Dos chicos con la cartera vuelven andando por la carretera entre naranjos mientras un hombre coge naranjas de una escalera; al fondo, el castillo y las chimeneas.
Tiempo de lectura: 16 minutos

El bocadillo era de mortadela, y a las nueve menos cuarto ya había calado el papel de estraza. Marcos lo llevaba en el bolsillo de dentro del anorak, contra el pecho, y el autobús del Puerto iba con la calefacción tan alta que la grasa había pasado el papel, el forro y la camisa, y la notaba tibia encima de una tetilla.

Jueves, veinte de noviembre de 1975. El autobús los dejó en la cuesta del instituto a la hora de siempre, que era tarde, y la puerta estaba cerrada.

El bedel esperaba detrás de la reja con la llave en la mano y sin abrir. En la solapa llevaba un trozo de cinta negra sujeto con un imperdible, torcido hacia el hombro.

—Al patio de atrás. Por la puerta del gimnasio. Y en fila.

—¿Por qué? —dijo uno.

—Porque lo digo yo.

En el patio de atrás estaban ya los de Sagunto, que subían andando, y no estaban en fila. Estaban en corros, con las carteras en el suelo. Marcos buscó a Javi y lo encontró en el murete del fondo, sentado con las rodillas abrazadas y cara de domingo.

—¿Tú no lo sabes?

—¿El qué?

Javi miró a los lados.

—Que se ha muerto.

No hizo falta preguntar quién. En casa de Marcos la radio era de su madre, que salía a las seis y cuarto a limpiar la iglesia y no la encendía antes de irse para no despertar a nadie. Su padre había llegado del turno de noche a las seis y media, había dicho «Ya está» en el pasillo, a nadie, y se había metido en la cama. Marcos, desde el lavabo, había pensado que hablaba del turno.

—Mi padre ha puesto la radio a las siete —dijo Javi—. Ha dicho que si me ve reírme por la calle me da con la zapatilla. Y luego se ha reído él, en la cocina, con la puerta cerrada.

Alrededor, la noticia cambiaba de forma cada pocos metros. Uno decía que había sido a las cinco de la mañana. Otro, que a las tres, y que lo habían tenido guardado hasta que se despertaran los ministros. Uno de los mayores, que fumaba detrás de los lavabos y tenía más bigote que el bedel, aseguró que cerraban el instituto una semana entera. Se lo había dicho su primo, que era ordenanza en el ayuntamiento y había oído al secretario por teléfono.

—Siete días —dijo Javi.

—¿Tú te lo crees?

—Me da igual. Mañana no hay latín.

Marcos se rio. Se rio de golpe, con la boca abierta, y paró de reírse igual de golpe, y miró la ventana del despacho del director. Tenía el visillo echado. Detrás del visillo podía haber cualquiera.

A las nueve y diez salió el director a la escalera de la entrada. Marcos le había oído hablar en el patio dos veces, las dos leyendo un papel. Llevaba corbata negra, nueva, con la raya del doblez del escaparate todavía marcada a la altura del nudo. El patio se calló por partes, primero los de delante, luego los corros, y el de los lavabos pisó el cigarro con el zapato aunque nadie le había visto encenderlo.

—Alumnos.

Esperó a que no quedara nadie hablando.

—Ha fallecido Su Excelencia el Jefe del Estado. Las clases quedan suspendidas hasta nueva orden. Las familias serán informadas por los cauces habituales. Se ruega…

Buscó la palabra en algún sitio por encima de las cabezas.

—… decoro.

—¿Y el examen de latín? —preguntó uno de primera fila.

—Hasta nueva orden.

—¿El examen o las clases?

El director se volvió dentro y el bedel cerró la puerta detrás de él con la llave, desde fuera, como si quisiera que no se escapara.

* * *

Los autobuses no bajaban hasta la una y media, y los del Puerto bajaron andando.

