El seiscientos llegó el sábado nueve de junio, de segunda mano, oliendo a alcohol de curar. Había sido de un practicante de Sagunto que se había comprado otro más grande, y en el suelo, debajo del asiento de atrás, Luisa encontró la funda de una aguja de inyecciones y un caramelo de menta pegado a la alfombrilla, que intentó despegar con la uña y no pudo.
Su madre dio una vuelta entera alrededor del coche, despacio, con las manos metidas en las mangas de la bata, como cuando compraba un conejo en el mercado y no se fiaba del que se lo vendía. Abrió la puerta de atrás. Pasó la mano por el asiento, que era de escay rojo, liso, con un brillo de cosa recién fregada.
—Esto en invierno está frío y en verano se pega.
—Es nuestro —dijo su padre.
—Eso no quita.
El padre se llamaba Venancio y había bajado de la mina de Ojos Negros cinco años antes, con su mujer, cuatro hijos, dos colchones enrollados y una caja de herramientas que no le sirvió para nada en el Puerto, porque en la fábrica las herramientas las ponían ellos. Ahora era peón en el parque de minerales. Descargaba con pala el mismo mineral que antes sacaba con pico, el que bajaba de su sierra en los vagones del tren, y a veces, cuando le preguntaban qué hacía, decía que lo mismo que en la mina pero al revés.
Los vecinos salieron a la puerta. Las casas del barrio eran bajas, de ladrillo sin revocar y tejado de uralita, todas iguales, puestas en fila junto a la vía, y delante de cada una había un trozo de tierra donde unos tenían tomateras, otros gallinas y otros nada. Un seiscientos delante de aquellas casas era como un cura en la playa. El del número cuatro le dio una patada suave a una rueda, como se hace con los coches. El de enfrente preguntó si lo había pagado entero y Venancio dijo que lo que había pagado era cosa suya y del practicante.
—Y del banco —dijo la del cuatro, desde la ventana.
Luisa tenía nueve años y la boca llena de preguntas, pero se quedó con una. Se la hizo a su hermano Sebas, que tenía diecisiete y estaba apoyado en la tapia con las manos en los bolsillos, mirando el coche desde lejos.
—¿Cabemos?
—Seis.
—Ya. ¿Pero cabemos?
—Cuando hay que caber, se cabe.
Esa noche su padre bajó tres veces a ver si el seiscientos seguía allí.
* * *
En Ojos Negros todo era rojo. La tierra, las piedras del camino, las paredes de las casas por la parte de abajo, las uñas de su padre, el agua de lavarle la ropa, los pañuelos en los que tosía. Luisa se acordaba poco, porque se fueron cuando tenía cuatro años, pero se acordaba del pañuelo. Su madre lo hervía en un caldero con lejía y el agua salía rosa, y el pañuelo volvía a salir rojo.
—Yo no quiero que los chicos hereden esto —dijo un día su padre, con el pañuelo en la mano, y su madre le contestó que entonces ya sabían lo que había que hacer, y lo hicieron.
El tío, el hermano mayor de su padre, que tenía la mula y dos bancales de cebada y no había bajado nunca a la mina, les dijo en la puerta, el día que se fueron, que el mar no se araba.
—Ni falta que nos hace —dijo su padre.
—Pues ya me contarás de qué vais a vivir.
Luisa se acordaba de la mula, que se llamaba Generala y mordía.
Bajaron detrás del mineral. Era el mismo camino: la mina cargaba los vagones, los vagones bajaban la sierra hasta el mar, y en el mar estaba la fábrica que se lo comía. Venancio decía que, si el hierro sabía el camino, ellos también.
Lo primero que Luisa recordaba del Puerto, de verdad, sin que se lo hubieran contado, era el ruido. En el pueblo la noche no hacía ruido, o hacía el de un perro. En el Puerto la noche hacía de todo. Golpes de hierro contra hierro, un silbido largo de vapor, los vagones chocando entre sí en la vía de delante de casa, un retumbar por debajo de todo que no se paraba nunca y que, al cabo de un mes, ya no se oía. Al cabo de un año, lo que no la dejaba dormir era cuando paraba.
