Un hombre mayor arrodillado junto a una moto limpia una bujía mientras un joven con el casco en la mano lo mira, en el muelle de pescadores.
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La jeringuilla estaba detrás de la cisterna, envuelta en papel de aluminio, metida en el hueco entre la cisterna y los azulejos donde no llegaba la bayeta. Rosendo la vio porque se le cayó el peine.

Martes, quince de abril de 1986. Las cinco y media de la mañana. El fluorescente del baño tardaba tres parpadeos en encenderse y hacía un zumbido que en invierno se oía desde la cama. Rosendo se agachó a por el peine, con la espuma de afeitar en media cara, y en el hueco vio el papel de plata, arrugado, del tamaño de un lápiz.

Lo sacó con dos dedos. Lo desenvolvió encima del lavabo.

Un cilindro de plástico transparente con una raya de óxido dentro, el émbolo, la aguja con su capuchón naranja puesto. Poca cosa. Pesaba menos que el peine.

Rosendo tenía cincuenta y cinco años y había pasado veintisiete en el parque de minerales de la fábrica, hasta que en el ochenta y cinco le dieron la prejubilación y un papel con muchas firmas. No era tonto. Leía el periódico entero, hasta las esquelas, y en la tele había visto los reportajes de los descampados de Madrid y de los bancos de algunas plazas de Valencia, con los chavales doblados como si buscaran una moneda en el suelo. Siempre que salían, Emilia cambiaba de canal.

—En la tele lo agrandan todo. Aquí somos gente normal.

Volvió a envolverla. La envolvió mejor que estaba, con el papel doblado dos veces sobre la aguja, y se la metió en el bolsillo del pantalón. Se terminó de afeitar. Se cortó en la barbilla, cosa que no le pasaba desde la mili, y se puso un trocito de papel higiénico en el corte.

En la cocina, Emilia batía la leche en el cazo con el tenedor para que no hiciera nata.

—¿Te has cortado?

—La cuchilla, que está vieja.

—Hay nuevas en el armario.

—Ya.

Se sentó. La puerta del cuarto de Silvia estaba cerrada, con la luz apagada por debajo. Silvia tenía veintidós años y desde el invierno dormía de día. Entraba de madrugada, sin hacer ruido, sabiendo qué baldosas del pasillo sonaban, y comía a las cinco de la tarde lo que su madre le dejaba en el horno, tapado con un plato.

Emilia le puso el café delante y se sentó enfrente con el suyo.

—¿Qué te pasa?

—Nada. Que he dormido mal.

Emilia lo miró un poco más. Luego miró el trocito de papel de la barbilla, que se había puesto rojo en el centro, y se levantó a por el algodón y el agua oxigenada, y no preguntó otra vez.

* * *

Desde la prejubilación, Rosendo bajaba por las mañanas al muelle de los pescadores, a echarle una mano al patrón de una barca de trasmallo que había sido compañero suyo en el parque. Le arreglaba las redes, le ayudaba a varar, y el patrón le pagaba en pescado o en nada.

Por el camino, la jeringuilla le rozaba el muslo a cada paso. En las paredes de la calle seguían los carteles del referéndum de marzo, del sí y del no, a medio arrancar, unos encima de otros, y la lluvia de la semana anterior los había dejado todos del mismo color.

Esa mañana no hubo pescado. El patrón había salido a las cuatro y volvió a las ocho con la red llena de algas y dos salmonetes, y estuvieron los dos hasta las once quitando algas de la malla, una a una, sin hablar más que lo necesario.

—¿Qué miras tanto el agua, Rosendo?

—Nada. Si hay aceite.

—Siempre hay aceite.

A la hora del almuerzo, el patrón se fue al bar. Rosendo se quedó solo en la punta del muelle, sentado en un noray, con el bocadillo de tortilla en las rodillas sin abrir. Sacó la jeringuilla. A la luz del día, envuelta en su papel de plata, parecía una golosina de feria.

