Al muerto le habían quitado los zapatos, y en las plantas se veía el cerco pálido de una suela que nadie había cambiado en años. Prisca lo vio desde la puerta y empezó a contar.
Al muerto le habían quitado los zapatos. Prisca lo vio desde la puerta, antes que la lámpara o la gente: los pies de Morató sobre la mesa de la cocina, los dedos gordos atados con un hilo de bramante y, en las plantas, el cerco pálido que deja una suela cuando nadie la ha cambiado en muchos años.
Nadie se los había lavado. Alguien se había llevado los zapatos y había dejado los pies.
Besó la yema del índice y la apoyó en el talón izquierdo del difunto, que es lo que se hace al llegar. El talón estaba más frío que la madera. Después puso su almohadón de lana en la silla más cercana a la puerta y se sentó encima. Lo llevaba a todos los velatorios desde que una silla de muerto se le abrió por la mitad en casa de los Gaspar, delante de las tres hijas, y no pensaba darle a ninguna familia otra ocasión.
Subir del puerto a la casa de Morató eran trescientos y pico escalones de piedra, y Prisca ya no tenía edad ni cintura para hacerlos de un tirón. Llegaba con la boca abierta y lo achacaba al levante. Con levante, decía, el aire de la costa pesa el doble. Nadie le había llevado nunca la contraria, porque nadie tenía con qué pesarlo.
En la cocina había dos personas despiertas y una dormida.
A Sanjuán lo conocía todo el mundo, que en aquella costa quería decir que todo el mundo le debía algo o temía llegar a debérselo. Era árbitro de casas. Se afeitaba a navaja hasta dejarse la cara azul, olía a jabón de sosa y, cada vez que alguien moría sin hijos, subía con su silla plegable y se sentaba a esperar. Ahora estaba sentado en ella, con un pañuelo apretado contra la mejilla derecha.
—Tres noches —dijo al ver que Prisca miraba la cortina del fondo.
Detrás de la cortina, en el cuarto de Morató, respiraba alguien.
—El sobrino de la cuñada. Ha subido el colchón esta tarde, antes de que se enfriara el difunto. Morató murió con el sol de la mañana, así que esta es la primera. Si aguanta tres, la casa es suya. Si viene otro y lo saca antes, del otro. —Se apretó el pañuelo—. Yo solo cuento.
—¿Y los zapatos?
Sanjuán miró los pies del muerto y no contestó.
El tercero se levantó a medias de su taburete para saludarla, y Prisca tardó un momento en ponerle nombre. Cuando se lo puso, se alegró de haber subido con la toca buena. Era Dalmau, el de los mudados, el médico que tenía la casa grande en el acantilado de las Viudas y la llenaba de gente que de un día para otro se había despertado siendo otra. Desde tres puertos le subían parientes en carro. Prisca lo había oído hablar una vez en la lonja, una tarde de temporal en que no salía nadie a la mar, y no había entendido la mitad, pero la mitad que entendió le duró en la boca una semana. Tenía la mandíbula cuadrada, los ojos claros y quietos, y un pelo rojo que se le iba retirando de la frente sin ponerse blanco.
—Usted es la de los responsos —dijo Dalmau—. Mi madre quería el suyo. El de las barcas.
Prisca notó que se le encendían las orejas. El de las barcas lo había compuesto para la viuda de un patrón de Calamar Viejo, y ahora se lo pedían hasta los que no habían tenido barca nunca. Últimamente metía en sus responsos cosas que oía por ahí, nombres de vientos, palabras de médico, el precio del aceite, y la gente se quedaba más rato junto a la caja.
—¿Y se lo cantaron?
—Se murió en el norte. Allí cantan otra cosa.
Sanjuán bajó el pañuelo, miró lo que la muela había dejado en la tela y volvió a subirlo.
—Yo esta noche no pego ojo —dijo—. Así que, si les parece, hablamos.
A Prisca le pareció. Ella no dormía en los velatorios por oficio: si se dormía, se le pasaba la hora del primer llanto.
