Una pareja joven con un hatillo y un bebé pregunta a una mujer que barre una acera; al fondo, chimeneas de una fábrica.
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El reloj de la estación iba diez minutos por detrás del de Isidro. Antes de bajar el hatillo, Isidro sacó el suyo del bolsillo del chaleco y lo puso con el de la pared, despacio, con la uña en la ruedecilla. Herminia lo miraba desde el pasillo del vagón, con el niño dormido en el hombro.

Era el reloj de su padre, lo único que no habían vendido. En el pueblo nadie quiso dar por él lo que valía, y Herminia dijo además que un hombre que llega a un sitio nuevo tiene que saber por lo menos qué hora es. Isidro le daba cuerda todas las noches antes de descalzarse, primero el reloj y luego las alpargatas, y en tres días de trenes y una noche en un banco de la estación de Valencia no se le había pasado ninguna.

Andrés tenía nueve meses según su madre y siete según el juzgado de paz, que lo había inscrito tarde. El secretario cerraba cada vez que a su madre le daba el reúma, y a la madre del secretario el reúma le daba los martes y los viernes.

—¿Es aquí? —preguntó Herminia.

Fuera, un andén de cemento cuarteado y un farol que nadie había apagado. Más allá, tres chimeneas que no echaban humo de cocina.

Isidro se inclinó por encima de su hombro para ver y le olió el pelo. Carbonilla y, debajo, el jabón de sosa que hacía su suegra con el aceite de freír.

—Yo qué sé. El cartel no se lee.

La chapa tenía tanto óxido que igual podía decir el nombre del pueblo que el del pueblo de al lado.

Bajaron los últimos. En el andén, un ferroviario con la gorra echada hacia atrás leía un papel moviendo los labios.

—¿Esto es el Puerto?

El hombre levantó la vista. Le bastó con el hatillo y con las alpargatas, que llevaban la suela remendada con el cartón de una caja de membrillo.

—Esto es Sagunto. El Puerto está abajo, donde va el humo. —Señaló con el papel una máquina de vapor pequeña que resoplaba en la otra vía, con dos coches de madera detrás—. Si no queréis andar, el trenet os baja.

Y volvió al papel.

El trenet los bajó en un trayecto que Andrés pasó entero dormido y Herminia entero de pie, con la cara en la ventanilla. Cuando abrieron la puerta, abajo, el aire no se parecía a ninguno que conocieran. En el pueblo, en enero, el aire olía a leña de encina y a nada más. Este raspaba al tragarlo y dejaba en la lengua un gusto de perra gorda chupada, y traía gasóleo, carbón, una cosa dulzona que esa misma tarde aprendieron a llamar pescado y, por debajo de todo, un polvo fino que crujía al juntar los dientes.

—Pues no huele a mar —dijo Herminia.

No lo había olido nunca. Lo había ido nombrando todo el viaje en voz baja, igual que su madre nombraba a los santos, sin creer del todo y por si acaso. Lejos, Isidro. Donde no conozcan a tu hermano. Pero que haya mar.

* * *

En el pueblo, la última semana, la acera se vaciaba cuando ellos pasaban. En la taberna las conversaciones se quedaban a medias cada vez que Isidro entraba a por tabaco y seguían cuando salía. Nadie les gritó nada ni les rompió un cristal. Su hermano se había echado al monte en el cuarenta y seis y no había vuelto a bajar. Trece años después, cuando Isidro cruzaba la plaza, los viejos del poyo seguían mirando hacia la sierra.

El alcalde les firmó un certificado de buena conducta con la cabeza metida en el cajón, buscando el tampón. Era la manera más rápida que había encontrado de que se fueran.

—En el Puerto siempre falta gente —dijo, y sopló la tinta—. Preguntad por el padre Jaime. Ese tiene la manía de recoger lo que otros tiran.

Herminia guardó la frase en el bolsillo del delantal, con los botones sueltos, por si algún día servía de algo. Ahora iban detrás de un cura del que no sabían más que el nombre y la manía.

