Un mecánico arrodillado repara el motor de una barca de pesca mientras un niño le sujeta la caja de herramientas; al fondo, el puerto industrial.
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La lista de los domingos estaba rayada con la punta de un clavo en la tapa de la caja de herramientas, por dentro, sobre la película de grasa que se le pegaba a todo lo que Batiste tocaba más de dos veces:

SATUR. NO ARRANCA. CORRETJA?
GERMANS FERRER. PERD AIGUA.
TIO GILDO. LO DE SEMPRE.

La escribía los sábados por la noche en la mesa de la cocina, después de cenar, con el hule apartado para no rayarlo, y Tonet llenaba la caja según lo que iba saliendo: el filtro, la llave, la cámara de bicicleta, el trapo. La borraba los lunes con un trapo mojado en gasoil. A media semana la tapa ya volvía a estar negra y lisa, lista para la siguiente.

Tonet la abrió en el portal, leyó y la cerró. Tenía trece años desde julio y llevaba la caja con las dos manos, delante de las rodillas, porque con una sola se le iba el cuerpo hacia un lado.

—No pesa.

—Ja. I jo sóc ministre d’Obres Públiques.

Domingo, dieciséis de octubre, las siete menos cuarto. En la calle, a esa hora, solo había un gato que cruzó sin prisa y tres que volvían de la fábrica con la fiambrera vacía colgada de un dedo. El más joven no tendría muchos años más que Tonet y llevaba un reloj nuevo en la muñeca, que se miró dos veces en lo que tardó en pasar.

Batiste tenía un orden para los domingos y no se lo saltaba: el carajillo en el bar de Aure, el muelle de los pescadores, las barcas de la lista por el orden de la lista y la vuelta antes de que terminara la misa de once, para subir la calle de la iglesia mezclado con los que salían. Si alguien le veía la caja, veía también a medio Puerto con el misal en la mano, y a la salida de misa nadie se fijaba en cajas.

Lo había organizado Lola años atrás, la primera vez que le vio bajar un domingo con el mono debajo del brazo.

—Si et pregunta ma mare, has anat a la de nou a Sagunt.

—I si em pregunta el capellà?

—El capellà no pregunta. El capellà ja ho sap.

* * *

El bar de Aure abría a las seis por los del turno, y a esa hora todavía olía a la lejía del suelo. Aure era de Calatayud. Llevaba veinte años detrás de aquel mostrador y no había aprendido a decir una palabra en valenciano, aunque las entendía todas, sobre todo las que se decían de él.

—¿Lo de siempre?

—Lo de siempre. I al xiquet, xocolate.

—Chocolate no hay hasta las ocho. Hay leche.

—Con cacao —dijo Tonet.

—Cacao tampoco.

Tonet se quedó con la leche.

Batiste se tomó el carajillo de pie, con el codo en la barra. Primero olió el coñac, después sopló por encima y después bebió en tres veces, la última de golpe, como lo bebía desde que tuvo edad de pedirlo. En una balda alta de la esquina estaba el televisor del bar, apagado, con un pañito de ganchillo encima y sobre el pañito un jarrón con dos claveles de tela. Aure lo encendía para el fútbol y para los toros. El resto de la semana lo tapaba por el polvo.

Al fondo de la barra, dos del turno de noche hablaban bajo con los vasos vacíos delante. Uno dijo «la lista» y el otro dijo que a su cuñado ya le habían avisado. Entonces se abrió la puerta y entró un hombre con gabardina gris y una cartera de piel, y los dos se callaron y se pusieron a mirar el fondo de los vasos.

El de la gabardina pidió un paquete de Celtas, contó las monedas encima del mármol y le preguntó a Aure si tenía pagado octubre.

—El mes que viene.

—Eso me dijo usted en septiembre.

—Y le pagué.

—Me pagó agosto.

Era el cobrador de los entierros. Pasaba el tercer domingo de cada mes por todos los bares de la calle y cobraba a cuenta de una caja de pino y una misa cantada que ninguno de los asegurados pensaba estrenar pronto. Aure fue a la trastienda, volvió con un billete doblado y pagó octubre. El cobrador lo apuntó en una libreta de tapas de hule, se llevó dos dedos al ala del sombrero y salió.

—¿Qué cobra? —preguntó Tonet, bajo.

—Els morts.

—¿Por adelantado?

—Després costa més de cobrar.

Los dos del fondo esperaron a verle pasar por delante de la ventana. Luego uno dijo que el Valencia ese año no iba a ningún sitio, y el otro le dio la razón.

