En el carro de la sal, un mozo ve pasar una cinta de rojo ladrillo en el pelo de una muchacha y se le acaba el mundo conocido. En un pueblo que vive de teñir con grana, el rojo del caldero viejo no sale del todo de nada, y menos de la sangre.
Grana
La mujer del carro de delante reventó un grano pardo contra la uña del pulgar y por el dedo le bajó una gota roja que no era suya. Se limpió en el pañuelo blanco que llevaba al cuello, miró la mancha contra la poca luz que quedaba y le dijo algo a la muchacha sentada a su lado. La muchacha se rio con la boca cerrada.
Martí iba de pie en la trasera del carro de la sal, agarrado a la estaca del toldo, con un manojo de cintas en el puño. Las había comprado esa tarde al chico del caldero, todavía húmedas, y le habían dejado la palma de color carne.
—¿Quién es la de al lado?
Simón, el carretero, no se volvió. Llevaba once años con la recua de su padre y no se volvía por nada que no fuera una mula.
—La hija de la Coscoja. Viven en lo del Tintorero, detrás de la plaza.
La muchacha tenía el pelo muy negro, recogido en la nuca, y una cara demasiado blanca para un pueblo donde todo el mundo andaba con las manos pardas. Los ojos eran grises y un poco separados, y con la frente lisa le daban un aire de terquedad que a Martí le pareció nobleza. Cuando ella se volvió y los dejó un momento en los suyos, él se quedó quieto con una rodilla hincada en los sacos.
Al poco las cintas volaban de un carro a otro. Se enganchaban en las estacas, en las colleras, en el pelo de la muchacha; una cayó en el regazo de la madre y la madre la dejó allí, encima del pañuelo manchado. Martí tiraba sin medida y sin respeto por nadie, ni por la gente de los portales ni por las mulas ni por Simón, que tuvo que quitarse una de la oreja. Tanto tiró que las dos personas del banco de atrás se volvieron a mirarlo. Eran la mujer de la uña y un viejo envuelto en una manta, con las manos hinchadas metidas en trapos.
—El Tintorero —dijo Simón—. Y la Coscoja. Son cuñados.
Los dos sonreían. Martí se quitó la gorra y los de delante le contestaron con la cabeza, los tres a la vez, con la paciencia de gente que ha visto muchas Vueltas.
La Vuelta se hace el día que se pesa la grana. La da la coscoja, un chaparro de hoja espinosa que cubre la ladera norte y que lleva pegados a las ramas unos granos pardos del tamaño de una lenteja, secos por fuera y rojos por dentro. Las mujeres los arrancan a uña, y por eso se dejan crecer la del pulgar desde el invierno. Ese día el pueblo baja la calle en carros, despacio, desde la era hasta la fuente, y se tira cintas a quien le gusta. Todas se tiñen la misma mañana en el caldero de la plaza, que es la mitad de abajo de un depósito de hierro de los de antes, cortado y remachado sobre un fuego de cepas. El fondo ha bebido tantas cosechas de grana que un trapo blanco sale rosa aunque no se le eche un solo grano. Los de fuera pagan la cinta a cuarto. Los del pueblo traen las del año anterior y las vuelven a meter, y como la grana solo agarra dos veces en el lino, a la tercera el hilo se abre y el rojo tira a ladrillo.
La de la muchacha era de ese rojo, de ladrillo mojado, y Martí lo tomó por pobreza.
De noche la Vuelta sigue con flor de cártamo, que es amarilla y se tira a puñados. Martí vació cuatro cestas antes de que el carro llegara a la fuente. La madre y el viejo se reían y miraban atrás a menudo; la muchacha casi no miraba otra cosa. Martí bajó los ojos a las cestas vacías. En la gorra le quedaba una ramita de romero que llevaba contra las pulgas. Saltó con ella a la rueda, se torció un tobillo en una placa de asfalto levantada y llegó cojeando hasta el otro carro, empapado de sudor y con todo el entusiasmo en la cara, y se la tendió. Ella miró alrededor buscando algo que darle, aturdida, y no encontró nada. Los de atrás se reían.
—¡Pero si la llevas en el pelo! —le dijo la madre.
El carro arrancó al trote. Martí, que se había bajado del estribo con las manos vacías, echó a correr detrás y alcanzó la cinta que la muchacha le tendía con medio cuerpo fuera.