Miró al rincón del horno por si había que contar con la cuarta. Era una mujer menuda, morena, envuelta a pesar del bochorno en un chaquetón de hombre con botones de hueso, la barbilla hundida en el cuello. Prisca la tomó por una de las plañideras de alquiler, que suben a medianoche, duermen donde las dejan y se ganan el jornal al amanecer, cuando hay que llorar fuerte para que se entere la calle. No le vio la cara. Tampoco se la buscó.
—¿Y qué le canto yo mañana a Morató? —preguntó—. Algo tendrá que decir el responso.
—Que debía cuatro cargas de teja al de la cal —dijo Sanjuán—. Y que no tenía hijos.
—Eso no se canta.
—Tenía el hígado duro como una piedra de afilar —dijo Dalmau—. Seis años se lo estuve palpando, y no sé si era buena persona. Para eso haría falta alguien que lo conociera, y esos casi nunca suben a los velatorios. Están en la mar, o en otra costa, o muertos también.
Prisca no supo si aquello era un reproche y decidió que no.
Dalmau se quedó mirando las plantas desnudas del muerto.
—Cuarenta años en los mismos zapatos y ahora los lleva otro. ¿Ha bajado usted alguna vez a las pozas cuando se retira el agua, señora?
—De niña.
—Pues baje un día. En el fondo hay caracolas, tapones de aceite, casquillos verdes, el dedal de alguien que cosía en una barca. Y dentro de casi todo, un ermitaño, uno de esos cangrejitos rojos que no tienen casa propia y van con la cola blanda metida en la de otro. El que hizo la caracola se murió hace años. El tapón lo hizo una máquina que ya no está en ninguna parte. Cuando dos quieren la misma concha se pelean, y el que gana saca al otro tirándole de la parte blanda.
—Pobrecillos.
Prisca pensó que el cangrejo, bien puesto en la tercera estrofa, le servía para el del jueves, el de la mujer del farero.
Dalmau alargó la mano y puso el índice en la planta del muerto, en el cerco claro de la suela. Prisca dio un respingo en su almohadón.
—Este ya se ha mudado —dijo—. A mí lo que me quita el sueño es cuántos vivían dentro mientras tanto.
—Ahí dentro vive el alma, doctor —dijo Prisca, con la voz de los responsos.
—Eso dicen ustedes. —Dalmau se echó hacia atrás en el taburete hasta apoyar la espalda en la pared encalada—. Yo tuve una en el acantilado que vivía de tres maneras.
—La de la poza —dijo Sanjuán—. Me acuerdo. Hubo pleito por el jergón.
—Gádor. —Dalmau asintió—. Me la subieron de la casa de recogidos de las dunas, la de la tía Remigia, que ya murió. Gente de noria por parte de padre; la madre, no se sabe. La tía Remigia me la describió el primer día con mucha caridad y ninguna esperanza. Que aprendió a contar hasta veinte a los once años y a los veinte seguía contando con los dedos. Que la pusieron a servir en tres casas y de las tres se la devolvieron por lenta. Que comía por dos y dormía por tres. Fuerte, eso sí. No pasó ni el sarampión. Partía una nuez con los dedos sin mirarla.
—Una buena moza —dijo Prisca, por decir algo.
—A los veintitrés años le dieron unas fiebres que Remigia llamó de nervios porque no tenía otro nombre a mano. Al salir de ellas empezó a despertarse de maneras distintas. La primera era la de siempre: lenta, devota, me llamaba don Ferrán con todas las letras y no sabía cuántas cucharas había en una mesa puesta. La segunda… —Dalmau buscó la palabra en el techo—. La segunda subastaba. Se subía a una caja en la lonja chica y cantaba el pescado a la baja más deprisa que nadie de la costa. Contaba de cuarenta a cero sin respirar, o casi. Decía tacos que la primera no había oído en su vida, se reía de los rezos, le hacía ojitos a los armadores viejos y les encendía la pipa con una lupa que llevaba colgada del cuello y que nadie sabía de dónde había sacado. A mí me llamaba Pelirrojo. La tercera rezaba mucho y veía cosas. A esa la tuve por buena dos meses, hasta que me di cuenta de que era la segunda burlándose de mí. En treinta años de oficio es lo que más me ha escocido.
—¿Y se acordaban unas de otras? —preguntó Sanjuán.