Salieron del apeadero hacia el humo, que era la única señal que tenían. El Puerto empezó sin avisar. Primero unas casas bajas tiznadas hasta las ventanas. Después, bloques con mantas en los balcones y cables cruzados por encima de la calle. Al fondo estaba la fábrica, en el sitio donde en cualquier otro pueblo habría estado el horizonte. Tenía unas torres más altas que cualquier campanario y grúas paradas encima de montañas de tierra del color del ladrillo. El humo, en cuanto salía, se tumbaba hacia el mar.

Isidro había estado dos veces en Badajoz y una dentro de una plaza de toros. Nada de eso le servía.

—No hay ni una gallina —dijo Herminia.

Isidro buscó una. Era verdad.

Una mujer barría delante de una casa baja con una escoba de brezo atada con alambre. Barría una acera que ya estaba barrida. Llevaba un pañuelo desteñido y tenía los ojos muy despiertos, de ver bajar a mucha gente de muchos trenes.

—Buscamos al padre Jaime.

La mujer apoyó las dos manos en el palo. Al oír el nombre se le aflojó una línea de la cara, junto a la boca.

—Vais bien. —Tenía un acento que Isidro no había oído nunca, medio valenciano y medio andaluz, hecho allí mismo a pie de horno—. Seguid el olor a pescado hasta que no lo aguantéis, y entonces a la derecha. Y buscad el campanario que se esconde, no el que presume.

Miró al niño.

—Si se os despierta por el camino, es que vais bien. Dicen que ese cura, cuando los bautiza, les mete algo en la oreja para que vuelvan.

Andrés se despertó en la segunda calle, justo donde el pescado empezaba a no aguantarse. Lloró un poco, por cumplir, y luego se puso a mirar los cables.

En todo el invierno no supieron cómo se llamaba la mujer de la escoba.

La iglesia estaba encajada entre dos bloques, con un campanario chato que no asomaba por encima de los tejados aunque uno se pusiera de puntillas. Hubo que empujar la puerta con el hombro.

* * *

En la sacristía había un hombre en mangas de camisa, remangado hasta el codo, inclinado sobre una mesa llena de papeles. La sotana colgaba del respaldo de una silla. Trazaba una raya con un lápiz de carpintero y llevaba en la oreja una colilla apagada, de reserva.

—Ahora no —le dijo al papel—. Como desvíe mal esta acequia, el agua se nos va al cuerno, y bastante sed tenemos.

Terminó la raya, la miró con un ojo cerrado, borró un trozo con el pulgar mojado y la volvió a trazar un poco más a la izquierda, por donde según el papel bajaba el terreno, y solo entonces levantó la cabeza. Tenía los ojos muy oscuros, con una red de arrugas alrededor que lo mismo podían ser de reírse que de no dormir.

—Sois los del trenet.

—¿Cómo lo sabe?

—A esta hora el trenet no trae más que a los que vienen a trabajar y a los que vienen a cobrar. —Les miró las manos—. Y vosotros no venís a cobrar.

Herminia miraba el papel. Flechas y números. Las flechas iban todas hacia abajo.

—Una acequia —dijo el cura—. También arreglo grifos.

Se limpió el grafito en el pantalón.

—¿Habéis comido?

Isidro buscaba una manera de decir que sí sin que fuera mentira del todo.

—Desde ayer no —dijo Herminia.

Ayer. Ayer había sido media manzana partida en tres con la navaja de Isidro.

El cura cogió la sotana de la silla y se la echó al hombro, sin ponérsela.

—Pues primero se come.

Salió delante y no se volvió a mirar si le seguían.

* * *

La cocina olía a patata con laurel y a un tocino que se veía poco. Una mujer mayor removía la olla con un cucharón de madera tan gastado que era casi todo palo. Al verlos entrar echó dos cazos de agua y media patata más, y no preguntó quiénes eran. Encima del fogón, en una repisa, había una lata de pimentón llena de pinzas de tender.

El cura les sirvió él mismo, en platos de loza desportillados, y se quedó de pie apoyado en el fregadero, fumando un Celtas. Echaba la ceniza en la palma de la mano y después se la sacudía en el pantalón, encima del grafito.

Comieron deprisa. El caldo quemaba y no esperaron a que se enfriara.