Por la carretera iban en grupos que se deshacían en cada cruce. Al principio hablaban alto. Después de la primera curva, cuando se acabaron las casas de Sagunto y empezaron los huertos, hablaban como siempre, de fútbol y de una chica de Canet que decía que había visto a Camilo Sesto en Valencia, de lejos, y que nadie se creía. A los dos lados, los naranjos tenían ya la fruta hecha. En un campo, un hombre subido a una escalera de tres patas cortaba mandarinas con unas tijeras y las echaba a un capazo colgado del peldaño. No se volvió a mirarlos. Cortaba una, la miraba por debajo, la echaba al capazo y cortaba otra.

—Ese no se ha enterado —dijo Javi.

—O sí.

—Bon dia! —le gritó Javi, por probar.

—Bon dia —dijo el hombre, sin bajar las tijeras.

A la altura de la primera alquería, Marcos se acordó del bocadillo. Lo sacó del anorak, desenvolvió el papel, que ya era transparente en una esquina, y se lo comió andando, a las diez menos veinte, la hora a la que otros días estaba en clase de matemáticas viendo cómo el de matemáticas borraba la pizarra con la manga. Le dio la mitad a Javi. Javi dijo que la mortadela de su casa era mejor y se la comió entera. El papel lo dobló Marcos y se lo volvió a meter en el bolsillo, porque no había dónde tirarlo.

Javi cogió una piedra y la tiró contra el mojón del kilómetro, y falló, y no lo volvió a intentar. En el cruce de la vía se separaron. Javi vivía al otro lado y tenía que pasar por la panadería de su tía, que esa mañana a lo mejor no había abierto.

—Mañana, al rompeolas.

—Si nos dejan salir.

—¿Y quién no nos va a dejar?

Marcos siguió solo por la avenida. Las tiendas tenían la persiana subida y las puertas abiertas, y dentro de las tiendas no había nadie comprando. El del quiosco estaba sentado en su taburete con un transistor pegado a la oreja, el codo en el mostrador, y los periódicos del día colgaban de las pinzas con las noticias del miércoles.

—¿Es verdad?

—Eso dicen. —El hombre bajó el transistor un poco—. Llevan toda la mañana con lo mismo.

—¿Mañana sale?

—En todos. Hoy tengo los de ayer, que no lo traen. Si quieres uno de ayer, te lo dejo a mitad.

Marcos dijo que no.

—Mañana te guardo uno, si quieres.

—Vale.

El hombre se volvió a pegar el transistor a la oreja y cerró los ojos para oír mejor.

* * *

Vivían en un tercero sin ascensor, en los bloques de detrás del mercado. Desde el rellano del segundo se oían ya los violines.

Su madre fregaba el pasillo. Lo fregaba siempre igual, y en catorce años de piso Marcos no le había visto saltarse un paso: el primer cubo con agua caliente y un chorro de lejía, del fondo del pasillo hacia la puerta, de espaldas, en eses; el segundo con agua sola, el mismo camino; después abría la ventana del comedor para que corriera el aire, y hasta que no se secaba no se pisaba. Iba por el segundo cubo. Encima de la nevera, la radio daba una música de cuerda que no se terminaba nunca, y entre una pieza y otra un señor con voz de sacristía repetía cosas que ya había dicho.

—Por el lado de la pared, que está seco.

Marcos fue pegado a la pared hasta la cocina.

—Han cerrado el instituto. Se ha muerto.

—Ya.

Su madre escurrió la fregona en el cubo, la apretó con las dos manos y siguió. Llegó al rincón de la puerta, donde el terrazo tenía una baldosa suelta que bailaba, y la fregó dos veces porque la baldosa siempre se quedaba con agua debajo. Entonces se enderezó, despacio, con una mano en los riñones.

—Dicen que nos dan siete días —dijo Marcos.

—Ya veremos si son siete.

Lo miró desde la puerta. Tenía cuarenta y seis años, el pelo recogido con una horquilla y la bata de los lunares a la que le faltaba un botón desde el verano, y lo miró un rato con la cara con que repasaba la cuenta de la tienda antes de pagar.