—Ninguna de ninguna. La primera volvía y retomaba la conversación donde la había dejado tres días antes, sin saber que habían pasado tres días. Y antes de cada cambio, siempre, lo mismo: se despertaba de noche sentada en el jergón, boqueando, con una mano en el cuello y los ojos muy abiertos, buscando el aire del cuarto. Le tomé el pulso cien veces en esas crisis. Lo tenía lento y entero, de buey. Le pegué la oreja al pecho y estaba limpio, sin un ruido. Lo anoté como ahogo nervioso.
Prisca se dio cuenta entonces de que la plañidera del rincón había sacado una mano del chaquetón. Tenía entre los dedos un tapón rojo de aceite, de los antiguos, y le daba vueltas despacio, sin mirarlo. Ya no tenía la cabeza tan hundida. Prisca no habría sabido decir en qué momento había dejado de respirar como respiran los que duermen.
—¿Y no fingía? —dijo Sanjuán—. Una moza lenta descubre que haciéndose la rara le dan cama en el acantilado…
—La vieron los del consejo de la lonja, que no son tontos y pagan el pescado. La pusieron a cantar una caja delante de ellos, en la segunda manera, y a la mañana siguiente, en la primera, no supo decir cuántos salmonetes había en la misma caja. Los contó con los dedos y se le acabaron los dedos. El consejo firmó que aquello no se podía fingir. —Dalmau se encogió de hombros—. Y si se podía, lo fingió mejor que nadie que yo haya visto. Total, que no dio tiempo a más. Una mañana la encontraron en la poza grande, la que queda debajo del faro sin luz, boca abajo, en un palmo de agua.
—Un palmo —repitió Prisca.
—Un palmo. Con las dos manos agarradas a la piedra del fondo. Tan agarradas que hubo que abrirle los dedos con una navaja de mariscar, uno por uno, y aun así se le quedaron dos uñas en la roca. Nadie la sujetaba. En la arena no había más pisadas que las suyas. —Dalmau extendió la mano sobre la mesa, cerca del pie del muerto, con los dedos abiertos—. En un palmo de agua no se ahoga nadie si no se agarra para no salir. Llega un momento en que el cuerpo tira hacia arriba aunque la cabeza no quiera, y ella no lo dejó subir. Nunca se supo por qué.
—Sí se supo —dijo la mujer del rincón.
Los tres se volvieron hacia el horno al mismo tiempo. La lámpara hizo un parpadeo y a Prisca le pareció, un instante, que el muerto también se había vuelto.
La mujer se incorporó en el taburete. Tenía la cara pequeña y curtida, de mucho sol de cubierta, y no era tan joven como el chaquetón hacía pensar.
—Perdonen. No quería meterme. Pero se supo. Lo que pasa es que nadie le preguntó a quien había que preguntar.
—¿La conoció usted? —dijo Dalmau.
—A Gádor. Y a Ona. A Ona aquí no la conoce nadie, ¿verdad?
Miró la lámpara de aceite que colgaba de la viga.
—Me queda lo que tarde eso en pedir aceite. Luego bajo al puerto, que salgo con los barcos de la teja. Si quieren, se lo cuento.
—Cuente —dijo Dalmau.
—Por favor —dijo Prisca, y se acomodó en su almohadón.
Sanjuán se cambió el pañuelo de mano.
—Me llamo Eulalia —dijo la mujer—. En la casa de la tía Remigia me decían Pulga.
La tía Remigia recogía lo que dejaba la marea. Así lo decía ella. Los hijos de los ahogados, los de las mujeres que se iban al norte detrás de un patrón y no volvían, los que amanecían en la puerta con una nota o sin nota. Llegamos a ser diecinueve en una casa de cuatro cuartos en las dunas. Comíamos de lo que sacábamos de la playa. Por la mañana, con la bajada, íbamos a las pozas a por tapones: los de aceite, los de bidón, los rojos sobre todo, porque el fundidor de Calamar Viejo los pagaba a dos el ciento y con ellos hacía botones que de lejos parecían de coral. Los azules no los quería nadie. Nunca supe por qué.