Batiste dejó en el mármol lo del carajillo y lo de la leche, abrió la caja encima de la barra para comprobar que estaba todo y la volvió a cerrar despacio.

—I la de vas del catorze?

Tonet miró la caja y se puso colorado hasta las orejas.

—Se ha quedado en el banco.

—Anem.

* * *

El taller estaba de camino, en los bajos de la calle de detrás, con la persiana echada y el candado puesto. Batiste abrió la puerta pequeña que tenía la persiana a un lado, la de pasar agachado, y entraron con la luz de la calle. Olía a lo de siempre, a aceite viejo y a hierro frío, y a una cosa dulzona que nadie había sabido nunca de dónde salía.

La llave de vaso estaba en el banco, donde Tonet la había dejado el viernes. En la pared, encima del banco, las llaves colgaban de sus clavos por orden de número, del seis al treinta y dos, cada una con su silueta pintada en la pared para saber cuál faltaba. Faltaba la del nueve. Faltaba desde el cuarenta y uno. Su padre no la volvió a colgar ni a comprar, y Batiste, cuando el taller pasó a ser suyo, tampoco, y la silueta blanca seguía allí con su clavo vacío, más limpia que las otras.

Junto a la puerta colgaba el calendario de una casa de recambios de Valencia, con una chica en bañador que se reía encima de un neumático. Seguía en agosto. En aquel taller nadie arrancaba las hojas, y la chica llevaba tres semanas de más en la playa.

—Agafa la del catorze i també la del dèsset, per si de cas.

Tonet las cogió sin mirar la pared, por el peso. Batiste lo vio hacerlo y cerró la puerta pequeña con el candado.

* * *

Bajaban por la calle de los tinglados cuando el todoterreno de la Guardia Civil salió de la esquina y se puso a su altura, despacio. Dos tricornios. El del volante miraba la calzada. El otro los miraba a ellos.

—Dóna’m la caixa.

Tonet se la dio. Batiste se la cambió a la mano de la pared y siguió andando al mismo paso, con la vista en la acera. El todoterreno los acompañó unos metros, cambió de marcha y se fue.

En abril del treinta y nueve, cuando vinieron a por su padre, Batiste tenía diecisiete años y estaba tumbado debajo de un camión, en el mismo taller que ahora era suyo. Vio las botas por debajo del parachoques. Cuatro pares. Uno lo conocía, porque aquel hombre les había llevado a arreglar una moto el verano antes y todavía la debía. Su padre salió con el mono puesto y las manos sin lavar. Estuvo dos años en Valencia, en San Miguel de los Reyes, y volvió con dos dedos de la mano izquierda soldados torcidos. Con esos dos dedos siguió apretando tuercas hasta que se murió. La moto la pagaron en el cuarenta y cuatro, al contado, y el hombre de las botas le dio la mano a Batiste por encima del mostrador, como a cualquier cliente.

Casi no volvió a hablar. Pedía las llaves por el número y daba los buenos días si se los daban antes. A Batiste le enseñó a oír un motor sin explicarle nada: le hacía poner la mano abierta encima del bloque, ponía la suya encima, la de los dedos torcidos, y esperaba a que el motor dijera lo que tuviera que decir.

Cuando el todoterreno dobló la esquina de abajo, lo que le quedó a Batiste en el estómago no fue abril del treinta y nueve. Fue la multa que le habían puesto en agosto al carpintero de la plaza por cepillar una puerta un domingo con la persiana subida.

—Ya te la llevo yo —dijo Tonet.

—Ara no.

* * *

Muelle de pescadores. Las barcas estaban amarradas de popa, una al lado de otra, y el agua entre ellas tenía una tela de gasoil que se rompía en colores cada vez que una se movía. En la proa de la San Telmo, un hombre repintaba el nombre con un pincel fino. Se había comido la ele. Ahora ponía SAN TEMO, y él seguía con la o, muy concentrado.

Satur los esperaba sentado en la borda de la suya, con un cigarro apagado en la boca y las manos en los bolsillos de la chaqueta. Tenía cincuenta y tantos años y la cara del color de las cuerdas viejas.

—Ja era hora. Arranca, tus, m’insulta i es para.

Batiste saltó a cubierta. Tonet le pasó la caja desde el muelle y saltó detrás, con más ruido. El motor era un Perkins de cuatro cilindros que Satur había comprado de segunda mano a uno de Burriana y que todavía no había terminado de pagar. Batiste levantó la tapa y no miró nada. Puso la mano abierta encima del bloque y le dijo a Satur que arrancara.

