Se ajusta el cuello de la camisa dos veces, aunque no hay nadie que vaya a juzgarlo, y busca su propio gesto en el vidrio ahumado. Las mangas remendadas con hilo de otro color lo dicen todo.
Se ajustó el cuello de la camisa dos veces, aunque no había nadie enfrente que fuera a juzgarlo, y las dos veces buscó su propio gesto en el panel de vidrio ahumado que colgaba tras la barra, no en la sala. Tenía las mangas remendadas a la altura del codo con un hilo de otro color, y a la manga derecha, cosida hacía tanto que ya no se distinguía de un remiendo cualquiera, una tira de paño oscuro que nadie hubiera mirado dos veces.
En el rincón más alejado del local, un hombre de traje bien cortado comía pescado con cuchillo, despacio, cortando cada trozo con una atención que no correspondía a la escasez del pescado en aquella costa. Cada vez que levantaba el tenedor, el candil de sebo hacía saltar una chispa verde en el anillo que llevaba en el meñique. Llevaba un rato observando al viejo de la mesa del centro con la misma atención que ponía en el pescado.
Dámaso Ripoll no tenía dinero ni para el pescado ni para nada de lo que se servía en el Casino del Muelle, y sin embargo llevaba tres noches sentado a la misma mesa, con el mismo tablero cojo delante, esperando que alguien con hambre de compañía le ofreciera una partida por un cuarto. Vivía de eso, y de las etiquetas que pegaba de día en los frascos de la farmacia de las Hermanas del Socorro: un cuarto la partida, medio cuarto cada cien etiquetas. El panel de vidrio de la barra era, decían, el único que había quedado entero en toda la comarca después del Vidrio, y por eso nadie lo tocaba: cualquier roce, según Tomás el camarero, podía agrietarlo entero.
El hombre del anillo se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y cruzó el local casi vacío. Se inclinó ante Dámaso con una cortesía que sobraba en aquel sitio.
—¿Le apetece al caballero una partida? Digamos… un cuarto la partida.
Dámaso ya estaba llamando al camarero antes de que el otro terminara la frase.
—¡Tomás, el tablero!
Tomás lo dejó sobre la mesa sin decir más que «ahí lo tiene», y volvió a la barra a rellenar candiles.
—Si no me equivoco, tengo el honor de hablar con el maestro Ripoll —dijo el hombre, ajustándose unos quevedos que no le hacían ninguna falta.
—Dámaso… sí. Dámaso Ripoll —confirmó él, distraído, porque no apartaba los ojos del anillo, que de cerca parecía tragarse toda la luz que quedaba en la sala.
Colocó las piezas él mismo, sujetó con saliva la cabeza floja de un caballo y sustituyó una torre perdida por un botón de hueso, todo en un instante, como quien ha hecho ese gesto mil veces sin testigos. Desde la tercera jugada, el hombre se quitó los quevedos y se sumió en una concentración que no correspondía a un juego de aficionados. Dámaso, mientras tanto, observaba de reojo a la única otra clienta del local: una mujer entrada en carnes que sostenía, muy erguida en el sofá del fondo, un plato de miga de pan endulzada con sacarina, como si aquel plato fuera lo último bueno que le quedaba en el mundo.
—Me rindo —dijo por fin el hombre, y apartó las piezas.
Sacó de la chaqueta una placa de latón grabada y se la tendió.
—Baltasar Roures. Empresario de curiosidades.
Dámaso leyó la placa dos veces sin entender nada.
—¿Curiosidades?
—¿Seguimos jugando, o hablamos primero de algo más rentable?
—Tengo entendido —siguió Roures, sin esperar respuesta, y llamó a Tomás con un gesto para que trajera vino— que un hombre de su fama en las lenguas vive ahora pegando etiquetas.
—También reparto agua bendecida los domingos. De algo hay que comer.
—¿No sería mejor emplear lo que sabe? De intérprete, por ejemplo, en algún puesto de canje de la Franja.
—Domino el habla de los pueblos hundidos de poniente, las señas de los silenciosos del Alto y dos docenas de jergas de trueque de antes del Vidrio. Lamentablemente, con ninguno de esos pueblos estamos en guerra.
—Más le hubiera convenido aprender la lengua de los del norte.
—Entonces la guerra habría sido con los hundidos, no con los del norte.
—Como usted vea…
—No hay nada que ver, mi querido señor. Así de mal repartida está la suerte.
