Interior de un bar de barrio: un camarero seca la barra, una mujer maneja la cafetera y tres hombres de espaldas toman el café; en la pared, un calendario y una televisión vieja.
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La toalla gris tenía un agujero en una esquina por el que cabía justo un dedo, y Ramón secaba los vasos con el índice metido en el agujero, para que no se le escurriera. Tres vueltas de muñeca por vaso. Ni dos ni cuatro. Diez años en la misma barra.

Las cinco y media de la mañana. Jueves, treinta de octubre de 1975. El Bar Moncho todavía con la luz de la bombilla de sesenta y el suelo recién fregado con lejía, que olía tan fuerte que los primeros clientes entraban levantando los pies.

Elvira estaba en la cafetera. Era una cafetera italiana de palanca, de las grandes, comprada de segunda mano a un bar de Valencia que cerró, y bufaba cada vez que le pedían un café solo como si le hubieran pedido un favor. Elvira la manejaba sin mirarla. Echó el café, apretó, encajó el brazo, y con la otra mano puso el plato y la cucharilla delante de Pepe, que llegaba el primero todos los días porque desde que le dieron la invalidez no sabía dormir más allá de las cinco.

—Cortado —dijo Pepe.

—Ya lo sé.

Pepe tenía los pulmones del parque de minerales. Eso decía él, como quien dice que tiene los ojos de su madre: veintidós años con la pala en el mineral y un médico de Valencia que le miró la placa y le preguntó si fumaba, y Pepe le dijo que no, y el médico no lo apuntó. Ahora subía la cuesta del mercado en tres veces.

Ramón dejó el vaso en la balda, cogió su taza, y antes de beber echó en el café un chorrito de Soberano. Poco. Lo justo para que oliera.

—Para quitar el olor de la lejía —dijo, aunque nadie le había preguntado.

—Hoy no me empieces —dijo Elvira.

—Si no empiezo. Tengo el cuerpo como un coche viejo. Si le aprietas, se cala.

—Yo no te aprieto, Ramón. Ni te toco.

Pepe sopló el cortado y no levantó la cabeza de la taza. Llevaba diez años oyéndolos.

* * *

A las seis menos cuarto entraban los del turno de mañana que no habían desayunado en casa, que eran casi todos. Entraban con la cazadora de pana cerrada hasta el cuello y pedían lo de siempre, y lo de siempre era un café con leche, o un carajillo, o un café con leche y un carajillo, y se lo tomaban de pie, en dos tragos, mirando el reloj de la pared, que iba cinco minutos adelantado para que nadie llegara tarde a la puerta de la fábrica.

—Ponme uno, Moncho, que hoy me toca la caldera.

—Y a mí.

—Tú no tienes caldera.

—Pero me lo pones igual. Que la caldera la tiene mi cuñado y me la cuenta.

Se lo tomaban mirando el reloj y se iban todos a la vez, a menos diez, como si alguien hubiera tocado un silbato que solo oían ellos, y el bar se quedaba de golpe con las tazas sucias y Pepe.

Moncho era Ramón. El bar se llamaba así porque el primer dueño, un gallego, se llamaba Ramón también, y cuando Ramón lo cogió, diez años antes, no le pareció bien cambiar el letrero y gastarse un dinero en decir lo mismo. Así que era Moncho para los clientes y Ramón para Elvira, y para los camioneros no era nadie.

Los camioneros llegaban a media mañana. Paraban en la avenida con el motor encendido, entraban diciendo que solo cinco minutos, que llevaban carga, y se quedaban cuarenta. Uno de Soria venía todos los jueves con una carga de lo que fuera y le contaba a Ramón el mismo chiste de un cura y un guardia civil que se encuentran en un paso a nivel. Ramón no había oído nunca el final. El de Soria empezaba, se reía él solo en la mitad, se le iba el hilo hacia su cuñada o hacia el precio del gasoil, y cuando volvía al chiste ya tenía que irse. Ramón se reía igual, todos los jueves, en el mismo sitio, porque el de Soria pagaba al contado.

