Tres jóvenes de espaldas en una barca de madera frente a la fábrica; uno de ellos estira el brazo con el pulgar levantado.
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—Ese se cree feliz.

Quico lo dijo con la boca llena de cáscaras de pipa y escupió dos al agua antes de seguir. El hombre iba en una bicicleta negra, con la fiambrera colgada del manillar, y silbaba bajito entre los otros que volvían de la fábrica sin silbar.

—Igual lo es —dijo Nacho.

—No seas crío. Se lo cree. Que es distinto.

Era jueves, dieciocho de octubre de 1973. Estaban sentados en el espigón con las carpetas en las rodillas, en el sitio desde donde se veía pasar a los de la fábrica sin que se notara que los mirabas. Diecisiete años los dos. Nacho tenía en la carpeta seis problemas de poleas para el viernes y la frase de su padre para cuando llegaba tarde, que era siempre la misma: esta casa no es una pensión. Quico tenía la carpeta vacía y un tío en Valencia que trabajaba en un juzgado, y por eso iba a ser abogado.

Las bicicletas pasaban en fila por la avenida, con los hombres doblados sobre el manillar. Algunos llevaban la barra de pan atravesada en el portabultos. Uno llevaba una puerta. Una puerta entera, de madera, atada con cuerdas a la espalda, y pedaleaba como si la puerta no pesara.

—Ese no se cree nada —dijo Quico—. Ese se ha mudado.

Detrás de la avenida, la fábrica. Las chimeneas, los hornos, las cintas, las luces que empezaban a encenderse aunque todavía era de día. Desde el espigón no se le veía el final.

Primero llegó el ruido. Un petardeo corto, con hipo, que se ahogaba y volvía a empezar. Luego la bicicleta: un cuadro de paseo reforzado con varillas de soldar, y en medio, donde debería ir nada, un motor pequeño, pintado de verde, que parecía sacado de una máquina de otra cosa. Encima iba Mauri.

—Ahí viene Leonardo da Vinci —dijo Quico.

En el Puerto, Mauri era una lista de cosas que se contaban. Que había hecho una radio que cogía a la policía de Italia, y lo contaba un vecino que no había salido de Sagunto más que para la mili, y la mili la hizo en Valencia. Que había subido una cometa tan alta que se perdía de vista.

Esto Nacho lo había visto. Fue la Pascua de aquel año, en la playa, con las familias merendando la mona sentadas en la arena. Entre las cometas de papel de seda de los críos, que subían un poco, daban dos vueltas y se clavaban de morro, la de Mauri era de listones y de plástico de invernadero, sin cola, y tiraba del hilo con tanta fuerza que él tenía que clavar los talones para no irse detrás. Nacho se había acercado a mirar. Mauri, sin volverse, le había dado el carrete.

—Aguanta.

Nacho aguantó un minuto. Le quemaba el hilo en los dedos y la arena se le iba debajo de los pies, y en el minuto que aguantó no pensó en nada más que en no soltar. Luego Mauri le quitó el carrete y le dijo que tenía buenas manos para ser de ciencias, y Nacho no supo si era una cosa buena.

Y se contaba otra cosa, más bajo, que no era una cosa sino media. Que su padre, el Ingeniero, el de la corbata y el despacho junto a las oficinas, lo había echado de casa. Que hubo una bronca con la puerta del piso abierta y que una vecina oyó desde la escalera «en esta casa no entra un», y lo que venía después no lo oyó, o no lo repetía. Desde entonces Mauri vivía en una barca. Eso sí lo sabía todo el mundo.

Era flaco y tenía el pelo más largo de lo que se llevaba entre los que trabajaban, y unos vaqueros con las rodillas blancas de tanto apoyarlas. Frenó delante de ellos con el pie, y el motor tosió dos veces y se paró solo.

—¿Qué, universitarios? —Sacó un trapo del cinturón y se frotó los dedos—. ¿Habéis inventado ya la máquina para librarnos de la mili?

—Estamos en ello —dijo Quico—. Falta financiación.

—Eso es lo que falta siempre.

Mauri miró la carpeta de Nacho, que estaba abierta, con la hoja de las poleas encima.

—Poleas. —Le dio la vuelta a la hoja con un dedo negro—. Las poleas me las sé. Lo que no sé es para qué os las mandan sin poleas.

Nacho cerró la carpeta.

—Hoy os enseño otra cosa. Os enseño cómo se ve el humo desde el otro lado.

No hacía falta explicar qué era el otro lado. Era el agua. Era la barca.

