(1926–1984) — Francia
Las instituciones que estudió decían proteger a alguien. Foucault preguntó qué fabricaban mientras tanto, y la respuesta incluía al que pregunta.
Michel Foucault murió el 25 de junio de 1984 en la Salpêtrière, en París. El mismo hospital que en 1656 pasó a formar parte del Hospital General, la institución con la que, según su primer gran libro, Francia empezó a encerrar, junto con sus pobres, a sus locos. Lo había contado veintitrés años antes.
Antes de escribir sobre la psiquiatría había estudiado psicología, y era psicología lo que enseñaba en Clermont-Ferrand cuando defendió la tesis, en 1961. Venía de la École normale, donde entró en 1946 y donde tuvo a Louis Althusser de profesor. El París de posguerra se repartía entre Sartre, que preguntaba por la libertad del sujeto, y un marxismo que preguntaba por las condiciones materiales de su explotación. Foucault buscó por otro lado. Tomó de Georges Canguilhem, que fue uno de los que presentaron su tesis, la historia de las ciencias como historia de errores y rectificaciones, y de Nietzsche la sospecha de que todo lo que parece natural tiene fecha de nacimiento y alguien que salió ganando con ella.
La tesis, publicada ese mismo año como Historia de la locura en la época clásica (1961), hace una pregunta que parece de historiador: en qué momento empezó a ser necesario apartar al loco de los demás. El edicto de 1656 que fundó el Hospital General de París no distinguía mucho. Al encierro iban mendigos, vagabundos, libertinos, enfermos venéreos y locos, culpables todos de lo mismo, que era vivir fuera del trabajo y de la razón. Solo después la medicina separó a los locos del resto y les dio un sitio propio. Cuando, a finales del siglo XVIII, Pinel en París y Tuke en York les quitaron las cadenas, la historia de la psiquiatría habló de liberación. Foucault leyó esos mismos documentos y encontró una vigilancia moral continua y una culpa que el enfermo aprendía a sentir por su cuenta.
Dos años después, El nacimiento de la clínica (1963) llevó la pregunta al cuerpo enfermo. Uno de sus capítulos lleva por título una consigna del anatomista Bichat, «abrid algunos cadáveres». Con la anatomía patológica, la enfermedad, que se leía en la superficie como un conjunto de síntomas, empieza a buscarse dentro, como lesión. Foucault sostiene que esa mirada nueva la hicieron posible una reorganización del hospital y de la enseñanza médica, y que lo que el médico vio dependía de cómo le habían enseñado a ver. Leído desde una guardia, el libro incomoda por lo exacto, porque quien ha hecho triaje sabe que lo que no figura en la plantilla cuesta verlo.
Las palabras y las cosas (1966) empieza con una carcajada. Foucault cuenta que el libro nació de un texto de Borges, la enciclopedia china que clasifica a los animales en embalsamados, en lechones y en los que de lejos parecen moscas. La risa venía de chocar con un orden imposible de pensar, y la pregunta que seguía era qué orden hace pensable el nuestro. Cada época, propone, organiza el saber según unas reglas que nadie enuncia y que deciden qué puede ser objeto de conocimiento y qué pregunta tiene sentido. Las llamó episteme. A esa luz, el hombre como objeto de las ciencias humanas resulta una figura reciente, de finales del siglo XVIII, y el libro termina con la imagen que lo hizo famoso: el hombre podría borrarse «como en el límite del mar un rostro de arena».
Sartre contestó ese mismo año, en una entrevista en la revista L’Arc, que el estructuralismo, y Foucault con él, era «el último dique que la burguesía puede levantar contra Marx». El tono era de trinchera, pero la objeción pesaba: si la historia es una sucesión de órdenes del saber que cambian sin que se sepa por qué, se queda sin nadie capaz de cambiarla. Foucault pasó los años siguientes intentando contestar sin volver al sujeto sartreano. Primero con un libro de método, en 1969, donde el discurso se trata como una práctica con reglas propias. Una formación discursiva es el conjunto de reglas que fija quién está autorizado a hablar de la locura y desde qué institución.
En 1971 participó en la creación del Grupo de Información sobre las Prisiones, que repartía cuestionarios en las cárceles para que fueran los presos quienes hablaran de ellas. Vigilar y castigar (1975) salió de esa experiencia. Se abre con dos documentos puestos uno detrás de otro. El primero es el suplicio de Damiens, descuartizado en público en París en 1757 por haber atentado contra Luis XV. El segundo, un reglamento para una casa de jóvenes detenidos redactado tres cuartos de siglo después, con la hora exacta de levantarse y la de rezar. Entre los dos documentos ha desaparecido el espectáculo y ha aparecido el horario. Donde la historia del derecho veía una pena más humana, Foucault vio un cambio de objetivo: el suplicio destruía un cuerpo para que todos lo vieran, el horario lo ocupa hora a hora hasta volverlo útil y dócil.
El emblema de ese poder es el Panóptico que Jeremy Bentham diseñó a finales del siglo XVIII: una torre central y, alrededor, celdas iluminadas a contraluz. El preso ve la torre y no puede saber si dentro hay alguien. Como no puede saberlo, se comporta como si lo miraran siempre. El vigilante podría irse a casa. Foucault encuentra el mismo esquema, más diluido, en la escuela o en el cuartel, con sus dos herramientas de siempre, el examen y el expediente. De ahí sale la normalización, un poder que castiga la desviación respecto de una media y que necesita saberes capaces de fijar esa media. El poder que describe produce más de lo que prohíbe. Produce individuos clasificados y verdades sobre ellos que ellos mismos acaban repitiendo.