—Me alegro de que para ti sea una noticia —dijo—. Y no un ajuste de cuentas.

No dijo más. Vació el cubo en el retrete, lo enjuagó, lo puso boca abajo en el balcón de la galería y entró en la cocina. Sacó la sartén. Echó un dedo de aceite, encendió el butano y rompió dos huevos contra el borde, uno detrás del otro, con un golpe seco cada uno.

En aquella casa se freía un huevo por cabeza los domingos, y aquel era jueves.

—Hoy comes huevos —dijo—. Y si alguien pregunta, es que se me han antojado.

—¿Quién va a preguntar?

—Alguien.

El aceite chisporroteaba. Su madre echaba aceite con la espumadera por encima de la yema, sin romperla, una vez y otra, hasta que la yema se ponía blanca por arriba, que era como le gustaba a su padre y como, por lo tanto, le gustaba a Marcos. La radio siguió con los violines. Ella no la apagó ni la bajó. Marcos se fijó en eso y no supo qué quería decir.

A las dos y cuarto su padre salió del dormitorio en camiseta y pantalón de pijama, despeinado por un lado, y se quedó en la puerta de la cocina mirando la sartén.

—¿Hay café?

—Hazlo.

Su padre llenó la cafetera de agua, le puso el café con la cucharilla, apretó, la enroscó y la puso al fuego del otro lado. Esperó de pie a que subiera, mirándola. Cuando subió, se sirvió media taza, se la bebió de pie, dejó la taza en el fregadero y se volvió a la cama.

Marcos mojó pan en la yema. Su madre no comió. Se sentó enfrente, con las manos en el regazo, y lo miró comer, y cuando él levantó la vista ella miró la sartén.

—¿Tú no comes?

—Luego.

—Mamá. ¿Y ahora qué pasa?

—Ahora te terminas eso.

—Digo con todo.

—Ya sé lo que dices. —Le quitó el plato antes de que pasara el pan por el último trozo de clara—. Ya veremos.

—Esta tarde me acompañas a la iglesia —dijo después, con el plato en el grifo.

—¿A misa?

—A llevar sillas. Ponte la camisa buena.

A las cinco lo mandó a por pan y a por lejía, que la de la iglesia se había acabado.

En la panadería había cuatro mujeres y la panadera, y hablaban a la vez. Cuando sonó la campanilla de la puerta se callaron todas y se volvieron. Vieron que era el chico de la Asun y siguieron, pero ya no por donde iban. Una dijo que el pan había subido. Otra dijo que la harina venía mala desde el verano. La panadera le preguntó a Marcos qué quería, aunque lo sabía.

—Una barra. Y lejía.

—La lejía en la droguería, hijo.

—Ya. Es que mi madre dice que si tiene usted.

La panadera tenía. La sacó de debajo del mostrador, de una caja donde guardaba cosas que no vendía, una botella de litro con la etiqueta medio despegada, y se la cobró a precio de droguería. Mientras le daba el cambio, una de las mujeres, la del cuarto de los bloques de enfrente, se inclinó hacia otra y dijo bajito una frase que terminaba en «mi Laureano», y la otra le dio un golpecito en el brazo para que se callara. Marcos no supo quién era su Laureano. Salió con la barra debajo del brazo y la lejía en la mano, y al pasar por el cuartelillo vio que la bandera estaba a media asta y que el guardia de la puerta tenía las manos a la espalda y bostezaba.

* * *

Don Enrique tenía encima de la mesa de la casa parroquial la hoja donde había apuntado la llamada del arciprestazgo. La había apuntado en el reverso de una partida de bautismo que se le había emborronado, con la letra que se le ponía cuando le hablaban deprisa:

«11,40. Arcipreste. Misa por el eterno descanso, 19 h., en todas. Misal de difuntos. Homilía breve. Orden, unidad, oración. Comunicar asistencia de autoridades si las hubiera.»