—Y entonces el cura le dice al guardia… —empezó aquel jueves.

—Que te se enfría el café —dijo Elvira.

—Ya voy, ya voy. Pues el cura le dice…

Y se fue sin decirlo, porque llevaba melones.

En la pared, encima de la caja registradora, colgaba el calendario de una marca de neumáticos. Una señorita en bikini, morena, sentada encima de una rueda, señalaba con el dedo a ninguna parte. En enero, Elvira le había dibujado un jersey de cuello alto con un bolígrafo azul. Lo hizo una tarde, sin decir por qué, apretando mucho, y desde entonces los clientes intentaban borrárselo con saliva y el jersey no se iba. Con cada intento, el papel se ponía más gris y el jersey parecía de lana.

—Para que no se constipe la chica —decía Elvira, si alguien preguntaba.

Al lado del calendario, en el techo, había una mancha de humedad con la forma de Australia. Crecía un poco cada invierno. Ramón la miraba algunas mañanas y no pensaba nada; le gustaba saber que estaba allí.

A las tres, con los de la sobremesa, pusieron la televisión. La tenían en una repisa, en lo alto, y solo la encendían para el fútbol y para lo que hiciera falta, y aquellos días hacía falta. Salió un señor serio leyendo un papel. Leía muy despacio, con las gafas en la punta de la nariz, el parte del equipo médico: Su Excelencia el Jefe del Estado, la evolución, el pronóstico, se mantiene. Los de la barra dejaron de hablar y miraron los vasos. Uno pidió la cuenta en voz baja, como en misa, y Ramón se la dijo en voz baja también.

Cuando acabó el papel, el señor serio dio paso a otra cosa y los de la barra volvieron a hablar del Valencia. Nadie había dicho nada.

—Este no llega a Navidad —dijo uno, ya en la puerta.

—Calla.

—Lo digo por el tiempo, hombre. Que va a hacer frío.

* * *

La libreta estaba debajo de la caja, gorda, con las tapas negras de hule abarquilladas de humedad. Ahí iba lo que se debía. Cada cliente tenía su hoja, o su media hoja, y en cada hoja una columna de cifras a lápiz que bajaba y bajaba, y de vez en cuando una raya, cuando alguien pagaba, y la columna volvía a empezar debajo de la raya.

El señor Arturo debía cuarenta y tres cafés con coñac. Los había ido debiendo desde el verano, uno cada mañana, con la copa templada, que si se la ponías fría te miraba como si le hubieras matado a la madre. El señor Arturo decía que pagaba en Navidad, con la extra. El de la hoja de al lado debía siete cervezas de un día de fútbol y ya no venía.

—Ya pagará —decía Elvira cuando Ramón se quejaba de la libreta.

Y apuntaba otro café en la hoja del señor Arturo.

* * *

A las cuatro, cuando el bar se quedaba vacío y Ramón subía la persiana de la ventana del almacén para que se fuera el olor a fritura, pasó el camión del butano. El repartidor iba subido atrás, entre las bombonas, y gritaba como gritaban todos, alargando la última vocal hasta que se le acababa el aire.

Ramón estaba en la barra con un vaso en la mano y se quedó quieto.

Era el grito que oía de crío en el patio de su abuela, en Valencia, en la calle de detrás del mercado, con las rodillas pintadas de mercromina, aunque entonces lo daba el del carbón, porque el butano todavía no existía. La misma manera de quedarse sin aire.

—Ramón. Que se te cae.

El vaso se le resbalaba de la mano. Lo cogió con la otra.

—Nada —dijo—. Pensaba en el carbón.

Elvira no le preguntó qué carbón.

* * *

La carta llegó el viernes, por la mañana, y Elvira no se la dio hasta la noche, cuando bajaron la persiana. La dejó encima del mármol, al lado de la caja, sin decir de quién era, porque se veía. El sobre era blanco, de un blanco que no tenían los sobres de aquí, y en los sellos ponía HELVETIA.