En el verano, los días que su padre estaba de mañana, era ella la que le llevaba la comida a la fábrica. Su madre le ponía la fiambrera de aluminio dentro de un capazo, envuelta en un trapo para que no se enfriara, y Luisa la llevaba por la calle de la vía hasta la puerta del parque de minerales, donde había una garita y un portero con gorra de plato que no dejaba pasar a nadie. Allí esperaba con otros críos y alguna mujer. A las doce y media salían los hombres, uno detrás de otro, con la cara del color del mineral, rojos hasta las cejas, y cada uno buscaba su capazo con los ojos y lo cogía con un saludo de cabeza, y se sentaban a comer en el bordillo, a la sombra de la tapia.
Su padre se lavaba las manos en un grifo que había junto a la garita antes de coger la fiambrera. El agua salía clara y caía roja. Luisa lo miraba comer. Detrás, al otro lado de la tapia, se veía el monte de mineral, más alto que la garita y que la tapia, del mismo rojo que las piedras de Ojos Negros, y dos hombres pequeños encima, con palas.
—¿Ese es de nuestra sierra?
—De la nuestra.
—¿Y lo conoces?
Su padre la miró con la cuchara parada. Luego se rió por la nariz, sin abrir la boca, y siguió comiendo.
* * *
Los martes había carro.
A las ocho menos cuarto las mujeres del barrio esperaban en la explanada con las cestas vacías y los críos de la mano, y a las ocho llegaba el carro, una plataforma de madera con un toldo de lona remendado encima y dos bancos a los lados, tirado por un percherón blanco que se llamaba el Rubio y que conocía los baches de memoria. El carretero era un hombre seco, de Sagunto, con un palillo en la boca que no se quitaba ni para hablar.
Subir al carro era sentarse rodilla con rodilla, con la cesta encima de las rodillas y un niño encima de la cesta. Debajo del toldo la luz se ponía marrón y olía a lona mojada, a caballo y a la lejía de las batas. Su madre buscaba siempre a la Angustias, que era de Jaén y se hacía oír en todo el carro sin gritar nunca, y se sentaban enfrente.
—¿Y lo de tu Primi? —preguntó su madre un martes.
—Ahí anda. Tosiendo negro. —La Angustias se colocó la cesta—. El médico de la empresa dice que es el tabaco.
—¿Fuma mucho?
—Si fumara lo que tose, no le llegaría el jornal.
Luisa iba en la esquina, encajada entre un saco de patatas de la del número cuatro y la rueda trasera, que entraba un poco por debajo del banco. Le gustaba ese sitio porque desde allí se veía la grupa del caballo por una rendija de la lona, y se oían todas las conversaciones sin que nadie la mirara. En el carro se hablaba castellano de seis maneras: el de Jaén, que se comía las eses; el de Murcia, que se comía las palabras enteras; el de Galicia, que subía al final como si preguntara; el de Teruel, que era el suyo y que en el Puerto le parecía de pronto muy seco; el del carretero, que era valenciano, y el de los críos, que ya era de aquí.
—Aprovechad, señoras —dijo el carretero aquel martes, con el palillo—. Que esto se acaba.
—¿El caballo? —preguntó una de Murcia.
—El caballo está mejor que yo. El carro. Dicen en el ayuntamiento que el carro da mala imagen. Que va a venir un autobús.
—¿Y cuándo?
—Cuando lo paguen. Que será nunca.
Entraron en el mercado y las mujeres se bajaron todas a la vez, con las cestas por delante. En el mercado su madre no compraba: regateaba. Lo hacía con la cara seria y la voz baja, y no se iba nunca del puesto sin haber conseguido algo, aunque fuera una cebolla de más o que le quitaran la cabeza al pescado sin cobrársela. La pescadera le tenía miedo y la llamaba «la de Teruel» como si fuera un cargo.
—Estas sardinas son de ayer.
—Son de esta mañana, señora.
—De esta mañana de ayer.
—Le pongo una docena y le quito la cabeza a la merluza.
—La cabeza me la pone, que es para el caldo. Lo que me quita es la mitad del precio de la merluza.
Se quedaron en un cuarto. La pescadera envolvió la merluza en papel de estraza, con la cabeza, y le dijo a la Angustias, que esperaba detrás, que con la de Teruel no se ganaba ni para hielo. A la vuelta, en el carro, la cesta pesaba y olía a sardina, y la Angustias contaba lo que le había sacado ella a la del puesto de las patatas, y su madre lo que le había sacado a la pescadera, y se pasaban el viaje empatando.
