Un crío descalzo en el umbral, los zapatos buenos atados uno con otro y las punteras hacia la calle, por si otro los aprovecha. En aquella casa fueron siempre gente de orden.
Descalcé al crío en el umbral con una sola mano porque con la otra lo sujetaba, y le até los cordones de los zapatos buenos uno con otro antes de dejarlos en el poyo, punteras hacia la calle. Por la mañana alguien los aprovecharía. En aquella casa fuimos siempre gente de orden.
El corte lleva ardiendo por debajo desde antes de que yo naciera, y nadie sabe ya dónde está el fuego. En invierno la escarcha corta una raya limpia a media ladera; de ahí para arriba la tierra está tibia y por las grietas sale un humo blanco que huele a pelo quemado. Mi padre levantó la nave justo sobre esa raya. Gastaba la mitad de leña que los de abajo y siempre dijo que aquello era tener vista, no otra cosa.
Mi padre calcinaba hueso. Mi madre tenía un cuarto encalado pegado al horno del pan, templado todo el año, y allí se ocupaba de lo que sobraba en las casas. Me criaron trabajando: yo le subía a mi padre los chotos por el camino de arriba, y muchas noches me empleaba mi madre en llevar a la sima, en una espuerta que se lavaba los domingos, lo que salía de su cuarto. Lo segundo pedía maña, porque los de la ronda estaban en contra del oficio de mi madre. A ninguno lo habían puesto ahí para eso, ni se había hablado nunca del asunto en junta. Era así y ya está.
Lo de mi padre caía mejor, aunque los dueños de chotos desaparecidos lo miraban a veces de una manera que me alcanzaba también a mí. Tenía de socios callados a Isán y a Preciada, los dos que curan en el pueblo, que no despachaban un papel sin apuntar al pie dos rasos en ayunas de lo que a ellos les gustaba llamar Ceniza de Casa. Es lo mejor que hay para lo que se saca del corte. El que come de lata vieja se pone del color de la ropa mojada y a media jornada ya no responde; con la ceniza a tiempo, responde. Cuanto más hondo se cava, mejor sale la lata y más gente cae, así que el negocio de mi padre subía al mismo paso que la comarca entera. La gente, eso sí, no quiere poner de lo suyo para el bien del que sufre, y a los chotos más lucidos del pueblo les tenían prohibido acercárseme, cosa que me dolió mucho de chaval.
Ahora, cuando me acuerdo, no puedo dejar de sentir que al llevar sin querer a mis padres a su fin fui el autor de un trastorno que me ha estropeado la vida entera. Isán tenía un ojo de cristal que no cerraba nunca del todo, ni dormido, y de niño yo pensaba que por eso lo sabía todo.
Volvamos a los zapatos.
Aquella noche iba yo hacia la sima con la espuerta al hombro cuando vi al de la ronda parado donde el camino se estrecha, quieto, mirando hacia donde yo venía. Me metí en la nave por la puerta de costado, que estaba entornada, y eché el pasador.
Mi padre se había acostado. La única luz venía de la mirilla del horno de arriba, un ojo de dos dedos que dejaba en el suelo una mancha larga y quieta. El color era el bueno, el de cereza clara. Un horno se manda por el color y por nada más: si tira a rojo sucio, el hueso sale gordo y el negro no vale ni para pintar; si aclara de más, se pierde la carga entera y hay que volver a empezar por la leña. Eso no se aprende preguntando. Me senté en los haces de pino con el crío encima de las rodillas y le pasé la mano por la cabeza, que la tenía suave. Era guapo de verdad. Pensé, sin querer pensarlo, que ojalá aquello del cuello, que era obra de mi madre, no le hubiera hecho tanto.
Lo mío era la sima. Pero aquella noche no me atrevía a salir. Total, me dije, tampoco pasa nada por meterlo en la cochura, que es como llamábamos a cada hornada desde que se carga hasta que se saca. Mi padre no distingue un hueso de otro después de calcinado. Abrí la portezuela y lo puse dentro con el resto.
Al otro día mi padre nos llamó a mi madre y a mí, frotándose las manos con arena, que era su manera de lavárselas. El negro le había salido de una finura que ni Isán ni Preciada habían visto nunca. Isán lo pasó por el cedazo delante de nosotros y se quedó escuchando, con aquel ojo suyo fijo en ninguna parte.
—Esto no lo ha dado el choto —dijo—. Tarso, tú entraste anoche.
Entendí que era mi obligación aclararlo, y lo aclaré, aunque se me habría secado la lengua en la boca si hubiese sabido lo que venía detrás. Un negro bueno se conoce en que, pasado el cedazo, no se oye caer.
