La cuarta llave — Herencia, cenizas y silencio: la romana de la casa del peso y las cuatro llaves
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Hay una casa donde todo se pesa: el grano, el carbón, los favores y las culpas. Un hombre entra con las manos quietas y descubre que la balanza también guarda lo que uno no sabía que debía.

El polvo del umbral estaba liso y el hombre ya estaba dentro. De pie junto a la romana, con las manos quietas a los costados, como si se las hubiera colocado otro. En la entrada de la casa del peso hay siempre un dedo de polvo de chapa que guarda la pisada de cualquiera hasta que viene la mujer del sábado con el cubo. Aquella mañana no había una sola marca y él estaba allí, mirando la plataforma vacía.

Pálido de una palidez limpia. La ropa remendada con puntadas cortas, iguales, hechas por él mismo, de las que aprietan la tela sin fruncirla. Y una quietud en los brazos que no era pereza ni respeto.

Le pregunté cuatro cosas. Dijo que sabía escribir y que no tenía asiento en ninguna casa. Lo tomé.

Se llamaba Almela.

De cualquier otro de los que han pasado por aquí podría escribir una vida entera. Del hijo del calderero, que se llevaba limaduras en el forro de la gorra. Del que se ahorcó en el pañol cuando le retiraron el asiento. De Almela no hay con qué. Lo que sé de él lo vieron mis ojos entre estas cuatro paredes, y un rumor que llegó después y que dejo para el final, porque no puedo jurarlo y porque, aunque fuera cierto, no arregla nada.

Conviene que diga antes quién soy y cómo era la casa. Sin eso, Almela parece solamente un hombre raro. Y raro lo era, pero no de esa manera.

En cuarenta años de romana no he levantado la voz una sola vez. En este oficio todos mienten sobre lo que traen, y aun así nunca me hizo falta gritar. No lo digo por mérito. Lo digo porque quien no entienda eso de mí no entenderá nada de lo que viene después.

Desde joven pensé que la vida buena es la que no da sobresaltos. Peso lo que entra y lo que sale por la barra de Salobral. Chapa cortada, sal, grano de la vega alta, garrafas selladas, el cobre que baja de los desguaces. Firmo el asiento, cobro mi tanto, no discuto. Los cortadores me llaman el fiel y lo dicen sin ironía, que ya es mucho en un pueblo donde todo el mundo tiene un mote sucio. Nunca he pleiteado con la Junta. Nunca me he puesto delante de una asamblea. He visto a hombres más listos que yo arruinarse por tener razón en público.

Seis años tuve además el aforo de convoyes. Era firmar dos veces lo mismo y cobrarlo tres: uno cuenta los bultos que salen, otro los pesa, y el papel viaja lacrado hasta la casa de destino, donde se abre y se vuelve a pesar todo por si el camino se ha comido algo. La Junta suprimió mi parte el invierno en que se cerró la ruta de poniente. Rara vez me quejo de nada, y menos de los que mandan, pero diré aquí, ya que estoy, que suprimir aquel cargo fue una ligereza y que yo contaba con él para no depender de mis manos cuando me temblaran. En fin. Nada de esto viene al caso.

La casa del peso está en el muelle viejo, donde ya no hay agua. Por el ventanuco de poniente se ve el casco del carguero varado, que llevamos veintitantos años abriendo a soplete y todavía da chapa buena. Por el otro lado, el corral de la potabilizadora, con su alambre y sus dos bombas, que suenan tres días por semana y los otros cuatro no. Dentro, la plataforma, el juego de pesas, el libro.

El libro es lo importante. Aquí una libra mal escrita es una libra robada, y una libra robada, a la larga, es un hombre en el dique.

La regla es vieja y es sencilla: nadie firma solo. El que asienta lee en voz alta y otro sigue los albaranes y va diciendo conforme. Página por página. Es un trabajo idiota, lento, que da sed y que no se puede hacer pensando en otra cosa. Yo lo he hecho miles de veces y sigo sin saber si sirve para evitar el fraude o solo para repartirlo.

Cuando llegó Almela, en la casa estábamos tres.

Timoner tenía sesenta y tantos y las manos limpias de temblor hasta el mediodía. Por la mañana era el mejor asentador que he tenido: letra de escribano, columnas rectas, ni una tachadura. Comía a las doce en el cobertizo y a la una volvía transformado, no en un bruto, que eso sería fácil de corregir, sino en un hombre bueno. Ahí estaba el desastre. Por la tarde, a Timoner le daba por la caridad. Veía entrar a una mujer con dos sacos escasos y le redondeaba los sacos. Veía a un chaval con la chapa cargada de sal por el rocío y descontaba la sal, que no le correspondía descontar. Todas las libras regaladas que hay en mis libros las regaló él después de comer, con una sonrisa de padre. Se lo dije muchas veces y siempre con suavidad, porque de mañana era el hombre más servicial del muelle y no quería perderlo. Una vez le propuse que hiciera solo la jornada corta, que se fuera a su casa después de comer y que cobrara igual.

Se puso muy serio.