Las autoridades de aquella parroquia eran el cabo del cuartelillo, que iba a misa en Sagunto con su mujer, y doña Pura, que no era autoridad y se sentaba en el primer banco.

Tenía cuarenta y un años. Había estado ocho en una parroquia de Valencia con alfombra en el presbiterio y un coro de señoras que ensayaban los martes, hasta una homilía de 1971 que no se acordaba de haber preparado y que le habían recordado otros. A los dos meses el obispado le comunicó por escrito su nuevo destino, una iglesia de ladrillo visto detrás de los bloques, con goteras en la nave del lado del mar y un Cristo de escayola al que alguien había pintado las manos demasiado oscuras. El escrito decía que era para su bien y lo firmaba el vicario.

Cogió una cuartilla para la homilía. Escribió una frase y la tachó. Escribió otra que empezaba «Hermanos, hoy España», tachó «España», dejó «hoy» un rato y luego también lo tachó. A las cinco tenía media cuartilla de rayas y tres palabras sueltas en el margen, sin orden: casa, nada, apellidos. A las cinco y diez sonó el teléfono del pasillo y era una señora que quería saber si el bautizo del domingo seguía en pie, con lo que había pasado. Don Enrique le dijo que los niños no sabían lo que había pasado y que el bautizo seguía. La señora dijo que entonces llevaría las peladillas.

Dobló la cuartilla con la hoja de la llamada dentro y las metió en el breviario.

En la sacristía, Asun quitaba el polvo de la cajonera de las casullas con un trapo amarillo. Había traído el cubo y la fregona de casa, porque los de la parroquia tenían el palo rajado y se clavaban astillas. El cubo estaba en un rincón, con dos dedos de agua sola, esperando la lejía que tenía que traer el chico.

—¿Cómo está el pueblo, Asun?

—En la pescadería dicen que hoy no ha salido nadie a la mar. En la carnicería dicen que mañana cierran. Y mi chico dice que tiene siete días de vacaciones y no sabe qué hacer con ellos.

—¿Y usted?

—Yo limpio. Este polvo es de antes de ayer.

Le dio la vuelta al trapo y siguió por la otra cara.

—La puerta de atrás la he dejado sin la tranca —dijo, más bajo.

—¿Vienen?

—Vienen. El Poldo dice que trae botella.

—¿Qué botella?

—La que tenga.

Don Enrique miró el cubo. Iba a decirle que lo dejara allí, que luego lo guardaba él en el cuarto de las escobas, y no se lo dijo. Salió a preparar el altar. Asun siguió con la cajonera. El cubo se quedó en su rincón.

* * *

Marcos dejó la lejía en la sacristía, al lado del cubo, y bajó a por las sillas. Estaban en el sótano de la casa parroquial, al que se bajaba por una escalera sin barandilla. Marcos las subió de cuatro en cuatro, dos debajo de cada brazo, doce viajes. En el sótano había también un estandarte enrollado en un palo, con flecos dorados que se habían vuelto marrones, un armonio con una pata calzada con un ladrillo y, encima del armonio, en una caja de zapatos sin tapa, las figuras del belén. Al San José le faltaba la vara. El buey estaba entero. No tocó nada que no fueran sillas, porque su madre le había dicho que en aquel sótano todo tenía dueño aunque no lo pareciera.

La iglesia se llenó como no se llenaba ni el día de la patrona.

Marcos había puesto las sillas plegables en el pasillo lateral, en dos filas, y se habían ocupado las dos antes de las siete menos cuarto. Había mantillas que olían a armario y trajes oscuros que no cerraban del todo por delante. Había hombres del turno de mañana con la gorra en la mano y el pelo aplastado por la forma de la gorra, y mujeres que no venían nunca y no sabían dónde se ponía uno de rodillas en aquella iglesia. Al fondo, de pie, los jóvenes, cerca de la puerta, con las manos en los bolsillos. Doña Pura, en el primer banco, con un misal de tapas de nácar y un rosario que le pasaba dos veces por la muñeca.

