Jacques Derrida (1930 – 2004)
Tiempo de lectura: 6 minutos

(1930–2004) — Argelia / Francia

Leía tan despacio que los textos acababan diciendo lo que habían tenido que callar para poder decir todo lo demás.

El primer día del curso de 1942, el liceo de Ben Aknoun, a las afueras de Argel, mandó a casa a un alumno de doce años llamado Jackie Derrida. Las autoridades francesas de Argelia aplicaban la cuota antisemita de Vichy, que había bajado del 14 al 7 % la proporción de alumnos judíos.

Pasó casi un año sin pisar un aula. Lo matricularon en el liceo judío que habían improvisado los profesores expulsados, y él faltaba a escondidas. En 1976 anotó en un cuaderno que no había en él ningún trauma que no estuviera ligado de algún modo al racismo o al antisemitismo. Veinte años después, en El monolingüismo del otro (1996), dejó escrita la paradoja de su posición: «No tengo más que una lengua, y no es la mía». El francés era su única lengua, la de la escuela que lo había echado. Hablarla no equivalía a poseerla.

Esa distancia entre usar un sistema de signos y ser su dueño es el lugar desde el que trabajó. Una palabra no guarda su significado dentro: lo obtiene de su diferencia con otras palabras, que remiten a su vez a otras, sin que la cadena termine en ningún punto firme. Y cuando se pronuncia, el sentido tampoco llega entero. Queda aplazado, pendiente del contexto, de la frase siguiente, del lector que todavía no ha llegado. Derrida juntó las dos operaciones, diferir en el espacio de la lengua y aplazar en el tiempo, en una palabra inventada que se escribe distinto y suena igual que la francesa différence: différance, con una a. La diferencia entre las dos solo se ve en el papel, y ese detalle ortográfico ya contiene el argumento.

De la gramatología apareció en 1967, el mismo año que La escritura y la diferencia y que La voz y el fenómeno, un estudio sobre Husserl al que Derrida tenía en más estima que muchos de sus lectores. La Gramatología es la que desplazó el debate. Rastreaba, de Platón a Saussure, una jerarquía que la filosofía occidental había dado por natural: la voz como presencia viva del pensamiento y la escritura como copia segunda, exterior, algo sospechosa. Derrida llamó logocentrismo al supuesto que sostiene esa jerarquía, la creencia en un significado último capaz de detener el juego de las diferencias. Su argumento era que los defectos que la tradición reprochaba a la escritura, funcionar en ausencia del autor y poder repetirse fuera de su contexto, estaban ya en cualquier frase dicha en voz alta.

Un año antes había leído en la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, en un congreso sobre estructuralismo, una conferencia contra Lévi-Strauss: «La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas». Empezó ahí una recepción extraña. La deconstrucción entró en Estados Unidos por los departamentos de literatura, sobre todo por Yale, donde Derrida enseñó durante años como profesor visitante junto a su amigo Paul de Man, y tardó mucho más en entrar en los de filosofía.

La palabra la había buscado para traducir dos términos de Heidegger, Destruktion y Abbau. «Destrucción» sonaba demasiado a aniquilamiento, y acabó encontrando déconstruction en el diccionario Littré. Venía también de Husserl, cuyo El origen de la geometría había traducido y prologado en 1962. Lo que la palabra nombra se resiste a ser método, y él protestó cada vez que alguien quiso convertirlo en receta. Deconstruir un texto es leerlo tan de cerca que su propia lógica empieza a trabajar contra lo que pretende: localizar la oposición jerárquica sobre la que se levanta, mostrar que el término de abajo era condición del de arriba y no conformarse con darles la vuelta.

La frase que más le ha perseguido sale de las páginas que dedica a Rousseau: il n’y a pas de hors-texte, no hay fuera-de-texto. Circula todavía como prueba de que para Derrida todo era lenguaje y nada era real, lectura que tiene la ventaja de no exigir que se abra el libro. El contexto dice otra cosa. Derrida discute ahí cómo leer las Confesiones, y sostiene que el lector no tiene un acceso a la madre de Rousseau o a Thérèse que se salte los textos que las nombran. Habla del acceso al mundo. De la existencia del mundo no dice nada.