Al bajar, Luisa le preguntó a su madre si se estaba mejor allí que en el pueblo.
Su madre miró hacia la fábrica, que tenía las luces encendidas aunque fuera de día.
—Aquí somos igual de pobres —dijo—. Pero aquí el cura no sabe cómo te llamas.
* * *
El primer domingo salieron a probarlo hasta el Grau de Sagunto y vuelta. Su padre había sacado el carnet en Valencia en marzo, a la tercera, con un examinador que le suspendió la primera vez por no mirar el espejo y la segunda por mirarlo demasiado, y conducía con las dos manos muy arriba en el volante y la espalda separada del asiento.
En el paso a nivel de la vía del mineral se le caló. Las barreras estaban subidas y no venía ningún tren, pero el seiscientos se quedó parado con las ruedas de delante entre los dos raíles, y su padre le dio a la llave y el motor tosió y no quiso. Le dio otra vez. Por la ventanilla de la caseta se asomó la guardabarrera, una mujer gorda con un delantal de flores y un banderín enrollado en la mano, que se quedó mirando el coche y luego la vía hacia el lado de Sagunto, y salió sin prisa.
—Empuja, chico —le dijo a Sebas, que ya había bajado.
Empujaron entre los dos, la guardabarrera y Sebas, y el coche pasó la vía con el padre dentro dándole a la llave. Al otro lado arrancó. La guardabarrera volvió a la caseta sin esperar las gracias, con el banderín debajo del brazo.
—¿No venía el tren? —preguntó Luisa.
—El de las once —dijo la mujer desde la ventana—. Ese no llega nunca a las once.
El escay se pegaba a las piernas. Al levantarse, a Luisa le sonó la parte de atrás de los muslos como cuando se arranca un esparadrapo. Su madre no dijo nada en todo el viaje. El lunes escribió a su hermana de Ojos Negros, y a los quince días llegó un saco de lana sin hilar, de las ovejas del tío, que olía a oveja viva aunque se lavara tres veces, y se lavó tres veces.
Antes de empezar, su madre midió el asiento de atrás con un cordel. Lo tendió de puerta a puerta, le hizo un nudo, lo tendió del respaldo al borde y le hizo otro, y luego lo guardó en el bolsillo de la bata, y durante semanas, cuando no sabía por dónde iba, lo sacaba y lo ponía encima de lo tejido.
La hiló su madre por las noches con un huso que había traído del pueblo envuelto en un pañuelo, y luego la tejió con dos agujas de hierro que sonaban al chocar. Luisa sostenía la madeja con los brazos abiertos, sentada en una silla baja, mientras su madre hacía el ovillo. Tenía que ir moviendo las manos de un lado a otro para que la lana saliera sin enredarse, y si se dormía, su madre tiraba del hilo y la despertaba con el tirón.
Su padre, esas noches, escuchaba la radio. La tenía en la repisa, encima de la cocina económica, y la ponía muy baja, con la oreja casi pegada a la tela del altavoz, buscando entre pitidos una emisora que llegaba y se iba. Cuando llegaba, hablaba un hombre de las minas de Asturias, de los mineros que no bajaban, de la policía en los pozos. Su padre se frotaba la rodilla con la mano abierta, despacio, arriba y abajo.
Una noche llamaron a la puerta. Su padre giró el botón tan deprisa que la radio soltó un chillido antes de callarse, y su madre siguió tejiendo, y Luisa siguió con los brazos abiertos, y nadie se movió hasta que la voz de la Angustias dijo desde fuera que si le podían dejar un poco de sal.
Su madre le dio la sal. Luego volvió a la silla, cogió las agujas y le dijo a su marido, sin mirarlo:
—Mañana me arreglas la puerta, que no cierra bien.
La puerta cerraba bien.
—¿Para qué es la manta? —preguntó Luisa otra noche.
—Para el asiento de atrás.
—¿Para que no se pegue?
—Para que no se pegue, para el frío, para el sol, para los baches. —Su madre contó los puntos con la aguja, moviendo los labios—. Y para lo que haga falta.