—¿Tenéis prisa?

Nacho pensó en las poleas y en la pensión. En la sopa de fideos de los jueves. En que su madre, si no llegaba antes de que su padre se sentara, le pondría el plato tapado con otro plato, y eso era peor que una bronca.

—No —dijo—. No tenemos prisa.

—Yo sí —dijo Quico—. Pero como aquí no me hace caso nadie.

Se levantó el primero.

* * *

Bajaron por la calle del bar. La puerta estaba abierta y dentro, en la televisión, en lo alto de una repisa, salían unos tanques en el desierto y una voz que hablaba de los judíos y los árabes. Nadie la miraba. En la barra discutían si el Valencia iba a fichar a un delantero que nadie sabía cómo se pronunciaba, y un viejo tosía al fondo.

Mauri saludó con la cabeza sin pararse. Dos le devolvieron el saludo. El del mostrador bajó la voz, aunque nadie había dicho nada que hubiera que bajar, y la volvió a subir cuando pasaron.

—¿Has visto? —dijo Quico, por lo bajo.

—¿El qué?

—Nada. Que lo he visto.

Mauri iba delante con las manos en los bolsillos y la bicicleta a un lado, empujándola por el manillar. A cada calle hacia el sur, el asfalto se acababa un poco más. Primero había baches, luego tierra apisonada, luego tierra con escoria, negra, que crujía bajo los zapatos como el azúcar en el suelo de una cocina. Las casas eran bajas y estaban encaladas por partes, y donde no había cal se veía el ladrillo. Persianas verdes torcidas. Una tapia con una portería pintada en blanco, sin red, y debajo un balón que alguien había dejado sin aire.

Una mujer se asomó a una ventana con un trapo de cocina en la mano.

—¡Mauri! ¿Te has acordado de lo mío o te mando a mi marido?

—Señora Encarna, no me amenace con hombres casados, que luego pasa lo que pasa.

La mujer se rió y cerró la ventana. Quico miró a Nacho con la boca un poco abierta. Nacho no supo qué era lo de la señora Encarna, y nadie se lo explicó.

En una esquina, un hombre arreglaba una bicicleta sin ruedas, puesta del revés sobre el sillín y el manillar, y le hablaba bajito mientras le apretaba los frenos, y un perro que pasaba les olió los pantalones a los tres, uno detrás de otro, y siguió su camino sin ningún interés. Un chaval de unos diez años, sentado en el bordillo, levantó la mano al ver a Mauri.

—Ese es el hijo del Ojos —dijo Mauri.

No dijo más. El chaval los siguió con la vista hasta la esquina y luego volvió a lo suyo, que era una lata vacía que golpeaba contra el bordillo con método.

—Mi madre dice que por aquí es tranquilo —dijo Quico.

—A estas horas, sí.

Olía a pescado limpio y a pescado sin limpiar, a coliflor, a aceite que había frito demasiadas cosas. Se acabaron las casas casi de golpe. Detrás de la última había una franja de tierra mordida, tablones mojados, neumáticos viejos atados a unas estacas y el agua.

El agua allí era oscura y tenía encima una piel de aceite que cambiaba de color si te movías. Flotaban cosas: un corcho, una alpargata, un tapón de gaseosa, una tabla con un clavo. Hacia el norte, el embarcadero del mineral se metía en el mar, largo y de hierro, y de vez en cuando sonaba allí un golpe que llegaba tarde, un golpe y luego, al rato, el eco.

Tres barcas varadas en la tierra, con los nombres pintados a mano en la proa: Virgen del Carmen, Dos Hermanos y una tercera que había perdido las letras y solo conservaba una erre. Un poco más allá, en el agua, amarrada a una estaca, la de Mauri.

MARINA, ponía en la popa, en mayúsculas desiguales.

La Marina estuvo amarrada en esa estaca hasta el verano siguiente. Después la bicicleta del motor dejó de verse por la avenida, y la barca también, y en el Puerto se contaron varias cosas a la vez. Que lo habían visto en la estación de Sagunto con un petate al hombro. Que trabajaba en un taller de coches en Francia. Que no, que en Bélgica. Nacho no supo nunca cuál era la buena, ni si había una. Tampoco supo qué había en la caja de galletas.

Porque había una caja de galletas. Estaba en la cubierta, debajo de una lona, con papeles doblados asomando por la tapa, y fue lo primero que vio al subir. Quico también la vio, y alargó la mano hacia ella con la naturalidad con que alargaba la mano hacia todo.

