En la maleta de cartón había un puñado de tierra de Jaén envuelto en una hoja del periódico de la provincia, y Matilde le quitaba el polvo todos los sábados. A la maleta, no a la tierra. La tierra no se tocaba.
La maleta vivía encima del armario desde que bajaron del tren, hacía tres años, atada con dos cuerdas de esparto por si al cartón le daba por rendirse. Dentro, con la tierra, iban un mantel de hilo sin estrenar, porque un mantel estrenado se mancha, y dos retratos de los abuelos de Matilde, que miraban a la cámara con cara de que les estuvieran cobrando la foto.
Teófilo la tenía delante todas las mañanas, sentado en el borde de la cama para atarse los zapatos, y no pensaba en ella. Primero el izquierdo y luego el derecho, con doble nudo, porque en la nave un cordón suelto era la manera más tonta de perder un pie. Cuando sonaba la sirena de las cinco y media ya iba por el segundo. Tampoco pensaba en la grieta del techo, que tenía la forma de las Canarias y llevaba allí más tiempo que ellos.
El bloque tenía tres plantas sin ascensor, un patio de luces lleno de cuerdas y una escalera por la que subía cualquier ruido hasta el tercero, que era donde vivían. Con un poco de práctica se sabía en qué planta estaba uno sin mirar el número. El primero olía a pimentón, porque eran los de Murcia. El segundo, a cecina y a ropa tendida dentro de casa, porque eran los de León y no se fiaban del patio. El tercero olía a pescado por la puerta de Pasqual y, por la de ellos, a un aceite que había frito demasiadas veces.
El portal olía a lejía, y la lejía era de la señora Consol.
La señora Consol era la portera. Había nacido en Sagunto, en la parte de arriba, y con Pasqual eran los dos únicos del bloque que no habían llegado en tren; no se ponían de acuerdo en cuál de los dos pueblos era el bueno. Cosía en una silla baja junto a la puerta y leía a la gente por los bajos del pantalón. Por el color del polvo sabía quién venía del muelle, quién de la fábrica y quién de la huerta, y por las manchas, de qué humor.
* * *
Aquel jueves de junio Teófilo bajó con la fiambrera debajo del brazo y Pasqual le salió al rellano con la suya, que era más grande.
—Diuen que en faran fora uns quants —dijo, sin dar los buenos días.
—¿A quiénes?
—Als de sempre, xe. Als de fora.
Pasqual descargaba barcos. Tenía cuerpo de tonel y bajaba los escalones de dos en dos con unos pies de bailarín que nadie sabía de dónde había sacado. Él decía que de las bodegas, que allí abajo el que no bailaba se quedaba sin dedos.
—Pues tú también eres un poco de fuera. De fuera de la fábrica.
—Jo sóc del moll. Que és pitjor. —Pasqual bajó otro escalón—. La mar és la mateixa misèria que el ferro, xiquet. Però mullada.
En el primero les cortó el paso la Pili, con la bata de flores y una horquilla torcida que le sujetaba media melena. La otra media iba por libre. Tenía diecinueve años y fregaba escaleras en Sagunto, en casas donde la escalera era de mármol y nadie le daba los buenos días.
—Ha subido el pan —dijo—. Y los tomates. A los melones ya hay que hablarles de usted.
—Buenos días, Pili.
—Buenos días serán para quien los tenga. Mi madre dice que a este paso cenamos piedras con vinagre.
—Con vinagre ya es otra cosa —dijo Pasqual.
La Pili se rió y bajó delante de ellos. En el portal, la señora Consol les miró los bajos del pantalón a los tres, uno por uno, y siguió con el dobladillo.
* * *
En el tren de laminación no se hablaba. El ruido no dejaba otra cosa que las señas, y cada cuadrilla tenía las suyas. Dos dedos al aire querían decir agua. El puño contra el pecho, que venía el encargado. La palanquilla salía del horno al rojo y entraba en la primera caja de cilindros, y de allí a la siguiente, cada vez más larga y más delgada, hasta que se ponía a culebrear por el suelo de chapa y alguien la cogía con las tenazas y la metía en la caja de al lado. Teófilo llevaba tres años de peón. Todavía, cuando la barra se le acercaba, el calor le llegaba a la cara antes que a ningún otro sitio.
A media mañana una barra se salió de la guía en la caja de al lado. Saltaron todos menos uno, un chaval de Soria que llevaba dos semanas. La punta le cogió el mono por la pernera y se la prendió. El chaval la apagó a manotazos sin soltar las tenazas y siguió trabajando. Por la tarde cojeaba. Al día siguiente estaba en su sitio, con la pernera cortada a la altura de la rodilla y un trapo atado por debajo.