* * *
Sebas llegaba tarde a cenar los jueves. Decía que venía de la parroquia, y era verdad, porque a veces traía en el bolsillo de la camisa unas hojas escritas a máquina, dobladas, que no dejaba ver a nadie. En la parroquia del Puerto había un cura joven que había trabajado en una fábrica de Francia, y los jueves se juntaban con él en la sala de detrás de la sacristía chicos de la edad de Sebas, y alguno mayor.
—¿En la parroquia rezáis? —le preguntó su padre un jueves, con la cuchara a medio camino.
—También.
—¿También?
—Se habla de cosas. De los convenios. De lo de Asturias.
Su padre dejó la cuchara en el plato. Luisa vio que su madre dejaba de masticar, con la boca cerrada, y que los pequeños seguían comiendo porque no se enteraban de nada.
—Mira, hijo. Si a ti te cogen hablando de lo de Asturias, el que va al cuartelillo a recogerte soy yo. Y yo allí no conozco a nadie. Yo aquí no conozco a nadie.
—Alguien tendrá que hablar.
—Nosotros ya hablamos. Hablamos cuando nos fuimos del pueblo. Bajamos aquí. Eso fue hablar.
—Eso fue irse.
Su padre volvió a coger la cuchara. Se comió la sopa entera, cucharada a cucharada, y cuando terminó se levantó, salió a la puerta y se quedó un rato fuera, de pie, al lado del seiscientos, con una mano encima del techo, que todavía estaba caliente del sol.
Sebas siguió cenando. Al terminar le dijo a Luisa, en voz baja, que el seiscientos tenía el motor detrás, como los escarabajos, y que por eso se calentaba.
* * *
El sábado cuatro de agosto salieron hacia Ojos Negros a las cinco de la mañana, para coger el Ragudo antes de que apretara el sol.
La noche antes, la Angustias vino a despedirse con un tarro de aceitunas partidas, aliñadas con tomillo, envuelto en una hoja de periódico.
—Para el camino. Y el tarro me lo traéis, que es el bueno.
—Volvemos el sábado que viene.
—Pues el sábado que viene el tarro.
La noche antes, también, su padre había cargado la baca. Las dos maletas, el saco de la ropa, una caja de melocotones para la familia, una sandía, un garrafón de agua y, encima de todo, la bicicleta de Sebas, atada con cuerdas por las ruedas y por el manillar, que asomaba por delante del parabrisas. Al terminar, el seiscientos se había quedado con el morro levantado, como un perro sentado.
—Esto no se cae ni con un terremoto —dijo su padre.
—Los terremotos no los he visto —dijo su madre—. Los baches sí.
Dentro iban los seis. Su padre al volante, con la camisa blanca de los domingos y la boina en el salpicadero. Su madre a su lado, con la pequeña dormida encima. Detrás, Sebas en un lado y Luisa en el otro, y en medio, Nando, que tenía seis años y la cabeza en las rodillas de Luisa. La manta iba extendida en el asiento de atrás, debajo de ellos, doblada por la mitad para que abultara más. Era de cuadros, marrón y crudo, y en un lado no tenía remate: el hilo de la última vuelta colgaba, porque a su madre se le había acabado la lana marrón y no le había querido poner de otro color.
Hasta Sagunto fueron callados. Después del Sagunto de arriba empezó la carretera de Teruel, y después de Segorbe empezaron las curvas, y después de Jérica empezó a subir de verdad. Su padre cambiaba de marcha con mucho cuidado, mirando una lucecita del cuadro, al lado del velocímetro, que se encendía en rojo cuando el motor se calentaba. Luisa no veía la luz. Veía a su padre mirarla.
—En segunda, Venancio —dijo su madre en la tercera curva.
—Ya voy en segunda.
—Pues en primera.
—En primera se calienta más.
—Pues como quieras.
El sol salió por detrás de ellos, por donde quedaba el mar, y empezó a calentar la parte de atrás del coche, donde estaba el motor y donde estaban ellos. A mitad del Ragudo, en una curva cerrada, su padre dijo una palabra que Luisa no había oído nunca en su boca y se arrimó a la cuneta.
—Se ha calentado.
Salieron todos. Su padre abrió el capó de atrás y salió una nube blanca que olía a goma caliente y a aceite. Se quedó mirándola con las manos en la cintura. Sebas se puso a su lado y miró también. La pequeña se despertó y empezó a llorar, y su madre se la llevó a la sombra de un pino.