La objeción más seria llegó de la filosofía del lenguaje ordinario. En «Firma, acontecimiento, contexto», leída en Montreal en 1971 y recogida en Márgenes de la filosofía (1972), Derrida sostenía que la teoría de los actos de habla de Austin se apoyaba en apartar como parasitarios los usos no serios del lenguaje, la promesa hecha en un escenario o la frase citada. Para él esa posibilidad de repetirse fuera de su contexto, la iterabilidad, es la condición de que cualquier enunciado funcione, no un accidente que se pueda dejar para después. John Searle respondió en 1977 que Derrida había leído mal a Austin: apartar esos usos era una decisión de método, provisional, y no una tesis sobre el lenguaje. Derrida contestó con un texto largo y burlón, «Limited Inc a b c…». Cuando la polémica se reunió en un libro en 1988, Searle no dio permiso para reimprimir su parte, y el volumen se publicó con un resumen en su lugar. Quién leyó mejor a Austin es una discusión que sigue abierta.

Habermas atacó por otro flanco. En El discurso filosófico de la modernidad (1985) dedicó un excurso a lo que llamó la nivelación de la diferencia de género entre filosofía y literatura: si todo argumento se lee como un texto retórico más, la filosofía pierde su capacidad de criticar con razones. En 1992, cuando un grupo de profesores de Cambridge propuso nombrarle doctor honoris causa, una carta firmada por Quine y otros filósofos sostuvo que su obra no alcanzaba los estándares aceptados de claridad y rigor. La universidad lo votó, 336 a 204, y le dio el título. Once años más tarde, en mayo de 2003, Derrida pidió sumar su firma a un llamamiento que Habermas había escrito sobre Europa después de la guerra de Irak, publicado en el Frankfurter Allgemeine Zeitung.

El reproche más incómodo no fue de método. A finales de los ochenta se supo que Paul de Man había publicado durante la ocupación de Bélgica casi doscientos artículos en un periódico colaboracionista, algunos antisemitas. Derrida salió en su defensa en Critical Inquiry en 1988, y sus críticos le acusaron de leer aquellos textos con tanta finura que el antisemitismo acababa disuelto en matices.

Desde esos años la obra se volvió hacia la ética y la política, y ahí se nota la deuda con Levinas, al que había dedicado en 1964 «Violencia y metafísica». Espectros de Marx (1993) salió cuando el fin del comunismo parecía haber cerrado la cuestión. Derrida proponía heredar de Marx no un sistema sino una promesa de justicia que no se ha cumplido y que por eso regresa, como regresan los espectros. Lo llamó lo mesiánico sin mesianismo: la espera de lo que viene sin figura del que viene. Esa misma lógica sostiene sus textos sobre la hospitalidad incondicional, la que recibe al extranjero antes de preguntarle el nombre, y que Derrida nunca separó de las leyes de hospitalidad, siempre con condiciones. Gayatri Chakravorty Spivak, que había traducido De la gramatología al inglés en 1976 con un prefacio de casi ochenta páginas, llevó esa manera de leer a otra pregunta: quién puede hablar en el archivo colonial.

Hoy se le acusa de otra cosa. Lee McIntyre, en Post-Truth (2018), lo cuenta entre los escépticos posmodernos cuyas herramientas habrían acabado en manos de quienes niegan hechos incómodos. La acusación tiene un punto real, porque la sospecha generalizada sobre todo discurso la puede usar cualquiera. Sus defensores responden que Derrida pedía leer con más cuidado y más despacio, justo lo contrario de lo que hace la posverdad. Ninguna de las dos partes ha convencido a la otra.

En la primavera de 2004, enfermo de un cáncer de páncreas diagnosticado dos años antes, habló largamente con Jean Birnbaum para Le Monde. Birnbaum le preguntó si había aprendido por fin a vivir, una frase que el propio Derrida había puesto al comienzo de Espectros de Marx. «No, yo nunca he aprendido-a-vivir», contestó, y añadió que seguía siendo ineducable en la sabiduría del saber-morir. Murió en un hospital de París el 9 de octubre de ese año. Al año siguiente la conversación salió en libro con aquella frase como título, Aprender por fin a vivir, en infinitivo y sin signo de interrogación.

«Si tuviera que arriesgar una sola definición de la deconstrucción, diría sin frase: más de una lengua.»

— Memorias para Paul de Man (1988)

Para seguir leyendo

  • El monolingüismo del otro, Jacques Derrida (1996) — La puerta más personal: Argelia, la escuela y una lengua que no se posee, en poco más de cien páginas.
  • De la gramatología, Jacques Derrida (1967) — La obra capital, exigente pero abordable si se empieza por la segunda parte, la dedicada a Rousseau.
  • Derrida, Benoît Peeters (2010) — La biografía de referencia, escrita con acceso a sus archivos y que no confunde la vida con la obra.

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