El rumor de Pasqual había llegado a la nave por su cuenta antes de la hora del bocadillo. Los de fuera eran casi todos, de modo que nadie sabía a quién le tocaba asustarse.
—Dicen que van a quitar el plus de nocturnidad —dijo uno de Albacete, masticando.
—Y a los que lo cobran —dijo otro.
Entró el encargado a mirar la guía de la caja. El de Albacete se puso a contar que su padre había tenido una mula que solo coceaba a los curas, y el encargado se fue antes del final. El de Albacete no lo terminó tampoco.
Teófilo se acabó el pan con aceite y se limpió las manos en el trapo que llevaba colgado del cinturón, que estaba más sucio que las manos.
* * *
Al volver, la señora Consol lo esperaba en la puerta con un sobre. No se lo dio enseguida. Le dio la vuelta, se acercó el remite a la cara y entonces se lo tendió.
—De fora. I no és festa.
—Buenas tardes, señora Consol.
Era la letra de su hermano, apretada y caída hacia abajo, la de un hombre que había dejado la escuela a los nueve años para guardar cabras y que escribía cada renglón empujándolo, igual que una carretilla cargada. Su hermano escribía por Navidad y por la feria del pueblo, en septiembre. Era junio.
Teófilo subió los tres pisos con el sobre en la mano, sin abrirlo. En el segundo, detrás de la puerta de los de León, alguien preguntó si había sido el cartero.
Matilde estaba en la cocina, de espaldas, sobando una masa de torta de aceite encima de la mesa. Tenía harina hasta el codo.
—Ya estás.
—Ya estoy.
Él dejó el sobre en el hule, entre la harina y el cenicero de cristal verde, que tenía una mella en el borde y olía a Celtas por mucho que lo fregaran. Matilde lo vio de reojo. Se limpió las manos en el delantal, primero una y luego la otra, y se sentó enfrente.
—¿De tu hermano?
—De mi hermano.
—Pues ábrela, que la vas a gastar de mirarla.
Teófilo metió el dedo por la solapa. Dentro había una sola hoja de cuaderno de cuadros.
«Teófilo: madre está mal. Le dio un mareo en la era y el médico dice que de la cabeza se le va y se le viene. La casa se cae, el tejado de la cuadra ya está en el suelo. Yo con la mujer y los chiquillos no puedo con todo. Tú verás. Tu hermano.»
La leyó dos veces y se la pasó. Matilde la leyó una, siguiendo los renglones con el dedo enharinado, y dejó una huella blanca en cada uno.
—Tú verás —dijo—. Qué bonito. Tú verás.
Teófilo miró por la ventana del patio, donde la ropa de los de Murcia llevaba dos días tendida sin acabar de secarse.
—Podemos volver.
—Podemos.
—Allí hay casa.
—Allí hay un tejado en el suelo.
—Y una mula.
—Y una mula —dijo Matilde—. Ya me quedo más tranquila.
Dobló la carta y la dejó debajo del salero, para que no se volara, aunque no había corriente.
—Si la traemos, no cabemos. Y si la dejas allí, te vas a pasar el año con esa cara, y esa cara yo en la cama no la quiero.
Por el patio subió el grito de un crío del primero al que acababan de quitar algo, después el llanto, y después la madre, que fue peor. Matilde se levantó y volvió a la masa.
En el dormitorio, encima del armario, estaba la maleta. Teófilo no fue a mirarla.
* * *
A la hora de la cena el bloque ya lo sabía. La señora Consol se lo había dicho a la de Murcia al subirle el recibo de la luz, la de Murcia a la de León por el patio mientras recogían la ropa, y la de León a la Pili en la escalera.
Cenaron sopa de fideos. Matilde fregó los platos con el estropajo de esparto, muy fuerte, como si le debieran dinero.
—Mañana es la noche de San Juan —dijo, con las manos en el agua.
—No estoy para hogueras.
—Ni tú ni nadie. Pero la de León baja chorizo.
Teófilo tardó en dormirse. Por el tabique entraban los ronquidos de Pasqual, que roncaba en dos tiempos, uno hacia dentro y otro hacia fuera, con una pausa en medio que siempre parecía la última. Desde el patio llegaba el gotear de la ropa de los de Murcia en las baldosas.