—¿De dónde?

—De Badajoz. De un pueblo.

—De Badajoz tengo media calle. De Jaén, la otra media. Y de Cuenca hay tres familias que no se hablan, porque sus pueblos ya se llevaban mal antes de la guerra.

—Nos han echado —dijo Herminia.

—Nadie nos ha dicho nada —dijo Isidro.

—Ni falta que hacía.

El cura se miró la punta del cigarro. Isidro mojaba pan por el borde del plato con la cabeza baja, y la cocinera rascaba el fondo de la olla.

—¿El hermano? —preguntó el cura.

Isidro dejó el pan.

—Se echó al monte en el cuarenta y seis.

—¿Y volvió?

—No.

El cura apagó el cigarro contra el borde del fregadero, se guardó la colilla en el bolsillo de la camisa, con la otra, y fue a un aparador al que le faltaba una pata, sustituida por dos ladrillos. Abrió un cajón que hubo que convencer y sacó un sobre. Era viejo, remendado en las esquinas con tiras de papel engomado y blando de tanto doblarlo y desdoblarlo. Lo dejó en la mesa, entre los dos platos.

—No es limosna. Es un préstamo, sin interés y sin fecha. A mí no me lo devolváis, que bastante tengo con lo mío. Se lo dais al siguiente que llegue con la cara que traéis. ¿Trato?

Isidro puso la mano encima. Estaba caliente, o se lo pareció. A lo mejor era la mano.

—Trato.

Herminia le dio la vuelta. Por detrás tenía una columna de números a lápiz que bajaba desde la solapa casi hasta la esquina remendada, cada uno con unas letras al lado y escrito por una mano distinta, ninguno con fecha. Unos habían apretado tanto que el papel estaba marcado por el otro lado. Otros apenas lo habían rozado. Uno, hacia la mitad, no tenía letras. Tenía una cruz.

—¿Y esto?

—Las cuentas. Cada uno apunta lo suyo cuando lo pasa.

—Este no sabía escribir.

—Ese devolvió en un mes.

Herminia las contó con la uña. Once. Subió hasta arriba del todo, donde el lápiz estaba tan gastado que tuvo que poner el sobre contra la ventana.

—¿Y el primero quién fue?

El padre Jaime se encogió de hombros. Sacó la colilla del bolsillo, la miró y decidió que todavía no.

—Eso no lo pone.

* * *

Casimiro era del muelle y tenía cinco hijos, una suegra y una mujer que mandaba en las tres cosas. El cuarto que les dejaron había sido un trozo de pasillo hasta que alguien le puso una puerta. Tenía una ventana del tamaño de un misal, que daba a un patio de tendederos, y una cama de hierro con un colchón de borra que sonaba como un rebaño cada vez que alguien se daba la vuelta.

La mujer de Casimiro les dio las condiciones en la puerta, sin soltar el picaporte. El retrete, primero los hombres de la casa y luego los demás. La luz, hasta las diez. Agua para lavar, la del patio. El niño, si llora, que llore hacia la calle, que los suyos madrugan.

—¿Y el alquiler? —preguntó Isidro.

—Eso con mi marido. —Se lo pensó—. Que lo hablará conmigo.

Hacía tres noches que no dormían en una cama. Isidro se sentó en el borde de la cama, que se hundió hasta casi tocar el suelo, y le dio cuerda al reloj de su padre, doce vueltas de la ruedecilla, las mismas que en el pueblo. Luego se quitó las alpargatas. Dejó el reloj abierto encima de la silla para oírlo.

El Puerto no se callaba nunca. Había un ruido grave, sin sitio, que subía por las patas de la cama y se metía en la almohada, y de vez en cuando, muy lejos, un golpe de hierro contra hierro. Isidro contó los golpes hasta treinta y se perdió.

—¿No duermes? —preguntó Herminia, de espaldas.

—No lo sé.

—Pues entérate, que mañana madrugas.

Luego ella le buscó la mano debajo de la manta y la encontró a la primera.

—Estamos aquí.

Isidro pensó en la cuneta de la carretera del pueblo, la de la curva del molino, que era donde aparecía la gente, y no la nombró.

