Louis Althusser (1918 – 1990)
Tiempo de lectura: 6 minutos

(1918–1990) — Argelia / Francia

Para Althusser, nadie es sujeto antes de oír que lo llaman y darse la vuelta. Vivió más de tres décadas dentro de una misma escuela.

En 1937, alumno del liceo del Parc, en Lyon, Louis Althusser se afilió a la Juventud Estudiante Cristiana y pensó en hacerse trapense. En octubre de 1948 entró en el Partido Comunista Francés. Durante un tiempo militó en las dos casas a la vez.

Había nacido el 16 de octubre de 1918 en Birmendreïs, a las afueras de Argel. Aprobó el ingreso en la Escuela Normal Superior en julio de 1939 y no llegó a pisarla: lo movilizaron en septiembre, cayó prisionero en Vannes en junio de 1940 y pasó el resto de la guerra en un campo del norte de Alemania. Volvió a la Escuela en 1945 y ya no se fue. Durante más de tres décadas fue el profesor que preparaba a los alumnos de filosofía para la oposición, vivía en el propio edificio, y por sus clases pasaron Foucault y Bourdieu, entre otros. Las depresiones habían empezado en 1938 y después del cautiverio se volvieron regulares. En 1976 calculó que de los treinta años anteriores había pasado quince en hospitales y clínicas, con electrochoques y años de psicoanálisis.

El problema que lo ocupó nació de la desestalinización. Después del informe secreto de Jruschov, en 1956, buena parte del marxismo europeo buscó una salida en el joven Marx de los Manuscritos de 1844, el de la alienación y la esencia humana: un marxismo humanista que devolvía al hombre al centro. Althusser leyó ese giro como una recaída en la filosofía que Marx había dejado atrás. Para él había dos Marx. Hasta 1845, un filósofo preso todavía del vocabulario de Hegel y de Feuerbach; desde entonces, el fundador de una ciencia de la historia. Entre los dos situó un corte, noción que tomó de Gaston Bachelard, que le había dirigido la memoria de 1947: el momento en que una ciencia rompe con su prehistoria y empieza a producir conceptos propios. Althusser sacó la consecuencia entera. Si la ciencia de Marx empieza donde se acaba el hombre como esencia, la teoría tiene que ser antihumanista.

El ensayo que mejor lo muestra trabajando es «Contradicción y sobredeterminación», de 1962, recogido después en La revolución teórica de Marx (1965). La pregunta es por qué la revolución estalló en 1917 en Rusia, un país todavía agrario, y no en Inglaterra o en Alemania, donde el capitalismo estaba más maduro. La respuesta, apoyada en Lenin, es que Rusia era el eslabón más débil de la cadena imperialista: allí se acumulaban contradicciones de edades distintas, desde la servidumbre en el campo hasta una gran industria moderna concentrada en pocas ciudades, agravadas por una guerra perdida. La contradicción entre capital y trabajo no explica nada por sí sola; actúa siempre fundida con otras, políticas o nacionales, cada una con su ritmo. A esa fusión la llamó sobredeterminación, un término que Freud había usado para los sueños y que Althusser presentó solo como prestado «de otras disciplinas». La economía decide en última instancia, concedía. Pero escribió también que la hora solitaria de la última instancia no suena nunca, ni en el primer momento ni en el último.

En 1965 salió también Para leer El Capital, escrito con cuatro alumnos: Étienne Balibar, Roger Establet, Pierre Macherey y Jacques Rancière. Proponía una lectura sintomática, que busca en el texto de Marx lo que no dice y sin embargo lo organiza, las preguntas que su trabajo ya contestaba sin haberlas formulado. El método debía más a Spinoza y al Freud leído por Lacan que a la tradición marxista. Uno de aquellos cuatro alumnos le devolvería el método diez años después.

La fama le llegó sin cara. Cuando un caricaturista sentó a la misma mesa a los maestros del estructuralismo, Barthes, Lacan, Lévi-Strauss y Foucault, Althusser no estaba. Según el historiador Douglas Johnson, que lo trataba desde 1948, la explicación era que nadie sabía qué aspecto tenía, y las librerías de París buscaron en vano una foto suya para colgarla junto a las de los otros.