Había vuelto a la ruta del sur tres días antes. Llevaba siete años en las del norte con un tío suyo, aprendiendo a cargar sal de mina y a regatear el clavo que se saca de las vigas de las naves caídas, y del pueblo de la grana no conocía más que la fuente. La recua tenía que parar allí seis o siete jornadas, mientras las mulas se reponían y su padre cerraba tratos. Martí había contado con descansar. Desde la segunda noche no tuvo un rato de sosiego. Se ataba la cinta a la muñeca y se la desataba, pensaba en el gris de aquellos ojos y en la prisa torpe con que ella había buscado algo que darle, y se fiaba más de aquella prisa que de la cinta misma. También se acordaba, en otro orden de cosas, del brazo desnudo que le había alargado la cinta desde el carro.
Y ahora se acababa. Madre e hija salían al día siguiente para Sietepozos, a vender la grana en la feria, cuatro jornadas al sur por la carretera vieja. Qué le importaban a él la recua, los tratos, su padre. Por lo menos iría con ellas hasta el cruce.
Fue con ellas. Su padre lo vio echarse el hato al hombro y no le dijo nada.
Hicieron el camino al paso del carro de la grana. Martí andaba al lado de la rueda y la muchacha iba sentada en los sacos, y se hablaban poco. Supo que se llamaba Oria y que tenía diecinueve cosechas, veinte en la que venía. Supo también que a la Coscoja, en su casa, la llamaban Ferma, y que nadie más la llamaba así. La segunda jornada la mula del carro empezó a cojear de la mano izquierda. Le envolvieron el casco en trapos mojados, discutieron hasta tarde si era piedra o era tendón, y a la mañana siguiente la mula andaba bien y nadie supo por qué. La tercera jornada les salió al paso un hombre con un asno cargado de almendra que quería cambiarla por grana. Ferma se bajó del carro, partió tres almendras con una piedra, se comió una, le dijo que estaban vanas, le ofreció media libra de grana por seis de almendra, él pidió una, ella subió a tres cuartos, y estuvieron así hasta que el sol se puso detrás del hombre. Al final no hubo trato. El hombre se fue por donde había venido, y Ferma se sacudió las cáscaras de la falda y no volvió a hablar de él. Ferma los miraba ir y venir con una complacencia tranquila, y se reía a ratos al verlos callados, mirándose sin fin, con aquella sonrisa que no se les iba.
En el cruce la despedida fue corta. Martí no quiso gastar el último resto de juicio que le quedaba siguiéndolas hasta Sietepozos. Ellas volverían para la siega, y él, si su padre no torcía la ruta, también. Echó a andar hacia el norte volviéndose a cada poco. Oria, tumbada de bruces en la trasera entre los sacos, lo siguió con los ojos hasta que la carretera bajó, mientras el carretero de la grana y un chico que iba con él miraban a uno y a otro y se reían.
Siega
I
La recua volvió a parar en el pueblo con la siega, y aunque Martí supo desde el primer día que Oria estaba allí, pasó una semana sin buscarla. Habían corrido cuatro meses desde la Vuelta, y de aquello le quedaba lo justo para que le escociera el amor propio. Tenía curiosidad por verla, poco más. El día de la última pesada esperó con los mozos de la recua en la esquina de la lonja, a que salieran las mujeres.
Oria y su madre salieron de las últimas, derechas, con la vista al frente. Martí sintió que se le abrían los ojos para tragarse entera aquella figura que de pronto volvía a querer, y esperó, con una ansia que casi dolía, el momento en que ella lo reconociera entre los demás.
Oria pasó con los ojos fríos puestos delante.
—Esa ya no se acuerda de ti —dijo el Rubio, otro mozo de la recua, que había seguido la escena.
—Ni falta que hace. —Martí se rio—. Lástima, que me gustaba de verdad.
Detrás de los pajares le dio a una lata vacía de sardinas una patada, y luego otra, hasta que se le despegó la suela de la alpargata. Se sentó en el suelo a mirarla. Y de golpe: ¿y si no lo había visto? Claro que no. Claro que no lo había visto. La cara se le encendió otra vez y se agarró a aquella posibilidad con toda la convicción que tenía.
El toldo de la recua estaba hecho de retales de tres colores, y su padre llevaba dos años hablando de teñirlo entero. Al caer la tarde, Martí llamó a la puerta del Tintorero con el precio del toldo preparado en la boca.
Dentro sonó una carrera por el patio. Oria abrió de golpe y tuvo que agarrarse al marco para frenar. Traía los brazos rojos hasta el codo, de las tinas, y el pelo atado con un trapo. Lo vio, soltó un grito, escondió los brazos a la espalda y salió huyendo más deprisa de lo que había llegado.