Gádor ya estaba en la casa cuando me trajeron a mí. Ona llegó después, con nueve años, con un vestido de mujer cortado a tijera por la cintura y una lupa colgada del cuello con un cordón de cáñamo. Era hija de una voz de lonja de Puerto Hondo. ¿Saben lo que es? Las que cantan la subasta a la baja. Se suben a un taburete alto delante de la caja y empiezan por arriba, cuarenta, treinta y nueve, treinta y ocho, cada vez más deprisa, hasta que un armador grita «mía» y se la lleva al precio en que ha parado la cuenta. Las buenas no respiran en toda una caja. La madre de Ona era de las buenas, hasta que dejó de poder dormir tumbada. Se murió sentada en una silla, de cara a la ventana, con la boca abierta. Del padre, Ona decía que era un armador de tres barcos y que vendría a buscarla un día con las velas enceradas. No vino nadie.
Ona era pequeña y morena y lo miraba todo como si se lo fuera a comprar. Hablaba deprisa. Lo que quería lo quería ya. A los dos días de llegar ya me mandaba: que le buscara sombra, que le anudara el cordón de la lupa, que me tirara de cabeza desde la barca volcada para ver si me atrevía. Y yo buscaba, y anudaba, y me tiraba. Ella lo sabía y no se molestaba en agradecerlo.
Íbamos a las pozas los tres. Gádor también, porque Gádor iba siempre detrás de Ona. Gádor y yo sacábamos los tapones y Ona los limpiaba, que era su manera de decir que los miraba. Muchos venían ocupados. Sacabas un tapón rojo del agua y dentro había un ermitaño agarrado con todas las patas, y no había manera: si tirabas, se partía por la mitad y te quedabas con la cola blanda entre los dedos y el resto dentro, pudriéndose. Gádor no se complicaba. O tiraba, o apretaba el tapón entre el pulgar y el índice hasta que crujía, y a otra cosa. Luego el fundidor se quejaba de que le llevábamos tapones abollados y nos los pagaba a uno.
Ona tenía su método. Ponía el tapón boca arriba en una piedra seca, se sacaba la lupa del cuello y buscaba el sol. El punto de luz se quedaba quieto encima del plástico, blanco, tan pequeño que dolía mirarlo. No tardaba. Primero el ermitaño sacaba las patas. Luego los ojos, en la punta de sus palitos. Y al final salía de golpe, entero, desnudo, retorciéndose en la piedra caliente con la cola al aire, y Ona lo empujaba hasta el agua con una ramita, sin prisa.
«¿Ves? No hay que romper nada», me decía. «Basta con calentarle la casa».
Y el tapón nos lo pagaban a dos.
Ona se subía después a la barca volcada que había en la orilla, la de la quilla podrida, y nos cantaba la subasta como su madre, con los brazos abiertos, a la baja, sin respirar. Entre caja y caja nos contaba lo que iba a ser. «Seré la voz grande de Puerto Hondo. La de la lonja nueva, la del techo de chapa. Los armadores me pedirán por mi nombre, y cuando yo pare la cuenta se callarán todos. Me pagarán en zapatos. Tendré un par para cada día y no volveré a pisar arena. A ti, Pulga, te compraré una barca, para que no tengas que irte a la teja. A Gádor la pondría a llevarme las cajas, pero se le caerían. Mírale las manos. Parecen dos piedras de molino».
Gádor se ponía roja hasta el cuello.
«Gádor, ¿cuánto es siete y cinco?».
Y Gádor empezaba a contar con los dedos, despacio, moviendo los labios, y cuando se le acababan los dedos se miraba los pies, y los demás se reían, y Ona la que más. Gádor tardó años en aprender a contestar, y cuando aprendió no fue con la boca. Se metía en la poza grande, se agarraba a la roca del fondo y se quedaba allí debajo mientras nosotros contábamos, y contábamos, y llegábamos a cincuenta, a sesenta, y alguno se asustaba y bajaba a sacarla, y entonces salía sola, chorreando, se apartaba el pelo de la cara y miraba a Ona.
«Tú no aguantas ni a contar diez».
