bell hooks
Tiempo de lectura: 6 minutos

(1952–2021) — Kentucky, Estados Unidos

Firmó con el nombre de su bisabuela, en minúsculas, para que el lector se quedara con las ideas. Escribió casi cuarenta libros, de teoría feminista a cuentos infantiles, sin aceptar nunca que lo político y lo íntimo fueran asuntos separados.

En Hopkinsville, el pueblo de Kentucky donde Gloria Jean Watkins nació en 1952, las vías del tren separaban el barrio negro de la ciudad blanca. Se cruzaban por la mañana para trabajar en casas y negocios de blancos. Al caer la tarde había que volver.

Lo contó ella misma en el prefacio de Teoría feminista: de los márgenes al centro (1984), y de esa escena sacó la idea que sostiene el libro. Estar en el margen, decía, es formar parte del todo pero fuera del cuerpo principal. Quien vive así aprende a mirar en las dos direcciones, porque conoce el centro de tanto entrar en él a servir, mientras que al centro le basta con mirarse a sí mismo. El margen era para ella una herida y era también un punto de observación, el sitio desde el que se ve lo que la teoría hecha en el centro no tiene ninguna necesidad de ver.

El centro, en ese libro, tenía nombre y apellido. El primer capítulo discute La mística de la feminidad (1963), el ensayo con el que Betty Friedan había dado voz al malestar del ama de casa blanca con estudios universitarios. hooks le reconocía el mérito y le reprochaba el encuadre: Friedan había convertido la situación de ese grupo en la condición de la mujer, y por el camino se le habían quedado fuera las mujeres sin marido, sin hijos o sin casa, las pobres y las que no eran blancas. Si la meta del feminismo era la igualdad con los hombres, quedaba por decir con cuáles. Las mujeres pobres, sobre todo las que no eran blancas, no habrían definido así su liberación, escribió, porque la vida diaria les recordaba que ni siquiera las mujeres comparten una misma posición social.

Su respuesta fue redefinir el feminismo como un movimiento para acabar con la opresión sexista, y nombrar el aparato contra el que se levantaba con una fórmula que repetiría durante décadas: patriarcado capitalista imperialista de supremacía blanca. La expresión suena a consigna y está hecha para eso, para que no se pueda pronunciar una parte sin arrastrar las demás. En su análisis, raza, clase y género son nombres de un mismo dominio que se defiende por todos los flancos a la vez, y que por eso sobrevive a las luchas que atacan uno solo. En 1989, cinco años después de aquel libro, la jurista Kimberlé Crenshaw acuñó el término interseccionalidad, y hoy es habitual leer a hooks con esa palabra delante. Ella hablaba de sistemas de dominación entrelazados.

Tres años antes había publicado ¿Acaso no soy yo una mujer? (1981), que rastreaba desde la esclavitud cómo el sexismo y el racismo se habían repartido la vida de las mujeres negras, y que reprochaba tanto al feminismo blanco como al movimiento negro, encabezado por hombres, haberlas dejado fuera de su relato. El título viene de la pregunta que la tradición atribuye a Sojourner Truth en la convención por los derechos de las mujeres de Akron, Ohio, en mayo de 1851. La crónica que publicó tres semanas después Marius Robinson, un periodista que estaba en la sala, no la recoge. La frase aparece en la versión que Frances Dana Gage, abolicionista blanca, dio a la prensa en 1863, doce años más tarde, escrita en un dialecto del Sur que Truth, nacida esclava en el estado de Nueva York, nunca habló. La ironía pesa: un libro que denuncia cómo las feministas blancas narraron a las mujeres negras lleva por título una frase que una feminista blanca puso en boca de una mujer negra.

hooks desconfiaba de quién se queda con la palabra, y esa desconfianza decidió también cómo escribía. Lo hizo sin la jerga que por entonces se volvía moneda corriente en la teoría crítica universitaria, porque sostenía que un lenguaje solo apto para iniciados protege el prestigio de quien escribe y deja fuera a las mujeres en cuyo nombre se escribe.

Enseñar a transgredir (1994) llevó la misma sospecha al aula. Allí reconoce dos maestros, Paulo Freire y el monje budista Thich Nhat Hanh. Del primero tomó la crítica a la educación «bancaria», la que deposita saberes en alumnos pasivos, y la idea de enseñar como práctica de la libertad; del segundo, la exigencia de que quien enseña esté entero, con el cuerpo y el espíritu además de la cabeza. A Freire lo leyó también contra él, señalando el sexismo de su lenguaje sin dejar por eso de deberle lo esencial. Lo que añadió de su cosecha fue más incómodo: el profesor que pide a sus alumnos que cuenten su vida y nunca cuenta la suya ejerce un poder que puede volverse coercitivo, y el aula, con todos sus límites, seguía siendo para ella el espacio de posibilidad más radical que le quedaba a la universidad.