—Una hora —dijo su padre—. Por lo menos.
* * *
Fue más de una hora.
Su madre sacó la manta del coche y la extendió en un trozo de tierra plana, entre el pino y la cuneta, y sacó la fiambrera. Tortilla de patatas, gruesa, fría, cortada en cuadros, filetes empanados del día antes y tomates enteros para comer a mordiscos. Se sentaron en la manta. Los cardos pinchaban por debajo de la lana. Las chicharras hacían un ruido que no paraba y que Luisa notaba en los dientes. Pasaban camiones de vez en cuando, despacio, cuesta arriba, con el motor gimiendo, y los camioneros los miraban desde la cabina y uno levantó la mano.
Desde allí se veía todo lo que habían subido. Las curvas de la carretera, unas debajo de otras, y más abajo los montes, y más abajo una bruma blanca donde tenía que estar la llanura, y al fondo, donde tenía que estar el mar, nada, solo luz. Su padre señaló hacia allí con un trozo de pan.
—Allí abajo estamos. La fábrica, la casa, el carro, todo.
—No se ve —dijo Nando.
—Pero está.
Luisa miró la bruma. Pensó que vivían en el Puerto y estaban parados en un puerto, y que en el Puerto se estaba de pie y en el puerto se estaba sentado, y luego se le olvidó lo que estaba pensando porque Nando le quitó la mitad de su filete.
Su padre bajaba cada poco a tocar el motor con el dorso de la mano y volvía a sentarse. Una de las veces se llevó a Luisa, se metió medio cuerpo por la ventanilla, dio el contacto y le enseñó la lucecita.
—¿Ves? Si está apagada, se puede. Si está encendida, se espera.
—¿Y ahora?
—Ahora parpadea.
—¿Y si parpadea?
—En medio se come tortilla.
A la tercera vez que su padre bajó, Sebas fue con él, y se agacharon los dos detrás del coche, y Luisa los oyó hablar en voz baja y no oyó de qué. Luego se oyó reír a su padre, que no se reía casi nunca, y luego a Sebas.
—¿Qué os hace gracia? —preguntó su madre.
—Nada —dijo su padre—. Que dice este que el coche es de izquierdas, porque tiene el motor detrás y no tira.
Su madre no se rió. Miró hacia los camiones que subían.
—Eso dilo aquí, que no hay nadie.
En la curva de abajo apareció una moto verde con dos guardias civiles, uno conduciendo y el otro detrás, con el tricornio sujeto con una correa por debajo de la barbilla y unas gafas de motorista encima de la visera. Subieron despacio y se pararon a la altura del seiscientos. El de detrás se bajó. Miró la baca, la bicicleta atada por el manillar, el morro levantado, el capó abierto, la manta en el suelo con la tortilla encima. Le pidió a Venancio los papeles.
Su padre los sacó de la guantera, envueltos en una funda de plástico, y se los dio con las dos manos. El guardia los leyó enteros, el carnet y el del coche, por las dos caras, mientras el otro esperaba sentado en la moto con el motor en marcha.
—Este coche va muy cargado.
—Para subir a Teruel.
—Por eso.
Sebas miraba al suelo. Su madre se levantó con la pequeña en un brazo, fue a la baca, desató con una mano una esquina de la caja de los melocotones, sacó cuatro y se los dio al guardia, dos y dos, sin decir para qué.
El guardia miró los melocotones. Se metió dos en cada bolsillo de la guerrera. Le devolvió los papeles a Venancio.
—Despacio por las curvas.
Se subió a la moto y se fueron cuesta arriba. Su padre se quedó con los papeles en la mano un rato largo, y luego los volvió a meter en la funda de plástico, y la funda en la guantera.
—¿Y si te piden la manta? —le dijo Sebas a su madre.
—La manta no se da.
Al cabo de dos horas su padre intentó arrancar. El motor arrancó, tosió, subió tres curvas y se volvió a calentar. Se arrimaron otra vez. La lucecita estaba encendida y no parpadeaba. Su padre bajó, abrió el capó, se quedó mirando, y luego se sentó en el estribo de la puerta con la boina en la mano y le dio vueltas a la boina.
—Hasta que baje el sol, nada.
—¿Y en el pueblo? —preguntó su madre.
—En el pueblo nos esperan mañana.
—Nos esperan hoy.
