Gayatri Spivak
Tiempo de lectura: 5 minutos

(1942 — en vida) — India / Estados Unidos

Cuando publicó su traducción de Derrida, en 1976, tenía treinta y cuatro años. Lleva cuatro décadas enseñando a leer y a escribir a campesinas sin tierra en el Bengala rural. Entre las dos tareas hay una sola pregunta que no ha podido cerrar: si hablas por quien no puede ser escuchado, ¿estás abriendo un espacio o lo estás ocupando?

En 1926, la hermana de la madre de Spivak —Bhubaneswari Bhaduri, de dieciséis o diecisiete años— se ahorcó en el piso familiar del norte de Calcuta. El suicidio era un enigma: la joven estaba menstruando cuando murió, lo que excluía el único móvil que el mundo de entonces habría registrado sin dificultad —un amor prohibido o un embarazo vergonzoso. Casi una década después, una carta que había dejado a su hermana mayor reveló que Bhubaneswari pertenecía a un grupo independentista armado y que se le había encomendado un asesinato político que no fue capaz de ejecutar. Eligió morir antes que traicionar. Eligió también el momento: sabía que su muerte sería leída como el desenlace de una historia romántica, y esperó a que le llegara la menstruación para que el cuerpo dijera, en el único código que la época podía reconocer, que no había ningún hombre detrás de esa muerte. El gesto fue preciso. No funcionó. Cuando la explicación política emergió, una generación después, las sobrinas de Bhubaneswari —mujeres ya formadas, ya «emancipadas», en el término que Spivak usará al contar la historia— siguieron leyendo el suicidio como un episodio romántico. El cuerpo había escrito un mensaje con todo lo que tenía, y el mensaje no llegó.

Esa historia sostiene la frase que hizo de Spivak una referencia ineludible y que durante años recibió las lecturas más torpes: «la subalterna no puede hablar». No significa que a las mujeres marginadas les falten palabras. Bhubaneswari habló con el único instrumento que le quedaba. Significa que su habla no encontraba ningún marco —colonial, patriarcal, nacionalista— capaz de registrarla como discurso político con derecho a respuesta. Hablar, en el sentido que importa aquí, no es emitir sonidos: es que lo que dices pueda ser recibido dentro de una estructura que distribuye la autoridad de ser escuchado. A quien vive fuera de esa estructura, Spivak la llama subalterna, tomando el término de Gramsci (nº 23).

La distancia entre Spivak y Gramsci no es pequeña. Gramsci suponía que la conciencia subalterna, enterrada bajo las formas culturales del dominador, podía recuperarse y cobrar forma política en un intelectual comprometido con ella. Spivak introduce una sospecha que el Colectivo de Estudios Subalternos —los historiadores indios que en los años ochenta intentaban reescribir la historia colonial desde abajo usando el vocabulario gramsciano— no podía eludir desde dentro: el acto de hablar en nombre del subalterno, incluso con la mejor voluntad, ocupa el lugar que el otro no puede ocupar. Esa ocupación no suprime el problema; lo reproduce un nivel más arriba.

Todo esto vino después de una decisión tomada casi por azar. En 1967, Spivak compró De la grammatologie de Derrida (nº 10) sin conocer al autor y decidió traducirla. Of Grammatology salió en 1976 con un prefacio de la traductora que para buena parte del mundo anglosajón fue la puerta de entrada real a la deconstrucción, antes incluso que el texto de Derrida. Lo que hizo con la herramienta no fue repetirla en el terreno literario donde había nacido: la llevó al archivo colonial. Si deconstruir es mostrar que todo texto administra en silencio lo que pretende excluir, Spivak aplicó esa lectura a los documentos judiciales y administrativos sobre el sati —la inmolación de viudas en la pira del marido— y encontró en cada uno la misma operación.

Los administradores británicos prohibieron el sati en 1829 presentándose como salvadores de mujeres indias frente a hombres indios. Los reformistas nacionalistas que después reivindicaron la práctica la presentaron como acto de libre devoción, resistencia espiritual a la imposición colonial. En ambos relatos la mujer funciona como símbolo —de la barbarie que justifica el dominio, o de la pureza que justifica resistirlo— y en ninguno se le pregunta nada. La fórmula la tomó Spivak de los propios documentos coloniales: «salvar a las mujeres morenas de los hombres morenos». Los administradores la usaban sin ironía. Su trabajo consistió en devolverle el filo.