El colchón sonó entero cuando ella se acomodó. Al otro lado del tabique, la suegra de Casimiro dijo una frase en valenciano que no necesitaba traducción. El pequeño de Casimiro tuvo hipo hasta las tantas.

* * *

Don Ildefonso, el jefe de personal, era más estrecho que alto y se movía poco, como si los gestos se cobraran aparte. Leyó la nota del cura con las gafas en la punta de la nariz y resopló.

—Otro del cura. Cualquier día me manda a Satanás y tendré que buscarle hueco en plantilla.

Isidro había aprendido en el pueblo a quedarse quieto delante de cualquiera que tuviera una mesa.

Don Ildefonso desdobló el segundo papel. Lo leyó dos veces. Lo levantó contra la ventana.

—Buena conducta. Firmado por el alcalde. Asistencia a misa, diaria. —Lo bajó y le miró la cara un rato largo—. Pues nadie lo diría.

Isidro había ido a misa por Pascua.

Lo metió en un cajón, encima de otros iguales.

—¿Qué sabes hacer?

—Lo del campo. Y aguantar.

—Aquí no hay campo.

—Pues aguantar.

—Aguantar me lo dicen todos.

Escribió con una letra pequeña y torcida, leyendo a media voz lo que escribía. Varón. Veinticinco años. Casado, un hijo. Peón. Sin oficio que conste.

—Mantenimiento, en los hornos. Mañana a las seis. Aquí nos gusta que las manos sigan pegadas al cuerpo, con los dedos que traían. Y no te me mueras el primer mes, que los partes de accidente se me atascan en la máquina y le acabo de poner cinta.

Al despedirle le dio ánimos. El primer invierno era el más duro. Isidro, que había llegado en enero con unas alpargatas de membrillo, ya lo sabía.

Se guardó el papel en el chaleco, al lado del reloj.

* * *

Silverio le enseñó primero dónde no había que ponerse. Le faltaba la punta del meñique izquierdo y señalaba con ese dedo, el corto.

—Ahí no. Ahí tampoco. Debajo de eso, nunca, aunque te llamen.

Delante del horno, el calor se empujaba con el pecho. Había que respirar corto, de lado y con la boca abierta, sin quitarle el ojo a la piquera ni al que tenías al lado, y aun así el aire entraba seco y salía más seco. En una semana Isidro aprendió lo que Silverio llamaba escuchar. Un pitido largo era un aviso con educación. Un golpe seco, de hierro contra hierro, era para tirarse al suelo antes de preguntar a quién le había tocado.

—Si canta, bien —le gritaba Silverio a la hora del bocadillo, con la bota de vino pasando de mano en mano—. Si se calla, corre.

—¿Y si no me da tiempo?

Silverio se rió con los dos huecos donde antes tuvo muelas.

—Pues reza, pero deprisa, que el relevo no espera.

La primera vez que vio sangrar el horno, Isidro se quedó clavado donde no debía y un compañero lo apartó de un empujón sin mirarlo. Abrieron la piquera a golpes de barra. El arrabio salió de pronto, con una prisa que Isidro no le había visto nunca a ningún líquido, y se fue por la reguera hacia la cuchara. La escoria flotaba encima y se iba por otro canal. A Isidro le vino a la cabeza su madre quitándole la espuma al cocido con la espumadera. No se lo contó a nadie.

Al tercer día, a la hora del bocadillo, Silverio le preguntó quién le había mandado.

—El cura.

Silverio masticó por el lado que todavía tenía muelas.

—¿Te ha dado el sobre?

Isidro dejó de masticar.

—¿Usted cómo sabe…?

—Busca una ese que se sale del renglón. Esa es mía. No he sabido nunca hacerla más pequeña. —Se limpió la boca con la manga—. Yo vine encima del mineral, que salía más barato. Y devolví tarde. Dos años.

—¿Y la cruz?

—La cruz no te la digo, que todavía vive.

Le pasó la bota. El vino estaba caliente de haber estado cerca del horno. Silverio le miró los pies.

