Los vencejos se enganchan en el alambre alto y se secan allí con las alas abiertas, y nadie los baja porque bajarlos sería subir. Un chico los cuenta cada noche desde la esquina de la plaza.
Los vencejos se enganchan por el ala en el hilo alto y allí se quedan. Se secan con las alas abiertas y con la cabeza colgando, y nadie los baja, porque bajarlos sería subir. Aquella noche conté once desde la esquina de la plaza. Luego conté los postes hasta la casa del libro, que son nueve. Luego ya no quedó nada que contar y Sagra seguía sin venir.
Esperé de pie mientras se apagaban los portales. Llevábamos un año así, con citas que ella daba por buenas y no cumplía, con recados que me llegaban tarde y por boca de otro, con una manera suya de estar y no estar que me tenía todo el día pendiente de una puerta. En lo que duró la espera noté una cosa que no había notado nunca. Lo que se me había quedado dentro no era rabia.
Era alivio.
Subí a casa por el camino de los postes. Turmo bajaba de la era con el saco al hombro y le dije, al cruzarnos, que se había acabado, que la dejaba. Se rió con la boca cerrada y siguió cuesta abajo hacia las luces.
En casa tapé la lumbre con ceniza, me senté en el borde del jergón y lo dije en voz alta, hacia el hueco negro de la escalera, para que quedara dicho fuera de mi cabeza.
—Hasta aquí.
Debió de servirme, porque dormí de un tirón y no abrí los ojos hasta que mi madre me sacudió el hombro y me dijo que me llamaban al hilo.
En Herrín el hilo tiene dos bocinas y no más: la del cobertizo de la cuadrilla, donde guardamos los ganchos, las escaleras y el bidón del alcohol, y la de la casa del libro. La palanca del empalme se deja siempre puesta del lado del cobertizo, que es el lado que trabaja. Aquella mañana estaba del otro. No le di importancia, porque a veces la mueve el que hace la ronda y se olvida.
Bajé sin lavarme. La voz de Sagra salió del hilo raspada, con arena dentro.
—¿Eres tú?
—Soy.
—Lo de anoche no fue cosa mía.
—Ya.
—¿Te has enfadado?
—Mañana te veo —dije—. Tengo que decirte una cosa.
—Dímela.
—Mañana.
—¿Es de las que gustan?
—A mí me gusta.
—¿Y a mí?
Tardé en contestar más de lo que hubiera querido.
—A ti también.
—Entonces suéltala ahora.
—Mañana.
—Qué pesado eres.
Se oyó el hilo trabajando solo un rato, ese zumbido de aire que hace cuando nadie habla.
—Hoy no hay cuadrilla —dijo ella— y corre un aire limpio. Sube conmigo a los Vientos.
No supe qué contestar. No esperaba aquel plan ni aquella voz, que era la de los primeros meses. Después pensé que daba igual hoy que mañana. Subíamos, pasábamos el día, y en el mejor momento se lo soltaba y me cobraba de paso la espera de la plaza.
—En lo que engancho el motorillo estoy abajo.
Lo saqué del cobertizo, le eché alcohol de higo del bidón de la cuadrilla, que sale turbio y hace fallar el motor en las cuestas, y me planté bajo su ventana y silbé. Bajó antes de que acabara el silbido. Aquello sí me extrañó, porque lo suyo era tenerme allí abajo mirando la pared hasta que se me cansaba el cuello, y luego asomarse y decirme que ya iba.
Cruzó el portal corriendo y, al verla venir, me acordé otra vez de que me gustaba. Es alta y seca, con los hombros salidos, y tiene las manos grandes de escardar, más grandes de las que le tocarían. Los dientes de delante los lleva montados uno sobre otro. El pelo se lo corta ella sola, a trasquilones, por encima de la oreja, y en la nuca le queda un remolino terco que no hay agua que lo aplaste. Llevaba la camisa buena, la de los botones de hueso. En la muñeca izquierda llevaba un alambre fino, con la vuelta hecha y nada dentro.
Pensé: me gusta mucho y la dejo. Y comprobé, con gusto, que pensarlo no me removía nada.
—¿Sigues de morros?
—Sube.
Se agarró a mí con las dos manos y salimos.
En la carretera vieja iba gente con burros cargados y chicos corriendo por la cuneta, que en día sin cuadrilla se sube todo el mundo. Yo empecé a darle vueltas al asunto. ¿En qué momento se lo decía? Lo primero que se me ocurrió fue decírselo arriba, nada más dejar el motorillo, para romperle el día entero y hacerla bajar en seguida. Luego caí en que el día también era mío. Mejor después de comer. O mejor en la bajada, por el camino, sin volver la cara, hablando de otra cosa. O mejor todavía en su portal, con un pie ya en el motorillo. De tanto elegir sitio no elegí ninguno, y me dije que ya vendría solo cuando tuviera que venir.