El motor tosió, dio cuatro vueltas y se ahogó.

—Altra vegada.

Tosió otra vez. Batiste dejó la mano donde estaba hasta que se paró del todo. Luego pidió la llave del doce, sin volverse, y Tonet se la puso en la palma con el mango por delante, como le habían enseñado en el taller y como no hacía en casa con las tijeras.

—La corretja està bé.

—Doncs en la llista posava corretja.

—En la llista posava corretja amb interrogant.

Aflojó el filtro del gasoil, lo sacó y lo vació en una lata. Lo que cayó tenía dos colores, uno encima del otro, y el de abajo no era gasoil.

—Aigua.

—Aigua? —dijo Satur—. Ací? En la mar?

—En el depòsit. Algú t’ha venut gasoil batejat.

Satur dijo un nombre, y después del nombre una cosa sobre la madre del dueño del nombre que Tonet se guardó para más adelante. Batiste purgó el circuito, limpió el vaso del filtro con un trapo que hacía años que había renunciado a ser blanco, lo montó y apretó. Tardó media hora larga. En esa media hora Satur se fumó dos cigarros sin encender ninguno, porque con el motor abierto en su barca no se encendía nada, y le contó a Tonet que en el cuarenta y nueve se le hundió la primera barca enfrente de Almenara y que de aquella solo salvó la gorra. No era esa gorra. Esa la perdió en una boda.

—Dale.

El motor arrancó a la segunda y se quedó en un pom-pom-pom gordo y parejo que hizo bailar la tapa de la caja sobre las tablas.

—Ara sí.

Satur bajó a la bodega y subió con una caja de madera con salmonetes, dos pescadillas y un puñado de morralla para caldo. Se la puso a Tonet en los brazos.

—Per a casa.

—No fa falta, Satur.

—Calla i agafa-ho.

* * *

La barca de los germans Ferrer perdía agua por la bomba. Julián, el mayor, fumaba sentado en la proa. Celes, el pequeño, remendaba una red extendida sobre las rodillas y siguió con la aguja cuando subieron.

Batiste se arrodilló en las tablas mojadas. La junta de la bomba estaba deshecha y no llevaba ninguna de esa medida. Sacó de la caja un trozo de cámara de bicicleta que guardaba para esas cosas, la midió contra la vieja, la cortó con la navaja siguiendo el borde con el pulgar y la montó. Mientras tanto Julián hablaba, y no hacía falta contestarle.

—Cada vegada hi ha menys peix, Batiste. Els d’arrossegament s’ho emporten tot, fins al fang del fons. I mira l’aigua. Oli. Merda. Els peixos no són tontos. Se’n van a Castelló.

—Passa el fil —dijo Celes.

Tonet buscó en la caja de herramientas y no encontró ningún hilo. Celes le señaló un ovillo que tenía junto al pie, a un palmo de su propia mano, y esperó a que Tonet se agachara a cogerlo.

—I què vols que hi faça jo? —dijo Batiste, con la navaja en la boca—. Jo arregle bombes.

Julián le ofreció la bota a Tonet. Tonet miró a su padre, y su padre siguió con la junta, que era decir que sí. Tonet bebió, se le fue por el otro lado y tosió hasta ponerse colorado. Julián se rió y dijo que el primer trago siempre se iba por ahí, que a él le pasó en la comunión de un primo y todavía se acordaban. Celes no se rió.

Cuando la bomba dejó de gotear, Julián se rascó la nuca con la mano del cigarro.

—Hui no hi ha peix per a tu. El dijous no vam eixir.

—Ja.

—La setmana que ve.

—Passa’m el ganivet —dijo Celes.

Batiste cerró la caja. Tonet esperó a que su padre dijera algo más, y su padre ya estaba en el muelle.

Al pasar otra vez por delante de la San Telmo, el hombre del pincel había terminado. Estaba de pie en el muelle, con la cabeza ladeada, mirando su SAN TEMO. Luego volvió a subir, mojó el pincel y pintó una ele pequeña encima, entre la te y la eme, con un palito debajo que señalaba dónde iba.

* * *

La barca del tío Gildo era la última, la más vieja, una barca de vela latina a la que alguien le había metido un motor hacía quince años sin pedirle opinión. El tío Gildo no estaba.