—Con eso te vas a quedar sin dedos antes que yo. Uno de la grúa tiene unas botas de su cuñado, que ya no las necesita. Ya te diré.

Isidro no preguntó por qué el cuñado ya no las necesitaba.

* * *

La segunda semana estuvo de noche. A la tercera se le hizo una ampolla en el talón derecho, donde el cartón de membrillo se había doblado. Reventó el miércoles. El viernes estaba amarilla y olía. Herminia la pinchó con una aguja pasada por la llama de una cerilla, la apretó con un trapo hasta que salió limpio y se la vendó con una tira de la enagua. Isidro fue a trabajar cuatro días pisando con el borde del pie.

Por entonces ya dormía de un tirón cuando no estaba de noche.

Un sábado, en la cantina, uno de Mérida le preguntó de qué pueblo era. Isidro se lo dijo. El de Mérida dijo que de por allí era el jaleo aquel del monte, que se lo había contado un primo, y otro de la mesa le dio con el codo. Entró el encargado a por tabaco. Nadie habló hasta que salió, y cuando salió estaban hablando de si llovería el domingo.

Esa noche Isidro contó golpes de hierro hasta cuarenta.

* * *

De día, Herminia aprendía el patio. La suegra de Casimiro no hablaba castellano más que para reñir, y a Andrés le hablaba en valenciano, muy deprisa y con la cara pegada a la suya.

—Xe, quin xiquet més flac.

Herminia entendió lo de flaco, y lo entendió muy bien. Desde ese día la vieja le daba al niño sopas de pan con aceite detrás del lavadero, y Herminia hacía como que no lo veía, y la vieja hacía como que no sabía que Herminia lo veía. La mujer de Casimiro, desde la ventana de la cocina, contaba el aceite.

* * *

Mientras Isidro aprendía a escuchar, Herminia aprendió el economato.

La cola llegaba hasta la acera y era toda de mujeres, cada una con su cartilla en la mano y la cuenta hecha de memoria, que se repetían en voz baja para que no se les fuera mientras avanzaban un paso cada tanto. Más adelante, dos de Teruel discutían si el bacalao había subido antes de Reyes o después de Reyes. No se pusieron de acuerdo, y ninguna de las dos llevaba bacalao en la lista. Justo delante de Herminia esperaba una mujer mayor con un abrigo de hombre. Se llamaba Visitación y se lo dijo sin que nadie le preguntara, junto con el nombre de su difunto, el pueblo de su difunto y lo que había costado el entierro de su difunto.

Despachaba Bernardo, un hombre grande con cara de niño al que acababan de pillar. A la Visitación le pesó un kilo de arroz de un saco que estaba abierto en el suelo.

—Ese arroz tiene bicho —dijo Herminia.

Bernardo la miró.

—¿Cartilla?

—Todavía no me toca.

—Pues espera.

La Visitación metió la nariz en la bolsa y luego los dedos. Sacó un grano y se lo acercó mucho a la cara.

—Yo no veo nada. Pero yo no veo nada desde el cuarenta.

Herminia volcó un puñado en el mostrador. Salieron tres gorgojos y echaron a andar hacia la báscula.

—Del otro saco queda medio —dijo Bernardo.

—Pues del otro.

Bernardo cambió el arroz de saco.

—Y el aceite de la señora, apúntelo en lo nuestro —dijo Herminia.

—¿A nombre de quién?

—Isidro. El nuevo de los hornos.

Bernardo mojó el lápiz con la lengua y lo apuntó.

* * *

El domingo el padre Jaime ponía cine en el salón parroquial. Antes había misa, y el que llegaba a la película sin haber pasado por la misa tenía que aguantar la mirada del cura durante los títulos de crédito, que eran más largos que el sermón.

Se llenó el salón hasta las ventanas. Los hombres llevaban el pelo todavía mojado del lavado del domingo, las mujeres olían a lejía y por debajo de los bancos corrían críos que nadie reclamaba.

Ponían una película extranjera, con un puerto con niebla, un hombre con gabardina y una mujer que fumaba con boquilla. En el Puerto nadie llevaba gabardina, y la niebla, cuando la había, salía de la fábrica.