Pensó en la mula. Si el tejado de la cuadra estaba en el suelo, la mula dormía al raso, y aquella mula había sido siempre muy delicada para el relente. De pequeño la había visto toser una noche entera por una helada de marzo. Su padre bajó a echarle una manta por encima, la manta buena, y su madre estuvo tres días sin dirigirle la palabra.
—¿Estás pensando en tu madre? —preguntó Matilde, a oscuras.
—En la mula.
—Ya.
* * *
Bajaron a la playa a las diez, cuando ya se veían las otras hogueras a lo largo de la orilla, una cada poco, hasta donde la arena se perdía hacia el norte.
Iba el bloque casi entero. Pasqual delante, con un saco de arpillera lleno de cajas de pescado rotas y pan duro. Detrás, los de León con una olla tapada con un paño y el crío, Tomasín, que tenía seis años y se paraba en cada farola. El murciano llevaba una caja de tomates; la Pili, una botella sin etiqueta que su padre había llenado de un garrafón de origen desconocido. La señora Consol cerraba la marcha con su silla plegable debajo del brazo. Al llegar a la arena la abrió, la plantó de cara al agua y se sentó a vigilar las olas.
La playa, una franja de arena oscura con algas secas y trozos de ladrillo. Al fondo, la fábrica seguía con lo suyo, y cada vez que abrían un horno el cielo se ponía de color brasa por ese lado y luego se le pasaba.
Pasqual apiló las cajas, metió debajo un periódico arrugado y le prendió fuego.
—El foc ho purifica tot. Fins i tot el pa de la setmana passada.
El murciano abrió su caja.
—Esto son tomates.
—Això són tomaques de Múrcia —dijo Pasqual—. Que és com dir aigua amb color.
—Pues bien que te los comes.
—Per educació.
Tostaron el pan en unas varillas de alambre que el de León se había traído de la fábrica sin pedir permiso a nadie. El murciano sacó una armónica, comprada en una feria de Cartagena por más de lo que decía, a la que le faltaba una nota, y tocó un pasodoble que llegaba hasta la nota que faltaba y allí se volvía por donde había venido. La de León repartió el chorizo con la navaja, una rodaja por cabeza, y le dio dos al crío para que se estuviera quieto.
Teófilo llevaba la carta en el bolsillo de la camisa. La había desdoblado tantas veces que el papel tenía ya tacto de trapo.
Pasqual se le sentó al lado con la botella.
—I la teua mare, què?
—Mal.
Pasqual le pasó la botella. Al otro lado, Matilde le apretó la rodilla con dos dedos, sin mirarlo, y siguió hablando con la Pili de lo que costaban los tomates en Sagunto, que era más que en el Puerto por la misma razón por la que allí la escalera era de mármol.
Por el paseo, detrás de ellos, pasó despacio una pareja de la Guardia Civil. El de León, que estaba diciendo algo de la lista de los que iban a echar, se quedó con la frase a medias y le pidió al murciano el pasodoble otra vez. El murciano lo tocó hasta la nota que faltaba.
Entonces gritó la de León.
Se puso de pie de golpe y se llevó por delante la olla, que estaba en el suelo. El chorizo que quedaba se fue rodando hasta la arena y se quedó rebozado.
—¡Tomasín! ¿Dónde está Tomasín?
El círculo se deshizo en un momento. Pasqual, que ya iba descalzo, salió hacia la orilla gritando en valenciano cosas que al día siguiente no recordaría. El de León corrió hacia las otras hogueras. Teófilo se fue hacia las barcas varadas, más arriba, gritando el nombre del crío con una voz que no se conocía, y el aire de tierra se lo llevaba todo hacia dentro del agua.
Corría entre las barcas y veía cosas sin querer verlas. El crío boca abajo en la orilla. La madre del crío. Una caja blanca, muy pequeña, en las rodillas de alguien, en un tren, de vuelta.
—¡Aquí!
Era la Pili. Lo había encontrado detrás de una barca con la pintura levantada, sentado en la arena con las piernas cruzadas y la boca negra de sardina asada. Tenía un perro al lado. Se había ido detrás del perro, y el perro detrás de las sardinas de otra hoguera, donde una familia de Ciudad Real les había dado de comer a los dos sin preguntar de quién eran.
La de León le dio un bofetón que se oyó por encima de la armónica, que no había parado, y después se lo comió a besos, con sardina y todo.
—Vinga, a beure! —gritó Pasqual, con los pantalones mojados hasta la rodilla, y levantó la botella hacia la fábrica.