Era de Gabino, el hermano de Elvira. Gabino llevaba seis inviernos de camarero en un hotel de Suiza, en un pueblo de las montañas con un nombre que no había manera de decir, y volvía cada primavera con la piel blanca, un reloj nuevo y ganas de no hablar del hotel.

Elvira lo había abierto ya, con el cuchillo de cortar limones. Dentro había una hoja escrita por las dos caras y una fotografía. En la fotografía estaba Gabino, con chaqueta blanca y pajarita, delante de una pared de madera llena de cuernos de animales, sonriendo con la boca cerrada.

Ramón leyó la carta en voz alta, porque Elvira la había leído ya y quería oírla.

«Cuñado. Aquí se trabaja igual que ahí, o más, pero se duerme. Al jefe de comedor se le ha ido uno de los camareros, uno de Lugo, y le he dicho que tengo un cuñado que sirve como Dios. Es la temporada de invierno, del quince de diciembre al quince de abril. Los papeles se hacen en el Instituto de Emigración en Valencia y el contrato lo manda el hotel. Te pagan en francos y te dan la cama y la comida. Lo de la familia ya lo sabes, que con el permiso de temporada no se puede traer a nadie. Esto es así para todos. Contéstame pronto, que el jefe quiere saberlo este mes.»

Debajo, con otra tinta: «Elvira, no le dejes que se traiga botellas.»

Ramón dobló la hoja. La dejó encima del sobre. El frigorífico de las cervezas arrancó detrás de ellos y se puso a temblar contra la pared.

—¿Y tú qué dices? —preguntó.

—Que te vas a ir a servir copas.

—Pagan en francos.

—Ya.

—Cuatro meses.

—Ya.

—Y el bar…

—El bar lo llevo yo. —Elvira cogió la toalla gris de la barra y se puso a secar un vaso que ya estaba seco—. Lo llevo ya.

Ramón no contestó a eso.

—A lo mejor allí no me hace falta la copa —dijo al rato.

Elvira terminó de secar el vaso, tres vueltas de muñeca, como él, y lo dejó en la balda sin mirarlo.

* * *

La contestación la escribió Ramón el domingo, en la mesa de la cocina, con el bolígrafo de la libreta y una hoja de las que Raquel usaba para el instituto, de cuadros. Tardó la tarde entera. Escribía una línea, la leía, la tachaba. Elvira pasaba por detrás con la ropa planchada y miraba por encima de su hombro sin pararse.

—Gabino se escribe con be.

—Ya lo sé cómo se escribe tu hermano.

—Pues lo has puesto con uve.

Ramón tachó la uve. Puso «Querido cuñado», lo tachó y puso «Cuñado», que era como empezaba Gabino. Luego no supo qué poner. Puso que sí. Puso que le dijera al jefe de comedor que sabía servir vino, abrir botellas de cava sin que sonaran, llevar cuatro platos en un brazo y hacer el café de máquina, y que de idiomas sabía decir gracias en francés. Luego tachó lo de cuatro platos y puso tres, porque cuatro era mentira desde el verano.

Al final había más tachado que escrito. Raquel se la pasó a limpio con su letra de colegio, redonda, sin preguntar nada, y en el sobre puso la dirección de Gabino copiándola letra a letra, con un nombre de pueblo que tenía dos puntos encima de una u.

—¿Así se dice? —preguntó Ramón, señalando la u.

—Así se escribe —dijo Raquel—. Decirse, no sé.

* * *

Raquel tenía quince años y leía por las noches debajo de la manta, con una linterna que le había quitado a su hermano. Leía un libro con las tapas forradas de papel de periódico, para que no se viera cuál era, aunque era una novela de las que se leían en el instituto. Lo forraba igual. Elvira, al hacerle la cama, le volvía a meter el libro debajo de la almohada sin abrirlo.