Cuando el de la gabardina se inclinó hacia la mujer, se fue la luz.

Alguien dijo «ay», alguien se rió, y desde el fondo llegó la voz del cura.

—Quietos todos, que son los plomos. Ya voy yo.

Se le oyó tropezar con un banco y pedirle perdón al perchero.

Isidro buscó la mano de Herminia y la encontró sin tantear. Fue ella la que le besó, deprisa, con prisa de campo. Detrás, alguien carraspeó.

Volvió la luz. La película siguió donde se había quedado, y donde se había quedado había un salto. La mujer ya sin boquilla, el hombre poniéndose el sombrero, un barco que se iba.

—Ea —dijo la Visitación desde la fila de atrás—. Ya se han besado sin nosotros.

* * *

A la salida, el cura los esperaba en la puerta con el cigarro en la comisura.

—Ahora falta el mar. Que esta lleva una semana preguntando.

—Yo no he preguntado nada —dijo Herminia.

—Por eso.

Bajaron hacia la playa por unas dunas comidas de hierbajos, entre trozos de ladrillo refractario, latas sin etiqueta y un somier de muelles oxidado que alguien había arrastrado hasta allí y que la arena no había terminado de tapar. El viento venía de frente y traía arena. El mar estaba al final, sin más ceremonia. Estaba gris, y el humo de la fábrica se le tumbaba encima. La espuma llegaba sucia a la orilla y se quedaba en la arena hecha grumos.

Herminia se estuvo quieta, con el pañuelo apretado bajo la barbilla y la falda pegada a las piernas.

—Es feo.

El cura se rió tan fuerte que se le cayó el cigarro, y tuvo que buscarlo por la arena con la punta del zapato.

—Pues claro —dijo cuando lo encontró.

—¿Y para qué sirve?

—Para traer el mineral y llevarse el hierro.

Isidro cogió un puñado de arena. Pesaba más que la del río del pueblo y tenía trozos de concha y unos granos oscuros que brillaban. Se le escurrió entre los dedos y le dejó en la palma una raya del color del ladrillo. Se frotó la mano contra la pernera. La raya no se fue. Le duró hasta el domingo siguiente, y una noche, al apagar la luz, Herminia le pasó el pulgar por encima, por ver si salía.

—Ese será de aquí. —El cura señaló al niño con el cigarro—. Dirá del Puerto con la boca llena, y un día tendréis que contarle lo del tren.

—Que se lo cuente su padre —dijo Herminia—. Yo no me subo a un tren en lo que me queda de vida.

Andrés, en brazos de su madre, estiraba la manita hacia el ruido del agua y la cerraba en el aire, una vez y otra, sin enfadarse por no coger nada.

* * *

La primera vez que Isidro cobró, Herminia extendió el dinero encima de la cama en montones y lo repartió sin consultarle. El cuarto de Casimiro, la cuenta del economato, la leche del niño y unas monedas para tabaco. Lo que sobró, que era poco, lo metió en el sobre.

—Las alpargatas —dijo Isidro.

—¿Qué les pasa?

—Que son de membrillo.

Herminia las miró. Estaban debajo de la cama con la suela hacia arriba, enseñando el dibujo de la caja.

—Pues que aguanten.

—El cura dijo sin fecha.

—Pásame al niño.

Isidro se sentó en la cama. Sonó el rebaño entero.

El sobre vivía debajo del colchón, entre la borra y las tablas. Cada vez que Isidro cobraba, Herminia lo sacaba, metía lo que había sobrado y contaba moviendo los labios. Isidro aprendió a no hablarle mientras tanto, porque una vez le preguntó si quedaba achicoria y ella tuvo que empezar otra vez desde la primera peseta. Fumaba en días alternos, que fue lo que consiguió negociar.

* * *

Un martes Herminia subió a la parroquia con el niño. El padre Jaime estaba tumbado debajo del fregadero de la cocina, con una llave inglesa y los pies fuera, y la cocinera le iba pasando trapos sin que él los pidiera.

—¿Quién es la cruz?

Se oyó un golpe contra la tubería y luego nada durante un rato.