—Con todo respeto, jefe, es por la tarde cuando esta casa se gana el nombre. Por la mañana hago números. Por la tarde hago justicia.

Y golpeó la plataforma con el canto de la mano, como quien remata una escritura.

—¿Y las libras que me faltan al cierre?

—Las libras que faltan al cierre, jefe, están en el estómago de alguien. Yo también me estoy quedando corto de años. A mi edad, un poco de manga ancha no ensucia a nadie.

Aquello me tocó donde me toca todo y no insistí. Desde entonces le pasaba por la tarde solo cargas menudas, de las que no cuadran de todas formas.

Gasull era otra cosa. Treinta años, seco, con el agua de la barra metida en las tripas desde niño. Por la mañana rechinaba. Se le agriaba la boca, mascaba juramentos entre dientes, y sobre todo se peleaba con el suelo. Decía que la casa del peso estaba mal asentada, que el muelle se había hundido un dedo por la parte del mar y que por eso la romana no fielaba. Metía cuñas. Metía chapa doblada. Llegó a levantar la esquina de la plataforma con un gato de camión, sudando, para comprobar con una plomada lo que ya habíamos comprobado dos veces.

La romana estaba bien. Lo que Gasull no soportaba no era el desnivel: era pesar. Quería tasar. Quería que le dejaran decir cuánto vale una cosa y no cuánto pesa, que es el único ascenso que hay en este oficio. Por eso recibía visitas. Gente con la ropa rota y la cara lista que él llamaba mis clientes y que casi siempre eran acreedores suyos. Por las tardes se le calmaban las tripas y se volvía cortés, incluso ingenioso. Escribía rápido, no se equivocaba y sabía tratar a los de la Junta cuando bajaban a husmear. Con todos sus defectos, valía.

Lo bueno era que sus horas malas y las de Timoner nunca coincidían. Uno estaba de guardia y el otro franco. Nunca los tuve a los dos insoportables el mismo rato, y esa fue durante años toda mi suerte administrativa.

La tercera era Mirla, once años, hija de un cortador de chapa que no quiere que su hija entre en el casco. En el casco se entra por una boca y a veces no se sale. Me la trajo un domingo, con la gorra en la mano, y me pidió que le enseñara a llevar un libro. Barre, corre recados, trae la comida y cobra en galletas. Tiene un cajón para ella sola donde no guarda un solo papel: guarda arandelas. Las cuenta. Las ordena por tamaño. Toda la ciencia del peso, para esa criatura, cabe en un cajón de arandelas, y a veces pienso que no anda descaminada.

Cuando la Junta me cargó también el registro de la potabilizadora, con sus garrafas y sus vales de agua, el trabajo se me subió por encima. Pedí un cuarto par de manos.

Y entró Almela por una puerta abierta sin dejar marca en el polvo.

Pensé, además, que un hombre tan callado apagaría un poco a Gasull por las mañanas y a Timoner por las tardes.

Le puse el pupitre en el foso, que es el hueco bajo la plataforma donde se guardan las pesas de cincuenta libras. Está a resguardo, tiene luz de arriba y desde allí no se ve la sala, pero se oye todo. Yo lo tenía a tres pasos y no lo tenía delante. Me pareció un buen arreglo: compañía sin compañía.

Al principio escribió como si le hubieran tenido años sin papel. Asentaba mañana y tarde, sin descansar, sin buscar conversación, sin levantar la cabeza cuando entraba el ruido de la calle. Yo estaba encantado. Lo habría estado más si aquel hombre hubiera dado alguna señal de estar donde estaba. Escribía como funciona una bomba: sin alegría y sin queja.

Al tercer día lo llamé para la lectura. Tenía prisa por cerrar un albarán de cobre y quería el conforme rápido, así que me quedé de pie con el papel en la mano, adelantándolo ya, para que lo cogiera al salir.

—Almela, léame esta hoja mientras sigo los albaranes.

Desde el foso, sin moverse, con una voz suave y sin filo, contestó:

—No entro en eso.

Me quedé quieto un rato, ordenando lo que acababa de oír. Primero pensé que no me había entendido. Repetí la orden despacio, palabra por palabra, como se le habla a un forastero.

—No entro en eso.

—¿Cómo que no entra? —Ya estaba yo cruzando la sala—. Es la lectura. La hoja es suya. Cójala.

Se la puse casi en el pecho.

—No entro en eso —dijo.

Lo miré con atención. La cara tranquila, los ojos claros, ni un músculo torcido. Si hubiera habido en él una pizca de insolencia, de fastidio, de burla, cualquier cosa que se pareciera a un hombre plantando cara, lo habría echado a la calle en ese mismo minuto y no habría historia que contar. Pero echar a Almela habría sido como echar a la calle la pesa de cincuenta por no querer pesar cien.

Volví a mi sitio. Aquello es rarísimo, pensé. Y como el cobre no esperaba, llamé a Gasull y cerramos la hoja entre los dos.

A la semana siguiente entraron cuatro cargas del desguace con sus cuatro copias, que hay que leer las cuatro porque de ahí sale el reparto de vales. Senté a Timoner, a Gasull y a Mirla en fila, cada uno con la suya, y llamé al foso.