Era verdad. Ona tenía once años cuando le dio la fiebre que anda. Se le hinchó una rodilla, roja y caliente, y cuando se le deshinchó se le hinchó la otra, y luego un codo, y luego un tobillo, como si la fiebre se cambiara de sitio buscando dónde estar más a gusto. Duró un invierno. Remigia dijo que se había curado. Pero desde entonces, si corría por la arena, a los veinte pasos se paraba con la boca abierta, y por las noches le costaba más que a nadie coger el sueño. Gádor no había estado mala un solo día. Ni piojos. En aquella casa tuvimos piojos todos menos Gádor. Ona le tenía envidia del pecho, y Gádor lo olió sin que nadie se lo dijera, y le daba ahí, sin abrir la boca, metiéndose en el agua.
Lo de la cuenta lo descubrió Ona por casualidad, el verano que cumplió doce. Le estaba enseñando a Gádor los números para reírse de ella. Se le sentó delante en la arena y le cantó la cuenta a la baja muy despacio, de cuarenta para abajo, con la voz de la lonja, la que sube y baja. A la altura del treinta Gádor se quedó quieta. Se le pararon los ojos. Ona siguió, por ver, y Gádor empezó a repetir los números detrás de ella, con la misma voz de subir y bajar, ella que no sabía cantar ni una nana.
Ona me llevó detrás del secadero de redes con los ojos encendidos.
«Pulga, la tengo».
«¿Qué tienes?».
«A Gádor. Le he dicho que mañana, cuando icen la bandera de mediodía en la lonja chica, se suba a la barca volcada y se venda a la baja. Y me ha dicho que sí. Con mi voz, Pulga. Me ha dicho que sí con mi voz».
«No lo hará».
«Ya veremos».
Se lo contamos a todos. Al día siguiente, cuando izaron la bandera en la lonja chica, estábamos los diecinueve en la orilla, y algunos pescadores que remendaban redes. Gádor vino por la arena, se subió a la quilla podrida, abrió los brazos como los abría Ona y empezó.
«Una moza de noria. Buena de manos. Come poco. Cuarenta. Treinta y nueve. Treinta y ocho».
Con la voz de Ona. No una voz parecida. La de Ona.
Nos reíamos tanto que nos dolía la tripa. Los pescadores también, y uno se acercó a la barca y le preguntó cuánto pesaba la moza, y Gádor siguió bajando, treinta, veintinueve, sin hacerle caso, cada vez más deprisa, como las buenas. Nadie dijo «mía». Llegó al diez, al cinco, al uno.
«Cero», dijo. «Sin postor».
Entonces parpadeó. Se miró los pies sobre la madera. Miró la orilla llena de gente riéndose y se llevó la mano a la frente.
«¿Qué hago aquí?».
«¡Venderte!», le gritaban los pequeños. «¡Y no te ha querido nadie!».
Ona daba saltos en la arena alrededor de la barca. «¡He sido yo! ¡Te lo he mandado yo!».
Gádor se bajó de la quilla despacio. Se acercó a Ona sin correr, que era peor que si hubiera corrido. Ona se escondió detrás de mí.
«Pulga, que me mata».
«Has sido tú», dijo Gádor. «Me acuerdo un poco».
«Era una broma, Gádor. Una broma».
«La próxima vez te meto en la poza y te aguanto».
Lo dijo flojito. Luego cogió su cesto y se fue a las pozas, y aquella tarde sacó ella sola más tapones que todos nosotros juntos. Rojos. No abolló ni uno.
Que yo sepa, aquello no se repitió. Ona estuvo unos días sin subirse a la barca. Y Gádor, desde aquel verano, iba detrás de ella a dos pasos, con las manos colgando, a todas partes, también al retrete. Nadie le preguntó nunca por qué.
A los trece me colocaron de grumete en los barcos de la teja y ya solo volvía a la casa por las fiestas de las barcas. A Ona nadie le hizo caso con lo de la lonja grande, pero la voz se le iba poniendo bonita, y la tía Remigia acabó por mandarla a Puerto Hondo con una voz vieja que buscaba a quién dejarle el taburete. En aquellas fiestas, Remigia me contó que la oía cantar de noche desde la cocina, cajas que no existían, y que ella contaba a la vez, bajito, por ver dónde se paraba. Antes llegaba al veinte. Ahora se paraba en el treinta y tantos. Me lo dijo con la cuchara del puchero en la mano, sin mirarme.