Mis padres lamentaron mucho la ignorancia en que habían vivido y pusieron remedio esa misma semana. Mi madre se trajo el cuarto a la nave, al ala de poniente, donde antes se guardaba el esparto, y se acabaron mis obligaciones con ella. Mi padre dejó del todo los chotos. El nombre no se cambió: siguió poniendo Ceniza de Casa, que suena bien y la gente ya lo tenía tomado.
Puesto de golpe en el ocio, cualquiera habría esperado que yo saliera de mala cabeza. No fue así. La influencia de mi madre me guardó siempre de las tentaciones de la edad, y mi padre era uno de los dos hombres que firmaban los nacimientos.
Al ver que el negocio rendía por dos sitios, mi madre se empleó con más gana. Dejó de esperar a que le trajeran encargos: salía al corte y a los caminos y volvía con criaturas ya crecidas y, cuando se terciaba, con algún hombre hecho al que se pudiera convencer de entrar a ver una cosa. Volvía andando delante, sin mirar atrás, con el paso corto que tenía. Mi padre llenaba las cámaras con un celo que daba gusto verlo. Convertir a los vecinos en Ceniza de Casa pasó a ser lo único que les importaba, y una ambición grande les fue quitando el sitio a la esperanza, que también los alimentaba, de que algún día volviera a haber ciudades.
Aquel invierno la raya de la escarcha bajó dos palmos y las casas del camino de arriba empezaron a agrietarse por el poniente. En junta se dijo que era del peso de las cargas. Nadie subió a mirar. Preciada, en cambio, sí que subió una vez, sola, y bajó sin decir nada; no volvió a mencionarlo, y yo tampoco se lo pregunté nunca.
Tanto se emplearon mis padres que hubo una segunda junta, esta ya con ellos nombrados. Se leyeron acuerdos que los censuraban con dureza y el que presidía dijo que cualquier nuevo perjuicio al vecindario se respondería como se responde a lo que se responde. Mis pobres padres volvieron de allí con el ánimo roto, y creo que no del todo en sus cabales. Por si acaso, aquella noche no entré en la nave con ellos y me fui a dormir al corral de los chotos, vacío y barrido, con la higuera seca dentro.
Hacia la medianoche me levantó no sé qué y me acerqué a la mirilla.
El fuego estaba vivo, como si se esperase mucho trabajo para el día siguiente. Mi padre no se había acostado. En ropa de dormir, junto a la boca de la cámara, hacía y deshacía el nudo de la correa de las cargas, y de vez en cuando levantaba la vista hacia la puerta del ala de poniente. Quieto y sin voz por el susto, no pude estorbarlo ni avisar.
De pronto la puerta se abrió sin ruido y los dos se quedaron enfrentados, cada uno con la cara del que no contaba con aquello. Ella también estaba en ropa de noche, con el paño doblado en cuatro en la mano derecha, el que tenía siempre limpio y siempre húmedo en un vaso, a la cabecera.
Se miraron un instante y se echaron uno encima del otro. Daban vueltas por la nave, él maldiciendo, ella con un chillido corto y seguido, ella por ponerle el paño en la cara, él por pasarle la correa por el cuello. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de ver aquello. Al final, después de un forcejeo más largo que los otros, se separaron de golpe.
El costado de mi padre y la boca del horno daban señal de haberse tocado.
Se contemplaron un momento. Luego mi padre, ya mal herido, avanzó, cogió a mi madre por la cintura sin hacer caso de lo que ella hacía por soltarse, la llevó a pulso hasta la cámara y entró con ella.
La puerta se cerró. No sé si la cerró él.
Ardieron con los cuatro de la comisión que la víspera habían subido a leerles el acuerdo de la junta.
Esperé tres jornadas a que enfriara, saqué, pasé el cedazo y bajé los sacos yo solo. Isán me los pesó, cuatro arrobas y media, me pagó sin preguntar y se guardó el papel. Aquel negro fue el mejor que se hizo nunca allí, y con él se acabó todo: yo era un chaval y en el pueblo ya nadie iba a venderme un choto ni a dejarme entrar en ninguna nave. El suelo se abrió en la primavera siguiente y se llevó los dos hornos, que no eran cosa de rehacer. Me vine a Vendreña, la ciudad alta, con la pena de aquella insensatez mía de la primera noche.
Aquí también hay corte y también humea el suelo por las mañanas. Me han dicho que ponga en hoja aparte y con buena letra de dónde vengo y qué sé hacer, y que lo verán los dos que curan.
El cedazo me lo traje envuelto en un hule. La seda está sana, mi madre la cosía con hilo doble y aguanta. Antes de empezar lo pongo siempre al trasluz y espero a que caiga lo que quedó de la vez anterior.
No se oye. Por eso sé que es bueno.
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Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 4
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.