—Almela, rápido, que estamos esperando.

Oí arrastrarse el taburete y apareció en el hueco.

—¿En qué puedo servirle?

—Las copias. Coja la cuarta y léala.

—No entro en eso —dijo, y volvió a bajar mansamente.

Me quedé de pie delante de mi gente como un poste. Cuando recobré el habla, fui hasta el foso.

—¿Por qué se niega?

—No entro en eso.

Con otro hombre me habría subido la sangre y lo habría puesto en la puerta sin dejarle recoger. Con él no. Con él me daban ganas de razonar, y eso es lo primero que se pierde cuando uno manda.

—Son sus propias hojas. Leyéndolas una vez se ahorra cuatro repasos. Es la costumbre de la casa. Aquí nadie firma solo, ni yo. ¿No dice nada? ¡Conteste!

—No entro en eso —repitió, sin subir el tono.

Y me quedó la impresión clarísima de que había seguido mi razonamiento entero, de que lo encontraba correcto, de que no tenía una sola objeción que ponerle y de que aun así había alguna consideración superior, que no pensaba explicarme, por la que aquello no le concernía.

Cuando a uno lo contradicen de una manera tan sosegada y tan sin motivo, lo primero que se le mueve es la propia certeza. Uno empieza a sospechar que a lo mejor la razón está del otro lado. Y busca testigos.

—Timoner, ¿qué le parece? ¿Tengo razón?

—Con todo respeto, jefe, la tiene usted entera. —Eran las diez de la mañana.

—¿Gasull?

—Yo lo saco de aquí a patadas y luego me lavo las manos.

—Mirla, ¿tú qué dices?

La cría se encogió de hombros y dijo, sin levantar la vista de las arandelas:

—Que le falta un tornillo, pero que escribe muy bien.

—Ya oye lo que piensan —le dije al foso—. Salga y haga su parte.

No contestó. Leímos las cuatro copias sin él, Timoner protestando en cada página de que aquello no era conforme a la costumbre y Gasull silbando maldiciones contra el pasmado del agujero y jurando que era la primera y última vez que hacía gratis el trabajo de otro.

Pasaron días. Lo vigilé de cerca, como se vigila una gotera. No salía a comer. No salía a nada. Nunca lo vi cruzar la puerta. A las once, Mirla se acercaba al foso como llamada por una señal que yo no oía, salía a la calle haciendo sonar los vales y volvía con un cartucho de galletas de sal, de las prensadas, y le dejaba el cartucho abajo y se quedaba dos de comisión.

Vive de galletas, pensé. Eso no puede alimentar a un hombre.

Pero lo que de verdad me quitó el sueño fue otra cosa, y tardé en verla porque la tenía escrita delante todos los días: Almela no retiraba su agua. Tenía derecho a sus cántaros como todo el mundo y en el registro de la potabilizadora su casilla estaba limpia semana tras semana. Bebía lo que caía del grifo comunal de la casa, que es agua de segunda vuelta y sabe a hierro. Le sobraba el vale entero. En este pueblo hay gente que ha matado por menos, y allí estaba aquel hombre con un crédito de agua acumulándose a su nombre como una herencia que no pensaba tocar.

Nada saca de quicio a una persona seria como una resistencia sin gestos. Si el que resiste no molesta, si no insulta, si no golpea nada, el que manda se queda sin donde apoyarse. Y acaba haciendo lo que hice yo: inventarle al otro un motivo bondadoso.

Pobre hombre, pensé. No lo hace por vicio. Se le nota que no puede evitarlo. Además me sirve: escribe más y mejor que nadie. Si lo echo, caerá en manos peores, o en el dique, o en las salinas, que es lo mismo con más sol.

Y aquí viene lo que no me gusta escribir y escribo: pensé también que ampararlo me salía baratísimo. Que por el precio de tragarme una impertinencia al día me estaba comprando un buen rato de conciencia limpia para cuando lo necesitara. Lo pensé con esas palabras o parecidas. Un hombre que hace cuentas todo el día acaba haciéndose cuentas a sí mismo.

No siempre lo llevé tan bien. Había mañanas en que su quietud me pinchaba y yo buscaba pelea a propósito, por ver si de aquel cuerpo salía por fin una chispa de rabia con la que poder entenderme. Era como intentar prender fuego frotando dos guijarros mojados.

Una tarde no me contuve.

—Almela, cuando termine esos asientos los vamos a leer usted y yo.

—No entro en eso.

—¿Piensa seguir con esa cabezonería de mula?

Silencio.

Abrí la puerta de la sala.

—Timoner, Almela dice por segunda vez que no lee sus hojas. ¿Qué le parece?

Era por la tarde. Timoner tenía la calva mojada y los ojos húmedos de bondad.

—Me parece, jefe, que ese muchacho está pasando algo que no cuenta, y que un poco de sopa caliente lo arreglaría más que un libro.

—¿Gasull?

—Que se lo lleven al dique con los que no tienen asiento y aquí paz. —Se le habían asentado las tripas, pero no el carácter.