Pasamos por delante de la casa del libro. Estaba cerrada, con el postigo echado, y el banco de piedra de la puerta vacío. Los días de junta ese banco se llena de mujeres sentadas con el alambre puesto, esperando a que las llamen por el nombre.
Sagra se apretó contra mi espalda, me metió dos dedos por el hueco de la camisa y me pellizcó el costado con ese pellizco suyo, el que ella llamaba la avispa. Después acercó la boca a mi oreja.
—Traigo las tijeras. Ahí atrás tienes un matorral y no hay dónde ponerte la boca.
Diré una cosa: el pellizco y aquello me hicieron efecto. Pero pensé: tú sigue, sigue, que ya vas tarde.
Arriba até el motorillo con un alambre al mojón de la última curva. La gente se queda en el llano de las mesas, donde hay sombra de chopos secos y sitio para tender las mantas. Yo tiré por el sendero de la derecha, que no lleva a ninguna parte, hacia donde están las torres caídas. Allí no sube nadie porque no hay sombra, el suelo es cardo y grava suelta y el aire no descansa.
Bajamos corriendo entre los cardos, ella delante, con el zurrón dándole en la cadera y las alpargatas levantando polvo. Me llevaba de la mano. La mano la había cogido ella, no yo, y yo me dejé, y me entró la blandura de los tiempos buenos, cuando la quería y no me lo preguntaba. Pero seguía decidido, y eso me devolvió el aplomo.
—Me quito la camisa detrás de aquella torre —dijo—. Date la vuelta.
—Aquí no hay nadie.
—Tú sí.
Pensé que era el momento. Se lo soltaba ahora, con ella medio desnuda y contenta de haber subido, y le caía el agua fría encima justo cuando más arriba la tenía. Pero me volví y le vi asomar por encima del hierro los hombros y los brazos levantados, sacándose la camisa por la cabeza, y se me quitaron las ganas de golpe.
Nos tumbamos en el disco de la antena grande, que está volcado boca arriba entre las piedras y ya no junta lo que viene de lejos, sino el sol, y lo guarda como una losa de era. Yo boca abajo, ella al revés, con la cabeza puesta en mi espalda. El hierro me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba, y era un peso que no molestaba. Al rato dijo:
—Estás mudo.
—Estoy pensando en lo que tengo que decirte.
—Pues piensa menos y habla.
Ya tenía tomado el aire cuando ella cambió de idea, como cambian las moscas de sitio, sin motivo.
—Espera. Antes úntame, que este hierro deja la piel como una lima.
Saqué el bote del zurrón y le unté la espalda de sebo, desde la nuca hasta la cintura, y ella se estiró y se puso a ronronear por lo bajo. Cuando terminé, anunció:
—Ahora duermo. Si me despiertas, me bajo sola.
Y me quedé con la frase entera dentro de la boca, pensando que en el fondo no tenía ninguna gana de saber qué era.
Durmió lo que tardó la sombra del hierro en pasar de una piedra a la otra. El aire de poniente le movía el remolino de la nuca. Debajo del alambre de la muñeca le había salido una raya blanca, de donde el sol no le había dejado tomar el color.
Se sentó de golpe, se pasó las dos manos por la cara y dijo:
—Vamos al cable gordo.
Entre las dos torres que quedan en pie hay un cable que hace panza y baja hasta la altura de un hombre con el brazo levantado. Por dentro de ese cable no pasa ya nada, pero cuando pega el poniente zumba. No es un ruido que venga de un sitio ni que se pueda señalar: entra por los dientes y sale por la nuca. Ella echó a correr por debajo, adelante y atrás, con la camisa en la mano, gritando cada vez que una racha más fuerte le subía el zumbido, y el pelo se le pegaba a la boca y se lo apartaba con el dorso de la muñeca.
No sé qué me dio verla tan contenta, pero me entraron unas ganas malas de romperle aquello, y grité para ganarle al aire:
—¡Ahora te lo digo!
Y ella, sin venir a cuento, se me colgó del cuello.
—Levántame.
—¿Para qué?
—Para tocarlo.
La cogí en brazos, y pesaba más de lo que se le ve, y anduve tres pasos con ella en alto hasta debajo de la panza del cable. Puso la mano abierta encima, sin miedo ninguno. El zumbido me bajó por los brazos y se me quedó en las muelas un buen rato después de soltarla. Ella se reía con la cabeza echada atrás.
Mientras la dejaba en el suelo pensé que se había olido lo que iba a decirle y que por eso se me había colgado del cuello justo entonces. Ahora que ya no había peligro, quería volver a la sombra del disco.