Se sentaron en un noray a esperar. Era el rato de la mañana en que ya no hacía fresco y todavía no hacía calor. Al otro lado de la dársena, un chico de la edad de Tonet tenía un transistor encima de un cajón de pescado y cantaba por encima de la radio, en un inglés suyo, la del blakisblak. Un hombre con caña sacó un pez del tamaño de un dedo, lo miró de cerca, lo devolvió al agua y volvió a cebar el anzuelo con la misma calma. Más allá, en el pantalán de la fábrica, un barco de mineral descargaba con las grúas, y de cada cuchara que se abría salía una nube parda que el aire se llevaba hacia el pueblo. Era domingo también allí, y daba igual.

—¿Qué dice? —preguntó Tonet, por la canción.

—Que és negre.

Tonet esperó el resto y no hubo resto. Preguntó la hora. Batiste no llevaba reloj los domingos.

—Tard.

—¿Y si no viene?

—Vindrà.

El chico del transistor se cansó de cantar y apagó el aparato para no gastar pila. El hombre de la caña sacó otro pez del mismo tamaño, o el mismo.

* * *

Gildo llegó cuando el chico ya se había ido. Venía despacio, con un capazo de palma en una mano y la otra en la cadera, y se paró a coger aire antes de bajar a la barca. El capazo tenía un asa nueva, cosida con una palma más clara que el resto y con unas puntadas más apretadas de lo que Gildo sabía hacer.

—Pensava que hui no vindríeu.

—No falle mai un diumenge, tio Gildo.

Gildo tenía setenta y tres años y había salido a la mar desde los nueve. Ya pescaba poco. Iba los jueves, si el tiempo lo dejaba, y volvía antes de mediodía con lo justo para él.

—Entre setmana va com un rellotge —dijo, señalando el motor—. Arriba el diumenge i res.

—Ja ho veurem.

Batiste levantó la tapa y puso la mano encima del bloque frío. Gildo se sentó en el banco de popa, sacó del capazo una bolsa de papel con almendras y una piedra plana, y se puso a partirlas sobre la madera, una a una. Hablaron. Batiste no le daba vueltas a ninguna tuerca. Preguntaba por la hija de Gildo, que vivía en Valencia y se había comprado una nevera a plazos, por el reuma de la rodilla, por un sobrino que estaba en Alemania. Gildo contestaba con todo detalle. Tonet les iba pasando llaves que nadie le había pedido, y Batiste las iba dejando en la tabla, a su lado, en fila.

—Saps què trobe a faltar, Batiste?

—El tabac de contraban.

—Això també. —Gildo partió una almendra y se la dio a Tonet—. Abans el diumenge era diumenge. No eixies. Et quedaves a casa, jugaves a les cartes, miraves el sostre. Ara el diumenge és un dilluns amb la camisa neta. Hem perdut el dret a no fer res.

Batiste se quedó con la llave del catorce en la mano, sin saber dónde la había cogido.

—¿Y usted qué hace los domingos? —preguntó Tonet.

Gildo lo miró como si le hubieran preguntado la edad.

—Esperar el mecànic.

Batiste se rió por la nariz y le preguntó si la nevera de la hija era de las que hacían hielo. Luego desenroscó la tapa del inyector del primer cilindro, la miró al trasluz, la limpió con el trapo y la volvió a enroscar. Hizo lo mismo con el segundo. Tonet había visto aquellos inyectores la semana anterior y la otra, y estaban limpios las dos veces. Ahora también.

—En el temps de la vela —dijo Gildo— el diumenge no eixia ni el rector. Les barques en la platja, panxa amunt, i nosaltres en la plaça cosint xarxa i dient mentides. Ara la xarxa ve feta de fora, en paquets.

Tonet se aburrió. Se agachó a mirar el motor por el lado de la bancada, donde su padre no estaba mirando, y siguió con los ojos el tubo del gasoil desde el depósito hasta la bomba, como le había visto hacer en el taller cuando una avería no tenía explicación. A medio camino estaba la llave de paso. Tenía la palanca atravesada, ni abierta ni cerrada, a un cuarto de vuelta.

Abrió la boca. Su padre, sin dejar de hablar de la nevera, alargó el brazo por detrás y le puso la mano encima de la suya, que ya estaba en la llave. La dejó allí.

Siguieron un cuarto de hora más. Gildo contó que el sobrino de Alemania mandaba marcos y fotografías delante de un coche que no era suyo, que se le notaba en cómo se apoyaba. Contó que la nevera hacía un ruido por las noches y que la hija decía que era normal. Partió almendras para los tres hasta que se le acabó la bolsa. Entonces Batiste se levantó, se sacudió las rodillas y dijo:

—Provem.