Él se quedó de pie al lado de su madre, junto a la columna del fondo, que era donde se ponía ella siempre para salir la primera si había que cerrar.

Se tosía mucho. Se tosía de pecho, en grave, y la tos rebotaba en la bóveda y volvía un poco más tarde que la tos. En el banco de delante de la columna una niña dejó caer una peseta, que rodó por el pasillo central hasta los pies del altar, y nadie fue a por ella, y la niña estuvo mirándola toda la misa. El Poldo estaba de pie al otro lado, junto a la pila del agua bendita, con el abrigo abierto y la bolsa de red colgando de la mano, y cuando vio a Asun movió la cabeza una vez, hacia abajo.

Don Enrique dijo la misa sin cambiar una palabra del misal hasta la homilía. En la homilía tampoco dijo el nombre. Habló cuatro minutos, sin papel. Habló de lo que se lleva uno, que es nada, y de lo que deja, que ya no lo decide él. Dijo que se rezaba por el que había muerto igual que por todos. Al final miró hacia el fondo, hacia las sillas plegables, y dijo:

—Y recemos también por los que nos quedamos.

Hubo un momento en que no contestó nadie. Luego doña Pura dijo «amén», en alto, y la iglesia dijo amén detrás de ella, a trozos.

A la salida, en el atrio, doña Pura esperó a don Enrique con el misal apretado contra el abrigo.

—Muy breve, don Enrique.

—Era lo que pedía el arcipreste.

—Se le ha olvidado nombrar la Cruzada.

—No me cabía.

Doña Pura se quedó con la boca preparada para la siguiente frase. Don Enrique ya estaba dentro.

* * *

En la sacristía, el cura echó el pestillo y se quitó la casulla morada por la cabeza. La colgó en la percha de detrás de la puerta. Sin la casulla, en mangas de camisa y con el alzacuellos, parecía un poco más bajo.

El primero en entrar por la puerta de atrás fue el Poldo.

—Ave María Purísima —dijo.

Llevaba la funeraria de la avenida desde el cuarenta y nueve, y la mitad del Puerto había pasado por sus manos o iba a pasar. Traía una bolsa de red y dentro de la bolsa una botella de sidra asturiana, verde, con el corcho sujeto por un alambre.

—Me la regaló la viuda de uno de Gijón, que vino a morirse aquí en el peor sitio. La tenía para Navidad.

La dejó encima de la mesa de contar la colecta.

Detrás llegó Nieves, la del almacén de naranja, todavía con la marca de la redecilla en la frente, y un paquete de papel de estraza con rosquilletas y media longaniza. Detrás de ella, Gonzalo, el hijo del de la droguería, que estudiaba en Valencia, con una libreta de espiral en el bolsillo del chaquetón. Y el último, despacio, apoyado en el bastón y en el marco de la puerta, Eustaquio.

—He venido andando —dijo, y se sentó en el primer taburete que encontró.

Marcos se quedó en el rincón, al lado de la cajonera, donde estaba el cubo con la fregona metida y el agua ya fría, y desde allí veía la nuca de su madre y la bolsa de red del Poldo encima de la mesa de la colecta. Nadie le preguntó qué hacía allí. Su madre le había puesto una mano en la espalda al entrar y luego la había quitado.

El Poldo deshizo el alambre con las uñas y empujó el corcho con los dos pulgares. Salió con un ruido seco, rebotó en el techo y fue a dar a la casulla colgada en la percha. Una mancha de espuma empezó a bajar despacio por el morado, a la altura del pecho.

—Eso sale con vinagre —dijo Asun.

—Déjelo de momento —dijo don Enrique.

Sirvieron en los vasos de plástico de la catequesis, que eran de colores. A Marcos le tocó uno amarillo, con un dedo de sidra. Levantaron los vasos y se quedaron así, con el brazo en el aire, mirándose.

Eustaquio carraspeó.

—Yo soy del ochenta y nueve. Él era del noventa y dos.

Se miraron.