—Yo, en su lugar, habría probado con alguna hoja de las que reparten las recuas: un relato de la guerra, bien sentido.
—Lo probé. Escribí crónicas que solo contaban lo que había visto, sin una palabra de más. Me las devolvieron: dijeron que el frente pedía sangre, no cuentas exactas.
Roures bebió antes de seguir.
—¿Y de la ciencia, no ha sacado nada?
—De la ciencia hice un templado nuevo para el hierro recuperado. Un herrero al que se lo enseñé me convenció de no registrarlo. Después lo registró él.
—¡Con eso tendría que haberse hecho rico!
—Siguiendo su consejo, inventé un altar plegable para los predicadores itinerantes del Alto. Se plegó solo, delante de todos, en mitad de una boda. Me dieron tres jornadas de cepo por blasfemia.
—Siga, siga, esto es de lo más interesante.
—Escribí un tratado sobre cómo pronunciaban los antiguos del cabo el nombre de su isla, según la forma del paladar de sus cráneos. Lo presenté a la Cofradía de la Memoria, que reparte una beca cada año. El patrono me dijo que ese año ahorraba todo para la reconciliación entre el Alto y la Franja. Cuando estalló la guerra entre ambos, me dijo que ahorraba para ganarla. Ahora que la guerra ha terminado, ahorra para reconstruir lo que la guerra destruyó.
—¿Y cómo no se ha pegado un tiro, con tanto sinsabor? —lo dijo Roures casi con ternura.
—¿Un tiro? ¿Para ganar dinero?
—No, no quise decir eso. Quise decir que admiro que no haya perdido el ánimo de…
Algo se cerró en la cara de Dámaso. Sus dedos, que hasta entonces habían tamborileado sobre la mesa, se quedaron quietos.
—Ya sé quién es usted. Agente de la Compañía del Ocaso. Media vida temiéndome tropezar con uno. No diga nada: usted quiere que me asegure y me muera de forma que parezca accidente, para que mi hija cobre y no se muera de hambre conmigo. Ustedes lo saben todo: cuántos cuartos hay en cada bolsillo de esta calle, quién va a parir, quién va a enterrar esta semana. Llevan la cuenta de todos, y luego, si el muerto se lo puso fácil, van y dicen que fue suicidio, que no hay que pagar nada. ¿Cree que no veo cómo se le transparentan las manos a mi hija? ¿Cómo le suenan ya los bronquios de noche, que ni tose, solo silba? Si yo fuera de su calaña ya lo habría hecho hace tiempo. Pero sé cómo acaba esto: el dinero no llega nunca, y después…
Se calló. Cerró el puño con más fuerza sobre la mesa, y Roures, que había levantado las manos para interrumpirlo, no llegó a decir nada.
—Voy a tener que pensar en otra salida —musitó Dámaso, más para sí que para el otro—. Está lo del Vidrio.
—¡El Vidrio! —Roures se olvidó al instante del asunto anterior—. De eso precisamente quería hablarle. Tengo entendido que usted escribió algo sobre el tema.
Dámaso recuperó de golpe el tono de cátedra.
—El Vidrio produce, en quien duerme cerca más de tres jornadas seguidas, deformaciones que ningún médico de antes hubiera sabido explicar. Yo fui el primero en probar que el agente no está en el aire de la zona, como se cree, sino en el propio cristal fundido, y me ofrezco a demostrarlo con mi cuerpo: en tres meses, las manos tendrían el tamaño de una pala de horno; las orejas, la boca de un cántaro; los pies, en cambio, no pasarían nunca de la anchura de un palmo. De las rodillas no puedo garantizar nada, aunque mis cálculos permiten esperar…
—¡Con eso me basta! ¡Es usted mi hombre! —Roures no lo dejó terminar—. Resumiendo: ¿aceptaría el experimento a cambio de quinientas libras de plata de entrada y una renta después?
A Dámaso se le fue la cabeza. Quinientas libras. Durante un instante se vio convertido en una bestia de trompa larga, y oyó, como si ya estuviera ocurriendo, la voz ronca de un pregonero llamando a la gente a ver «al monstruo más grande del siglo, dos cuartos la entrada». Pero enseguida vio a su hija, sana, vestida de blanco, arrodillada ante un altar con dos velas, y a sí mismo escondido tras una columna para no espantar al novio con su cara nueva. No importaba. Lo único que importaba era que ella viviera, y fuera feliz, y no volviera a temblar de fiebre por las noches.