Al pasar junto a la bancada abrió la llave de paso con la punta del zapato.

El motor arrancó a la primera.

—Eres un bruixot, Batiste.

—Ho sé.

Gildo buscó en el capazo y sacó dos paquetes de tabaco rubio sin precinto, de los que bajaban de los mercantes por la escala de proa. Se los puso a Batiste en el bolsillo de la camisa.

—Del que no trobe a faltar.

* * *

Volvieron por el muelle con la caja de herramientas, la de pescado y el tabaco. Tonet llevaba el pescado, que pesaba menos y olía más. A la altura de los tinglados no aguantó.

—La llave del gasoil estaba medio cerrada.

—Ja ho sé.

—¿Desde cuándo?

—Des de Pasqua. Des que va enviudar.

Tonet le dio vueltas a eso hasta la esquina siguiente.

—¿Cómo era?

—Cosia bé.

—¿Y por qué no se lo dices?

—Perquè diumenge que ve la tornarà a tancar.

—¿Y entonces para qué vas?

Batiste se cambió la caja de mano.

Subieron un trecho sin hablar. Desde allí ya se oía la campana de la iglesia, que daba los cuartos con un retraso que nadie había corregido nunca. Tonet se paró a recolocar el pescado en la caja y lo dijo mirando los salmonetes.

—Yo voy a entrar en la fábrica.

—Quan?

—Cuando tenga la edad. Allí es fijo. Hay seguro. Hay economato. El de la Trini entró de pinche en marzo y ya se ha comprado un reloj. Y los domingos no se trabaja.

—Els forns no paren mai, ni en diumenge.

—Pues me pondré en la oficina.

Batiste lo miró. Treinta años de taller, la persiana, el banco, las llaves colgadas por números en la pared, el camión de debajo del cual había visto las botas. Lo había pensado todo para Tonet desde que el niño aprendió a pasarle la llave con el mango por delante. No lo dijo.

—El primer dia, no digues que saps res de motors.

—¿Por qué?

—Perquè t’ho faran fer.

Tonet levantó la caja y siguió andando.

Llegaron a la calle de la iglesia cuando salía la gente de la de once. Batiste se metió entre ellos con la caja de herramientas pegada a la pierna, y Tonet detrás, con el pescado. La del segundo, que salía del brazo de su hermana, lo vio y se paró.

—De missa, Batiste?

—De la de nou, a Sagunt.

La del segundo bajó la vista a la caja del pescado.

—Hui a Sagunt donen salmonets.

Y siguió calle abajo con su hermana, sin esperar contestación.

* * *

Tres pisos sin ascensor. En el primero olía a lejía y a coliflor, en el segundo a sofrito, en el tercero a casa. Batiste subía el último tramo agarrado a la barandilla, por la rodilla, y Tonet lo esperaba arriba con la puerta abierta, que era la forma que tenía de meterle prisa.

Lola estaba en la cocina.

—Deixeu els trastos en el replà, que m’ompliu la casa de greix.

Tonet dejó la caja de pescado encima del hule. Lola la miró por encima, sin tocarla, y la dividió de un vistazo: los salmonetes para la noche, las pescadillas para la Trini, la del cuarto, que le daba a cambio garbanzos y un cuarto de aceite, y la morralla para el caldo del martes. Lo hacía todos los domingos.

—I els Ferrer?

—Res. El dijous no van eixir.

—Ja.

Gloria estaba en la otra punta de la mesa, con el cuaderno de caligrafía. Once años, las trenzas tan apretadas que se le estiraban los ojos. Le enseñó la página a su padre con el cuaderno de canto, para que no se le corriera la tinta.

—Mira. El dictado.

ESPAÑA ES UNA GRANDE Y LIBRE

Batiste lo leyó dos veces.

—Et falta una coma.

—¿Dónde?

—Darrere d’«una». Sense la coma pareix que n’hi ha més d’una, i que esta és la gran.

—Batiste!

—És gramàtica, dona.

Lola se secó las manos y fue a cerrar la ventana del patio de luces. La de la Trini, enfrente, ya estaba cerrada.

Gloria puso la coma con mucho cuidado, apretando tanto que traspasó la hoja y la coma salió también, al revés, en la página de atrás.