—Facturas —dijo Mauri, sin mirar—. Muy aburridas.

Quico retiró la mano. La caja se quedó donde estaba, con la lona medio encima, el resto de la tarde.

* * *

Subieron mal. La barca se movió hacia el lado de Quico, que se agarró a la borda con las dos manos y dijo una palabra que en su casa le habría costado la paga. Mauri había subido de un salto y ya estaba quitando la lona del motor.

La cubierta era un taller. Una batería de camión con cables de colores que se iban a ninguna parte. Un banco de carpintero atornillado a la madera. Un ventilador sin aspas. Una caja de tornillos separados por tamaños en latas de atún, y en cada lata, con pintura blanca, un número. Una lata de pintura azul, cerrada, con el pincel pegado en la tapa. Y libros. Muchos libros, hinchados por la humedad, con las esquinas redondas, alguno con una mancha de aceite que le atravesaba veinte páginas.

Nacho cogió uno. Un manual de motores en francés, con dibujos. Debajo había otro, más pequeño, de tapas grises: La confusión de los sentimientos. Stefan Zweig. Tenía una tira de papel de fumar metida entre las hojas, a la mitad.

—¿Lees esto?

—A trozos —dijo Mauri, de espaldas, con la llave inglesa en una tuerca del banco—. Ese lo he empezado tres veces.

Nacho abrió por el papel de fumar. Había una línea subrayada a lápiz, con el lápiz apretado, y no le dio tiempo a leerla. Mauri se había dado la vuelta y le quitó el libro de las manos, sin brusquedad, y lo dejó encima del manual de francés.

—Ese no, que se moja.

No se mojaba nada. Nacho no preguntó.

Quico había encontrado un Baroja sin tapas y lo hojeaba con cara de examen.

—Yo leo el Boletín Oficial del Estado —dijo—. Me lo deja mi tío. Me da unas ganas de vivir.

—Tú vas a acabar mal, Quico. Vas a acabar en un despacho.

Encima del banco de carpintero había una caja de madera con dos ruedecillas y un altavoz de tela. Quico la señaló.

—¿Esa es la de la policía italiana?

Mauri giró una de las ruedecillas. Salió un pitido, luego un chisporroteo, luego un hombre que hablaba muy deprisa de cajas de boquerón y de un tal Rogelio que no había llegado a puerto.

—Pescadores de Castellón —dijo Mauri, y la apagó—. Los italianos solo salen cuando hay levante, y hoy no hay.

—Pues en el Puerto se dice que los coges todos los días.

—En el Puerto se dicen muchas cosas.

En el mamparo de la cabina, que era una caseta de tablas con un techo de uralita, había una fotografía clavada con una chincheta oxidada. Un hombre con gafas de pasta y traje claro, de pie delante de una pared, con los brazos pegados al cuerpo. No tenía nada desordenado. Ni la raya del pelo ni la corbata.

—¿Es tu padre?

Mauri estaba apretando una tuerca y siguió apretándola.

—Era.

Nacho se quedó mirando la foto. Al Ingeniero lo había visto él alguna vez por la avenida, a la hora de comer, andando deprisa con una cartera de piel debajo del brazo y sin mirar a los lados, ni a los que le saludaban ni a los que no. Estaba vivo. Esa misma mañana estaría en su despacho, firmando cosas. Pero Mauri había dicho era, y lo había dicho con la tuerca.

Quico señaló la foto.

—¿Y tu madre?

Mauri dejó la llave encima del banco.

—Mi madre está en su casa.

Fuera, en la tierra, un gato se peleó con otro por una cabeza de pescado y perdió. El agua dio un golpe contra la madera. Mauri carraspeó y abrió una lata de sardinas con la llave de la propia lata, enrollando la tapa hasta el final.

—Venga. Que si ponéis esa cara, el motor se ofende.

Partió un trozo de pan con las manos y les dio una sardina a cada uno encima del pan, y él se comió la suya de pie, sin pan, con los dedos. Luego mojó la miga que le quedaba en el aceite de la lata, se la comió también, y tiró la lata al agua. Flotó un rato, inclinada, y se fue al fondo.

—¿No te da miedo vivir aquí? —preguntó Nacho con la boca llena.

—Miedo me daba vivir en la casa grande. Aquí por lo menos sé dónde está la puerta.

—¿Y no viene la policía? —dijo Quico.

—A veces pasan. Miran. Hacen que no ven. Si no doy guerra, soy parte de esto. —Señaló con la mano los neumáticos, las estacas, las barcas varadas—. Como un espantapájaros. El truco es que no se te vea mucho. Pero un poco sí.