Carlitos tenía diez y coleccionaba chapas. Las alineaba encima de la colcha en filas de diez, por marcas, y las hacía pelear dándoles con la uña del dedo corazón hasta que una se salía de la colcha y rodaba por el suelo de terrazo y se metía debajo del armario, de donde no salía hasta la limpieza de Pascua. Las de Kas Limón ganaban a las de Mirinda. Tenían mejor borde, decía. Cortaban más.

Un domingo por la tarde Ramón entró en el cuarto y se sentó en el borde de la cama, al lado del ejército.

—¿Allí hay chapas? —preguntó Carlitos, sin dejar de apuntar.

—¿Dónde?

—Donde el tío Gabino.

—Habrá. Habrá otras.

—Pues tráeme.

Ramón cogió una chapa amarilla de Kas. Le dio la vuelta. Por dentro tenía el corcho medio despegado y olía a limón de mentira.

—Si no hay, te traigo de las suyas.

—Allí no hay Kas —dijo Raquel desde la puerta, con el libro debajo del brazo—. Allí habrá cerveza.

—¿Y tú qué sabes?

—Lo que cuenta el tío. Que a las diez están todos en la cama.

—Pues mejor. Cerraré antes.

—Allí cerrará el jefe, papá.

Ramón dejó la chapa en su fila. La puso al revés, con el corcho para arriba, y Carlitos la volvió a poner bien.

* * *

En la cena Carlitos quiso saber si allí la nieve se podía comer.

—Si está limpia —dijo Ramón.

—¿Y está limpia?

—Allí está todo limpio.

—¿Y quién abre el bar por la mañana? —preguntó Raquel.

—Yo —dijo Elvira.

—¿Y quién te hace a ti el café?

—La cafetera.

Raquel dejó el tenedor.

—¿Y si se rompe la cafetera?

—Pues viene el técnico de Valencia, como siempre, y tarda tres días, como siempre, y hacemos el café en la cocina, como siempre. Cómete la tortilla.

* * *

Las copas no se podían contar, porque Ramón no se las bebía delante, o se las bebía en el café, o en el almacén entre caja y caja. Así que Elvira contaba un vaso puesto en la barra más fuerte de la cuenta. Una risa que llegaba tarde, cuando el chiste ya había pasado. El cigarro que le costaba encender. Las cuentas de la libreta, que Ramón sumaba mal y que ella repasaba por la noche con el lápiz detrás de la oreja.

Una noche, al cerrar, Elvira bajó al almacén a por servilletas y tardó. Ramón bajó a buscarla. La encontró sentada en el último escalón, entre las cajas de cerveza, con las piernas juntas y las manos encima de las rodillas, mirando la bombilla pelada que colgaba de un cable lleno de cagadas de mosca y que Ramón llevaba un año diciendo que iba a cambiar por un fluorescente.

—¿Qué haces?

—Descansar.

—¿Aquí?

—Aquí no me pide nadie un cortado.

Ramón se apoyó en la pared. La pared estaba fría y olía a cartón mojado. Desde allí abajo se oía pasar a alguien por la calle, arrastrando los pies, y luego ya nada.

—Yo aquí sé hacerlo mal —dijo Ramón—. Llevo diez años haciéndolo mal aquí. Me sé dónde está todo.

—Pues vete, Ramón.

Se levantó. Se sacudió la falda. Llevaba las medias de varices, las de color carne, y se le había hecho una carrera en la pantorrilla. Subió la escalera de un escalón en otro, con una mano en la pared, y no se volvió.

Ramón se quedó abajo con las cajas. Vio una botella de Soberano empezada encima de una caja de gaseosas, donde no tenía que estar. No la tocó. Tampoco la quitó de allí.

* * *

Un domingo por la mañana, después de abrir, Pepe y el Chato se lo llevaron a ver las obras de la planta nueva. Eran todo el tema de conversación del bar desde hacía dos años: la fábrica nueva, más grande que la vieja, que iba a dar trabajo a todos los hijos del Puerto y a los nietos. Desde la carretera se veían las grúas, muchas, más de las que Ramón podía contar, y unas estructuras de hierro todavía sin paredes, altas, con los hombres arriba, pequeños, con casco. Se oía un golpe, y luego el eco del golpe, y luego otro.