Bebieron. El de León lloraba y se reía a la vez, y cada vez que se reía le daba al crío una colleja suave para que no se le olvidara. La señora Consol, que no se había levantado de su silla en todo el rato, se rió con la boca abierta, y se le vio que los dientes de un lado eran de oro.
* * *
Subieron a las tres, con arena en los zapatos y olor a humo en el pelo. En el pasillo, Matilde no encendió la luz.
—Baja la maleta.
—¿Ahora?
—Ahora. Mañana te lo piensas otra vez y pasado ya no te acuerdas de lo que pensabas.
Teófilo arrastró la silla de la cocina por las baldosas, se subió y bajó la maleta. Pesaba lo que pesan un mantel, dos retratos y un puñado de tierra. Iba a dejarla junto a la pared, pero Matilde señaló el centro del pasillo.
—Ahí. Y ahí se queda, hasta que sepamos si la llenamos de lo nuestro para volvernos o la vaciamos para traer lo de tu madre.
La maleta estuvo dos días en mitad del pasillo. Para ir al retrete había que pasar de lado, con la espalda pegada a la pared. La primera noche Teófilo tropezó con ella al levantarse a beber agua. La segunda volvió a tropezar y le dijo una cosa que no se le dice a una maleta. Matilde la sorteaba con el barreño de la ropa en la cadera, como se sortea a un pariente que se ha presentado sin avisar.
Esa segunda noche, con Matilde dormida, Teófilo se levantó, desató las cuerdas, abrió la maleta en el pasillo y metió dentro su camisa de los domingos. La dobló dos veces, porque la primera no le salió. Se quedó un rato en cuclillas, mirándola encima del mantel. Luego la sacó, la volvió a colgar en la percha del armario y ató otra vez las cuerdas, a oscuras.
Por la mañana Matilde encontró la camisa colgada y doblada en tres, que no es manera de colgar una camisa, y no le preguntó nada.
El domingo subió la Pili a pedir un huevo. Mientras Matilde se lo buscaba en la cocina, se sentó encima de la maleta, y el cartón hizo un ruido de queja.
—Ay, perdona. —Se levantó de un salto—. ¿Os vais?
—No sabemos —dijo Matilde desde la cocina.
—Pues si os vais, el piso me lo decís a mí antes que a nadie, que mi novio y yo llevamos dos años apuntados y en mi casa somos siete.
Se llevó el huevo en la mano, con mucho cuidado, y en la puerta se volvió a mirar la maleta con cariño.
El lunes subió la señora Consol con la excusa de un recibo. Vio la maleta y se quedó parada delante, con el recibo en la mano.
—Les maletes al mig volen dir canvi. O ix algú o entra algú.
—O se queda ahí estorbando —dijo Teófilo desde la cocina.
La señora Consol lo buscó por encima de las gafas, le dio el recibo a Matilde y se fue sin contestar. En la escalera siguió hablando sola, ya en valenciano del todo.
Esa tarde Matilde volvió del mercado con un cucurucho de judías verdes y un bote de pimientos que no había comprado. Dejó las dos cosas encima de la maleta, que ya hacía de mesa.
—Me ha parado la de León en la escalera. Que si viene tu madre, el crío se mete en la litera con la hermana y nos dejan el catre. Que donde comen cinco comen seis. Que para eso estamos los de fuera. —Señaló el bote—. Y eso.
Teófilo cogió el bote. Eran pimientos asados y pelados a mano, de los que se llevan una tarde entera, con su caldo rojo en el fondo.
—¿Y tú? ¿Tú qué quieres meter en la maleta?
Matilde se agachó, deshizo el nudo de una de las cuerdas de esparto y después el de la otra. Le costó; Teófilo las había atado con el doble nudo de los zapatos.
—Yo quiero que venga. Alguien me tendrá que decir si el cocido me sale aguado, porque tú te lo comes todo y ni pío.
Sacó el mantel y lo guardó en el cajón de la cómoda. Sacó los retratos y los puso de pie encima, uno al lado del otro, de cara a la cama. Después sacó la tierra, envuelta en su hoja de periódico, y se quedó con ella en la mano un rato, sin saber dónde ponerla.
Al final salió al balcón y la echó en la maceta de los geranios, para que no ocupara.
Esa noche contestaron al hermano. Escribió Matilde, que tenía mejor letra y había ido a la escuela hasta los doce años, y Teófilo dictó de pie, dando vueltas alrededor de la mesa de la cocina.