—Vaya par de testigos —dije, y cerré.

Volví al foso con un impulso nuevo, malo, de esos que uno reconoce mientras los tiene. Recordé que aquel hombre nunca salía a la calle.

—Almela, Mirla no está. Cruce a la potabilizadora y pregunte si han sellado ya las garrafas.

Son ochenta pasos.

—No entro en eso.

—¿No quiere ir?

—Prefiero quedarme.

Aquella palabra suya, prefiero, dicha una sola vez, me quedó dando vueltas más que todas las negativas. Volví a mi mesa. Y me oí a mí mismo, un rato después, decirle a Gasull que no entraba en discutir los vales del cobre esa tarde.

Levanté la cabeza. Gasull me estaba mirando.

Con el tiempo quedó establecido en mi casa, sin que nadie lo escribiera en ninguna parte, que había un asentador que cobraba por hoja, que escribía más que los otros dos juntos, que estaba dispensado para siempre de leer lo que escribía, y que a ese hombre no se le mandaba a ningún recado, porque si se le mandaba diría que no entraba en eso, es decir, que no.

Y hasta le tomé ley. Estaba siempre. Llegaba el primero, en cierto modo, porque no se iba nunca. No bebía. No pedía adelantos. Le habría confiado el libro de la sal, que es el que da de comer al pueblo. Solo de vez en cuando, en el apuro de una descarga, se me escapaba pedirle que sujetara un cabo o que me acercara la pesa de veinte, y desde el foso llegaba la fórmula puntual, y yo me quedaba con la mano tendida en el aire preguntándome cómo era posible que una criatura hecha de la misma carne que yo pudiera no ceder nunca en nada, ni siquiera en lo que no le costaba.

Debo decir que de la casa del peso hay cuatro llaves. Una la tiene la Junta. Otra la mujer que baldea los sábados. La tercera la llevo yo.

De la cuarta nunca he sabido nada.

Un día de reparto, de esos en que el pueblo entero se planta en la plaza con las garrafas desde antes del amanecer y el muelle se queda vacío como el fondo de una olla, me acerqué temprano a la casa a recoger un albarán. Metí la llave y la llave no giró. Había otra puesta por dentro. Llamé. Se descorrió el cerrojo y por el resquicio asomó Almela, en camisa, descalzo, con una manta de rayas sobre los hombros y una calma de propietario.

Me pidió disculpas. Dijo que estaba ocupado y que ahora no le venía bien recibirme. Añadió que si daba dos vueltas al muelle, cuando volviera ya habría terminado.

Y yo di las dos vueltas.

Lo cuento tal cual porque es el centro de todo esto. Un hombre sin oficio, sin familia, sin un vale a su nombre, me echó de mi propia casa con una frase amable, y yo obedecí. No hay otra manera de llamarlo. Un cobarde es exactamente eso: alguien a quien su asalariado saca a la calle y se va.

Volví al rato. La puerta estaba abierta y él no estaba.

Lo miré todo despacio. Detrás de las pesas de cincuenta había un jergón enrollado. Un cabo de vela. Un plato de latón, un trozo de jabón duro, una toalla que había sido de alguien. Un cepillo. En un papel, migas de galleta y una corteza. En el rincón del foso, colgado de un clavo, un trapo anudado con peso dentro.

Lo desaté. Eran vales de agua. Los suyos, los de meses, con el lacre de la Junta sin romper, doblados uno por uno con la misma puntada minuciosa con la que se remendaba la camisa. Al fondo del trapo, un llavín de latón, gastado por el uso, que entraba en mi cerradura mejor que el mío.

Ahí supe que Almela vivía en la casa del peso, y ahí me entró por primera vez en la vida esa clase de tristeza que no se quita andando.

Los días de reparto, el muelle viejo es lo más parecido a un sitio del que se han ido todos y no piensan volver. Suena la chapa suelta del casco. Suena, a lo lejos, la cola de la plaza. Y en ese vacío llevaba durmiendo aquel hombre no sé cuántos meses, sin cama, sin espejo, sin nadie a quien decirle buenas noches, mirando desde su agujero la plataforma vacía de la romana, que es lo que miraba durante horas cuando no escribía.

Yo lo había visto hacerlo mil veces y siempre pensé que descansaba la vista.

Aquella mañana me senté en el borde del foso y miré lo que él miraba. El plato limpio. El brazo quieto en el fiel. No pasó nada. Estuve así hasta que empezaron las bombas.

La piedad tiene un fondo y yo llegué al fondo aquella misma tarde. Empezó en lástima y acabó en aprensión. Mientras pensé que a Almela podía arreglarlo con una manta, un plato caliente y un poco de paciencia, lo quise. En cuanto comprendí que no había nada que darle, porque el hambre que tenía no era de comida, la lástima se me puso a girar y salió por el otro lado convertida en ganas de perderlo de vista. No es egoísmo, o no es solo eso. Uno soporta el dolor ajeno mientras cree que sirve de algo mirarlo. Cuando ve que no sirve, el alma manda callar y cerrar la puerta.

Yo podía darle todo el agua del registro. Su cuerpo no tenía sed.