La tiró al agua. Hizo una curva corta, brilló una vez y se hundió sin ruido, entre la mancha de gasoil y un trozo de corcho. Rosendo se quedó mirando el sitio hasta que el agua se quedó quieta otra vez.

Después se comió el bocadillo, entero.

* * *

Hablaron con ella el jueves.

Rosendo llamó al patrón desde la cabina de la esquina para decirle que no bajaba, y Emilia no fue al mercado. Se sentaron en la cocina, a las once, cada uno en su silla, con el reloj de la pared haciendo su ruido. Emilia había doblado y vuelto a doblar el trapo de cocina hasta que era un cuadradito del tamaño de una cartilla.

—Hablas tú —dijo ella.

—Hablo yo.

Silvia apareció a las once y media, arrastrando las chancletas, con una camiseta de propaganda de un bar de Valencia que le llegaba a las rodillas y el pelo sujeto con un lápiz.

—¿Qué es esto? ¿Una reunión de vecinos?

—Siéntate.

Silvia se sentó de lado, con las piernas cruzadas, y se puso a quitarse el esmalte de una uña con otra uña.

—Encontré lo de detrás de la cisterna.

La uña se paró.

—No es mío.

—¿Ah, no?

—Es de Dani. Se lo dejó el otro día. Le dije que se lo llevara, pero ya sabes cómo es…

—No me cuentes películas, Silvia.

—Que no es una película, papá.

—La he tirado al agua, en el muelle.

Silvia lo miró. Tenía ojeras de color ciruela y las uñas mordidas hasta la carne.

—Es de vez en cuando. Lo controlo.

—Eso no lo controla nadie.

—Tú qué sabrás. Tú sabes de mineral y del Valencia.

—Sé que te veo cada día menos. Que se te ve la clavícula.

Emilia se tapó la cara con el trapo doblado. No hizo ruido. Fue Silvia la que se levantó, tan deprisa que la silla se fue hacia atrás y se quedó apoyada en la nevera.

—¡Pues tiradme a mí también!

El portazo de su cuarto hizo bailar el cuadro de la Virgen del pasillo, que se quedó torcido.

—Esa camiseta se la he planchado veinte veces —dijo Emilia, con la cara todavía en el trapo.

Rosendo se miró las manos, que tenía encima del hule. Luego se levantó, fue al pasillo y enderezó el cuadro. Se volvió a torcer en cuanto lo soltó, porque el clavo estaba flojo, y lo dejó así.

* * *

A Dani lo conoció de verdad un sábado de mayo, en el muelle.

Lo había visto otras veces, de lejos, en el portal, con una cazadora de cuero que le quedaba grande y el casco colgado del codo, esperando a Silvia sin subir. Ese sábado Dani bajó al muelle de los pescadores con una moto empujada a mano, una de ciento veinticinco con el depósito rojo y un guardabarros de otra, y se paró delante de Rosendo, que estaba sentado en el noray con la aguja de red.

—¿Usted es el padre de Silvia?

—Depende.

Dani se rio. Tenía veinticuatro años y la cara de diecisiete, con un bigote que no terminaba de cubrir lo que tenía que cubrir. Trabajaba en un taller de motos de la avenida, de aprendiz todavía, y olía a gasolina mezclada.

—Que se le ha calado aquí al lado y no arranca. Me han dicho que usted sabe de motores.

—Yo sé de mineral.

—Bueno. Pero sabrá más que yo.

Rosendo se agachó. Le quitó la bujía con la llave del chaval, la miró a contraluz, estaba negra de aceite, la limpió con la punta de la navaja y con el trapo de las redes, la volvió a poner. La moto arrancó a la tercera patada, con una nube azul que se quedó flotando encima del agua.

—Gracias.

—Lleva mucho aceite en la mezcla.

—Ya. —Dani se puso el casco y no se lo abrochó—. Oiga. Yo a Silvia la cuido, ¿eh?

Rosendo dobló la navaja.

—Abróchate eso.

Dani se lo abrochó. Se fue por el muelle haciendo eses entre los cajones, y en la esquina del bar levantó la mano sin volverse, y Rosendo se quedó con el trapo en la mano, negro de bujía, y estuvo un rato largo sin moverse del noray. Esa noche no se lo contó a Emilia.