En 1970 la revista La Pensée publicó unas notas «para una investigación» que Althusser había sacado de un manuscrito más largo sobre la reproducción del capitalismo, y que solo se publicaría entero después de su muerte. La pregunta de partida es casi de contable: cómo consigue una sociedad que cada mañana vuelva a haber obreros dispuestos a ir a la fábrica y patronos dispuestos a dirigirla. La policía y los tribunales no bastan. Hacen falta las iglesias, la escuela, la familia, los partidos, los sindicatos y la prensa, instituciones que no reprimen y aun así colocan a cada cual en su sitio. Las llamó aparatos ideológicos de Estado, frente a los aparatos represivos, y se apoyó en Gramsci para contarlas dentro del Estado aunque muchas fueran privadas. En el capitalismo maduro, sostuvo, la escuela había ocupado el lugar dominante que antes tuvo la Iglesia: es la única que tiene a casi todos los niños durante años, ocho horas al día, cinco o seis días de cada siete.

Quedaba explicar cómo se instala eso dentro de cada uno, y para eso propuso una escena de la calle. Un policía, o cualquiera, grita a tu espalda: «¡Eh, usted!». Te vuelves. En ese giro de ciento ochenta grados has reconocido que la llamada era para ti, y al reconocerlo te has convertido en aquel a quien llamaban. Althusser llamó a ese mecanismo interpelación, y de él sacó su tesis más citada: la ideología no engaña a sujetos ya hechos, los produce llamándolos.

De todo su sistema, la escena es lo que más ha circulado. Stuart Hall la discutió en 1985 para pensar cómo fijan sentido los medios de comunicación, y los estudios culturales británicos la convirtieron en herramienta de trabajo. Judith Butler, en Mecanismos psíquicos del poder (1997), le hizo la pregunta que Althusser había dejado pasar: por qué se vuelve uno. Su respuesta apunta a algo anterior a la llamada, una culpa o un deseo de ser reconocido aunque sea por la ley que acusa. Hoy la escena se lee con otros ojos, porque buena parte de las llamadas que recibimos llegan con nuestro nombre en una notificación, y el giro de la cabeza ya se mide y se vende.

Rancière fue el alumno de la devolución. En La lección de Althusser (1974) acusó a su maestro de haber construido una teoría en la que los obreros eran objeto de la ciencia y los filósofos del partido sus únicos dueños: si la ideología lo envuelve todo, la lucidez queda reservada a quienes ya la tienen. Mayo del 68, que Althusser pasó ingresado en un hospital psiquiátrico, era para Rancière la prueba de que la gente pensaba sin pedir permiso. También en 1974 Althusser publicó unos Elementos de autocrítica en los que admitía una desviación «teoricista». En 1978 llegó la objeción más dura, la del historiador E. P. Thompson en Miseria de la teoría, subtitulado en inglés «un planetario de errores»: lo que Althusser llamaba ciencia era una historia sin hombres ni mujeres que eligen, un mecanismo de relojería donde nadie hace nada.

El 16 de noviembre de 1980, en el piso de la Escuela, Althusser estranguló a Hélène Rytmann. Era socióloga, judía, ocho años mayor que él, había pasado por la Resistencia con el nombre de Hélène Légotien y el partido la había expulsado; se conocieron en 1946 y se casaron mucho después. Esa mañana él mismo avisó al médico de la Escuela de que su mujer estaba muerta y de que la había matado. Una comisión de psiquiatras dictaminó una depresión grave con alucinaciones iatrogénicas, y en febrero de 1981 el juez resolvió que no había lugar a proceso: estaba enajenado cuando lo hizo. Pasó cerca de tres años internado en clínicas y después siguió ingresando de forma voluntaria. Murió de un infarto el 22 de octubre de 1990 en el centro psiquiátrico de La Verrière, al oeste de París.

En 1985 había escrito El porvenir es largo como explicación pública de lo que hizo, y lo guardó en un cajón; se publicó en 1992. Es un libro que no se deja leer ni como filosofía ni como confesión, y que mezcla la autopsia de una infancia con el relato de aquella mañana. Lo que plantea incomoda a cualquiera que haya leído su obra. El teórico que había descrito al sujeto como el efecto de una llamada quiso responder con su nombre, como autor de un acto, ante un país cuya justicia lo había declarado irresponsable. Desde dentro de su propia teoría no está claro qué habría sido esa respuesta, ni quién tendría que haberla escuchado.

«La ideología es eterna, igual que el inconsciente.»

— Ideología y aparatos ideológicos de Estado, 1970

Para seguir leyendo

  • Ideología y aparatos ideológicos de Estado, Louis Althusser (1970) — El texto breve donde está la escena de la calle y casi todo lo que de él sigue circulando; la puerta de entrada.
  • La revolución teórica de Marx, Louis Althusser (1965) — Reúne «Contradicción y sobredeterminación» y el ataque al marxismo humanista; pide atención y algo de paciencia con el vocabulario.
  • El porvenir es largo, Louis Althusser (1992) — Las memorias escritas tras el crimen; un libro incómodo que completa el retrato por el lado que la teoría no alcanza.

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