Luce Irigaray (n. 1930)
Tiempo de lectura: 6 minutos

(1930 – en vida) — Bélgica / Francia

Leyó a Freud y a Platón con un espejo que ninguno de ellos había previsto. En ese reflejo, la mujer salía siempre como lo que al hombre le falta.

En 1974 Luce Irigaray publicó su segunda tesis doctoral, esta vez de filosofía, con el título Speculum, de l’autre femme. Ese mismo año perdió su plaza de profesora en el departamento de psicoanálisis de Vincennes, donde enseñaba desde 1970, y la expulsaron de la Escuela Freudiana de París, la que dirigía Lacan.

El libro era un ataque al psicoanálisis escrito desde dentro. Irigaray se había formado como analista en el círculo lacaniano durante los años sesenta, y antes de Speculum había hecho otro doctorado, de lingüística, sobre el habla de personas con demencia. Lo publicó en 1973 como Le langage des déments, un trabajo de psicolingüística empírica que no hace sospechar en nada la escritura que vendría después. Conservó, eso sí, el puesto de investigación que tenía desde 1964 en el CNRS, el organismo público de investigación de Francia, y desde allí siguió escribiendo, fuera ya de la universidad y de la comunidad lacaniana.

Speculum empieza por el final de la historia y retrocede. La primera parte lee la conferencia de Freud sobre la feminidad y la última baja a la caverna de Platón. Entre una y otra pasan Aristóteles, Plotino, las místicas medievales, Descartes, Kant y Hegel. El título juega con la palabra. En latín, speculum es espejo, y en la consulta de ginecología es el instrumento que abre una cavidad para poder mirarla. Irigaray hace algo parecido con cada texto. Busca el punto en que el filósofo necesita a la mujer para que su sistema se sostenga, y comprueba que siempre la coloca en el mismo sitio, del lado de lo pasivo frente a lo activo, de la materia que espera a la forma. Freud, en esta lectura, hereda esa asimetría de Platón y la presenta como hallazgo clínico.

A ese mecanismo lo llama falocentrismo: una cultura que toma el cuerpo masculino, y en especial lo que de él se ve, como medida de lo humano, y que por eso solo sabe pensar a la mujer como carencia. La palabra describe una economía de la representación en la que hay un sexo que cuenta y otro que sirve de fondo para que el primero se vea. De ahí que Irigaray desconfíe de la solución más obvia, que sería sumar mujeres al canon. Si las categorías con las que se piensa el sujeto están cortadas a la medida de uno solo, entrar en ellas obliga a pensarse como un hombre incompleto.

Tampoco propone una teoría alternativa de la mujer, que sería repetir el gesto de definirla desde fuera. Su respuesta es más incómoda. Cita a los filósofos con una fidelidad excesiva y repite sus imágenes de lo femenino hasta que se ven como lo que son, imágenes. Es lo que llama mímesis: asumir a propósito el papel asignado, sin creérselo, para que se note la costura. Leída deprisa, una página de Speculum parece una paráfrasis de Platón. Leída despacio, es una parodia que no avisa.

El texto suyo que más ha circulado es mucho más corto. «Ce sexe qui n’en est pas un» apareció en 1974 en Les Cahiers du GRIF y tres años después dio título a un libro. Allí contrapone dos economías del cuerpo. La masculina se organiza alrededor de un órgano único y visible, que puede señalarse y contarse. La femenina no tiene centro. El sexo de la mujer, escribe, está hecho de dos labios que se tocan continuamente, y su placer se reparte por todo el cuerpo, hasta el punto de que la mujer tiene sexos un poco en todas partes. El título se lee en dos sentidos, como un sexo que no se deja reducir a la unidad y como un sexo que no cuenta para una cultura que solo registra lo que se ve. Debajo hay una discusión sobre los sentidos. Para Irigaray, la filosofía occidental ha pensado sobre todo con la vista, que exige distancia entre quien mira y lo mirado. Ella propone partir del tacto, donde tocar y ser tocado ocurren a la vez.

De esa página nace la objeción que la acompaña desde hace medio siglo. Si el cuerpo femenino sirve de modelo para otra lógica, ¿no se vuelve a atar a las mujeres a su anatomía, justo lo que el feminismo quería deshacer? En los setenta y los ochenta muchas teóricas feministas la acusaron de esencialismo. Judith Butler, en El género en disputa (1990), la puso junto a Beauvoir bajo un mismo supuesto: las dos dan por hecho un sujeto femenino idéntico a sí mismo que solo espera ser representado, cuando para Butler nadie llega a ser un género. La defensa llegó en los noventa con lectoras como Naomi Schor o Diana Fuss, que vieron en los dos labios una estrategia, una figura del cuerpo femenino opuesta a la que el falo llevaba siglos ocupando sin que nadie lo llamara esencialismo. La defensa funciona mejor para Speculum, donde todo es mímesis, que para la obra posterior.