—Pon que aquí el piso es pequeño. Que la fábrica no está para permisos y que dicen que van a echar gente. Que el clima es húmedo y a ella le va a doler la rodilla. Que la de León nos deja un catre, pero que es un catre. Que ella aquí no conoce a nadie y que aquí hablan raro. Y que en cuanto pueda, voy.
Matilde escribió poco y mojó la pluma una sola vez.
—Ya está.
—¿Todo eso?
—Lo que importa.
Teófilo leyó por encima de su hombro. Debajo de la fecha, con buena letra, ponía: «Voy. Tu hermano, Teófilo.»
—Lo demás ya lo sabe él —dijo Matilde, y sopló la tinta.
* * *
En la ventanilla de la estación de Sagunto había un hombre con manguitos negros y un lápiz detrás de la oreja.
—¿Adónde?
—A Jaén.
—¿Ida o vuelta?
Teófilo se lo pensó.
—Las dos.
—Ida y vuelta.
—No. Ida para uno y vuelta para dos.
El hombre de los manguitos se sacó el lápiz de la oreja.
—Eso son dos billetes. Uno de ida y vuelta para usted, y el otro lo saca allí.
—¿Y si allí no me lo venden?
—Allí venden billetes igual que aquí. Es la misma compañía.
Teófilo pagó lo suyo y contó la vuelta en la palma de la mano, moneda a moneda, delante de la ventanilla, mientras detrás de él una señora con una cesta de huevos se iba poniendo nerviosa y se lo hacía saber a los huevos. Se le habían ido unos cuantos jornales, y todavía faltaba el billete que no existía.
El capataz le dio tres días sin sueldo. Los apuntó en una libreta de tapas de hule con un lápiz muy corto, leyendo en voz baja lo que escribía. Teófilo, peón de laminación. Permiso, tres días. Sin haber.
—Al cuarto, aquí. Que no está la cosa para viajes y hay una lista.
—¿Y yo estoy?
El capataz cerró la libreta y se la guardó en el bolsillo de la camisa.
—Al cuarto, aquí.
Teófilo se fue a Jaén con la maleta vacía.
* * *
La mula estaba atada al olivo del corral, al raso, y lo miró con cara de llevar dos semanas esperando una explicación. El tejado de la cuadra estaba en el suelo, tal como decía la carta, con las tejas apiladas en un montón por tamaños, que era lo único que su hermano había hecho con él.
Su hermano salió a la puerta con los brazos colgando.
—Tú verás —dijo, por saludo.
—Ya he visto —dijo Teófilo.
La madre estaba en la cocina baja, sentada junto al fogón apagado con una toquilla por los hombros, aunque era julio. Lo conoció enseguida. Le tocó la cara con las dos manos y le preguntó si había comido. Teófilo dijo que sí. Al rato se lo volvió a preguntar, y él volvió a decir que sí, y la cuñada, desde la puerta, le hizo una seña con la cabeza que quería decir que así todo el día.
—Madre, que se viene usted conmigo.
—Yo de aquí no me muevo.
—Que se le va a caer la casa encima.
—Pues que se caiga, que es mía.
Teófilo se sentó en el poyo. La cuñada fregaba, el hermano miraba el corral por la ventana y la madre se arreglaba la toquilla. Fuera, la mula le pegó una coz a algo de madera.
—¿Y tu mujer guisa? —preguntó la madre.
—Guisa.
—¿Bien?
—Guisa.
—Ya —dijo la madre, y se levantó a buscar el colchón.
Metió en la maleta dos vestidos, los dos de domingo, un delantal, una caja de lata con hilos y botones, un frasco de colonia sin colonia y las medicinas que le había mandado el médico, envueltas en un pañuelo. El colchón no cabía en ninguna parte, y no hubo manera de que lo dejara.
—Sin mi colchón no voy. A mi edad, en colchón ajeno no se duerme.
Por la tarde Teófilo bajó a la plaza a por tabaco. El estanco estaba cerrado hasta las cinco, y se sentó a esperar en el banco de piedra de la fuente, donde no había nadie, mientras un gato flaco bebía del caño con mucha calma. A las cinco y cuarto el estanco seguía cerrado. En la puerta del casino había tres hombres en sillas de enea, los mismos tres de siempre o sus hijos, que a esa distancia era igual.
—Mira —dijo uno—. El valenciano.
—Que soy de aquí.
—Ya. Eso mismo decía tu tío cuando volvió de Barcelona.
Los otros dos se rieron. Abrió el estanco. Teófilo compró los Celtas y volvió a casa por la calle de atrás, que era más larga.