Comimos las tortas de almorta con tocino que me había puesto mi madre en el zurrón. Después vino toda la tarde con lo mismo. Yo tenía la frase preparada, veía llegar el momento bueno, abría la boca, y ella me salía con una caricia, o con una pregunta de las que no se pueden dejar sin contestar, o me quitaba la palabra de la mano y se la llevaba a otro sitio. En una de esas dijo, mirando el llano:
—Turmo dice que el jueves hay que subir al poste seis, que se ha abierto el empalme.
Y siguió hablando de otra cosa antes de que yo pudiera preguntarle cuándo había hablado ella con Turmo.
Cuando ya había perdido la esperanza de decírselo, fue ella la que me lo puso delante.
—Anda, dime esa cosa.
Abrí la boca y me la tapó con la palma.
—Calla, que lo adivino yo. A ver. ¿Es que soy la primera de todas?
—No.
—¿Es que te gusta cómo me queda el pelo así?
—No.
—¿Es que en octubre bajamos al banco de la puerta?
—No.
—Pues fuera de esas tres no hay ninguna que a mí me valga —dijo, y se limpió la palma en la falda.
—Es que tengo que decirte que…
Volvió a taparme la boca.
—Cierra, si quieres cobrar.
Qué iba a hacer yo. Cerré. Quitó la mano y me besó largo, y el beso no me pareció de los de castigo.
Al final del día habíamos hecho de todo: dormir, correr, comer, hablar por hablar, callarnos. Y no se lo había dicho, y ya solo quedaba bajar. Nos vestimos cada uno detrás de su torre. Mientras me metía los pantalones me pareció que aquel sitio y aquella hora valían tanto como cualquier otro, y me levanté y lo dije con la voz de cualquier día.
—Sagra, lo que quería decirte es que se ha acabado. Que te dejo.
Miré hacia el hierro por donde antes asomaba su hombro y no asomaba nada. El aire venía ahora más seguido, y en aquel sitio no se oye otra cosa que los vientos de las torres, que son los tirantes que las sujetan, y el golpeteo de una chapa suelta. Sagra no estaba. El aire levantaba remolinos de grava de las calvas del suelo y se los llevaba ladera arriba, hacia los cardos.
Dije su nombre. No contestó. Lo grité. Tampoco.
Me puse la camisa a medio abrochar y corrí hasta la torre pensando que estaría llorando en el suelo, o caída de otra manera peor. No estaba. En la grava quedaban el zurrón abierto y las alpargatas, puestas una junto a otra, con la punta hacia el mismo lado.
Me volvía ya llamándola cuando se me echó encima por detrás. Vino con tanta fuerza que no aguanté de pie y caí de espaldas con ella encima, y se me sentó a horcajadas en el pecho.
—Otra vez. Dilo otra vez.
La grava me daba en la cara y no podía cerrar del todo los ojos. Ella se reía sin parar.
—No lo digo —dije al fin, flojo—. Suelta.
Pero no se levantó. Se sacó las tijeras de la cintura, me cogió el matorral de encima de la oreja y me dio tres tijeretazos cortos, con la lengua entre los dientes, como quien despunta una planta. Me sopló los pelos sueltos de la cara.
—Estate quieto, que te voy a dejar un escalón.
Después se levantó, se sacudió las rodillas y dijo:
—Y yo creyendo que era lo del jueves.
Me levanté yo también, sacudiéndome la grava del cuello, y noté de pronto que estaba contento. Contento de haberlo dicho y contento de que ella no lo hubiera tomado por nada, sino por una de esas burradas que se sueltan cuando se está a gusto. Subimos la ladera cogidos por la cintura. Le dije que la quería mucho. Me contestó «y yo», pero ya desde un poco más lejos, porque ya no tenía miedo de que la dejara.
Bajamos con la última luz. Al motorillo le entró el fallo del alcohol turbio en la cuesta del cementerio y lo llevé un trecho a pie, y ella iba detrás dando patadas a las piedras del camino, una detrás de otra, sin fallar ninguna.
En su portal me cogió la mano.
—Unos días sin vernos, Baldo.
Se me quedó el cuerpo hueco.
—¿Por qué?
Se rió. Fue una risa que no le había oído, más baja que la suya, sin nada de fiesta dentro. No contestó. Se sacó del bolsillo el mechón, que llevaba hecho un nudo apretado, lo pasó por la vuelta del alambre de la muñeca y cerró las dos puntas con los dientes, apretando hasta que el nudo quedó duro.
—El jueves subes al seis —dijo—. No hace falta que bajes.
Y subió las escaleras corriendo.
Me quedé abajo un rato con el motorillo apagado entre las piernas. Después volví a casa por el camino de los postes, empujándolo, porque el alcohol se había acabado del todo. Por encima, el hilo iba trabajando solo, con el mismo ruido de arriba pero más flojo. Los vencejos seguían con las alas abiertas y la cabeza colgando. Conté trece.
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La cuarta llave · Nueve nudillos · Los abanicos negros
Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 2
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.