Trilla milagrosa — Zares, brujas y osos, ilustración de la colección Clásicos
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Una noche invernal y de mal tiempo, marchaban por un camino Iván el Misericordioso y los doce apóstoles. Hacía demasiado frío como para pernoctar en el campo, de modo que llamaron a la puerta de una casa. El campesino los dejó entrar, a condición de que, al día siguiente, bien temprano, le trillaran varias gavillas de centeno.

Por la mañana, el amo los llamó. Los apóstoles se levantaron y se dispusieron a marchar a la era. Pero Iván el Misericordioso les convenció de dormir un poquito más. El campesino esperó un rato, luego cogió un látigo, entró en la isbá¹ y se puso a dar latigazos al que se hallaba en el extremo cercano. Era Iván el Misericordioso, el cual gritó:

—¡Basta! ¡Ya vamos!

El campesino se marchó. Los apóstoles comenzaron levantarse. Pero Iván el Misericordioso les convenció a todos, otra vez, de descansar un poco más. Pero caviló: “A ver si viene de nuevo este campesino y se pone a dar golpes al primero”, y se escondió detrás de los demás. El campesino esperó un ratito, volvió a la isbá con el látigo y pensó: “¿Por qué voy a tener que pegar a la misma persona? Golpearé al que se encuentra detrás de todos”. Y empezó a dar latigazos al que se hallaba detrás.

Apenas se marchó el campesino, convenció Iván el Misericordioso por tercera vez a los apóstoles de no levantarse, y se metió en medio de todos. El amo siguió a la espera, pero los forasteros no acudían. Volvió a la isbá con el látigo. Entró y pensó: “Bueno, el que está delante ya recibió lo suyo; el que está detrás, también. Voy a darle ahora su merecido al que está en medio”. Y, otra vez, recibió los latigazos Iván el Misericordioso, quien, ahora sí, pidió a los apóstoles que fueran a ayudar al campesino.

Cuento de la colección Clásicos de Tierra Quemada. Texto de dominio público.

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