Al día siguiente lo llamé con toda la suavidad que me quedaba.

—Almela, siéntese. Hoy no le voy a pedir nada de lo que no entra. Solo quiero hablar.

Se acercó y se quedó de pie.

—¿De dónde es usted?

—No entro en eso.

—¿Tiene familia en algún sitio?

—No entro en eso.

—Hombre, alguna razón habrá para no decirme ni su pueblo. Yo querría ayudarle.

No me miraba a mí. Miraba, por encima de mi hombro, el brazo graduado de la romana.

—Hoy prefiero no contestar —dijo, y se metió en el foso.

Reconozco que aquello me irritó más que las negativas de trabajo, y me irritó por lo peor: porque me pareció desagradecido. Yo lo había tratado bien y él no me pagaba con la moneda que yo esperaba, que era saber cosas de él.

Poco después dejó de escribir.

Lo encontré una mañana quieto, con la pluma seca.

—¿Qué pasa? ¿No hay hojas?

—He dejado de asentar.

—¿Cómo que ha dejado? ¿Por cuánto tiempo?

—Para siempre.

—¿Y eso por qué?

—¿No lo ve usted mismo? —dijo, con una indiferencia mansa.

Lo miré y me pareció que tenía los ojos apagados, un poco vidriosos, y me acordé de la luz del foso, que entra de arriba y da de canto sobre el papel. Me convencí a mí mismo en dos segundos: se ha quedado sin vista de tanto escribir. Le hablé con dulzura, le dije que hacía bien en descansar, que saliera a andar al sol, que la vista vuelve.

No salió. Nunca supe si veía o no veía. Semanas después le pregunté si, curado, volvería a asentar, y me contestó que había terminado con eso, y se apartó.

Y ahí se quedó. Sin escribir, sin leer, sin recados, sin salir. Clavado en mi casa como la argolla del muelle. Un hombre que ya no servía para nada y que no se iba.

Le di seis días. Se lo dije de la mejor manera que supe, le ofrecí buscarle acomodo en otra parte si él daba el primer paso, le prometí que no lo dejaría en la calle sin nada.

—Acuérdese, Almela: seis días.

Al séptimo miré al foso. Allí estaba.

Me abroché la chaqueta, respiré, me acerqué y le puse la mano en el hombro.

—Se acabó el plazo. Tiene que dejar esta casa. Lo siento por usted. Aquí tiene lo suyo y algo más.

—No entro en marcharme —dijo, sin volverse.

—Pero tiene que irse.

Silencio.

Le dejé los vales sobre la mesa, debajo de la pesa de dos libras, con las palabras más corteses que he dicho en mi vida. Le dije que cerrara al salir y que dejara la llave bajo el guardacantón. Le dije que si algún día podía servirle para algo me escribiera. Le dije adiós.

No contestó, y se quedó de pie en medio de la sala como se queda el último pilar de un cobertizo al que se le ha caído todo lo demás.

Camino de casa me sentí un hombre hábil. Fíjense en la elegancia del procedimiento, me decía. Ni un grito, ni una amenaza, ni la guardia, ni el escándalo. Yo no le había ordenado irse: yo había dado por hecho que se iba, y sobre ese supuesto había construido toda la conversación. Cuanto más lo pensaba, más me gustaba.

Amanecí con menos entusiasmo. Las mañanas son crueles con los planes bonitos. Mi procedimiento seguía siendo excelente en teoría. En la práctica había un detalle: el supuesto era mío, no suyo. Lo importante no era que yo hubiera decidido que se iba. Lo importante era que a él le entrara irse. Y aquel hombre no era de suposiciones. Era de las otras.

Llegué temprano y me quedé escuchando en la puerta. Nada. Empujé. Cerrado. Se ha ido, pensé, y noté, con sorpresa, que la alegría me venía con un poso amargo. Estaba buscando la llave bajo el guardacantón cuando di con la rodilla en la madera y de dentro llegó una voz:

—Todavía no. Estoy ocupado.

Era él.

Me quedé sin habla en mitad del muelle, con el sol subiendo y las bombas arrancando al otro lado del alambre. No podía sacarlo a rastras: soy un hombre de sesenta años y él, aun consumido, tenía veinte menos. No podía llamar a la guardia sin cargarle un delito que no había cometido. No podía dejarle ganar.

Di la vuelta a la manzana, como me había enseñado él mismo, y entré haciendo ruido.

—Almela, estoy disgustado. Muy disgustado. Yo lo tenía a usted por un hombre delicado. Pensé que bastaría una insinuación. ¿Ni siquiera ha tocado los vales?

Estaban donde los dejé, bajo la pesa.

—¿Quiere dejarnos, sí o no?

—Preferiría no dejarlos —dijo, cargando la voz, suavemente, en el no.

—¿Y con qué derecho se queda? ¿Paga usted el asiento? ¿Es suya la casa?

Nada.

—¿Va a escribir? ¿Va a leer? ¿Va a cruzar a la potabilizadora? Dígame una sola cosa que esté dispuesto a hacer que justifique quedarse.

Se metió en el foso sin ruido.

