Jean Baudrillard (1929 – 2007)
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(1929 – 2007) — Francia

Empezó describiendo muebles y aparatos domésticos y acabó escribiendo que una guerra retransmitida no había tenido lugar. Entre un libro y otro, el suelo de lo real había cedido, o eso sostuvo.

En una página de Borges, los cartógrafos de un imperio levantan un mapa tan exacto que cubre el territorio punto por punto, y con los años el mapa se pudre en el desierto. Baudrillard dio la vuelta a la fábula en Simulacra y simulación (1981). Ahora son los jirones del territorio los que se pudren sobre el mapa. Lo que queda, escribió, es «el desierto de lo real».

Llegó a esa frase por un camino largo. Nació en Reims en 1929, nieto de campesinos e hijo de un gendarme, y fue el primero de su familia en entrar en la universidad, donde estudió alemán. Entre 1960 y 1966 lo enseñó en liceos de París y de provincias, y en esos años tradujo a Brecht y a Peter Weiss, además de textos de Marx y Engels. La tesis le llegó tarde, en 1966, dirigida por Henri Lefebvre, el sociólogo marxista de la vida cotidiana. Con ella entró como profesor en Nanterre, la facultad donde empezó la agitación que desembocó en mayo del 68.

La tesis se publicó en 1968 como El sistema de los objetos. Habla de muebles, de antigüedades, de aparatos de cocina, y una de sus preguntas es por qué alguien compra un sillón antiguo para un piso moderno. Sentarse es lo de menos. El sillón vale por lo que dice de su dueño y por la distancia que marca con el vecino, y ocupa un lugar en una gramática de diferencias, igual que una palabra en una lengua. Dos años después, La sociedad de consumo (1970) llevó la idea a escala social: consumir es emitir y descifrar signos, y la necesidad que supuestamente lo explica la fabrica el mismo sistema que dice satisfacerla.

Ese desplazamiento tenía un blanco preciso. El marxismo en el que Baudrillard se había formado distinguía el valor de cambio, abstracto y mercantil, de un valor de uso que remitía a necesidades humanas reales, y desde ese valor de uso se podía juzgar al mercado. En Crítica de la economía política del signo (1972) sostuvo que el valor de uso también es una construcción, la coartada que el intercambio se da para parecer natural. Con eso se quedaba sin suelo la denuncia de la alienación, que necesitaba un hombre verdadero al que el capitalismo hubiera alienado. Baudrillard sabía lo que estaba quitando.

Las herramientas para quitarlo venían de Lefebvre, que le enseñó a mirar la vida cotidiana como lugar del poder, y de la semiología de Roland Barthes, que leía un objeto como se lee un texto.

La tercera fuente estaba al otro lado del Atlántico. En 1967 reseñó para la revista L’Homme et la société el Understanding Media de Marshall McLuhan, y de ahí le quedó una idea que no soltaría: el medio pesa más que lo que transmite, y una sociedad saturada de medios acaba organizada por ellos.

Simulacra y simulación empieza con un epígrafe atribuido al Eclesiastés: el simulacro nunca es lo que oculta la verdad, es la verdad la que oculta que no la hay. La frase no está en el Eclesiastés. Quien la busca en la Biblia no la encuentra, y aun así la cita falsa ha circulado durante décadas como si fuera verdadera, que es más o menos lo que el libro se dispone a describir. Después viene una genealogía de la imagen en cuatro fases. Primero refleja una realidad; luego la enmascara y la deforma; luego enmascara que esa realidad ya no existe; al final no guarda relación con nada y es su propio simulacro. A esa última fase, en la que los signos remiten solo a otros signos, Baudrillard la llamó hiperrealidad.

El ejemplo más citado es Disneyland, y conviene leerlo despacio porque suele reducirse a una burla del parque. Baudrillard sostiene que Disneyland se presenta como imaginario para que creamos que el resto es real, cuando Los Ángeles y la América que lo rodea pertenecen ya al mismo orden de simulación. Las vallas del parque protegen la creencia de que fuera empieza la realidad; por eso lo describe, con una expresión suya, como una máquina de disuasión.