Al año siguiente los barcos me llevaron a la costa del sur y estuve seis años sin volver. De Ona no supe nada en todo ese tiempo.
Cuando volví, desembarqué en Puerto Hondo de casualidad, por una avería del timón. Entré en la lonja nueva por ver el techo de chapa del que tanto había hablado Ona, y allí estaba. En lo alto del taburete, delante de una caja de salmonetes, con un pañuelo verde en el pelo y los brazos abiertos, cantando a la baja. La reconocí por la voz antes que por la cara. Cuarenta y dos, cuarenta y uno, cuarenta. Todos los armadores callados, mirándola. Y en el treinta y cuatro se paró. Se paró a respirar, con la boca abierta, una vez, dos. Y los armadores esperaron. Nadie se rió. Luego me enteré de que aquello tenía nombre en la lonja nueva: le decían la pausa de Ona, y era cuando más se pujaba.
Fui a buscarla al cuarto de atrás, donde se cambiaban las voces.
«¡Pulga!». Me cogió las dos manos. «Diecisiete armadores. Los he contado. Diecisiete, y ni uno abría la boca».
Le dije que venía del sur, de la teja. No me oyó.
Mientras hablaba entró un armador, mayor, con una chaqueta de paño de las de antes, de las que ya no teje nadie. Me miró de arriba abajo y Ona le dijo que yo era de la casa de las dunas, de cuando era pequeña. El hombre se arrodilló delante de ella sin decir nada, le quitó los zapatos que llevaba y le puso otros que traía envueltos en un trapo. Eran de cuero, de suela entera, y medio número más grandes que los viejos. Ona se rió.
«Me crecen los pies de tanto éxito».
Cuando el armador se fue la ayudé a atárselos, y al apretarle el tobillo sin querer se me quedó el dedo marcado en la carne. Un hoyo blanco. Tardó en irse. Ona no lo vio, o hizo que no lo veía. Tenía las mejillas de un color de ciruela que yo tomé por colorete.
Prisca vio que Dalmau había dejado de frotarse la mandíbula. No dijo nada. La mujer siguió.
Al salir, desde el pasillo, la oí toser. Una tos mojada, larga. Me volví y estaba escupiendo en un pañuelo algo rosado, con espuma. Su madre se murió así. Me lo había contado ella misma en la barca volcada, entre caja y caja, como quien cuenta lo que le pasó a una vecina.
La siguiente vez fue en la casa de las dunas, el otoño de después. Ya no cantaba. Primero se le puso la voz ronca, una ronquera rara, sin catarro, que no se le iba con nada, y después le faltó el aire para la cuenta entera, y luego para media. En Puerto Hondo pusieron a otra en el taburete. El armador mandó un carro de naranjas al principio. Después no mandó nada.
La tenían en la terraza, de cara al mar, en una silla con tres almohadas detrás. Tumbada se ahogaba, así que dormía sentada, de noche y de día, como su madre, y se despertaba dos o tres veces cada noche boqueando. Tenía los labios morados y las mejillas de ciruela, y unos pies que ya no le entraban en ningún zapato. Los de cuero los tenía en el suelo, al lado de la silla, para verlos.
Me recibió con una alegría que me dio miedo. Me hizo sentar en el suelo, a su lado, y me puso a contar en voz alta mientras ella cantaba una caja que no había, para saber dónde se paraba.
Se paró en el treinta y uno.
«Ayer en el treinta. ¿Lo ves? Uno más. Para la costera del bonito estoy otra vez en el taburete, Pulga. La de la lonja de Calamar estuvo un invierno entero sin voz y volvió, y canta mejor que antes. Esto es cuestión de no dejarse. Yo no me dejo».
Se incorporó para decírmelo más cerca, y le dio la tos, y la tos la dobló sobre las rodillas. Tardó en poder hablar. Se limpió con el pañuelo y lo dobló para que yo no viera lo que había dentro.
«Esto no es nada. Es el levante».
En eso salió Gádor de la casa con una palangana de agua tibia y un paño para refrescarle la cara. Le colocó bien las almohadas. Le pasó el paño por la frente, por el cuello. Lo hacía bien, con cuidado. Y mientras lo hacía le miraba el pecho. Le miraba subir y bajar el pecho, deprisa, poco, y movía los labios. Contaba.
