La cría — Herencia, cenizas y silencio: la pila de agua con los capullos y las manos negras de ceniza
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Las crisálidas ahogadas suenan como grava fina cuando el chico las remueve con la paleta. Quedan dos arrobas de capullo por asfixiar y tiene las manos negras hasta media muñeca.

Las crisálidas ahogadas sonaban como grava fina cuando el chico las removía con la paleta. Sacó un puñado, sopló para quitarles la ceniza y lo volcó en el capacho de las gallinas. Olía a hueso quemado. Quedaban dos arrobas de capullo por asfixiar y el chico tenía las manos negras hasta media muñeca.

Bardal pasó por detrás sin asomarse.

En dos años no había bajado a los andanes. Los sábados le subían la cuenta escrita con la letra apretada del mandadero y él ponía debajo sus dos letras. Aquella tarde firmó el reparto de hoja y escuchó la queja sin levantarse: los de la fila baja pedían rebaja porque el morero de la vuelta se había secado y tenían que ir a por hoja tres veces al día, media jornada de paso perdido. Que lo pidieran por escrito, dijo. En la fila baja no escribía nadie.

Subió cuando empezó a irse la luz.

El cuarto de arriba estaba vacío salvo la banqueta y el hierro fino colgado de su clavo. En el muro, a la altura de un hombre arrodillado, había una boca de latón del tamaño de un puño con su tapa de rosca. Nadie recordaba para qué se había puesto. Bardal la había encontrado once meses antes, buscando por dónde entraba la humedad. Desde entonces subía al anochecer con el candil y dejaba el pestillo sin correr, porque a esa hora no subía nadie. Desenroscaba la tapa, raspaba el borde con el hierro cuando se cargaba de hollín y ponía la oreja.

El caño traía voces de otra parte. De la casa no: la casa la conocía por los suelos, el arrastre de los capachos, la tos del horno, el chico. Lo del caño venía de más abajo y de más lejos, gente que no sabía que se la oía.

Eran cuatro o cinco. Una vieja que contaba cucharas en voz alta todas las noches y siempre le faltaba una. Un hombre que tosía, escupía y no hablaba. Sila. Torcaz.

En once meses no había bajado nunca a mirar quién tosía.

Se quedaba hasta que dejaban de hablar, a veces una hora, con la rodilla derecha hecha un nudo. Una vez subió con una manzana, dejó la mitad en el suelo y a la semana seguía allí, dura, y la tiró por la ventana. Había aprendido a separar las voces de las cosas. Las manos de Sila con un cordel. La vieja, que arrastraba los pies aunque estuviera sentada.

Esa noche habló primero ella, deprisa, como quien llega de la calle y no se ha quitado nada.

Torcaz entró después. Traía las manos comidas de la cal y ella quiso untárselas y él las apartó. No había ido a eso.

Repasaron el plan dos veces, sin subir la voz. Bardal se sentó mejor en la banqueta. Era gente de secadero, se les notaba en lo que daban por sabido: hablaban de los días del ahogado, cuando la casa entera huele de tal manera que se puede quemar ropa en el patio y nadie pregunta. Un hombre solo, arriba. No baja nunca. El chico se marcha en cuanto acaba con las crisálidas y después no queda ni el chico. Se entra por el secadero, no por el portón, y en la escalera de mano hay un travesaño partido que hay que saltar. En el pasillo no se habla, la pared lleva la voz. Arriba hay una sola puerta con pestillo y el pestillo va duro desde siempre, pero esa semana corría solo.

Torcaz dijo que lo llevaba encima desde el mediodía y que ya no le pesaba.

No se les olvidaba nada. Dónde estar después, qué decir si preguntaban, qué hacer si el otro no estaba solo, en qué orden salir. A Bardal le pareció bien hecho. Se preguntó de qué casa hablaban y decidió que de una casa con secadero, que las había a docenas en el llano, todas iguales, todas con su hombre arriba.

Sila dijo una cosa en voz muy baja y él no la cogió entera.

Abajo cerraron una puerta.

Se separaron sin despedirse. Ella salió por delante, a que la vieran en la fila baja repartiendo hoja, y contó hasta cien antes de mirar atrás. Él tomó el sendero de las cenizas, por detrás del morero seco, pisando donde no queda huella. La cancela del secadero cedió sin ruido. En el patio había humo del horno. La escalera de mano tenía el travesaño partido y lo saltó sin tocarlo. Pasó dos puertas cerradas sin tocarlas. Al fondo, la raya de luz de un candil de sebo por debajo de la madera, y el pestillo que cedió solo.

El cuarto no tenía más que una banqueta y un hierro fino colgado de un clavo. Contra el muro, arrodillado, con la oreja pegada a la boca de latón, el hombre levantó una mano hacia atrás sin volverse.

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Herencia, cenizas y silencio · cuento n.º 11

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