(1891–1937) — Italia
Un preso escribe en cuadernos escolares que revisa un censor. Lo que anota es cómo se convence a millones de personas de que su lugar en el mundo es el natural.
Un obrero sabe que el reparto es injusto y el lunes vuelve a la fábrica. Nadie le apunta con un fusil. El marxismo de manual llamaba a eso falsa conciencia y creía que se curaba explicándolo. Gramsci, en una celda fascista, sospechó que no se curaba así.
Si el poder se sostuviera solo con cárceles, explicar su duración sería sencillo. Se sostiene sobre todo con consentimiento: con una mayoría que obedece y que, además, encuentra razonable obedecer, porque ha incorporado como sentido común lo que en su origen era el interés de unos pocos. Gramsci separó en sus notas el dominio, que coacciona, de la dirección intelectual y moral, que convence antes de que haya nada que discutir. A esa capacidad de dirigir sin tener que imponerse la llamó hegemonía. Una clase que solo domina y ya no dirige, escribió, está en crisis aunque conserve todos los cuarteles. La hegemonía vive en la escuela, en el periódico, en el sermón del domingo y en el chiste del bar, en lo que cada cual da por evidente sin haberlo pensado nunca.
De ahí sale su mapa del poder. Por un lado, la sociedad política: el Estado, con sus tribunales y su policía. Por otro, la sociedad civil, el tejido de iglesias, sindicatos, partidos, prensa y asociaciones donde se fabrica el consenso. En una nota del Cuaderno 7 comparó la Rusia de 1917 con Europa occidental. En Rusia el Estado lo era todo y la sociedad civil era primitiva y gelatinosa, y bastó un asalto frontal, la guerra de movimiento, para tomarlo. En Occidente el Estado era solo la primera trinchera, y detrás aguardaba una cadena de fortines y casamatas que ningún asalto alcanzaba. Allí tocaba una guerra de posiciones: ganar el terreno cultural palmo a palmo, mucho antes de que la conquista política tuviera sentido.
La palabra venía de los debates de la socialdemocracia rusa, donde designaba el liderazgo del proletariado sobre el campesinado, y Gramsci la desplazó hacia la cultura y la vida cotidiana. De Croce, con quien discutió toda su vida, había aprendido que las ideas pesan en la historia. De Maquiavelo tomó la figura del príncipe para pensar el partido.
El problema no nació en una biblioteca. Nació en Turín, donde Gramsci, llegado de Cerdeña con una beca, fundó en 1919 el semanario L’Ordine Nuovo y empujó los consejos de fábrica, con los sóviets rusos como referencia. El llamado Bienio Rojo terminó en 1920 sin revolución, y poco después el fascismo ocupó el terreno que la izquierda no había sabido disputar. Gramsci participó en la fundación del Partido Comunista de Italia en 1921 y fue elegido diputado en 1924. El 8 de noviembre de 1926 lo detuvieron por encima de su inmunidad parlamentaria, y en 1928 el Tribunal Especial lo condenó a veinte años. La frase más citada de aquel proceso, la del fiscal que pedía impedir durante veinte años que aquel cerebro funcionara, procede de la reconstrucción que su abogado defensor, Giuseppe Sardo, hizo después de la guerra. No consta de primera mano. Lo que sí consta es que el cerebro siguió funcionando.
Entre 1929 y 1935 llenó treinta y tres cuadernos escolares, cuatro de ellos con ejercicios de traducción, bajo la mirada de un censor. Las cartas de esos años, a su familia y sobre todo a su cuñada Tatiana Schucht, se publicaron en 1947 como Cartas desde la cárcel. Un texto anterior, La cuestión meridional, se había quedado sin terminar en 1926 por la detención. El lector de los Cuadernos de la cárcel encuentra a menudo «filosofía de la praxis» donde esperaría «marxismo». Durante décadas se leyó como un disfraz para burlar al carcelero. La expresión venía de Antonio Labriola, y parte de la filología reciente sostiene que era también un programa: un marxismo pensado desde la acción, desconfiado de las leyes fijas de la historia. Las dos lecturas conviven, y probablemente las dos son ciertas.
