerrado, por probar. El Bou no bailó; se sentó en un capazo vuelto del revés con un pellejo entre las rodillas y fue el que más cantó. Clemente miraba desde la puerta de la casa de pesas con los brazos cruzados.

La raya oscura salió del mar al anochecer. Nadie la vio llegar porque nadie miraba al mar. La primera gota cayó sobre el tambor y sonó más fuerte que el chaval.

La dulzaina se calló a mitad de una nota.

—¡Aigua!

Lo gritaron diez bocas a la vez y la explanada se vació en el tiempo que se tarda en soltar una mano. Corrían hacia las muelas. Al pie de cada una había esteras de esparto enrolladas, y los hombres las cogían por los extremos y subían con ellas la rampa mientras las mujeres tiraban desde abajo de las cuerdas. Arriba de la muela grande, de pie, con el viento llevándose la mitad de lo que decía, la Remei gritaba nombres. Elías oyó el suyo. No sabía que ella lo supiera.

Él, Candela y dos de los chavales Arrufat se quedaron con una estera en la muela pequeña, la nueva, la que todavía no tenía rampa. El viento la levantaba como una vela y tuvieron que meterse debajo para sujetarla con el cuerpo contra la sal. Dentro no se veía nada. La lluvia sonaba sobre el esparto con un ruido de cien dedos. Candela estaba pegada a él, de lado, con la frente contra su cuello, y se estaba riendo. Elías no supo de qué. Elías le notaba la risa en el cuello antes de oírla, y le duró tanto que uno de los chavales le dio un codazo. Elías intentó acordarse de la última vez que la había oído reír así y no le salió ninguna, ni en Cerrovano ni antes, aunque antes tenía que haber alguna.

—Que se nos vuela —dijo uno de los chavales, en la oscuridad, a la altura de sus rodillas.

Sujetaron hasta que paró.

Cuando salieron, la muela pequeña había perdido un tercio por el lado que la estera no cubría, y el agua bajaba por la ladera teñida de rosa y se llevaba la sal de vuelta a las balsas. Al día siguiente Clemente pesó lo que quedaba y lo apuntó.

Unas semanas después, la Remei vino a buscarlos al caer la tarde. Tenía que revisar la compuerta grande, la que dejaba entrar el mar en las primeras eras, y necesitaba a alguien que le sujetara el farol.

—Con uno basta —dijo—. Pero venid los tres, que el chico tiene que ver esto.

Fueron por el caballón más largo de las Eras, el que llegaba hasta el mar. A esa hora el sol estaba ya tan bajo que no hacía falta tablilla, y el blanco, sin el sol encima, dejaba de ser blanco. Las eras de la flor eran de un azul de leche aguada. La pana era gris. Y las balsas madre, las de olor a huevo, se habían puesto de un rojo que Elías solo había visto en la matanza.

—Parece carne —dijo Candela.

—Mañana a mediodía parecerá leche —dijo la Remei—. Depende de la hora.

En la compuerta la Remei se metió en el agua hasta las rodillas, tanteó con las manos las tablas del cierre y maldijo dos veces. Elías sujetó el farol. Candela se sentó en la piedra del borde con Simón, que ya se tenía sentado solo y que alargó la mano hacia el agua rosa y se la metió en la boca antes de que nadie pudiera impedirlo. Puso una cara tan horrible que la Remei, con los brazos dentro del agua, se echó a reír, y Candela también, y el niño, al verlas reír, se metió la mano otra vez.

—¿Y usted de dónde vino? —preguntó Candela cuando la Remei salió del agua.

La Remei se escurrió los bajos del pantalón.

—De un carro.

No dijo más. Volvieron con el farol encendido, porque ya era de noche. Desde el caballón las Eras eran una mancha pálida sin bordes, con puntos de luz aquí y allá, y Elías no supo encontrar la casa de los Arrufat hasta que la Remei se la señaló con el dedo, la del zócalo sin rascar.

—Al niño no le contaremos lo de Cerrovano —dijo Candela en el camino, en voz baja, para Elías solo.

—¿Y si pregunta?

—Pues que pregunte.