Sacó de una caja una cuerda gruesa, con un nudo en una punta y un trozo de palo de escoba atado en la otra.

* * *

El arranque tenía su orden. Mauri enrolló la cuerda en la rueda del motor, siempre hacia el mismo lado, cinco vueltas. Le dio dos golpes con el nudillo a la tapa, siempre dos. Puso un pie en la bancada. Tiró.

Una tos, y nada.

Volvió a enrollar, cinco vueltas, dos golpes. Tiró. El motor tosió más largo, se ahogó, y a la tercera cogió un ritmo, pum, pum, pum, que se te metía en los dientes.

—Ya está. Solo quería que le insistieran.

Se volvió hacia Nacho y levantó la cuerda, que todavía tenía en la mano.

—Para tus poleas. La cuerda hace girar el volante, el volante arranca el motor, y el motor ya hace lo demás. Si tiras flojo, no pasa nada. Si tiras fuerte y sin ganas, tampoco.

—Eso no sale en el libro.

—Sale. Mal dibujado.

Quico se agarró a la borda.

—A mí insísteme menos, que me mareo de verlo.

La Marina se separó de la estaca con un tirón corto. Hubo un momento, uno solo, en que la tierra dejó de mandar, y Nacho lo notó en las rodillas antes que en la cabeza. Las casas bajas se quedaron atrás. Luego los tablones. Luego el perro, que había bajado hasta la orilla y les ladró una vez, por cumplir.

El viento les daba de cara y sabía a hierro, a labio mordido. Mauri iba de pie en la popa, con la mano en la caña del timón, y el viento le pegaba la camisa al pecho. Y entonces, entre el gasoil del motor y el olor del agua, a Nacho le llegó un olor a colonia, colonia de barbería, de frasco grande, de la que se ponían los hombres del Puerto los domingos para ir a misa o al fútbol y que su padre guardaba en el armario del baño para las bodas.

—¿Tú te echas colonia para venir al mar? —preguntó Quico.

—Es que luego subo al pueblo.

Se alejaron. Mauri movía los labios mientras miraba la costa, contando sin voz, y cuando terminó de contar bajó el motor hasta que casi no se oía. La barca se quedó quieta, o eso parecía, subiendo y bajando un poco.

—Mirad.

Nacho miró.

Desde allí, la fábrica cabía. Eso fue lo primero. Cabía entera, de una punta a otra, y había sitio a los lados: la playa a la derecha, unos tejados a la izquierda, y detrás, muy lejos, el castillo de Sagunto en su monte, del mismo color que el monte. Las chimeneas eran palillos clavados en una maqueta. El humo, que desde la calle era un techo, era un hilo gris que se torcía y se deshacía antes de llegar a ninguna parte. Las luces se estaban encendiendo, una aquí, otra allá, como en un belén.

—Ponle el dedo.

—¿Qué?

—El dedo. Estira el brazo y ponle el dedo encima.

Nacho estiró el brazo. Levantó el pulgar. Cerró un ojo.

La fábrica desapareció. Entera. Las chimeneas, los hornos, las cintas, las luces del belén. Detrás del pulgar no quedó nada. A los lados seguían la playa, los tejados y el castillo, igual que antes, y en medio una uña.

Bajó el brazo. La fábrica estaba otra vez allí.

Quico había estirado el suyo también, y lo bajó.

—Eso con la Luna también se hace —dijo.

Mauri se rió. Se rió de verdad, echando la cabeza hacia atrás, y la barca se movió.

—Con la Luna también.

Quico estiró otra vez el brazo, ahora hacia la izquierda, hacia los bloques.

—Aquel es el mío. El de la antena torcida.

—Ese es el economato —dijo Mauri.

—Pues el de al lado.

—El de al lado es la iglesia.

Quico bajó el brazo y no buscó más.

Mauri sacó un paquete de tabaco negro, aplastado, y les ofreció. Quico cogió uno. Nacho, después de Quico. Encendieron los tres con la misma cerilla, haciendo un hueco con las manos, y la cerilla se apagó en el tercero y hubo que gastar otra. El humo de los tres cigarros se iba hacia la costa con el viento, hacia la fábrica, y al lado del otro humo no era nada.

—¿Y tú qué vas a hacer, Mauri? —preguntó Quico. Le salió sin el tono de siempre—. De trabajo, digo. ¿Vas a entrar? Dicen que faltan mecánicos.

Mauri soltó el humo despacio.