Ferma lo recibió en el patio, entre madejas puestas a secar en cañas, con más gusto que la noche de la Vuelta. El precio del toldo no le interesó nada y a Martí tampoco. Él estaba sobre ascuas de una felicidad demasiado viva para aguantarla con testigos, y al poco rato ya quería irse para tenerla a solas.
—¿Ya? —dijo Ferma—. Volverá, ¿no? Aquí se le recibe con gusto. Por lo menos yo.
—Volveré.
—¡Oria! Sal, que hay aquí uno que conoces.
Oria salió cuando él ya estaba de pie. Se había lavado, pero la grana le seguía en las arrugas de los codos y debajo de las uñas. Le alargó una madeja de lino teñido, muy apretada, con una torpeza que le subía hasta la frente.
—Los días de pesada puede venir —dijo la madre.
—Hay pesada uno de cada siete.
Ferma se echó a reír.
—Qué prisa. Eso que lo diga ella.
Oria no le había quitado los ojos de encima, y le dijo que sí a él, a la cara, porque era a él a quien se lo debía.
—Y esta noche —pidió Martí—. Hoy no es un día como otro.
—Esta noche también. Acompáñalo, Oria.
Él se despidió allí mismo y salió casi corriendo, con la madeja tan apretada que le deshizo el cabo antes de llegar a la fuente.
II
Toda la siega y toda la trilla, en los ratos que se veían y en los que los separaban, Martí y Oria se quisieron. Para él, que era de los que se ponían tristes con cuatro gotas sobre la era, aquella cara blanca y aquellos ojos grises reunían todo lo que se podía pedir. Para ella, Martí tenía buena planta, era fuerte y tenía cabeza. No había en todo aquello más nube que su padre. Martí había dejado de lado los tratos y las rutas, y quería casarse. Tenía probadas dos cosas: que sin Oria no podía vivir, y que iba a pasar por encima de lo que se le pusiera delante. Sabía, sin pensarlo mucho, que iba a chocar contra algo.
Oria le lavaba la camisa los días de colada, con la ropa de la casa, en el caldero de la plaza, y la camisa le volvía cada vez un poco más rosa. Martí se la ponía igual.
Las mañanas que no había pesada bajaba a acarrear agua para las tinas. Aprendió que la grana se pesa dos veces, recién cogida y seca, y que entre una pesada y otra se pierde casi la mitad, y que eso se discute todos los años con el mismo calor. El Tintorero pasaba esas mañanas en el poyo de la puerta, con las manos envueltas en trapos sobre las rodillas, y no hablaba con nadie. Una vez le pidió a Martí que le rascara la nuca con una caña y Martí lo hizo. No volvió a pedírselo.
A finales de la trilla su padre lo esperó en el corral, sentado en un serón, pasando una piedra por el filo de la navaja.
—Me dicen que sigues bajando a lo del Tintorero. A mí no me cuentas nada.
—No te cuento porque sé que no te gusta.
—Gustarme, no me gusta, eso te lo puedes ahorrar. Lo que quiero es saber cómo estás. ¿Vas de novio?
—Sí.
—¿Y allí te tienen por novio?
—Me parece que sí.
El padre se miró el filo, lo probó en la uña y volvió a la piedra.
—Bien. Muy bien. Pues ahora me escuchas, que para eso estoy. ¿Tú sabes de qué vive esa casa? ¿Sabes quién paga la ladera norte, que no es suya? ¿Conoces a alguien que te diga qué hacen esas dos en Sietepozos cuando bajan a la feria?
—Padre.
—No pongas esa cara, que no hablo de la muchacha. La muchacha no sabe lo que hace. Te hablo de la madre. Pregunta, a quien te lo quiera contar, qué ha sido la Coscoja para su cuñado.
—Ya sé lo que ha sido.
—¿Lo sabes? ¿Sabes que el viejo, u otro, sigue pagando? ¿Y te quedas tan ancho?
Martí no contestó.
—Ya sé que la muchacha no tiene culpa. Lo tuyo está bien, lo que te mueve está bien. Pero ten cuidado, que puedes llegar tarde. No, quieto, que no he acabado. No digo nada de ella: no creo que esté tocada, todavía, de lo que tiene alrededor. Pero si la madre te la quiere colocar, o colocársela a las doce mulas que vas a llevar el día que yo me muera, le dices de mi parte que antes me como las mulas.