—Le llevo tres años.

Levantó el vaso un poco más. Le temblaba.

Bebieron. La sidra estaba templada y dulce, y a Marcos le hizo cosquillas en la nariz y le supo a manzana de bote, a la compota que le daban en el hospital de Sagunto cuando lo operaron de anginas a los nueve años, que su madre decía que era de lata aunque viniera en un tarro de cristal. Gonzalo se bebió la suya de un trago y sacó la libreta.

—Ahora es cuando hay que moverse. En la facultad hay asamblea mañana. Dicen que con el vacío de arriba…

—¿A qué hora? —dijo Nieves.

—A las diez.

—Yo entro a las seis. —Nieves partió una rosquilleta en dos—. Y la encargada está en la puerta con el reloj.

—Pero las estructuras…

—Come longaniza, hijo.

Gonzalo apuntó una línea en la libreta. Nadie vio qué. Luego levantó el lápiz y se volvió hacia el rincón.

—¿Y tú qué piensas?

Marcos tenía el vaso amarillo en la mano. Lo estaban mirando todos, incluido el cura.

—Que hay siete días.

Eustaquio se rio y le dio la tos, y estuvo tosiendo un buen rato con el vaso en alto para no derramarlo, mientras Nieves le apartaba el bastón de entre los pies y el Poldo le pedía que hiciera el favor de no morirse esa semana, que la tenía completa. Gonzalo cerró la libreta.

Asun pelaba una mandarina en el borde de la mesa. La pelaba entera, de una tira, como hacía en Navidad para los sobrinos, y dejaba la piel enrollada en espiral sobre el mantel de las colectas.

—Yo lo único que quiero es no tener que mentirle a este —dijo, sin mirar a Marcos, mirando la mandarina—. Dieciséis años diciéndole que no cuente en el colegio lo que se habla en casa. Que no diga que oímos esa radio. Que si le preguntan por el abuelo, que diga que se murió de pulmonía.

Separó un gajo y se lo comió.

—Si esto sirve para eso, brindo. Y si no sirve, también, que la botella ya está abierta.

El Poldo le llenó el vaso.

Marcos se quedó con el suyo, amarillo, en la mano. Había dicho lo de la pulmonía muchas veces, en la cabeza, preparado, con la cara que había que poner. En dieciséis años no se lo había preguntado nadie.

Después contaron cosas. Eustaquio contó una de un tren de presos que paró en la estación de Sagunto en el treinta y nueve y que no dejaron que nadie se acercara, y no la terminó, porque se le fue a otra de un perro que tenía entonces. El Poldo contó la del entierro de Benifairó, el de la viuda que estuvo una hora llorando a otro muerto porque le habían cambiado los ataúdes en la capilla, que la contaba en todas las sobremesas y que esa noche tampoco tuvo el final que tenía otras veces, porque Nieves se rio antes de tiempo. Don Enrique no contó nada. Estaba sentado en el banco de las vinajeras, con el vaso entre las rodillas, y de vez en cuando miraba la mancha de la casulla, que se había secado y se había quedado de un morado más oscuro, con el borde blanco.

El Poldo miró el reloj de pulsera dos veces seguidas. A las nueve y media tenía que vestir a un jubilado de los bloques de la playa, que se había muerto esa mañana a las once, de lo suyo, en su cama, y del que no se había enterado nadie más que la familia y él.

—A ese hoy no le ponen ni esquela —dijo.

Nadie le contestó.

A las ocho y media don Enrique dio dos palmadas.

—Señores. Doña Pura vive en la esquina y tiene luz en la cocina.

Recogieron las migas de las rosquilletas con el canto de la mano. El Poldo metió la botella vacía en la red y se la llevó. Eustaquio necesitó a Gonzalo para levantarse. Salieron de uno en uno por la puerta de atrás, con un minuto entre uno y otro, sin despedirse en la calle.

Asun apagó la luz de la sacristía la última. El cubo se quedó en el rincón, con la fregona dentro.