—A mi padre le encantaría verme de peón. Con la espalda doblada, delante de su ventana. —Le dio otra calada—. Pero no creo que me cojan. No soy del tipo adecuado.

Quico se quedó con el cigarro a medio camino de la boca. Nacho miró el agua.

—¿Por qué? —preguntó, y se arrepintió antes de terminar.

—Porque soy yo. —Mauri miraba la costa—. Y porque la fábrica es la iglesia de mi padre. Y yo en misa ya no me acuerdo ni de cuándo hay que ponerse de pie.

Nadie añadió nada. Nacho había oído en su casa la palabra maleantes, dicha por su padre en la mesa, y otra palabra, la que venía detrás, que su padre no decía delante de su madre y que en el instituto decían todos los días, entre risas, en el patio. Conocía las dos palabras. Miró las manos de Mauri, negras hasta la muñeca, las mismas que le habían puesto la sardina encima del pan.

—¿Y novia? —dijo Quico.

Mauri tiró la colilla al agua.

* * *

El motor se paró solo, sin toser antes.

De pronto se oyó todo lo que el motor tapaba: el agua contra la madera, un golpe de hierro en el embarcadero, una mujer en tierra que llamaba a alguien desde una ventana, un nombre que no se entendía y que llegaba entero. Mauri se agachó sobre el motor. Quitó la tapa. Miró. Sopló en un tubo.

Quico se puso a contar las luces de la fábrica. Contaba en voz baja, señalando con el dedo, y a las cuarenta y tantas se perdió y empezó otra vez por el otro lado. Nacho miró cómo se hacía de noche por encima del castillo. Se hacía de noche despacio, a trozos, y la fábrica seguía de día con sus luces, cada vez más.

Así estuvieron un rato. Nadie habló. Mauri desenroscó una pieza, la limpió con el trapo del cinturón y la volvió a enroscar. Quico llegó a sesenta y nueve y lo dejó.

—Sesenta y nueve.

—¿Y eso es mucho? —preguntó Nacho.

—Yo qué sé. Es lo que hay.

Mauri enrolló la cuerda. Cinco vueltas. Dos golpes con el nudillo. Tiró, y el motor arrancó a la primera, sin toser.

—Tranquilos. A veces hace eso.

—Como mi abuelo —dijo Quico.

Volvieron. A cada metro, la fábrica crecía. Nacho lo vio pasar: primero le cabía detrás del pulgar, luego le sobraba por los lados, luego ya no podía levantar el dedo sin sentirse tonto. Cuando llegaron a los tablones, las chimeneas volvían a estar donde siempre, encima de todo.

Mauri amarró la barca a la estaca con dos vueltas y un nudo que hizo sin mirar. Luego tapó el motor con la lona, y le remetió las esquinas por debajo una a una, despacio, con más cuidado del que había puesto en nada en toda la tarde.

—Gracias por el paseo —dijo Nacho.

—Ya me haréis descuento cuando seáis médico y abogado.

—Yo voy a ser abogado de pobres —dijo Quico—. A los ricos les cobraré el doble para compensar.

—Eso me lo cuentas cuando tengas piso.

Mauri le dio dos palmadas a la lona. Luego dijo, más bajo:

—Lo del dedo no se lo contéis a nadie. Eso es nuestro.

Dijeron que no. Lo dijeron los dos a la vez, y quedó raro.

* * *

Subieron por la calle de la escoria, ya a oscuras. En una casa, detrás de una persiana, un hombre y una mujer se gritaban. No se entendía qué. Nadie se asomó. Pasaron por delante y siguieron.

—Dice mi tío que a esos los mandan a Huelva.

—¿A quiénes?

—A esos.

—¿Y qué hay en Huelva?

—Yo qué sé. Una cárcel. Mi tío lo ha leído en los papeles del juzgado. Dice que es una ley nueva, que la sacaron hace tres o cuatro años, y que se llama de una manera muy larga.

Nacho no preguntó más. Quico tampoco siguió. Anduvieron un trecho sin hablar, y en la esquina del bar, que ya tenía la televisión apagada, Quico le dio una patada a una piedra y dijo:

—Mañana el de química pregunta las valencias.

—Ya.

—Yo no me la sé.

—Nadie se la sabe.

—Tú sí.

Se separaron en la avenida. Quico vivía en los bloques nuevos, al otro lado, y se fue andando de espaldas unos pasos, para seguir hablando.

—¡Oye! ¡Lo de la Luna lo pruebo esta noche!