* * *

La llamada llegó un domingo de junio, el quince, a las cuatro y diez de la madrugada.

El teléfono estaba en el pasillo, encima de una repisa con un tapete, y a esa hora sonaba más fuerte que nunca. Rosendo lo cogió al segundo timbre.

—¿Es la casa de Silvia Picó?

—Sí.

—Le llamo de La Fe, de Urgencias. Su hija ha tenido un accidente de moto. Está ingresada. No es grave. Pero tienen que venir.

—¿Y el chico?

Hubo un silencio corto al otro lado, de alguien que mira un papel.

—Vengan, por favor.

Fueron en un taxi que pidieron a la parada de la avenida. El taxista era un chaval con gafas que conducía con un brazo fuera de la ventanilla, y a mitad de camino preguntó si era cosa de moto, que a esas horas siempre era cosa de moto. Nadie le contestó, y no volvió a abrir la boca en el resto de los treinta kilómetros. Emilia rezaba en voz muy baja, sin rosario, con las manos en el bolso. Rosendo miraba las rayas blancas de la carretera, que venían de dos en dos.

En Urgencias olía a lejía y a café de máquina. Les atendió un médico joven, con ojeras de dos días y una bata que le venía ancha de hombros. Les habló de pie, en el pasillo, con una carpeta contra el pecho.

—Fractura de cúbito izquierdo, ya reducida. Tres costillas fisuradas. Contusiones. Está estable. Ha tenido mucha suerte.

—¿Y el chico que iba con ella?

El médico apretó la carpeta.

—Ingresó cadáver. Traumatismo craneal. Lo siento.

Rosendo dijo que vale, como si le hubieran dado una dirección. Emilia se sentó en una silla de plástico naranja que había en el pasillo, de las que van atornilladas de tres en tres.

—Le hemos sacado sangre para todo —añadió el médico, más bajo—. Algunas cosas tardan. Ya les llamarán.

Silvia estaba en una cama de la observación, detrás de una cortina, con el brazo escayolado encima de la sábana y la cara llena de raspones. Miraba el techo. Cuando entraron, giró la cabeza despacio.

—Dani —dijo.

—Lo sentimos mucho, hija.

—Yo le pedí la moto. —Hablaba sin mover casi la boca, por los raspones—. Siempre la llevaba él. Le dije que me la dejara, que no fuera cagado. Y se subió detrás.

—Silvia…

—Si la hubiera llevado él, yo iba detrás. Era yo la que salía volando.

—Ha sido un accidente.

—Ha sido un stop.

Cerró los ojos. Le salieron dos lágrimas que se le fueron hacia las orejas, y una enfermera entró a cambiarle el suero y le secó las dos con la esquina de la sábana, de pasada, sin pararse, como hacía con todo.

Estuvo ingresada nueve días. El domingo siguiente, en la sala de las visitas, al fondo del pasillo, había una televisión colgada de la pared y veinte hombres en pijama y en zapatillas viendo el partido de España contra Bélgica, que se fue a los penaltis. Cuando falló el nuestro, uno de ellos, con una pierna en alto, tiró la zapatilla contra la pantalla, y una enfermera vino a recogerla y se la devolvió sin decirle nada. Rosendo lo vio todo desde la puerta, con el café de máquina en la mano. Silvia, en la cama, no preguntó cómo habían quedado.

* * *

A Dani lo enterraron el martes en el cementerio de Sagunto. Silvia no pudo ir. Rosendo fue solo, con la chaqueta de las bodas, y se quedó atrás, junto a una tapia, detrás de los del taller, que habían venido con el mono debajo de la chaqueta.

La madre de Dani era una mujer pequeña con un abrigo negro en junio. No lloraba. Recibía los pésames de pie, al lado de la caja, dando la mano a todos con la misma fuerza, y cuando le tocó a Rosendo le dio la mano también, y no supo quién era, y él no se lo dijo.

Al salir, uno de los del taller, el mayor, se le acercó en la puerta.