En 1991 llevó el diagnóstico a una guerra, y el escándalo fue proporcional. Publicó en Libération tres artículos cuyos títulos pasaban del futuro al pasado: «La guerra del Golfo no tendrá lugar», el 4 de enero; «¿Tiene lugar realmente la guerra del Golfo?», el 6 de febrero; «La guerra del Golfo no ha tenido lugar», el 29 de marzo. Galilée los reunió ese mismo año en un libro. Baudrillard sabía que caían bombas y que morían iraquíes. Su argumento era que lo vivido en Occidente fue un acontecimiento preparado para la pantalla, con un relato emitido en directo que precedía a los hechos y los ordenaba, y con un adversario incapaz de responder. Para él aquello no había sido una guerra, sino una atrocidad que se hacía pasar por guerra.

La objeción más dura llegó de Christopher Norris en Uncritical Theory (1992). Si no hay manera de distinguir el hecho de su representación, argumentó, tampoco la hay de demostrar que un gobierno miente sobre una guerra, y el intelectual pierde justo el instrumento que más necesitaba en 1991. La acusación era más grave que la de frivolidad: según Norris, Baudrillard desarmaba la crítica en el momento en que más falta hacía. El libro examinaba también a Derrida, Foucault y Lyotard, pero el caso que lo sostenía era el del Golfo.

Otras críticas apuntaban a la forma y al método. Alan Sokal y Jean Bricmont le dedicaron un apartado de Imposturas intelectuales (1997) por el uso de un vocabulario de física y matemáticas que en sus páginas no significa nada preciso. Douglas Kellner, en un libro de 1989, le reprochó haber abandonado la historia, lo social y la acción política. Para este segundo reproche Baudrillard tenía respuesta, y la había desarrollado en sus libros sobre la seducción y las estrategias fatales: si el sistema absorbe cualquier crítica, la teoría tiene que ir más lejos que él y exagerar su lógica hasta que estalle. La respuesta servía contra Kellner. Contra Norris, que hablaba de muertos, servía bastante menos.

Ocho años después de aquellos artículos, el libro apareció en una pantalla de cine. En Matrix (1999), Neo guarda mercancía ilegal dentro de un ejemplar vaciado de Simulacra y simulación, y Morfeo le enseña el mundo arrasado con la fórmula de Baudrillard, el desierto de lo real. El autor no se reconoció en la película. En una entrevista con Le Nouvel Observateur en 2003 dijo que planteaba el problema de forma más tosca que las películas que resumía, y contó que el equipo de las Wachowski le había propuesto participar en las secuelas. No le pareció concebible. La transcripción recoge una risa.

En la fábula de Borges, las ruinas del mapa estaban habitadas por animales y por mendigos. La versión de Baudrillard deja los jirones del territorio sin habitantes, o no se detiene a mirarlos. Puede que ese sea el precio de pensar el simulacro desde dentro. Puede también que los habitantes sigan ahí, debajo del mapa, esperando a que alguien los cuente.

«Matrix es seguramente el tipo de película sobre la matriz que la matriz habría podido producir.»

— Entrevista con Aude Lancelin, Le Nouvel Observateur (2003)

Para seguir leyendo

  • La sociedad de consumo. Sus mitos, sus estructuras, Jean Baudrillard (1970) — La entrada más firme: el diagnóstico todavía se deja seguir paso a paso, antes de que la teoría se acelere.
  • Cultura y simulacro, Jean Baudrillard (1978) — Reúne «La precesión de los simulacros», el ensayo que abre Simulacra y simulación, con Borges, las cuatro fases de la imagen y Disneyland.
  • La guerra del Golfo no ha tenido lugar, Jean Baudrillard (1991) — Breve y escandaloso, para juzgar por uno mismo si la objeción de Norris da en el blanco.

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