Quico se dio la vuelta a tiempo de no chocar con una farola.

* * *

Llegó con el pelo oliendo a gasoil. La puerta del piso estaba entornada, y en la cocina su madre removía la olla con la cuchara de palo. Su padre ya estaba sentado. Tenía delante el plato hondo y, al lado, el plato de Nacho, tapado con otro plato.

—¿Qué hora es esta? —dijo su padre.

—Me he entretenido.

—¿Con quién?

—Con Quico.

Era verdad. Era verdad a medias.

—Ese por lo menos es formal —dijo su padre, y volvió a la sopa.

Su madre destapó el plato de Nacho y se llevó el de encima al fregadero.

—Lávate las manos y siéntate. Que se enfría.

Se lavó las manos en la pila de la cocina. El agua estaba fría y el jabón era una pastilla amarilla que no hacía espuma. Se sentó. La sopa estaba tibia. Los fideos se habían hinchado y la cuchara se quedaba de pie.

Su padre habló del turno. Dijo que a uno de su sección, el de Albacete, se le había ido la mano entre dos rodillos y se la habían cosido en el botiquín con la máquina parada, y que el encargado había apuntado en el parte que el de Albacete no llevaba los guantes, y que sí los llevaba. Su madre dijo que qué barbaridad. Su padre dijo que esto no podía durar. Lo decía mucho. Al día siguiente se levantaba a las cinco.

Luego dijo:

—Hoy han estado dos de paisano en la puerta de talleres.

Su madre dejó de remover la olla. Miró a Nacho. Su padre miró a su madre.

—¿Hay pan? —dijo su padre.

—En la panera.

Y ya no se habló más de eso. Se habló del pan, que era de ayer, y de la vecina de abajo, que tenía al marido en Suiza y había comprado una lavadora a plazos.

—¿Estás malo? —preguntó su madre—. No comes.

—No.

—Pues come —dijo su padre.

Nacho comió. Tenía la carpeta en la silla de al lado, abierta por la hoja de las poleas, y en la esquina de la hoja estaba la huella de Mauri, negra, entera, con todas sus rayas, como un sello. Su madre la vio al pasar con la olla y siguió hasta el fregadero.

Los fideos sabían a nada y a sopa, y él seguía teniendo en la boca el sabor del tabaco negro y de la sardina. Pensó en la línea subrayada a lápiz. En la caja de galletas. En era.

No hizo las poleas.

* * *

El piso tenía una galería que daba hacia la fábrica. Su madre tendía allí, y allí estaba la bombona de butano, tapada con una manta vieja para que no le diera el relente, y la jaula vacía de un canario que se había muerto el invierno anterior y que nadie se había animado a tirar.

Su padre salía a la galería todas las noches a fumarse el último cigarro. Siempre igual: terminaba de cenar, se levantaba, se ponía la chaqueta del pijama encima de la camiseta, cogía el paquete de la repisa, sacaba uno, golpeaba el filtro dos veces contra la uña del pulgar y salía. Siempre en ese orden. Si un día no salía, es que le dolía la espalda.

Esa noche Nacho salió antes.

Desde la galería, la fábrica no cabía. Se salía por los dos lados, por arriba, por todas partes. Las luces eran cientos. El humo, a esa hora, se veía iluminado por debajo y subía sin prisa, y el ruido llegaba hasta allí, un ruido sordo, continuo, el mismo que de día no se oía.

Nacho estiró el brazo. Levantó el pulgar. Cerró un ojo.

Le tapó una chimenea. Media chimenea.

Acercó el pulgar un poco a la cara. Un poco más. Le tapó dos chimeneas y un horno. Lo acercó más, hasta tenerlo casi encima del ojo, la uña borrosa, enorme, y entonces sí: la fábrica entera desapareció detrás del dedo.

—¿Qué haces?

Su padre estaba en la puerta de la galería, con la chaqueta del pijama y el cigarro sin encender en la boca.

—Física —dijo Nacho.

Su padre lo miró. Luego golpeó el filtro dos veces contra la uña y encendió el cigarro. Nacho bajó el brazo y entró en la cocina, donde su madre fregaba los platos.

Desde el fregadero, por el cristal de la puerta de la galería, se veía la espalda de su padre. Fumaba despacio, con el codo apoyado en la barandilla, como todas las noches. Dio una calada. Dio otra. Luego, sin volverse, estiró el brazo hacia la fábrica, con el pulgar levantado, y ladeó un poco la cabeza, buscando, y al cabo de un momento bajó la mano de golpe y siguió fumando.

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