Con Beauvoir la distancia es de fondo. Irigaray le mandó un ejemplar de Speculum; Beauvoir nunca contestó, y nadie sabe por qué. El segundo sexo quería que las mujeres dejaran de ser lo Otro del hombre y llegaran a ser sujetos de pleno derecho. Irigaray desconfía de esa meta. En 1998, entrevistada por el Times Higher Education, describía la igualdad que pedían las campañas como la igualdad de los hombres, y decía que la tarea de las mujeres era ser diferentes. La entrevista se hizo en francés porque Irigaray no hablaba inglés. El periodista le había enviado las preguntas por fax, y ella le reprochó que no tenían nada que ver con su manera de pensar.

En Ética de la diferencia sexual (1984) el método se convierte en conversación con seis filósofos, de Platón a Levinas, y las dos últimas lecturas tratan la pregunta por el cuerpo. La primera discute el capítulo sobre el entrelazo y el quiasmo de Lo visible y lo invisible, el libro que Merleau-Ponty dejó sin terminar al morir, donde la carne del cuerpo y la del mundo se tocan y se vuelven reversibles. Irigaray acepta la carne y le niega la neutralidad. Antes de ese entrelazo, sostiene, hay ya dos cuerpos que no son intercambiables, y una filosofía de la carne que no lo registra vuelve a hablar desde uno solo. La segunda lectura, «La fecundidad de la caricia», va contra la fenomenología del eros de Levinas, a la que reprocha que busque en la paternidad una salida a la carne y que la amada no llegue nunca a ser sujeto de esa relación.

La obra posterior se ocupa del aire. En L’oubli de l’air chez Martin Heidegger (1983) reprocha a Heidegger haber pensado desde la tierra y haber dejado fuera el elemento del que vivimos, y en Entre Orient et Occident (1999) recurre al yoga y a las técnicas de meditación para pensar un cuerpo que se cultiva respirando. Su política, mientras tanto, se hace concreta. Irigaray defiende derechos sexuados, distintos para mujeres y para hombres, y llegó a redactar con el eurodiputado Renzo Imbeni un informe sobre la ciudadanía de la Unión para el Parlamento Europeo.

La objeción cambia entonces de forma. Alison Stone, en un estudio de 2006 dedicado a su filosofía, constata que la Irigaray tardía entiende la diferencia sexual como una diferencia natural entre dos sexos, y le reprocha pasar por alto la multiplicidad que la naturaleza produce dentro de cada cuerpo. La crítica más dura llega hoy desde la teoría queer y desde el pensamiento trans. Una ética construida sobre la pareja de un hombre y una mujer deja sin lugar a quien no se reconoce en ninguno de los dos, y a los vínculos que no tienen forma de pareja. En otro frente, Alan Sokal y Jean Bricmont criticaron en Imposturas intelectuales (1997) su uso de la mecánica de fluidos, y en lo que toca a la física la objeción es difícil de rebatir.

En Italia tuvo herederas directas. Luisa Muraro, que tradujo Speculum al italiano, cofundó en 1975 la Librería de Mujeres de Milán y en 1983, con Adriana Cavarero y otras, la comunidad filosófica Diotima en Verona, dos focos de lo que allí se llamó pensamiento de la diferencia sexual. Muraro murió en junio de 2026.

Lo recogido aquí llega hasta ese mismo año. Si la fecha que dan casi todas las fuentes es la buena, Irigaray cumplió noventa y seis años en mayo; algunos catálogos todavía la acompañan de un interrogante. En A New Culture of Energy (2021) volvía a la respiración y a la relación entre dos. Empezó desmontando una filosofía que solo sabía pensar desde un sexo, y la discusión más viva que hoy tiene su obra le pregunta, con sus propios argumentos, por qué el recuento se detiene en dos.

«La diferencia sexual es una de las cuestiones, o la cuestión, que nuestra época tiene que pensar.»

— Ética de la diferencia sexual (1984)

Para seguir leyendo

  • Ese sexo que no es uno, Luce Irigaray (1977) — la puerta más directa: ensayos breves, entre ellos el de los dos labios, en la colección Pensamiento Crítico de Akal.
  • Espéculo de la otra mujer, Luce Irigaray (1974) — la obra capital, exigente y sin concesiones, en la traducción de Raúl Sánchez Cedillo para Akal.
  • Ética de la diferencia sexual, Luce Irigaray (1984) — donde discute con Merleau-Ponty y con Levinas el cuerpo y el eros; edición española de Ellago.

Grupo 3 — Los que escucharon el cuerpo antes que la mente.

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