Estuvieron un rato de pie en la cuneta. El Chato llevaba las manos en los bolsillos y movía la cabeza.

—Dicen que la nave del tren de laminación tiene un kilómetro.

—Eso dicen.

—Un kilómetro de nave.

Ramón miró aquella fila de pilares que se iba hacia el mar y no se acababa.

—Parece una barra de bar —dijo—. Para gigantes.

El Chato se rió. Pepe no. Pepe estaba mirando las grúas con la boca un poco abierta, respirando por ella, porque por la nariz ya no le llegaba.

—¿Te vas de verdad? —preguntó.

—Cuatro meses.

—Ya. —Pepe se pasó la mano por la boca—. Pues respira tú por mí, que allí el aire es bueno.

Volvieron andando. Por el camino, el Chato contó que a un sobrino suyo lo habían cogido en la planta nueva de ayudante de electricista y que ya tenía novia, y que las dos cosas habían venido juntas, y que no sabía qué había venido primero.

* * *

El contrato llegó el lunes diez, en un sobre grande con el membrete del hotel: un dibujo de un tejado con nieve y un abeto. Venía en dos columnas, una en alemán y otra en francés, y en ninguna de las dos había una palabra que Ramón conociera, salvo su nombre, que estaba mal escrito, con una hache en medio.

Raquel daba francés en el instituto. Se sentó con el contrato en la mesa de la cocina, con el diccionario abierto, y fue leyendo la columna de la derecha en voz alta, parándose en cada palabra.

—Que el empleado tendrá alojamiento en el edificio del personal. Que la habitación es para dos. Que la comida es a las… no sé qué es esto. A unas horas.

—¿Y lo del sueldo?

—Más abajo. —Raquel bajó el dedo—. Que el personal no puede tomar bebidas alcohólicas durante el servicio.

—Eso aquí también —dijo Ramón.

Elvira estaba pelando patatas en el fregadero, de espaldas, y siguió pelando la misma patata cuando ya no le quedaba piel.

Raquel siguió leyendo. Lo del sueldo estaba en la otra página, y lo leyó dos veces, y luego lo dijo en pesetas, multiplicando en el margen del diccionario, y Elvira dejó de pelar.

* * *

Fue a Valencia el martes once de noviembre, en el tren, con la camisa de las bodas, a la oficina del Instituto de Emigración. Esperó una hora y media en un banco de madera, entre un hombre de Requena que iba a la vendimia de Francia y había llegado tarde a la vendimia, y una mujer que iba a servir a Ginebra y llevaba un cuaderno de francés en el regazo y repetía las palabras moviendo los labios.

El funcionario le hizo las preguntas sin mirarlo, escribiendo a máquina.

Nombre. Apellidos. Fecha de nacimiento. Natural de Valencia. Domicilio en Puerto de Sagunto. Estado civil, casado. Profesión, camarero. Destino, hostelería. País, Suiza. Clase de permiso, de temporada. Duración, cuatro meses. Familiares a cargo, tres. Acompañan, no.

—¿Acompañan? —dijo Ramón.

—No. Con el de temporada no acompañan. —El funcionario sacó el papel de la máquina—. Firme aquí y aquí. En Navidad allí no se libra, se lo digo ya, que luego vienen a pedirme explicaciones a mí.

Ramón firmó dos veces. La segunda firma le salió mejor que la primera.

A la vuelta, en el bar, Pepe le preguntó cómo había ido.

—Bien. Me han dicho que en la frontera te miran por dentro.

—Los pulmones —dijo Pepe—. A los de Mattmark les miraban los pulmones. Un primo de mi mujer. Te ponen en fila en camiseta y te hacen una placa.

—¿En diciembre?

—En diciembre allí es lo de menos.

A Pepe le dio la tos. Le dio tanta que Elvira tuvo que salir de la barra a darle golpes en la espalda, y Pepe le decía con la mano que ya, que ya, y la tos no se iba, y cuando se fue se quedó un rato sentado con los ojos cerrados. Elvira le puso un vaso de agua delante. Pepe no lo tocó.