—Usted es el de la bujía.

—Sí.

—Se la tenía que haber cambiado. Le dije que la cambiara. —Se encendió un cigarro—. No me hacía caso en nada.

Se fue hacia un coche donde le esperaban los otros. Rosendo volvió andando hasta la parada y esperó el autobús sentado en el bordillo.

* * *

Le dieron el alta el martes veinticuatro. El viernes Silvia salió a las diez de la noche con el brazo en cabestrillo, dijo que iba a casa de una amiga, y volvió a las cuatro con las pupilas como cabezas de alfiler y una tranquilidad que no era de ella.

Rosendo la esperó despierto en el sillón del comedor, con la luz apagada. No le dijo nada esa noche. Por la mañana, cuando Silvia dormía, bajó a la cabina y llamó a Tabarca, al bar del puerto, el único teléfono de la isla que conocía de memoria, y preguntó por su primo Epifanio.

Había nacido en Tabarca en el treinta y uno, en una casa de la calle de abajo, y se había ido en el cincuenta y ocho, con veintisiete años, en el mismo barco que llevaba el pescado a Santa Pola, porque en la isla no había más que pescado y en el Puerto de Sagunto daban trabajo en la fábrica a cualquiera que tuviera brazos. Volvía en verano, algunos veranos, cada vez menos. La casa del abuelo seguía allí. Epifanio tenía la llave.

—¿Para cuánto? —preguntó Epifanio, al otro lado, con el ruido del bar detrás.

—No sé. Para un tiempo.

—¿La chica?

—La chica.

Epifanio no preguntó qué le pasaba a la chica.

—El aljibe está lleno de abril. La casa tiene humedad. Traed sábanas.

Esa noche, cenando, Rosendo lo dijo. Emilia dejó la cuchara en el plato y no la volvió a coger. Silvia se rio, una risa floja, sin ganas.

—¿A la isla? Papá, allí no hay nada. Piedras y agua.

—Eso.

—¿Eso qué?

—Que eso es lo que hay. Piedras y agua.

* * *

El barco de Santa Pola era de casco blanco, con toldo de lona a rayas y bancos de madera pintados de azul, y olía a gasoil y a crema de sol. Iba lleno de turistas de día: una familia alemana muy rosa con una nevera de playa, dos novios que se besaban en la popa como si se fueran a acabar los besos, un grupo de jubiladas de Elche con sombreros iguales. Y ellos tres, con dos maletas, una bolsa con la cafetera italiana, que Emilia no había querido dejar, y la caja de cartón de las sábanas.

Silvia se sentó en la proa, de espaldas a todos, con el brazo escayolado sobre las rodillas. El viento le pegaba el pelo a la cara y ella no se lo apartaba.

—Se mueve mucho —dijo Emilia, con el bolso apretado contra la barriga.

—Es el mar, Mila.

La isla apareció baja y del color del pan duro, con la muralla y la iglesia, que desde el agua parecía demasiado grande para lo que había detrás. El barco atracó en el muelle de piedra. Los turistas bajaron primero, deprisa, hacia las playas y los restaurantes. Epifanio los esperaba al final del muelle, sentado en un bolardo, con una gorra de marino descolorida y unos pantalones arremangados hasta la espinilla.

—El de la fábrica —dijo, levantándose.

—Hola, Epi.

Se dieron la mano. Epifanio no la soltó enseguida. Miró a Silvia, la escayola, los raspones que se le habían puesto amarillos. No preguntó.

—Os he barrido la casa.

A las siete se fue el último barco de vuelta y la isla se quedó con los suyos, que en verano eran pocos y en invierno, menos. Desde la puerta de la casa del abuelo, que daba a una calle de tierra entre dos tapias encaladas, se oía el mar por los dos lados.

La casa olía a cerrado y a cal. Tenía dos cuartos, la cocina con un fogón de butano que alguien había puesto en los setenta y un hogar de leña que nadie usaba ya, y un patio con el brocal del aljibe y una cuerda de tender que se movía sola con el aire. En la entrada, una fotografía de los padres de Rosendo el día de su boda, ella sentada y él de pie con la mano en el respaldo de la silla, los dos muy serios, con un marco de madera al que se le había caído una esquina.