* * *

Por la calle de los bloques hacía frío y olía a leña de alguna estufa. Asun iba deprisa, con el bolso cogido con las dos manos delante del vientre, y Marcos un paso detrás.

En la esquina del mercado se cruzaron con su padre, que iba en la bicicleta hacia la fábrica, al turno de noche, con la fiambrera colgada del manillar y la bufanda puesta hasta la nariz. Frenó con el pie.

—¿De dónde venís?

—De misa.

Su padre miró a Marcos.

—¿Tú?

—Yo he llevado sillas.

Su padre se quedó un momento con el pie en el suelo. Luego dijo que se había dejado el tabaco en la mesilla y que ya no subía, y siguió pedaleando.

Marcos esperó a que la bicicleta doblara la esquina.

—Mamá. Lo del abuelo…

—Mañana no tienes instituto —dijo su madre—. Duerme lo que quieras.

Subieron los tres pisos. En la escalera olía a coliflor y, en el segundo, a la lejía de la vecina, que fregaba de noche porque de día servía en una casa de Sagunto. En casa la radio seguía puesta, más bajo. Su madre la apagó al pasar, sin pararse. Cogió la camisa de la mañana, la de la mancha de mortadela, que Marcos había dejado en la silla del cuarto, y la puso en remojo en la pila del lavadero con un trozo de jabón encima. Luego se fue a la cama sin cenar. Marcos cenó de pie, pan con aceite y sal, mirando la camisa en el agua, la mancha que se había vuelto gris y seguía en su sitio.

En la cama, a oscuras, dijo «pulmonía» una vez, bajito.

* * *

Marcos se despertó a las diez. No se despertaba a las diez desde el verano. Se quedó en la cama oyendo la casa: un camión que reculaba en la calle con un pitido, el agua de la cisterna de arriba, los ronquidos de su padre al otro lado del tabique, que había llegado a las seis y media y esa mañana no había dicho nada en el pasillo.

Fue a la cocina en calcetines.

Su madre estaba sentada a la mesa, en su silla, la de espaldas al fregadero, con una taza de café entre las manos. No fregaba. No planchaba. La plancha estaba en su sitio, encima de la tabla, fría, con el cable enrollado. Tenía la ventana un poco abierta y miraba por ella, aunque por aquella ventana solo se veía el patio de luces y la galería de los de enfrente, con la ropa tendida desde el martes.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Qué haces?

—Nada.

Marcos se quedó en la puerta esperando a que se levantara. No se levantó. Bebió un sorbo de café y volvió a poner la taza entre las manos, en el mismo sitio.

El pasillo estaba seco. Lo había pisado al venir y estaba seco y con la huella de sus calcetines del día anterior, y de los zapatos de su padre, y de algo de la calle.

—¿No friegas?

—El cubo se me quedó en la sacristía.

Marcos se sentó enfrente. En el hule había migas de la cena y la piel de una mandarina, entera, enrollada en espiral, que alguien había traído en el bolsillo.

Se acordó del quiosco. El hombre del transistor le estaría guardando un periódico, el de hoy, el que lo traía. Ya bajaría.

—¿Hay huevos?

—Te los comiste ayer.

—¿Y qué hay?

—Lo que tú quieras.

—Ya. ¿Pero qué hay?

—Pan —dijo su madre.

Y no se levantó a cortarlo.

Si lo que has leído te ha servido, puedes invitarme a un café. Aquí en Puerto Sagunto cuesta 1,70 €.

Invítame a un café · 1,70 €Se paga con PayPal o con tarjeta, sin cuenta. Puedes cambiar la cantidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Dos alumnas sentadas en el bordillo del patio de un instituto; una dibuja en la tierra con un palo y la otra mira; al fondo, el castillo sobre su monte. Entrada anterior Rosa, la Saguntina
Una joven de espaldas contempla el grupo de trabajadores ante la verja de la fábrica parada, con la caseta del vigilante iluminada al fondo. Entrada siguiente La sirena de fábrica