Ona también lo vio. Le dio un manotazo a la palangana y el agua nos mojó a las tres.
«¿Lo has visto? Me cuenta. Me cuenta a mí, ella, que no llega a doce sin los pies. Mírala, Pulga. No ha tosido en su vida. Ni piojos tuvo. Ese pecho le va a durar ochenta años y no va a cantar ni una caja con él».
Gádor recogió la palangana del suelo.
«Se te ha enfriado el agua», dijo. «Voy por más».
«Siéntate».
«Tengo que fregar».
«Siéntate, Gádor. Aquí. Respira conmigo».
Y empezó a cantarle la cuenta, flojito, con lo que le quedaba de voz, ronca, a la baja, cuarenta, treinta y nueve, marcando cada número con un golpe de aire. Gádor se sentó en el suelo delante de la silla, con la palangana vacía en el regazo. A la altura del treinta y cinco se le pararon los ojos. Y empezó a respirar como Ona. Corto, deprisa, con la boca abierta y los hombros subiendo, aquel pecho tan grande tragando aire a sorbos sin que le hiciera ninguna falta.
Ona se reía y se ahogaba, las dos cosas a la vez.
«Mírala. Se ahoga de prestado. Ya. Vete a fregar».
Gádor se levantó despacio y se metió en la casa. Desde la terraza la seguimos oyendo respirar así, corto, por el pasillo y luego en la cocina, entre el ruido de los cacharros, un rato largo. Después ya no.
Ona se murió aquel invierno, con los barcos de la teja en el sur y yo en ellos. Me lo contó la tía Remigia cuando volví, medio año después. Que no dejó que la tumbaran ni al final. Que se agarraba a los brazos de la silla. Que estuvo la última noche entera contando a la baja, en un hilo de voz, despacio, sin postor, y que no llegó al cero. Se quedó en el uno. Remigia estuvo esperando el cero toda la noche con la lámpara encendida, y no llegó.
Y luego, sin cambiar de voz, me habló de Gádor. Gádor había estado mala después del entierro, con unas fiebres de nervios, y al salir de ellas había ido a pedir el taburete de la lonja chica. Y se lo habían dado.
«¿A Gádor?».
«A Gádor. A la que contaba con los pies».
Me fui a la lonja chica sin soltar el hatillo. Y allí estaba, en lo alto del taburete, delante de una caja de jureles, con los brazos abiertos, cantando a la baja limpio, deprisa, como las buenas. Me quedé en la puerta. Y en el treinta y cuatro se paró a respirar. Ella, que aguantaba en la poza hasta que la sacábamos de los pelos. Abrió la boca, una vez, dos, en el treinta y cuatro. Los de la lonja chica no sabían por qué. En Puerto Hondo lo habrían sabido.
Llevaba puestos los zapatos de cuero. Gádor tenía los pies como dos palas, y aquellos zapatos eran de Ona, y ella los llevaba igual, a la fuerza, con el talón fuera y la trasera pisada, de chancleta. Por detrás, en los dos talones, tenía la carne en vivo.
Me vio desde arriba cuando cerraron la caja, se bajó del taburete y vino derecha hacia mí, taconeando sobre el contrafuerte aplastado.
«¡Pulga!».
Gádor no me había llamado Pulga en su vida. Para ella yo era Eulalia, entera, como me llamaba la tía Remigia cuando me reñía.
«Te has quedado blanca. Ni que hubieras visto un ahogado». Se rió con la cabeza echada hacia atrás, una cosa que Gádor no hacía. «¿Tú también me tenías por burra? Imito muy bien, ¿sabes? A cualquiera. ¿Quieres que te haga a la tía Remigia?».
Y me la hizo. Igual.
Luego sacó del delantal una lupa colgada de un cordón de cáñamo. Uno de los pescadores viejos le tendió la pipa, porque por lo visto era costumbre, y ella buscó el sol que entraba por la puerta de la lonja, puso el punto blanco sobre el tabaco y se la encendió sin mirarla. A mí sí me miraba.
«Tú no aguantas ni a contar diez», dijo, con una voz lenta, gorda, que tardé en reconocer.
Era la de Gádor.