* * *

El jueves veinte de noviembre, a las cinco y media, Ramón abrió la persiana como todos los días y la dejó a media altura. Luego cogió la toalla del grifo y metió el dedo en el agujero, y el dedo entró hasta el nudillo; la semana anterior entraba hasta la uña.

Elvira lo vio desde la cafetera.

—¿Y eso?

—Por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Yo qué sé. Por si acaso.

Los primeros entraron agachándose. No dijeron nada de la persiana. Pidieron lo de siempre y se lo tomaron más despacio que otros días, y ninguno miró la televisión, que estaba apagada. A las diez la encendió Elvira. Salió el presidente del Gobierno, en blanco y negro, con una cara de no haber dormido, y leyó un papel. Leyó que había muerto. Lo leyó con la voz rota a trozos, y al final se le rompió entera.

En el bar no habló nadie. Pepe se quitó la gorra y la dejó encima de la barra, y no se supo si era por respeto o porque le daba calor. El señor Arturo pidió su café con coñac y luego dijo que mejor solo, sin coñac, y luego que no, que con coñac, que el día era el día. Un chaval del turno de tarde que había venido a por tabaco se quedó en la puerta, con el paquete en la mano, sin saber si entrar o irse, y se fue.

El municipal entró a media mañana. Era Nemesio, que vivía encima de la panadería. Vio la persiana a media altura y se quitó la gorra también.

—Ramón, ¿abres o no abres?

—Medio.

—Ya. —Nemesio se acodó en la barra—. Ponme algo.

—¿Qué te pongo?

—Nada. Lo que sea.

Ramón le sirvió una gaseosa. Nemesio siempre pedía nada, la primera vez, y gaseosa la segunda, y Ramón se había ahorrado la segunda vez hacía años. Nemesio se la bebió mirando la pantalla, donde ahora ponían música seria, y cuando terminó dejó una moneda en la barra y se fue sin decir adiós, que era lo que hacía cuando estaba de servicio.

En cuanto salió, uno del fondo dijo algo en voz baja y otro se rió, uno solo, poco, y se calló enseguida.

Ramón no bebió ese día. No lo decidió. A la una vio que la botella de Soberano estaba en el mismo sitio que por la mañana, con la misma raya, y se puso un café solo, y se lo tomó solo.

Cerraron a las nueve. En casa, Carlitos preguntó si al día siguiente había colegio, y nadie lo sabía. Raquel dijo que en el instituto unos habían llorado y otros no, y que los que no habían llorado tampoco se habían reído. Elvira fregó los platos. Ramón se sentó en el sillón con el periódico de la mañana, que ya era viejo, y no lo abrió.

—¿Y ahora qué va a pasar? —preguntó Elvira desde la pila, de espaldas.

—Ahora, a dormir.

—Te lo digo en serio.

—Y yo.

Elvira cerró el grifo y apagó la luz de la cocina con el codo.

* * *

Los días que quedaban se fueron en papeles y en cosas pequeñas. Elvira hizo una lista en el reverso de una factura de las gaseosas: «Dos camisas blancas. La chaqueta buena. Pantalones negros de servir, dos. Calcetines de lana, todos. Las pastillas del estómago. Una foto». Lo de la foto lo tachó y lo volvió a escribir.

Ramón le enseñó a Raquel a usar la caja registradora. Raquel aprendió en una tarde. Luego pidió la libreta, se sentó en la mesa del fondo con el lápiz y repasó las hojas una por una, sumando en un papel aparte, con el lápiz en la boca entre suma y suma, y le corrigió dos sumas a su padre y una a su madre.

—El señor Arturo debe cuarenta y tres cafés con coñac.

—Ya lo sabemos.

—¿Y los va a pagar?

—En Navidad, con la extra.

Raquel pasó la hoja hacia atrás. Luego otra.

—Aquí pone lo mismo el año pasado.