Nos quedamos solos, él abajo y yo arriba, y aquí escribiré algo que no he contado nunca. Me acordé del asunto de la nave siete, hace años, cuando el mayor de los Roig le abrió la cabeza a su socio con una llave de tubo por una discusión de libros. Los conocía a los dos. Ninguno era un asesino. Lo que los mató fue estar solos en un sitio cerrado sin nadie que mirara, discutiendo de números, sin una calle debajo ni una vecina asomada. Aquella tarde sentí subirme una cosa muy parecida por la espalda y la vi con toda claridad, como se ve una carga mal estibada un segundo antes de que caiga.

Me salvó una idea de la que no me enorgullezco. Me dije: nadie ha matado nunca por caridad. Por celos sí, por dinero sí, por vergüenza a montones. Por caridad no. De modo que la caridad, además de buena, es la única salvaguarda seria que tiene un hombre contra sí mismo.

Con ese argumento de tendero me tranquilicé y bajé al foso a preguntarle si quería agua.

Vinieron después unas semanas raras, casi buenas. Encontré en el arcón de mi padre un cuaderno de la hermandad del agua, de los de antes, con sus máximas copiadas a mano, y leyéndolo por las noches me fui convenciendo de que Almela me había sido puesto delante, de que aquello no era una plaga sino un encargo, y de que mi trabajo en el mundo, aparte de pesar chapa, consistía en dar cobijo indefinido a un hombre que no quería nada. Sí, quédate ahí, pensaba. Eres tan inofensivo como las pesas. Nunca he estado en tan buena compañía como sabiendo que estabas debajo.

Esa paz me duró lo que tardaron mis conocidos en verlo.

Porque venía gente. Bajaba el de la Junta a revisar el libro y se encontraba en la sala a un hombre de pie que no contestaba a nada. Venían los cortadores a discutir su tara y allí estaba aquella figura callada mirando la balanza vacía. Un tasador de la vega alta le pidió un día que le acercara la carpeta y Almela, con toda dulzura, le dijo que no entraba en eso, y el tasador se me quedó mirando y luego miró al suelo y luego se fue sin cerrar el trato.

Empezó a correr el murmullo. Que el fiel tenía escondido a un tipo raro. Que dormía allí. Que a lo mejor la casa del peso no era tan seria.

Se me ocurrió pensar, y esto me quitó el sueño de verdad, que aquel hombre podía vivir treinta años más, plantado en mi sala, desconociendo mi autoridad delante de todo el que entrara, y acabar reclamando el sitio por ocupación, y enterrarme a mí, y quedarse.

Aquello se acabó. Un hombre puede ser generoso mientras la generosidad no le cueste el nombre.

Le sugerí, con calma, por última vez, que se marchara. Se lo dejé a su reflexión. A los tres días me comunicó que mantenía su criterio: que prefería seguir conmigo.

Entonces me pregunté qué se hace con esto. ¿Llamar a la guardia? ¿Y qué se declara? Nada ha robado. A nadie ha golpeado. ¿Que no tiene asiento de trabajo? El asiento se lo di yo. ¿Que no tiene domicilio? Vaya si lo tiene: el mío. ¿Que vagabundea? Un vagabundo es el que va de un lado a otro, y este hombre es exactamente lo contrario, y no se puede meter a un hombre en el dique por quedarse quieto, aunque, ahora que lo escribo, sé que en este pueblo se ha metido a gente por menos.

No había manera. Si él no se iba de mi casa, me iría yo.

Se lo dije al día siguiente. Que el muelle viejo estaba muy lejos de la plaza, que el suelo se hundía, que la Junta me cedía el almacén de la esquina de las salinas, y que en tres días me llevaba la romana y el libro, y que ya no necesitaría sus servicios.

No contestó y no se habló más del asunto.

El día señalado vinieron dos carros y cuatro hombres. La casa del peso tiene poco que mudar: el juego de pesas, el brazo, la plataforma desarmada, el arcón de los libros. Mandé que el foso se vaciara el último. Sacaron las pesas de cincuenta una por una, y Almela fue quedándose sin paredes, primero sin el hueco, luego sin la sombra del hueco, hasta que se quedó de pie en una sala pelada donde ya no había nada que pesar ni nadie que lo pesara.

Me paré en el umbral. Volví a entrar con la mano en el bolsillo.

—Adiós, Almela. Me voy. Que le vaya bien. Tome.

Le puse los vales en la mano. Abrió los dedos y los dejó caer al suelo.

Y entonces, cosa que todavía no sé explicar, me costó un trabajo enorme salir de allí, a mí, que llevaba medio año deseando exactamente eso.

En el almacén nuevo estuve dos días echando el cerrojo y escuchando los pasos del corredor. No vino.

A la semana se me presentó en el mostrador un hombre nervioso, con la carpeta bajo el brazo, y me preguntó si yo era el anterior ocupante de la casa del muelle viejo.

Dije que sí, con el estómago cerrado.

—Entonces usted responde del sujeto que ha dejado dentro. No trabaja. No se va. No contesta. Dice que no entra en eso.