—Pues mañana se alegrarán más.
Su madre se sentó otra vez en la manta, al lado de Luisa, y le limpió con el pulgar una mancha de tomate de la barbilla.
—Tu padre no va al pueblo —le dijo, bajo—. Tu padre va a que le vea tu tío llegar.
—¿Y si llegamos mañana?
—Pues que le vea llegar mañana. Pero que le vea.
* * *
Pasaron la tarde en la cuneta. A media tarde se paró detrás de ellos un camión de cajas de fruta, y el camionero, un hombre de Cella con una camiseta de tirantes y una barriga que le llegaba al volante, se bajó a mear y de paso miró el motor. Reconoció el habla de Venancio a la segunda palabra y le preguntó de qué casa era.
—Con el seiscientos, el Ragudo se sube de noche —dijo luego—. O marcha atrás, que tiene más fuerza.
—¿Marcha atrás?
—Uno de Monreal lo subió así entero. Con la cabeza fuera de la ventanilla.
—¿Y llegó?
—Llegó con tortícolis.
Les dijo que más arriba, en la curva del mojón, había una fuente. Sebas fue con el garrafón y volvió con el garrafón lleno, los pies blancos de polvo y una rama de romero que le dio a su madre, y su madre la olió y se la guardó en el bolsillo de la bata, al lado del cordel de medir. Su padre echó el agua en el radiador muy despacio, poco a poco, para que no se rajara nada. Nando cazó un saltamontes y lo soltó y lo volvió a cazar. La pequeña durmió encima de la manta, con la boca abierta. Luisa contó los camiones que subían, y luego los que bajaban, y le salieron más de subida que de bajada, y no supo explicarse dónde se quedaban los que faltaban.
Su madre se sentó a coser el remate de la manta con una aguja que llevaba clavada en la bata, y no tenía lana marrón, y lo intentó con el hilo blanco de coser botones, y después de dos puntos lo deshizo.
Al ponerse el sol se levantó un aire fresco que bajaba de la sierra y olía a romero. Su padre probó el coche. Arrancó. Lo dejó en marcha un rato, escuchándolo con la cabeza ladeada, y luego lo apagó.
—De noche no subo. Sin luz y con esta carga, no.
—¿Y dónde dormimos? —preguntó Luisa.
Su padre miró el seiscientos.
—Cuando hay que caber, se cabe —dijo Sebas.
Lo arreglaron así. Su padre en el asiento de delante, echado hacia atrás todo lo que daba, que era poco, con los pies fuera por la ventanilla. Su madre a su lado, con la pequeña. Detrás, Luisa y Nando tumbados de lado, uno con la cabeza en cada punta, con las piernas mezcladas. Sebas dijo que él dormía fuera, encima de la manta, al lado del pino, y su madre le dijo que ni hablar, que había jabalíes. Sebas dijo que los jabalíes no se comían a nadie. Su madre le dijo que entonces la manta para dentro, y Sebas se metió detrás, encogido en el suelo, entre los asientos, con la cabeza en el hueco de la puerta.
La manta la extendió su madre por encima de todos los de atrás, desde delante, girándose en el asiento con la pequeña en el brazo, estirándola con la mano libre por una punta y luego por la otra. Tapaba a Nando entero, a Luisa hasta los hombros y a Sebas solo las piernas, y el lado sin remate quedó colgando hacia la puerta, con el hilo suelto.
—¿Y usted? —preguntó Luisa.
—Yo tengo a esta, que da calor.
Su padre roncó enseguida. El motor, detrás de ellos, al otro lado de la chapa, hacía tic, tic, tic, enfriándose, cada vez más despacio. Por la ventanilla entraba el olor a romero y a goma, y de vez en cuando las luces de un camión que bajaba barrían el techo del coche de un lado a otro, y se iban. Nando se durmió con un pie en la oreja de Luisa. Sebas se movía en el suelo buscando sitio y al final lo encontró.
Luisa no se durmió hasta tarde. Se quedó oyendo el tic del motor, contando, y a cada tic le costaba más esperar el siguiente. Buscó con la mano el lado de la manta que no tenía remate, encontró el hilo suelto y se lo enrolló en el dedo, una vuelta y otra, hasta que tiraba un poco de toda la manta y Nando, en la otra punta, se removió.
Así se durmió, antes que el motor.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.