El primer volumen de la Historia de la sexualidad (1976) llevó la idea adonde más molestaba a la izquierda de su tiempo. El relato dominante decía que la burguesía victoriana había reprimido el sexo y que liberarlo era emanciparse. Foucault observó que el siglo de la supuesta represión fue el que más habló de sexo. Lo hizo confesar y lo puso en manos de médicos y pedagogos hasta convertirlo en la verdad íntima de cada uno. La confesión cristiana se había mudado a la consulta. En las últimas páginas aparece una distinción que tendrá larga vida. El soberano antiguo tenía derecho a hacer morir y dejar vivir; el poder moderno se dedica a hacer vivir, a administrar la natalidad y la salud de poblaciones enteras, y deja morir. Lo llamó biopoder.
Aquel volumen anunciaba cinco más. Pasaron ocho años hasta los dos siguientes, que se desviaron hacia griegos y romanos y salieron en 1984, semanas antes de su muerte. El cuarto, sobre los primeros autores cristianos, quedó en manuscrito sin terminar de revisar, con una instrucción clara para quienes le sobrevivieran: nada de publicaciones póstumas. Las confesiones de la carne se publicó en Francia en 2018. La obra que tantos manuales dan por inacabada tiene hoy cuatro tomos, el último publicado contra la voluntad expresa de su autor.
La crítica más incómoda le llegó por los hechos. En 1978 viajó dos veces a Irán como corresponsal del Corriere della Sera y escribió sobre la revolución con un entusiasmo que llegó a hablar de «espiritualidad política». En pocos meses, el nuevo régimen impuso el velo obligatorio y ejecutó a homosexuales. Janet Afary y Kevin Anderson reconstruyeron el episodio en 2005 y lo leyeron como síntoma. Según ellos, un pensamiento entrenado para sospechar del Estado moderno y de la Ilustración tardó en reconocer a un poder que se presentaba como su contrario. Foucault respondió en mayo de 1979, en Le Monde, que una sublevación no se juzga por lo que viene después. La respuesta defiende el derecho a sublevarse. No revisa lo que él mismo había escrito meses antes.
La otra objeción es de principio y sigue igual de abierta. Nancy Fraser la resumió en 1981 en una fórmula muy citada: intuiciones empíricas valiosas y confusiones normativas. Si todo saber es efecto de poder y toda liberación puede acabar en una normalización nueva, queda por saber desde dónde dice el propio Foucault que una cárcel es intolerable. Habermas desarrolló la misma sospecha en El discurso filosófico de la modernidad (1985): una crítica de la razón que no se concede ningún criterio para distinguir un poder legítimo de otro se queda sin suelo. Los dos habían hablado de un debate en Estados Unidos que nunca se celebró. El ensayo de Foucault de 1984 sobre la Ilustración, donde se reconcilia a medias con Kant, se ha leído como su respuesta. No contesta a la pregunta de Fraser.
Las herramientas, en cambio, viajaron sin pedir permiso a nadie. Edward Said tomó la noción de discurso para Orientalismo (1978). Judith Butler pensó con ella el género como una norma que se repite hasta parecer natural, en El género en disputa (1990). Giorgio Agamben y Achille Mbembe llevaron el biopoder al campo y a la colonia; Mbembe llamó necropolítica, en 2003, al poder que decide quién puede ser abandonado a la muerte.
En sus clases del Collège de France de 1979, Foucault describió al sujeto del neoliberalismo como un empresario de sí mismo, alguien que se trata como capital y se gestiona como una inversión. Poco después dedicó sus cursos al cuidado de sí de griegos y estoicos, las técnicas con que un individuo trabajaba sobre su propia vida para darle forma, la ética entendida como un estilo de vida que uno se da a sí mismo. Pierre Hadot, cuya obra sobre los ejercicios espirituales antiguos Foucault había leído de cerca, dijo en 1988 que temía ver ahí una nueva forma de dandismo, un yo demasiado centrado en sí que olvidaba que el sabio estoico se cuidaba para salir de sí hacia lo universal. Byung-Chul Han le reprocha desde el otro lado, en Psicopolítica (2014), no haber dado el paso hacia un poder que ya trabaja sobre la psique y consigue que cada cual se explote creyéndose libre. El que se optimiza y el que se cuida usan casi las mismas palabras. Foucault dejó escritas las dos descripciones, en cursos casi seguidos, y no dejó dicho cómo distinguir una de la otra.
«No me preguntéis quién soy ni me digáis que siga siendo el mismo.»
— La arqueología del saber (1969)
Para seguir leyendo
- Vigilar y castigar, Michel Foucault (1975) — La puerta más directa a su obra: el argumento descansa en documentos que se leen como escenas y no se olvidan.
- Historia de la locura en la época clásica, Michel Foucault (1961) — Más largo y más arduo, pero contiene el gesto que repetirá toda la obra: ver una frontera donde los demás vieron un progreso.
- Michel Foucault, Didier Eribon (1989) — La biografía de referencia, que explica la obra sin reducirla a la vida; en español, en Anagrama.
Grupo 2 — Los arquitectos de la sospecha.
Otros del grupo
Jacques Derrida · Roland Barthes · Jean Baudrillard
← Volver al índice del libro · 101 filósofos y pensadores
Descarga libre
Los 7 filósofos de este grupo, reunidos en un libro con portada, para leerlos seguidos o sin conexión.
Grupo 2 — Los arquitectos de la sospecha · ePub · 414 KB
Formato ePub, el que abren Apple Books, Google Play Books, Kindle (convirtiéndolo) y casi cualquier lector. Sin registro, sin correo, sin nada.

Médico de urgencias hospitalarias. Escribe ficción y las historias que quedan cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.
Este sitio es un proyecto de RedBeta