La sospecha alcanza también a los intelectuales radicales de Occidente que creyeron haber resuelto el problema. En un diálogo de 1972, Foucault (nº 9) y Deleuze (nº 14) daban por hecho que los oprimidos podían representarse solos: bastaba con que el intelectual se retirara. Spivak recupera una distinción que Marx traza en El dieciocho Brumario entre hablar en nombre de alguien —delegación política— y poner en escena, como hace un retrato con quien retrata. Foucault y Deleuze, dice, colapsan los dos sentidos: al renunciar al primero creen haber renunciado también al segundo, sin ver que escuchar, transcribir o traducir siguen produciendo una figura del otro. Pretender que no es la versión más sofisticada del problema que dicen combatir.

Esta sospecha podría paralizar cualquier proyecto político: si nombrar a «las mujeres» o al «Tercer Mundo» reproduce el esencialismo que la teoría acaba de desmontar, ¿cómo se organiza una lucha colectiva? Spivak no resuelve la contradicción: la asume. Propone aceptar, de forma consciente y provisional, una identidad que se sabe construida, porque en un momento político concreto hace falta un sujeto capaz de actuar. A esa maniobra la llama esencialismo estratégico: una ficción útil que no se disfraza de verdad y que dura lo que dura la necesidad que la justifica. En Crítica de la razón poscolonial (Harvard University Press, 1999; Akal, 2010) extendió la misma lógica hasta Kant, hasta las leyes sobre trabajo infantil en Bangladesh, hasta la idea misma de lo universal: todas esas categorías se usan por catacresis —término prestado, aplicado a un caso para el que no fue diseñado—, porque la alternativa es el silencio, y el silencio no organiza nada.

Spivak ha pagado un precio visible por no suavizar esta posición. Se le acusa de escribir una de las prosas más herméticas de la teoría contemporánea mientras denuncia el silenciamiento de quienes no tienen acceso a esa misma prosa. Su respuesta: exigir legibilidad inmediata reproduce, en el terreno del estilo, la misma demanda colonial de traducirse siempre a los términos del lector metropolitano. El argumento no convence a todos. Ranajit Guha y otros miembros del Colectivo de Estudios Subalternos vieron en su crítica una amenaza al proyecto de recuperar las voces de abajo. Benita Parry le reprochó haber vuelto a la subalterna tan inaprehensible que ya no le queda ninguna agencia, ni siquiera la fragmentaria que Bhubaneswari Bhaduri ejerció con su propio cuerpo.

Desde 1986 Spivak enseña a leer y a escribir a comunidades dalit sin tierra en el Bengala rural. En 1997, con los diez mil dólares que le dejó en herencia su amiga Lore Metzger —superviviente del nazismo—, fundó la Fundación Memorial Pares Chandra y Sivani Chakravorty para la educación rural, a la que destinó después la mayor parte del Premio Kyoto de 2012. El Premio Holberg de 2025 llegó cuando la pregunta que formuló hace cuarenta años seguía abierta. La escuela no enseña a sus alumnas el vocabulario en que ella misma escribe. No las prepara para el archivo académico. Y la única noticia que el mundo exterior recibe de esa escuela llega filtrada por la voz de quien diagnosticó, hace cuatro décadas, la imposibilidad de hablar por otro sin traicionarlo algo.

No está claro si el círculo tiene salida, o si Spivak es, ella misma, la demostración de que no la tiene.

«La subalterna no puede hablar.»

— Gayatri Chakravorty Spivak, ¿Pueden hablar los subalternos? (1988)


Para seguir leyendo

  • ¿Pueden hablar los subalternos?, Gayatri Chakravorty Spivak (1988; recogido en Estudios postcoloniales: Ensayos fundamentales, Traficantes de Sueños, 2008; edición independiente, MACBA, 2009) — el texto primario; ningún resumen lo sustituye, y la segunda lectura cambia la primera.
  • Crítica de la razón poscolonial: hacia una historia del presente evanescente, Gayatri Chakravorty Spivak (Harvard University Press, 1999; Akal, 2010) — la obra que extiende la pregunta del ensayo hasta Kant, el derecho internacional y la idea misma de universalidad.
  • Gayatri Spivak, Stephen Morton (Routledge Critical Thinkers, 2003; sin edición en español verificada) — la introducción más clara para entrar en un pensamiento que se resiste, de manera deliberada, a la paráfrasis fácil.

Grupo 4 — Los cartógrafos del poder invisible.

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