Emilia hizo las camas. Silvia se tumbó en la del cuarto pequeño, vestida, con la escayola encima de la barriga, y no cenó. La primera noche durmió casi entera.

* * *

Empezó la segunda noche.

Primero los bostezos, uno detrás de otro, sin sueño. Luego la nariz, que le goteaba como en un catarro de invierno, y los ojos llorosos sin llorar. A medianoche tenía la piel de gallina en los brazos, en julio, con veintiséis grados dentro de la casa, y se tapaba con la manta y se la quitaba, y se la volvía a poner. Le dolían las piernas, los huesos de las piernas, decía. Le dolía la escayola por dentro. Vomitó dos veces en la palangana que Emilia le puso al lado de la cama, y luego ya no le quedaba nada que vomitar y siguió haciéndolo.

—Me voy a morir, papá.

—No te vas a morir.

—¿Tú qué sabes?

—Que no se muere nadie de esto. Me lo dijo el médico.

No se lo había dicho el médico. Se lo había dicho un compañero del parque cuyo hijo había pasado por lo mismo, en el ochenta y cuatro, y que ahora trabajaba en un almacén de naranja de Sagunto. Rosendo lo repetía.

La tercera noche fue la peor. Silvia se levantó a las dos, vestida, con la escayola, y fue hacia la puerta de la calle. Rosendo, que dormía en una silla de anea en el pasillo, se levantó y se puso delante.

—Déjame salir.

—¿Adónde?

—Al muelle. Epi tiene la barca. Sé llevarla.

—No sabes.

—Aprendo. Déjame salir, papá, por favor. Solo para dormir una noche. Una. Luego lo dejo.

—No.

Silvia le pegó en el pecho con la mano buena, una vez y otra, sin fuerza. Luego se dejó caer contra la pared y se fue resbalando hasta el suelo, y se quedó allí sentada, con las rodillas contra la cara, temblando de frío en una noche de julio.

Rosendo se sentó en el suelo a su lado. No la tocó. Estuvieron así hasta que la ventana de la cocina se puso gris, y luego blanca. Silvia se durmió con la cabeza contra la pared. Él no se movió hasta que la oyó roncar, muy flojo, como cuando tenía cinco años y se quedaba dormida en el coche de su tío volviendo de la playa de Almenara.

Emilia los encontró así a las siete. Pasó por encima de las piernas de los dos, con cuidado, y se fue a hacer el café.

* * *

Al octavo día Silvia comió un plato de arroz entero.

Después vino lo otro, que no tenía nombre y no se curaba con agua y aspirinas. Silvia se pasaba el día sentada en la muralla del lado de poniente, con un jersey de su padre aunque hiciera calor, mirando hacia la costa, hacia Santa Pola, donde había un bar con teléfono y gente que sabía dónde conseguir lo que fuera. Rosendo la vigilaba desde lejos, desde el muelle, haciendo que remendaba.

Remendaba de verdad. Epifanio le había puesto a trabajar el segundo día.

—Si estás aquí, coses. —Le dio una aguja de madera, de las de red, con el hilo ya cargado—. ¿Te acuerdas?

—Me acuerdo.

—Pues a ver.

Se acordaba a medias. Los primeros nudos le salieron flojos, y Epifanio se los deshizo sin decir nada y le enseñó otra vez, despacio, con sus dedos gordos. Al tercer día ya le salían. En la isla solo quedaban seis o siete barcas que salieran a diario, y los de la isla se quejaban de que desde abril había una raya en el agua, de reserva, donde no se podía calar.

—Ahora el pescado tiene más derechos que nosotros —decía uno, todas las mañanas, y nadie le contestaba ya.

Emilia encontró trabajo en la cocina del bar de la Presen, que era el único que abría de noche. Pelaba patatas para el caldero, limpiaba gallinetas, fregaba ollas grandes como palanganas. La Presen le preguntó si la chica estaba enferma, y Emilia dijo que de los nervios. La Presen le dijo las horas, lo que le pagaba y dónde estaba el cubo de las raspas.