—Lo siento mucho —contesté, y me oí una voz tranquila que no era la mía—, pero ese hombre no es nada mío. Ni pariente, ni aprendiz, ni asalariado desde hace tiempo.

—¿Y quién es?

—No lo sé. Le juro que no lo sé.

—Ya lo arreglaré yo.

Pasaron unos días. A veces me venían ganas de acercarme al muelle a verlo y siempre me detenía algo que no era pereza. Ya está, pensaba. Se acabó.

Una mañana me encontré a cuatro hombres esperándome en la puerta del almacén.

—¡Ahí viene! —gritó el de la carpeta.

El otro era el consignatario del muelle, un tipo grueso, con la cara roja de gritar toda la mañana.

—Usted me lo saca de ahí hoy mismo. Lo han echado de la sala y ahora se sienta en la escalera. Duerme en el portal. Los cortadores no quieren entrar. Se me está quedando el edificio sin gente. Esto acaba mal, o lo arregla usted o lo arreglan otros.

Protesté que yo no tenía nada que ver. No sirvió de nada. Yo era el último que había estado con él, y en un pueblo eso es una firma.

Pedí una entrevista a solas. Subí. Estaba sentado en el rellano, en el suelo, con las manos en las rodillas.

—¿Qué hace ahí, Almela?

—Estoy sentado en el rellano —contestó, sin la menor guasa.

Lo llevé a la sala vacía y cerré.

—¿Se da cuenta del disgusto que me está dando? Escuche. Ahora hay que elegir. O hace usted algo, o le van a hacer algo a usted. ¿Qué trabajo quiere? ¿Volver a asentar en otra casa? Yo lo coloco.

—No, prefiero no cambiar de sitio.

—¿Quiere despachar en el almacén de la sal? Es a cubierto.

—Demasiado encierro. No me gustaría despachar. Pero no soy exigente.

—¿Demasiado encierro? ¡Si lleva usted un año sin cruzar una puerta!

—Preferiría no despachar —dijo, cerrando el asunto.

—¿Y en la potabilizadora? Con las bombas no hay que hablar con nadie.

—No me gustaría, pero no soy exigente.

—¿Y salir con los carros a cobrar por la vega? Le daría el aire.

—No. Prefiero otra cosa.

—¿Cuál?

—No lo he pensado.

Se me acabó. Por primera vez en cuarenta años levanté la voz, y la levanté allí, en un cuarto vacío, delante del hombre más manso que he conocido.

—¡Entonces quédese quieto, ya que le gusta tanto!

Me arrepentí antes de terminar la frase. Bajé el tono y le dije lo último que me quedaba, lo que llevaba dos días rondándome y me daba miedo decir.

—Almela. Véngase a mi casa. No al almacén: a mi casa. Se queda conmigo hasta que arreglemos algo. Nos vamos ahora mismo, andando.

—No, por ahora prefiero no hacer ningún cambio.

Salí de allí escapado, sin despedirme de nadie, y no volví al muelle en cuatro días. Cogí el ramal de las salinas con la excusa de un aforo atrasado y dormí fuera, y comí con gente que no sabía nada, y me convencí de que había hecho todo lo que un hombre puede hacer, y casi lo creí.

Cuando volví había un aviso encima del libro. La guardia de la Junta se lo había llevado al depósito por no constar en ningún registro de trabajo. Me pedían que fuera a declarar lo que supiera, ya que era el que más lo había tratado.

Me indigné primero. Después, en dos minutos, aquello ya me parecía lo único razonable que se podía haber hecho. Así de rápido se acomoda uno.

Me contaron que cuando le dijeron que se levantara no opuso nada. Se levantó, se sacudió el polvo de la ropa y echó a andar entre dos guardias, y la gente se fue parando a verlos pasar, y así cruzaron el pueblo entero a la hora del sol, en silencio, entre el ruido de los sopletes y de los críos.

Fui aquella misma tarde. Dije quién era y a quién buscaba. Aseguré al funcionario que aquel hombre era honrado, que no había cogido nunca nada de nadie, que estaba enfermo de una manera que yo no sabía nombrar, y pedí que lo tuvieran en el patio y no en las naves, y que no lo mandaran a las salinas hasta que se decidiera algo. Luego pedí verlo.

Como no había cargo serio, lo dejaban andar suelto por el recinto. Lo encontré en el corral de decantación, que es el patio de atrás, donde están las balsas vacías desde que se secó la traída. Estaba sentado en la rampa de tierra, con la cara vuelta hacia el fondo de la balsa, que es un rectángulo de barro cuarteado con una costra de sal en las juntas. Alrededor, arriba, se veían las ventanas de las naves y detrás de las ventanas se adivinaban ojos.

—Almela.

—Sé quién es —dijo, sin volverse—. No tengo nada que hablar con usted.

—Yo no lo he traído aquí. —Me dolió que lo pensara, y me dolió más no estar seguro de que fuera mentira—. Mire, esto no es tan malo. No ha hecho usted nada. Hay cielo, y por la tarde corre aire.

—Sé dónde estoy —contestó.

No dijo nada más.