Se rió otra vez y se fue hacia los muelles antes de que yo pudiera decirle nada, taconeando, dejando en las tablas, cada dos pasos, una mancha pequeña.
La encontré dos días después, al amanecer, en las pozas. Estaba sentada en la roca de la grande, con los pies dentro del agua, mirándose los talones. Me oyó llegar y tardó en volverse. Cuando se volvió tenía los ojos como siempre los había tenido, lentos, de agua de aljibe.
«Eulalia», dijo. «Mira».
Sacó un pie del agua y me enseñó el talón, abierto.
«Yo no me pongo zapatos. Nunca me he puesto. Tú lo sabes».
«Ya lo sé».
«Me faltan días, Eulalia. Me despierto en la lonja con la boca seca de gritar números. Me despierto con arena de playas donde no he estado. Tres días se me fueron la semana pasada, tres enteros, y nadie me los quiere decir». Miró a los lados, a la orilla, a la casa de las dunas allá arriba, y bajó la voz. «Es Ona. Viene por las noches. Se me sienta dentro y a mí me deja en un rincón, como a una visita. Ya ni el sitio de dormir me deja».
Le olía el aliento a cebolla cruda. Le pregunté si había ido a ver a alguien, a un médico, al acantilado. No me contestó. Se quedó mirando el agua de la poza, que con la bajada no cubría más que un palmo, y en el fondo se movían despacio los tapones con sus ermitaños dentro.
«Mira», dijo otra vez.
Se dejó caer de bruces en la poza, se agarró a la roca del fondo con las dos manos y se quedó quieta, con la cara en el agua y el pelo flotando.
Conté. Como de pequeñas. Llegué a cincuenta, a sesenta. Al setenta y tantos me metí en el agua y la cogí del pelo con las dos manos y tiré. No se movió. Tiré con el cuerpo entero, de espaldas, con los pies contra la roca, y no se movió. Salió cuando quiso, de golpe, sola, y se apartó el pelo de la cara.
«¿Ves?», dijo. «Ella no aguanta nada».
Al día siguiente me embarqué. Estuve tres años en la costa del sur, con la teja, sin bajar a tierra más que para cargar. Cuando volví, Gádor llevaba dos inviernos enterrada y la tía Remigia ya no conocía a nadie. Lo de la poza grande me lo ha contado esta noche el doctor. Lo de las tres maneras, también. Lo de las uñas no lo sabía.
La lámpara de la viga chisporroteó. Quedaba en el fondo del vaso un dedo de aceite negro.
La mujer se puso de pie y se abrochó el chaquetón hasta arriba, botón por botón, aunque fuera seguía el bochorno.
—¿Y qué quiere usted decir con todo eso? —preguntó Sanjuán.
—Eso no puede ser —dijo Prisca, aunque nadie le había preguntado a ella—. Los que se mueren se van.
Dalmau no dijo nada durante un rato. Miraba a la mujer. Luego habló muy bajo, sin dirigirse a nadie.
—La otra. Ona. ¿Se despertaba con la mano en el cuello?
—Siempre —dijo Eulalia—. Desde los quince años.
Dalmau no preguntó nada más.
La mujer sacó el tapón rojo del bolsillo y lo dejó en la mesa, junto al pie de Morató, sin explicar por qué. Fue hasta la puerta de la terraza. Con la mano ya en la hoja se volvió hacia Sanjuán.
—Tres noches, dice usted —le dijo—. Gádor aguantó año y medio.
Empujó la puerta y bajó por la escalera de la terraza, hacia la playa. Prisca la oyó bajar los primeros escalones y luego ya no la oyó.
Se quedaron los tres. La lámpara se apagó sola al cabo de un rato y nadie se levantó a llenarla, porque ya entraba por la puerta abierta una luz gris, y con ella el olor de las pozas cuando se quedan sin agua. Abajo, en las rocas, se oía a los primeros mariscadores.
Detrás de la cortina, el sobrino de la cuñada se dio la vuelta en el colchón y la paja crujió.
Sanjuán miró la luz de la puerta. Luego se quitó el pañuelo de la mejilla y lo dobló.
—Una —dijo.
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Tres mil vueltas · Del que no humea · Mitad y mitad
Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 6
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.