En el lavadero Batiste se frotó las manos con la piedra pómez y el jabón de sosa. El agua se volvía gris y se iba por el desagüe, y en los nudillos se quedaba lo de siempre, una línea negra metida en cada pliegue, que con treinta años de taller la piedra ya no alcanzaba. Tonet se lavó detrás de él. Se frotó las palmas, mucho, y los nudillos no se los tocó.

Lola lo vio desde la puerta. Se secó las manos en el delantal, le cogió a Tonet la derecha, le dio la vuelta a la luz de la ventana y se la frotó ella con la piedra, nudillo por nudillo, hasta que se le pusieron rojos. Tonet no la retiró. Cuando ella lo soltó, se miró la mano contra la ventana. En el nudillo del dedo corazón, en el fondo del pliegue, quedaba una raya fina, negra. Se metió la mano en el bolsillo. Batiste salió a poner la mesa.

Comieron arroz al horno. Gloria le preguntó a Tonet dónde había estado toda la mañana.

—En misa. En Sagunto.

—¿En cuál?

—En la de nueve.

Gloria se lo pensó y siguió comiendo. Luego contó que la maestra decía que las niñas tenían que aprender a coser para cuando el marido lo necesitara.

—I els marits són mancs o què?

—Això ho diu la mestra —dijo Lola.

—Doncs que es cosa la boca.

—Batiste.

Tonet comía separando los garbanzos a un lado del plato, como hacía de pequeño, y luego se los comía todos juntos al final.

* * *

Después del café Batiste se tumbó en la cama, encima de la colcha, con los zapatos fuera y los calcetines puestos. Lo intentó. Miró la grieta del techo, que salía de la moldura del armario y se moría a dos palmos de la lámpara, y que se sabía de memoria. Oyó a Lola fregar. Oyó a Gloria cantar en el balcón de la vecina una canción de comba. Contó los barrotes de los pies de la cama, que eran once, igual que el domingo anterior. Al cabo de diez minutos se levantó, fue al comedor y se puso a mirar el cordón de la persiana, que se enganchaba desde el verano.

Por el cristal del balcón vio a Tonet sentado en el suelo, con la espalda contra la barandilla y la caja de herramientas abierta entre las piernas. Tenía un clavo en la mano y rayaba por dentro de la tapa, despacio, apretando el clavo con las dos manos.

Batiste dejó el cordón como estaba y volvió a la cama. Esta vez se durmió.

Cenaron los salmonetes, fritos, con la cabeza, que era lo mejor y se lo dejaban a Gloria. Tonet se fue pronto a la cama. Gloria se quedó dormida en el sofá con el cuaderno abierto encima de la barriga, y Lola le quitó el cuaderno y la tapó con la chaqueta de Batiste, que era lo que tenía más a mano.

Fregaron juntos. Ella lavaba y él secaba, aunque él secaba mal y ella volvía a secar lo que él dejaba en el escurridor.

—El xiquet diu que vol entrar a la fàbrica.

—Ja m’ho ha dit.

—Ah.

Lola le pasó un plato. Batiste lo secó por delante.

—Allí li donen el mono —dijo ella—. I les botes. I el metge, si es fa mal.

—I al taller què li done jo?

—Tu li dones els diumenges.

Batiste dejó el plato en el escurridor. Lola lo cogió, le dio la vuelta y lo secó por detrás.

—Diu la Trini que al seu el mono li’l lleven allí —dijo—. Un mono menys.

Más tarde, con la casa a oscuras, Batiste salió al balcón a fumarse uno de los rubios de Gildo. Era bueno. La caja de herramientas seguía en el suelo, contra la barandilla, donde Tonet la había dejado, con la tapa cerrada y el cierre echado. Batiste se fumó el cigarro entero mirando los tejados, apagó la colilla en la lata de tomate que hacía de cenicero, cogió la caja por el asa y la dejó en el recibidor, junto a la puerta, sin abrirla.

* * *

El lunes, a las seis menos diez, levantó la persiana del taller. Chirrió en el mismo sitio que todos los días, a media altura, y Batiste le dio el mismo golpe con la palma para que pasara. Se puso el mono. Mojó el trapo en la lata del gasoil y abrió la caja para borrar la lista.

Debajo de sus tres líneas había una cuarta, con otra letra, más grande y más torcida, la ese de GASOIL al revés:

TÍO GILDO. LLAVE DEL GASOIL. NO DECIRLE NADA.

En la puerta esperaba desde el sábado el motocarro del panadero, con el embrague patinando. Batiste pasó el trapo por sus tres líneas y dejó la de Tonet.

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