Volvió a la navaja. Martí quería a su padre a pesar de su carácter, y salió del corral con una rabia que no pudo soltar contra nadie, más fuerte porque él mismo la sabía injusta.
Hacía tiempo que no lo ignoraba. Ferma había sido la mujer del Tintorero en vida de su marido, y cuatro o cinco cosechas después. Todavía se veían de tarde en tarde, pero el viejo, encogido ahora en sus manos hinchadas de soltero achacoso, distaba mucho de ser para su cuñada lo que se decía en la fuente. Si pagaba la casa y la ladera era por gratitud de antiguo amante, por algo de lástima y, sobre todo, porque las habladurías le alimentaban la vanidad.
Esa noche, en el pajar, Martí se desató la cinta de la muñeca para atársela mejor. El nudo llevaba hecho desde la Vuelta y le costó soltarlo con las uñas. Dentro del nudo, donde no le había dado el sol de las cuatro jornadas, el hilo era de otro rojo.
Se la volvió a atar.
Pensaba en Ferma. Una tarde de lluvia se habían inclinado los dos sobre la tablilla del muestrario, una tabla con una madeja clavada por cada año de grana, y ella le iba diciendo qué cosecha había sido buena y cuál había salido pálida. Martí, con un estremecimiento de mozo al que siempre le habían gustado las mujeres casadas, había creído sentir sobre los nervios, de golpe tensos, un aliento hondo que subía del cuerpo que tenía pegado al hombro. Al levantar los ojos, había visto la mirada de ella posarse sobre la suya, pesada, mareada.
¿Se había equivocado? Ferma tenía días en que se encastillaba en un disparate y lo sostenía hasta la noche con una terquedad que iba creciendo, que se levantaba sobre sí misma a bloques, y días en que lo soltaba sin acordarse de haberlo dicho. Por la noche bebía cocimiento de cabezas de adormidera, por dormir y porque en el pueblo eso era de casa con posibles. Tenía treinta y ocho cosechas, era alta, con los labios gruesos y muy encendidos, que se mojaba a cada momento. Los ojos no eran grandes pero lo parecían, por el corte y por las pestañas, y tenían una sombra que a Martí le daba calor. Vestía como la hija, con un gusto que no se veía en otra casa del pueblo, y eso era, sin duda, lo que más la sostenía. La mano derecha se la había quemado de joven con alumbre, la sal que se echa al baño para que el rojo agarre, y la piel del dorso se le había quedado tirante y brillante, con una red de cicatrices finas. Cuando se le pasaba el cocimiento, los ojos se le empañaban y de la comisura de los labios y del párpado le colgaba otra red, de arrugas.
Quería a Oria con toda el alma. Más de una noche, Ferma cogió el candil, dijo que iba a buscar hilo a la despensa y los dejó a oscuras en el patio, y tardó en volver más de lo que tarda nadie en encontrar un ovillo.
Por eso la desconfianza de su padre le tocaba a Martí donde más le dolía. ¿Cómo se había librado Oria? Porque se había librado. La limpieza de aquella cara blanca, la franqueza con que el cariño le salía por los ojos, no eran para él una prueba, eran un escalón: el escalón por el que él subía a arrancar de un tirón, del arbusto podrido, el grano que estaba pidiendo que lo cogieran.
Estaba tan seguro de eso que nunca la había besado.
Una tarde, después de comer, pasó por lo del Tintorero sin motivo y la encontró sola en el cobertizo de las tinas. Llevaba las mangas recogidas, los brazos rojos hasta el codo y el pelo suelto, pegado a la mejilla por el vapor. Martí la fue empujando hacia atrás hasta la pared, y ella, riéndose, sin saber qué hacer con las manos mojadas, se dejó apoyar contra el yeso. Él se quedó delante, casi rozándola, con los brazos caídos.
Oria esperó, con la nuca en la pared. Martí no la besó, y salió del cobertizo con las manos limpias.
Herencia, cenizas y silencio · Cuentos de crueldad íntima
Descarga libre
Este cuento también en libro electrónico, con su portada, para leerlo donde quieras y sin conexión.
Formato ePub, el que abren Apple Books, Google Play Books, Kindle (convirtiéndolo) y casi cualquier lector. Sin registro, sin correo, sin nada.
Invítame a un café · 1,70 €Se paga con PayPal o con tarjeta, sin cuenta. Puedes cambiar la cantidad.

Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.