—Las raspas no se tiran, que son para el caldo de mañana.

—Ya.

—Y el gato no entra. Aunque llore.

El gato entraba. Lloraba en la puerta de atrás hasta que Emilia le echaba una cabeza de pescado, a escondidas, y la Presen hacía como que no lo veía.

* * *

Cada quince días Rosendo cruzaba a Santa Pola, en el barco de la mañana, a cobrar la pensión en la caja de ahorros y a por el butano. A primeros de septiembre Silvia dijo que quería ir.

—¿Para qué?

—Para ver coches.

Rosendo lo pensó durante todo el desayuno y luego le dijo que sí.

En Santa Pola le quitaron la escayola en el ambulatorio, y el brazo salió más delgado que el otro y blanco como la parte de abajo de un pescado. Después, mientras Rosendo hacía cola en la caja de ahorros, Silvia entró en el bar de enfrente. Rosendo la vio por el cristal, entre los cuatro de la cola. Estaba en el teléfono de monedas del fondo, con el auricular en la oreja y la mano en la ranura, sin echar la moneda todavía. Estuvo así un rato. Luego echó la moneda. Habló poco, de espaldas. Colgó. Pidió un vaso de agua en la barra y se lo bebió de pie.

Cuando Rosendo salió con el dinero en la cartera, ella lo esperaba en la acera.

—¿Ya?

—Ya.

No le preguntó a quién había llamado. Ella no se lo dijo. Cargaron la bombona entre los dos hasta el barco, cogiéndola cada uno por un lado del asa, y en la travesía Silvia se durmió con la cabeza contra el cristal de la cabina, con el brazo nuevo encima de las rodillas.

* * *

En octubre, una tarde que llovía, Silvia bajó al bar de la Presen detrás de su madre y se sentó en un taburete de la cocina, sin que nadie se lo pidiera. Emilia le puso delante un barreño de patatas y un cuchillo pequeño, de los de mondar, y siguió con lo suyo. Silvia peló una. Luego otra. Pelaba gordo, llevándose media patata con la piel, y la Presen, que entraba y salía con los platos, se quedó mirándola un momento desde la puerta.

—Así no me queda patata para el caldero —dijo.

—Es la primera vez —dijo Emilia.

—Pues que siga. Las pieles, para las gallinas de la Engracia.

Silvia peló el barreño entero. Tardó una hora y media. Al terminar tenía la mano derecha roja del mango del cuchillo y una pila de pieles gruesas al lado, y no dijo nada, y su madre tampoco, y la Presen le dejó encima del taburete un platito con dos croquetas de las del mediodía, frías.

Esa noche, en la cama, Emilia le preguntó a Rosendo si se acordaba de lo de los análisis del hospital.

—Si hubiera algo, habrían llamado.

—¿Adónde? Aquí no tenemos teléfono.

—Al bar.

—Al bar no ha llamado nadie.

—Pues eso.

* * *

Una tarde de noviembre, con levante, Rosendo encontró a su hija en las rocas de cerca del faro. El mar estaba blanco y el viento obligaba a hablar a gritos. Se sentó a su lado sin preguntar.

—¡NO SE ACABA NUNCA! —gritó Silvia, sin volverse.

—¡EL VIENTO!

—¡NO! ¡EL RUIDO! ¡EL DE DENTRO!

Rosendo no contestó. El viento bajó de golpe un momento y en ese rato se oyeron las olas solas contra las piedras.

—¿Y tú qué haces aquí? —dijo Silvia, ya sin gritar.

—Mirar si sigues.

—Sigo.

—Ya lo veo.

Silvia tenía las manos metidas en las mangas del jersey.

—Al principio es bueno. Eso no te lo cuentan en la tele. Por eso vuelves.

—¿Y luego?

—Luego, esto. ¿No me ves?