En ese programa ocupa un lugar central el intelectual. Todos los hombres son intelectuales, dice Gramsci en el Cuaderno 12, pero no todos ejercen esa función en la sociedad. El intelectual tradicional se cree por encima de las clases, un clérigo laico de la verdad. El intelectual orgánico nace de un grupo social, organiza su visión del mundo y le da lenguaje. Los obreros necesitaban producir los suyos en vez de recibir prestados los de la burguesía, y el partido podía ser lo que Gramsci llamó, releyendo a Maquiavelo, el moderno Príncipe. Por eso le importó tanto la escuela. Defendió una escuela común y exigente, con su latín y su disciplina de estudio, para que la alta cultura no quedara en manos de quienes ya la habían heredado.
La herramienta tiene grietas, y las señaló un admirador. Perry Anderson, en Las antinomias de Antonio Gramsci (1976), mostró que en los cuadernos conviven al menos tres relaciones distintas entre Estado y sociedad civil, y que la hegemonía aparece unas veces como puro consenso y otras como consenso armado de coerción. Un concepto tan elástico encaja con casi cualquier situación, y por eso cuesta saber cuándo se equivoca. Cuarenta años después, en The H-Word (2017), Anderson añadió un reproche dirigido a los herederos más que al maestro: haber cargado tanto el peso en la cultura y la ideología que la coerción y la economía desaparecían del cuadro. Nadie ha cerrado del todo esa objeción.
A la ambigüedad del concepto se sumó la de su edición. La primera, publicada por Einaudi entre 1948 y 1951 bajo la tutela de Palmiro Togliatti, ordenaba las notas por grandes temas en seis volúmenes y hacía de Gramsci un clásico presentable del comunismo italiano. Solo la edición crítica de Valentino Gerratana, en 1975, devolvió los cuadernos a su orden real y dejó ver un pensamiento que dudaba y se corregía. Hubo también una criba visual. El retrato que ilustra casi todas sus ediciones, hecho en un estudio ruso a comienzos de los años veinte, deja fuera la espalda curvada por la tuberculosis ósea de la infancia y la estatura de un metro cincuenta y uno, como ha estudiado un artículo de la revista Modern Italy.
Los herederos se repartieron el legado por caminos que él no pudo prever. Stuart Hall acuñó en 1979, en «The Great Moving Right Show», la palabra thatcherismo para describir un proyecto hegemónico: la nueva derecha británica estaba reorganizando el sentido común meses antes de ganar las elecciones. Gramsci había usado «clases subalternas» para los grupos sin voz propia en la historia oficial. El grupo de Estudios Subalternos, en la India, convirtió el término en programa historiográfico, y Gayatri Spivak lo llevó en 1988 a una pregunta incómoda: si el subalterno puede hablar o solo es hablado por quien lo estudia. Pierre Bourdieu llegó por otro camino a un terreno vecino, el de una dominación que funciona mejor cuanto menos se ve como dominación.
La herencia más incómoda vino del otro lado. La Nueva Derecha francesa de Alain de Benoist habló sin rubor de un «gramscismo de derecha», y buena parte de la derecha radical contemporánea repite que la batalla cultural se gana antes que las elecciones. Un concepto pensado para la emancipación obrera sirve igual al proyecto contrario, y eso dice algo de lo que Gramsci vio: la fábrica del consenso no pregunta quién la usa.
En abril de 1937 se cumplió su condena. Llevaba casi dos años ingresado en la clínica Quisisana de Roma, con el cuerpo vencido por la arteriosclerosis y la vieja tuberculosis de la columna. La noche del 25 de abril sufrió una hemorragia cerebral y murió el 27, seis días después de recobrar la libertad. Había pensado la hegemonía en lugares como la parroquia o el periódico, donde mucha gente distinta se encontraba con las mismas evidencias. Queda abierto qué guerra de posiciones cabe cuando ya no hay una trinchera común, sino millones, y cada una con su propio sentido común.
«La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados.»
— Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Cuaderno 3, §34 (1930).
Para seguir leyendo
- Antología, Antonio Gramsci, selección, traducción y notas de Manuel Sacristán (1970) — la mejor puerta de entrada en español: junta artículos, notas y cartas en orden cronológico y deja ver al pensador y al militante a la vez.
- Cuadernos de la cárcel, Antonio Gramsci (escritos entre 1929 y 1935; edición crítica de Valentino Gerratana, 1975) — la obra entera en su orden real, en los seis tomos de Ediciones Era, para quien quiera seguir a Gramsci mientras piensa y se corrige.
- Las antinomias de Antonio Gramsci, Perry Anderson (1976) — la crítica más rigurosa del concepto de hegemonía, escrita por alguien que se toma a Gramsci en serio.
Grupo 4 — Los cartógrafos del poder invisible.
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Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.
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