En las Eras los años no se contaban. Se contaban sacas. Pasaron cuatro, y luego otras cuatro. Elías tuvo una mitad de avellano con su nombre en el tablero de Clemente durante todas ellas, y las manos se le llenaron de grietas que no cerraban ni en invierno, y aprendió a subir la rampa dormido. Candela se quedó con el almacén cuando al Bou le falló la espalda. El cordel de tejuelos estaba colgado de un clavo junto a la puerta del cuarto de las esteras. Unas semanas tenía más discos y otras menos. Un invierno malo se quedó en seis. Ese mismo invierno entró por la compuerta un atún más largo que un hombre y quedó varado en la era dos, y lo salaron entero en la casa de pesas, y durante semanas las Eras olieron a atún aunque casi nadie llegó a probarlo.

Amadeu se sentó una tarde de la quinta saca en el caballón de la era doce, con la blanca encima, que era lo que él mandaba hacer. Cuando pasó la blanca siguió sentado. Clemente clavó su mitad en la pared al día siguiente, en la fila de abajo, que era la que tenía sitio. Elías pasó por delante muchas veces después. No le contó las muescas.

La Remei siguió subida a los molinos, peleándose con los carreros por el precio de los capazos y con los compradores de la sierra por el de la flor, que nunca les parecía bastante blanca. Al pie de la muela grande, una mañana, Clemente le dijo a Elías que preguntaban por él dos hombres de un carro de vino. Eran de Cerrovano. Uno de ellos se le quedó mirando más de la cuenta desde la puerta de la casa de pesas, con el sombrero en la mano. No dijo nada. Elías tampoco. El carro se fue al día siguiente y Elías no supo nunca para qué habían preguntado por él, ni si sabían algo de Ginés o venían a decirle algo de Ginés, porque no fue a buscarlos y ellos no volvieron.

Una madrugada de la novena saca salió del cuarto antes de la caracola, sin la tablilla, porque se la había dejado en el jergón. La luz era todavía rasante y fría. Se quedó en la puerta con el agua del aljibe en la cara, secándose, y miró.

Vio la era doce y la once. Vio el caballón que las partía, la grieta del caballón por donde se colaba el agua madre desde hacía dos sacas y que nadie arreglaba, la flor de la once más gruesa que la de la doce porque le daba antes el sol. Vio la pana de la nueve, la de la viuda de las cabras, que ya no era de la viuda. Vio las balsas madre, el borde de cada una, y supo cuál tenía fango y cuál no. No tuvo que entornar los ojos. Volvió a por la tablilla de todas maneras, porque el sol iba a salir.

Esa noche se lo contó a Candela en el jergón.

—Hoy he visto los bordes sin la tablilla.

—¿Cuáles?

—Todos. La once, la doce. La de la viuda.

—Esa ya no es de la viuda —dijo Candela—. Se la quedaron los Arrufat por un saco de garbanzos y la viuda se fue con su hermana. Hace dos sacas.

—Ya lo sé.

—Pues no lo parece.

Simón dormía entre los dos, de lado, con la tablilla pequeña que le había tallado su padre colgada del cuello, aunque nunca se la ponía.

Las Eras se perdieron el invierno que Simón cumplió veintiséis. El mar entró por la compuerta grande una noche de temporal, rompió los caballones de las primeras eras y siguió hacia dentro, y cuando se retiró no se retiró del todo. Hubo que pasar una saca entera para entender que no iba a retirarse. Las muelas se deshicieron con las lluvias de la primavera siguiente. Los molinos quedaron de pie en el agua, cada uno sobre su pozo, y los que aún tenían aspas siguieron girando un tiempo, sacando mar y echándolo en el mar. El agua era gris de día y negra de noche, y desde la cuesta se le veían todos los bordes.

Simón seguía en la casa que sus padres habían levantado al lado de la de los Arrufat, de piedra encalada, con la azada de su padre detrás de la puerta. No había preguntado nunca por Cerrovano. Una vez, siendo mozo, les dijo a unos carreros que había nacido en un carro, y Candela, que lo oyó, no le corrigió.

Cada verano, cuando la casa se secaba después de las lluvias, la flor blanca volvía a subir por el zócalo y levantaba la cal en escamas. Simón la rascaba con la azada de su padre y echaba las escamas en un capazo viejo.

Su hija, que tenía cinco años y las pestañas negras, se agachó a su lado y pasó el dedo por el zócalo.

—¿Qué es lo blanco?

—Sal.

—¿Quién la pone?

Simón siguió rascando un rato.

—Nadie. Sube sola.

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