—Buenos días, Herminia.

—Buenos días. ¿Quién es?

—Uno que devolvió en un mes. —El cura sacó la cabeza. Tenía una mancha de óxido en la frente—. Pregúntale a Silverio.

—Silverio dice que no lo dice.

—Pues ya sabes lo mismo que yo.

Volvió a meterse debajo. La cocinera le dio a Andrés un mendrugo para que lo mordiera y siguió con los trapos. Herminia esperó de pie, porque nadie le dijo que se sentara y porque no habría sabido dónde. Al cabo de un rato el grifo tosió, escupió un agua marrón y después otra menos marrón.

—Ahí lo tienes —dijo el cura desde abajo.

Herminia no supo si hablaba del grifo. Se volvió al cuarto de Casimiro por el camino largo, el de la playa, y el niño se le durmió en la cuesta.

* * *

A mediados de febrero la mujer de Casimiro fregó el cuarto con más agua de la cuenta, el agua corrió por debajo de la cama y el sobre se mojó por una esquina. Herminia lo puso a secar en la repisa del fogón, entre dos platos, y estuvo dos días oliendo a lejía.

El último domingo de febrero llovió de lado toda la tarde y no salieron. Isidro la pasó sentado en la cama, viendo gotear los tendederos del patio. Andrés golpeaba una cuchara contra la pata de hierro. A las siete Isidro sacó el reloj y le dio cuerda. La ruedecilla no dio ni media vuelta. Ya se la había dado a las cinco.

* * *

A primeros de marzo, una noche, Herminia contó dos veces seguidas. Luego le pidió a Isidro el lápiz de carpintero que él se había traído de la fábrica y que nadie sabía muy bien de quién era.

Escribió despacio, con la punta de la lengua entre los dientes, al final de la columna. El número y, al lado, una hache y una i tan juntas que parecían una sola letra con dos patas de más.

—Ya está.

—¿Y ahora a quién se lo damos?

—Al siguiente.

—¿Y quién es el siguiente?

Herminia se guardó el sobre en el bolsillo del delantal, con los botones.

—El que baje del tren.

* * *

El domingo fueron los tres a coger el trenet. Isidro entraba de tarde y tenía la mañana. Por el camino pasaron por delante de la casa baja, y la mujer de la escoba, que barría la misma ceniza o una parecida, levantó la barbilla al verlos.

—Vais bien.

—Ya lo sé —dijo Herminia.

La mujer se quedó con la escoba en el aire y luego siguió barriendo.

Herminia se subió al trenet la primera.

En la estación de Sagunto, el ferroviario de la gorra leía el mismo papel o uno parecido. Llegaron dos trenes. Del primero bajaron un soldado con permiso y una señora con una jaula de canario vacía, que le fue explicando al soldado a lo largo de todo el andén lo que le habían pedido por el canario en Valencia y por qué no lo había pagado. Del segundo, después de todos, bajó una familia. Un hombre con un fardo atado con una correa, una mujer con una niña dormida y un hatillo, y la misma manera de buscar un cartel que se leyera.

—¿Esto es el Puerto? —preguntó el hombre. Tenía el acento de Jaén, que Isidro ya sabía distinguir porque en su cuadrilla había tres.

Herminia se adelantó.

—El Puerto está abajo, donde va el humo.

Les dijo lo demás. El trenet, el olor a pescado, la derecha y el campanario. Cuando llegó a lo del campanario que se esconde, a la mujer de Jaén se le escapó la risa, de puro cansancio, y se tapó la boca. Herminia sacó el sobre del delantal.

—Esto no es limosna.

—¿Y qué es?

Herminia le dio la vuelta para que viera la columna. La mujer la repasó entera, los números, las letras, la cruz y, al final, la hache y la i con el lápiz todavía sin gastar.

—¿Y esto cuándo se acaba de pagar?

Herminia miró a Isidro. Isidro estaba en la puerta de la estación con Andrés en un brazo y el reloj de su padre abierto en la otra mano, mirando el de la pared por encima de la gente que salía. Lo cerró sin tocar la ruedecilla.

—Eso no lo pone —dijo Herminia.

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