Se quedaron un rato callados. Pasó una barca de las de la isla, lejos, de vuelta, con dos hombres de pie y las gorras sujetas con la mano.

—Dani no va a volver —dijo Silvia.

—No.

—Y yo aquí. ¿Qué hago? ¿Cuento piedras?

—De momento estás viva —dijo Rosendo—. Que ya es trabajo.

* * *

La caja la trajo Epifanio a principios de diciembre, una caja de madera de las de pescado con el nombre de una lonja de Alicante quemado en un lado.

Dentro había cristales de mar. Verdes, de botellas de cerveza, marrones, de botellas de algo más fuerte, blancos, azules muy pocos. Todos con los bordes redondos y opacos, como caramelos que alguien hubiera chupado mucho tiempo y luego hubiera dejado secar. Había también trozos de madera que el agua había dejado grises y suaves, caracolas, un trozo de loza con medio dibujo de una flor azul y la mitad de una muñeca de plástico sin cabeza, que Epifanio sacó y tiró al cubo de la basura.

—Los cojo cuando bajo por la parte del Campo. Ya no sé para qué. —Dejó la caja encima de la mesa—. Haz algo. Collares. O los tiras. A mí me da igual.

—¿Manualidades, Epi? ¿Qué tengo, doce años?

—Tienes veintidós años. Tú misma.

Silvia no tocó la caja en dos días. Al tercero, Emilia la encontró sentada en la mesa de la cocina con todos los cristales extendidos encima del hule, separados por colores, los verdes con los verdes y los marrones con los marrones. Al cuarto, los había vuelto a mezclar y los estaba separando por tamaños.

Rosendo le consiguió cola blanca en Santa Pola y unas tablas de madera de una obra de la iglesia. Silvia pegaba los cristales en las tablas, en espirales, en filas, en formas que no eran nada. Se mordía la punta de la lengua cuando elegía uno, y Rosendo, que la miraba desde la puerta con el periódico atrasado abierto, se fijó en que los azules los guardaba aparte, en un vaso, y no los pegaba en ninguna tabla.

* * *

En enero hubo cinco días de temporal sin barco. No llegaron ni el pan ni los periódicos ni el butano. La Presen amasó en el horno del bar, para la isla entera, unas hogazas aplastadas que salían quemadas por abajo, y las repartía a la puerta, una por casa, apuntando en una libreta quién se llevaba cuál. Rosendo y Epifanio subieron las barcas al varadero entre seis, con cuerdas, de noche, con el agua llegando hasta la puerta de la iglesia. Silvia sujetó un farol todo el rato, de pie en la muralla, con la capucha del chubasquero de su padre, y cuando bajaron tenía las manos tan frías que no podía soltar el asa.

* * *

Abril de 1987. Empezaron a llegar otra vez los barcos de turistas los domingos. Silvia puso una mesa plegable en el muelle, a la sombra de la muralla, con cinco tablas de cristales encima. La primera la compró una señora de Elche por quinientas pesetas, y quiso regatear, y Silvia no la dejó. La segunda no la compró nadie en tres domingos.

Un domingo por la tarde, cuando se fue el último barco, Rosendo y Epifanio estaban sentados en el muelle con una red extendida encima de las rodillas, remendando a cuatro manos. Emilia había bajado con la cafetera italiana y tres vasos, y estaba sentada en un cajón de pescado vuelto del revés, con los ojos cerrados.

Silvia bajó con la mesa plegada debajo del brazo. El izquierdo, el de la escayola, lo seguía doblando un poco al andar. Dejó la mesa contra la muralla. Se sentó en el escalón de piedra, al lado de su padre, y se quedó mirando cómo le salían los nudos.

—Ese está flojo —dijo.

—Ese está bien.

—Está flojo, papá.

Rosendo lo deshizo y lo volvió a hacer.

Silvia apoyó la cabeza en su hombro.

Epifanio se levantó, se volvió de espaldas al viento y sacó el tabaco. Gastó tres cerillas en encender el cigarro, una detrás de otra, con las manos haciendo de casita, y no se dio la vuelta hasta que lo tuvo encendido.

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