En ese mismo libro cuenta que llegó a la teoría porque le dolía, buscando un lugar donde curarse. La infancia de la que hablaba vuelve sin rodeos en las primeras páginas de Todo sobre el amor (2000): supo cuánto importaba el amor por su ausencia, y el recuerdo empieza por su padre, del que era la primera hija. Ese libro y El deseo de cambiar (2004), dedicado a los hombres, aplican la tesis sobre la dominación a la escala de la casa. Si el patriarcado funciona enseñando a la gente qué puede sentir, enseñar a un niño a no llorar forma parte del aparato tanto como una ley. Los hombres salen de ese aprendizaje incapacitados justo para lo que después se les exige. hooks anota que los hombres de su vida desconfiaban de la palabra amor porque creían que las mujeres le daban demasiada importancia.

Para definir el amor fue a buscar a un sitio poco académico. Cuenta que pasó años detrás de una definición y la encontró en The Road Less Traveled (1978), el superventas de autoayuda del psiquiatra M. Scott Peck, que a su vez seguía a Erich Fromm: amar es la voluntad de extenderse uno mismo para alimentar el crecimiento propio o ajeno, una acción antes que un sentimiento. La frase más repetida de hooks sobre el amor, la que dice que no estamos obligados a amar y que elegimos hacerlo, es de Peck, citado por ella. Lo que hooks puso fue el giro político. Entender el amor como práctica obliga a responder de lo que se hace en su nombre, y eso lo convierte en asunto de poder.

Por ahí entró la objeción más previsible. Al salir Todo sobre el amor, la escritora y profesora Lorri Neilsen lo reseñó en The Globe and Mail como una serie de homilías apoyadas en psicología popular, con generalizaciones peligrosas sobre la crianza y el patriarcado, y le reprochó además una costumbre, la de leer cualquier crítica como racismo, sexismo o reacción. Neilsen concedía que a veces hooks acertaba al leerla así, y que eso no arreglaba los defectos del libro.

La versión más honesta del argumento contrario va más al fondo. Una categoría que lo explica todo corre el riesgo de explicar todos los casos de la misma manera. La fórmula del sistema único sirve para nombrar lo que la teoría por compartimentos no veía, pero aplicada con igual soltura a una crianza y a una política de vivienda deja de distinguir entre ellas. Y la ética del amor sale de una infancia concreta, la suya; convertirla en pauta para cualquiera supone que amar bien significa lo mismo en cualquier casa. hooks aterrizaba casi siempre en casos, y aun así la tentación de generalizar está en sus libros.

Con Stuart Hall mantuvo desde 1996 una conversación larga sobre la diáspora negra, el feminismo y la muerte de los amigos, publicada en 2018 como Uncut Funk. Para entonces había vuelto a Kentucky a enseñar en Berea College, donde en 2014 fundó el instituto que lleva su nombre. Murió en su casa de Berea el 15 de diciembre de 2021, a los sesenta y nueve años. Unos meses antes había sabido que Todo sobre el amor estaba en la lista de libros más vendidos de The New York Times. Según los datos de Circana, el libro vendió poco más de 27.000 ejemplares en 2018 y más de 170.000 en 2023. Muchas lectoras nuevas llegan a él después de una ruptura, y algunas especialistas temen que se lea como un manual de autoayuda y pierda el filo político; otras responden que hooks no escribió nunca despolitizada.

Que el libro más leído de una teórica de la dominación circule hoy como consuelo para corazones rotos puede ser una derrota o la forma más rara de su éxito. Depende de si el amor que esas lectoras se llevan a casa sigue siendo el de hooks, el que obliga a preguntar quién cruza las vías por la mañana y quién no ha tenido que cruzarlas nunca.

«En el momento en que elegimos amar, empezamos a movernos contra la dominación.»

— bell hooks, «Love as the Practice of Freedom», en Outlaw Culture (1994)


Para seguir leyendo

  • Teoría feminista: de los márgenes al centro, bell hooks (1984) — el libro de las vías del tren y de la crítica a Friedan, y la mejor puerta a su idea del margen.
  • Enseñar a transgredir, bell hooks (1994) — su pensamiento llevado al aula, con Freire leído a favor y en contra.
  • Todo sobre el amor, bell hooks (2000) — el más leído hoy, y el que conviene leer sabiendo de dónde viene la teoría que lo sostiene.


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