—Pues en Navidad —dijo Elvira desde la cafetera—. No ha dicho de qué año.

Esa noche, en casa, Elvira hizo la maleta encima de la cama de matrimonio. Era una maleta de escay marrón, con las esquinas de metal, que habían comprado para el viaje de novios a Madrid y no habían vuelto a sacar del altillo. Metió las dos camisas blancas, dobladas con un papel de seda entre la tela para que no se marcaran, los pantalones negros, la chaqueta buena, los calcetines de lana. Las pastillas del estómago, en el bolsillo de dentro. La foto la buscó un rato en la caja de zapatos. Al final eligió una de los cuatro en la playa, el verano anterior, en la que Carlitos había salido movido porque no se estaba quieto, y Ramón la miró y dijo que en esa él salía gordo.

—Sales bien —dijo Elvira, y la metió.

Carlitos apareció en la puerta del cuarto en pijama, con la mano cerrada.

—Toma. De muestra.

Era una chapa de Kas Limón, la mejor de su ejército, la del borde más afilado. Se la dio con el corcho para dentro.

—¿De muestra de qué?

—Para que allí sepan cómo son.

Ramón se la guardó en el bolsillo de la camisa. Carlitos se quedó un momento en la puerta, mirando la maleta abierta, y luego se fue a la cama sin que nadie se lo mandara, que no había pasado nunca.

La víspera del viaje, por la mañana, antes de abrir, Ramón bajó al almacén. La botella de Soberano seguía encima de la caja de gaseosas, con la raya donde estaba hacía un mes, o un poco más abajo; él no lo sabía y Elvira no se lo dijo. La subió. La puso en la estantería de detrás de la barra, con las otras, en su sitio, con la etiqueta hacia fuera.

El señor Arturo vino a las once, como todas. Pidió su café con coñac, con la copa templada, y Ramón se la templó con el vapor de la cafetera, como le gustaba, aunque ya estaba Elvira para hacerlo.

—Así que te vas.

—Cuatro meses.

—Pues te pago cuando vuelvas —dijo el señor Arturo—. Que en Navidad no vas a estar.

A mediodía, el chico del taller de neumáticos de la avenida trajo un rollo de papel debajo del brazo, como todos los diciembres.

—El del año que viene.

Era el calendario nuevo. Elvira lo desenrolló encima de la barra y lo sujetó con dos ceniceros, uno de ellos de cristal verde, con el nombre de un hotel de Benidorm en el que nadie de aquel bar había dormido nunca. La señorita de 1976 era rubia, estaba de pie al lado de una rueda, en traje de baño, con una mano en la cadera y la otra en el pelo.

—Mira qué fresca —dijo Elvira.

Sacó el bolígrafo del bolsillo del delantal. Le dibujó el jersey de cuello alto, con las mangas hasta las muñecas y un dibujo de rombos en el pecho que la del año anterior no tenía. Lo hizo despacio, apretando, sin mirar a nadie, como hacía las cuentas.

Ramón la miraba desde el otro lado de la barra, con la toalla gris en la mano. La había doblado para meterla en la maleta. Era la toalla del bar, la del agujero del dedo, y la había doblado tres veces porque así cabía en el hueco de los zapatos.

—Esa no se va —dijo Elvira, con el bolígrafo todavía en el papel.

—Es mía.

—Es del bar. Mañana con qué seco yo.

Ramón la desdobló. La colgó en el grifo, donde estaba siempre, con el agujero para abajo. Luego se metió la mano en el bolsillo de la camisa y tocó la chapa de Kas, que seguía allí, con el corcho para dentro.

Elvira terminó el jersey. Miró el dibujo con la cabeza un poco ladeada y luego le dibujó a la señorita una bufanda alrededor del cuello, larga, con flecos en las puntas, que le colgaba por delante hasta la rueda.

—¿Y eso? —dijo Ramón.

—Que allí nieva.

—Esa se queda aquí, Elvira.

Elvira volvió a sacar el bolígrafo del delantal y le dibujó unos guantes.

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