—¡Estimado maestro, no desprecie su propia suerte! Toda su vida se ha equivocado, ¿y por qué? Por llenarse la cabeza de estudio. Mire, yo nunca estudié nada, y aquí me tiene. El hombre tiene que ser sumiso y algo tonto: así la naturaleza le toma cariño. ¿Ha visto usted alguna vez a un tonto irle mal del todo? En mi compañía hay gente de las mejores familias. Ahí tengo, por ejemplo, a un anciano nacido sin piernas, al que presento como el último superviviente de un monasterio que se hundió con sus cien monjes dentro. La verdad es que nunca salió del mercado de su pueblo, pero eso no se lo cuento a nadie.
—Está bien. Pero dígame, ¿cómo piensa exhibirme mientras me van creciendo las orejas?
—Sencillísimo. Lo paso por el puesto de canje con papeles falsos, hasta la Franja. Allí lo meto en una jaula: usted brama cada tanto y come culebras vivas, que suena peor de lo que es. Por la noche, función de gala: mi ayudante cuenta que lo enlazó entre las ruinas del Alto con sus propias manos. Y en el cartel, bien grande: «El único sabio hundido que se trae vivo a la Franja». Un socio mío, que hace versos por encargo, le pone el resto del texto.
—¿Y si mientras tanto termina la guerra entre la Franja y el Alto? Con mi suerte…
—No se apure, maestro. El día en que alguien de la Franja deje de creer lo peor de los del Alto no ha de llegar nunca. Aunque pasen cien años.
Un estrépito de vidrios rotos cortó la conversación: era Tomás, empezando el turno de la noche con su torpeza de siempre. Dámaso miró alrededor, sobresaltado. La mujer del plato de miga había desaparecido, y en su lugar, en el mismo sofá, un viejo crítico de teatro que nadie había visto entrar mojaba el dedo en la lengua para recoger migas del mantel.
Dámaso se dio cuenta, con un vértigo que no supo nombrar, de que llevaba toda la noche sentado de espaldas a la sala, como hacía siempre para no ver comer a los otros, y de que cuanto había visto le había llegado por el panel de vidrio ahumado que tenía enfrente. Ahí seguía Roures, en efecto —comiendo pescado, de verdad, con cuchillo—, pero en el rincón más lejano del local, y no en la silla que Dámaso tenía delante, que estaba, y llevaba así toda la noche, completamente vacía.
«¿Cómo he llegado hasta el Casino?», pensó, y no consiguió recordarlo. Se dijo que sería el hambre, y la envidia de ver comer al otro; que el yo se desdobla a veces, sin permiso, y arma diálogos con lo que uno querría oír. No estaba seguro de creérselo del todo, pero era mejor esa explicación que ninguna.
Un grito de alegría le rompió el pensamiento:
—¡Pero si he ganado un cuarto jugando al ajedrez! ¡Un cuarto entero! Ahora sí, ahora mi niña…
Buscó en todos los bolsillos con las manos temblando.
Entonces vio la tira de tela negra cosida a la manga, y la certeza, entera y sin grieta, le entró de golpe: su hija había muerto la noche anterior. La habían enterrado esa misma tarde, deprisa, porque llovía. Después había estado horas caminando por las calles bajas, contando sus propios pasos del uno al cien y otra vez del uno al cien, para no llegar, sin querer, hasta el cuarto donde ella se le había muerto encima.
Un pensamiento absurdo le cruzó la cabeza de médico frustrado que nunca había sido: «Tendría que haberle pasado mi sangre, toda, por una aguja, antes de que…». Lo repitió dos veces, como una fórmula, hasta que otra idea lo sacó de golpe de esa: no podía dejarla sola bajo la lluvia. Quiso ser un grito y solo le salió un sollozo corto.
—Rosas. Pidió rosas al final, y ahora que he ganado el cuarto…
Volvió a rebuscar en los bolsillos vacíos y salió corriendo, sin el sombrero, detrás de aquello.
A la mañana siguiente lo encontraron sobre la tierra recién removida, con las manos hundidas hasta la muñeca. Se había abierto las venas de forma que la sangre bajara hasta donde estaba ella. Tenía en la cara una paz que ninguna esperanza había conseguido antes.
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Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 8
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.