Por la noche se sentaron los dos hermanos en el patio, debajo de la parra, que ese año había echado más hoja que uva. Su hermano lió dos cigarros y le pasó uno.
—Yo no podía —dijo.
—Ya.
—La mujer, los chiquillos, el olivar del amo…
—Que ya.
El hermano encendió los dos con la misma cerilla.
—La casa, cuando se arregle, es de los dos.
—Cuando se arregle.
Se fumaron el tabaco mirando el tejado de la cuadra, que desde allí, de noche, parecía entero.
Al día siguiente su hermano los acompañó a la estación con el colchón al hombro. En el andén le dio a Teófilo una palmada en la espalda y le dijo que escribiría.
—¿Cuándo?
—Por Navidad.
En el tren, la madre se durmió con la cabeza apoyada en el colchón enrollado y, cada vez que se despertaba, le preguntaba a Teófilo si había comido.
* * *
Volvieron a primeros de julio. Lo de la casa del pueblo se quedó en manos del hermano.
La subida fue cosa de todos. Pasqual cargó el colchón al hombro y soltó un juramento cada vez que rozaba el yeso de la pared, que fue en cada rellano. La Pili subía detrás con una bolsa de tela donde iban las medicinas, un rosario y medio queso. Los de Murcia se asomaron por la barandilla a dar ánimos, igual que si pasara la vuelta ciclista. La señora Consol se había levantado de la silla, cosa que no hacía por nadie.
—Benvinguda —le dijo a la madre.
—Igualmente —contestó la madre.
Se miraron un momento las dos, de arriba abajo. La señora Consol le miró los bajos de la falda. La madre le miró los de la bata. Ninguna dijo lo que había visto.
La madre subía muy despacio, cogida del brazo de Teófilo y de la barandilla, y en cada rellano se paraba a respirar. En el primero levantó la nariz.
—Murcianos.
En el segundo volvió a pararse.
—Esto es de León. O de por ahí arriba.
En el tercero olió el aceite que salía por la puerta abierta y entró sin decir de dónde era.
La sentaron en la silla del comedor. Era más pequeña de lo que Teófilo recordaba, o la silla era más grande. Levantó los ojos a la grieta del techo y se quedó con las manos juntas en el regazo, sujetando el bolso aunque ya no había nada que sujetar.
Teófilo abrió la puerta del balcón.
—Asómese, madre.
Se levantó despacio, arrastrando las zapatillas de paño, y se apoyó en la barandilla. Abajo pasaban los camiones. Más allá estaba la fábrica, y al fondo el mar, que desde allí cabía entre dos chimeneas.
Respiró por la nariz, con los ojos medio cerrados.
—Huele a hierro mojado —dijo.
Teófilo esperó la queja. No llegó. La madre bajó la vista a la maceta de los geranios, metió dos dedos en la tierra, la apretó y se los acercó a la nariz.
—Esta tierra es buena. ¿De dónde la sacáis?
Matilde, detrás de ella, se puso a colocar las sillas, que estaban bien colocadas. Teófilo dijo que del mercado.
Luego la madre quiso ver dónde se tendía. Matilde le enseñó la ventana del patio, con sus cuerdas y sus pinzas, y la ropa de los de Murcia, que seguía allí.
—Eso no está aclarado.
—Es que aquí no seca.
—No seca porque no está aclarado.
Esa misma tarde Matilde bajó al primero a decírselo a la de Murcia, como cosa suya.
Al anochecer subieron los de León con el catre desmontado, él con las patas y ella con el somier, y Tomasín detrás con la almohada, que era lo único que le habían dejado llevar. Lo montaron en el comedor, junto al balcón, y el de León apretó las tuercas con una llave que se había traído de la fábrica, también sin pedir permiso. La madre miró al crío y le preguntó si había comido.
—No —dijo Tomasín, que en eso no mentía nunca.
La madre fue a buscar el medio queso a la bolsa de tela.
* * *
Esa noche Matilde había hecho cocido. Sirvió primero a la madre, luego a Teófilo y luego a sí misma, y se sentó sin probar el suyo. La madre se llevó la cuchara a la boca, la sostuvo un momento y tragó.
—Está aguado.
Por el patio llegaba la armónica del murciano, que había vuelto a empezar el pasodoble.
—¿Mucho? —preguntó Matilde.
—Bastante.
Matilde le quitó el plato, se levantó y le sirvió otra vez del fondo de la olla, donde estaban los garbanzos. Luego se sentó a mirarla comer.
Teófilo se terminó el suyo sin decir ni pío.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.