En el corredor se me acercó un hombre ancho, con delantal, que señaló hacia atrás con el pulgar.

—¿Ese es amigo suyo?

—Sí.

—Pues si sigue con el rancho de la casa, se apaga en un mes. Aquí el que come, come porque alguien paga.

—¿Y usted quién es?

—El proveedor. Los que tienen gente dentro me pagan y yo le pongo un plato decente.

Miré al guardia, que asintió, y le puse unos vales en la mano.

—Quiero que ese hombre coma bien. Todos los días. Y que lo traten con educación.

—Preséntemelo, hágame el favor.

Fuimos. Pensé que podía servirle de algo.

—Almela, este hombre es amigo. Le va a venir bien conocerlo.

—Servidor —dijo el proveedor, con una reverencia de las de antes—. Aquí se está fresco, ¿eh? Tenemos sombra por la tarde. ¿Qué le pongo esta noche?

—No entro en cenar —dijo Almela, dándose la vuelta—. Me sentaría mal. No estoy acostumbrado.

Y se fue a la rampa, y se sentó otra vez de cara a la balsa seca.

—¿Y este? —me dijo el hombre, con la boca abierta—. Es medio raro, ¿no?

—Está mal de la cabeza —dije, porque no supe decir otra cosa, y porque decirlo me descargaba.

—Mal de la cabeza. Fíjese, yo lo había tomado por uno de los de los sellos. Los falsificadores son todos así, pálidos y finos. Me dan una pena horrible. ¿Usted no conoció al de Anteguera, el que imitaba el lacre de la Junta mejor que la Junta? —Se quedó pensando, me puso la mano en el hombro y suspiró—: Se lo llevó la tos en las salinas. ¿No lo conoció?

—No. Nunca he tenido trato con falsificadores. Cuide a mi amigo.

Volví a los cinco días con otro permiso. Recorrí el corredor y no lo encontré.

—Al callado lo he visto salir hace nada —me dijo un guardia—. Estará en el corral.

—Está durmiendo ahí atrás —dijo otro, cruzándose conmigo—. Hará un rato que lo he visto tumbado.

El corral estaba en silencio. Los muros son de bloque y hormigón, altísimos, hechos para que nada de dentro se oiga fuera, y a esa hora daban una sombra que cortaba el patio en dos. En una junta de la balsa, entre dos placas de barro seco, había salido una mata de algo verde. Cómo llegó allí la semilla no lo sabe nadie.

Estaba al pie de la rampa, encogido de lado, con las rodillas subidas y la sien apoyada en la tierra. No se movió. Me acerqué, me agaché. Tenía los ojos abiertos y parecía dormido del todo. Le toqué la mano y sentí un frío que me subió por el brazo hasta la nuca.

Detrás de mí sonó la voz del proveedor.

—Tengo la cena hecha. ¿Tampoco hoy come? ¿Este de qué vive?

—De nada —dije, y le cerré los ojos.

—¿Está dormido?

—Está pesado y despachado —dije, y me di la vuelta.

No hace falta contar el resto. Cualquiera puede imaginarse el carro, el ramal de las salinas y los dos hombres con las palas.

Queda el rumor, y lo dejo aquí porque no me lo quito de encima.

Meses después, en un aforo, un hombre de la vega alta me habló de un asentador que había trabajado años en la casa de bultos de Anteguera, la que cerró cuando se clausuró la ruta de poniente, y me dio unas señas y un nombre que era el suyo. Puede que se equivocara. Yo no fui a comprobarlo, y esa es otra cosa que no me quito de encima.

En las casas de bultos se pesaba el equipaje de los que salían con los convoyes. Cada uno con su papeleta y su peso, para el reparto de carga, y el papel lacrado viajaba con el convoy. Cuando el convoy volvía, que volvía siempre con menos gente de la que se había ido, allí se pesaba otra vez lo que nadie reclamaba, y se rompía el lacre, y se abría, y se anotaba, y se guardaba un año por si aparecía alguien, y al cabo del año se quemaba en el patio, todo junto, un día señalado.

He pensado mucho en aquel oficio. Un hombre desatando fardos de gente que ya no existe. Sacando de un envoltorio de trapo una lata de simiente para un bancal que ya es sal. Un zapato de crío, uno solo, del pie que a estas alturas o ha crecido o ha dejado de crecer. Vales de agua para una boca que no bebe. Una carta de deuda perdonada, escrita con mucho cuidado, para un acreedor que se murió antes de leerla. Medicinas. Siempre medicinas. Todo aquello pesado con exactitud, anotado con buena letra, sumado, y al año siguiente llevado al fuego con la misma exactitud, para que el papel cuadrara.

Y los fardos se ataban otra vez antes de guardarlos. Con puntada corta, para que no se abrieran solos.

En el almacén de las salinas, cuando llega el convoy y descargan lo que nadie viene a recoger, yo lo peso. Y luego, sin que nadie me lo haya pedido, lo peso otra vez. No sirve para nada. La cifra sale igual.

Después retiro el bulto, apago la lámpara y me quedo un rato con el plato limpio delante.

No entro en dejarlo.

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